(#164). CAMPOS ELECTROMAGNÉTICOS DE BAJA FRECUENCIA; MÁS ALLÁ DEL CÁNCER INFANTIL La evidencia es más confusa que con respecto al cáncer infantil y se necesitan más estudios. No obstante, en los últimos años se está poniendo mucho interés en la asociación con enfermedades neurodegenerativas, y viendo las últimas evidencias existentes con respecto al Parkinson, Alzheimer y Esclerosis Lateral Amiotrófica, no debería descartarse esa posibilidad. Trastornos del sueño, hipersensiblidad electromagnética, desarrollo cognitivo en niños, y efectos reproductivos y sobre el feto también han sido identificados en diversas investigaciones, así como efectos piscológicos como la depresión o el suicidio. Finalmente, la asociación con el cáncer de mama tampoco debería rechazarse

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[MONOTEMA] La relación entre la exposición a campos magnéticos del orden y superiores 0.3-0.4 μT y leucemia infantil ha sido la más analizada y sustentada a su vez por la literatura. Sin embargo, también se ha estudiado su relación con otras enfermedades.

La European Health Risk Assessment Network on Electromagnetic Fields Exposure, un proyecto fundado por la Executive Agency for Health and Consumers Framework of the Programme of Community Action in The Field of Health 2008-2013, en su informe Risk analysis of human exposure to electromagnetic fields (EHRAN, 2010), catalogaba como “evidencia limitada”  la asociación con leucemia en niños (en línea con la OMS), pero no encontraba evidencia suficiente para la relación con otros tipos de enfermedades: otros tipos de cáncer, enfermedades neurodegenerativas, enfermedades cardiovasculares, efectos hormonales, etc.

Sin embargo, investigaciones más recientes vuelven a poner sobre la mesa la posibilidad de que efectivamente exista esa asociación en algunos casos, o al menos, de que todavía hay mucha controversia al respecto en otros.

Enfermedades neurodegenerativas

Huss et al. (2015) realizaron un metanálisis de 11 estudios publicados entre 1998 y 2015 (4 estudios caso-control y 7 cohortes), para analizar la relación ente la exposición a campos electromagnéticos de baja frecuencia (como los provenientes de la exposición a las líneas eléctricas) y el Parkinson. En esos estudios se incluyeron población normal y trabajadores expuestos (como ingenieros o electricistas).  De esos 11 estudios, sólo 2 de ellos encontraron una asociación significativa en relación al nivel de exposición (alto vs. bajo), concluyendo el metanálisis con un RR de 1.05 ; 95% IC = (0.98 ;  1.13), no significativo, pero justo en el límite de la significación estadística. Además, también 2 de ellos reportaron una asociación significativa en función del tiempo de exposición (alto vs. bajo), resultando también el metanálisis no significativo: RR = 1.05 ; 95% IC (0.92 ; 1.20).  Es decir, y por el momento, hay un cuerpo de evidencia epidemiológica mayor que sustenta la afirmación de que los campos electromagnéticos de baja frecuencia no están asociados con el Parkinson, pero hay que ser prudentes. El límite inferior del intervalo de confianza para el RR sobre el nivel de exposición hace que probablemente esos resultados hubieran sido significativos siendo un poco menos exigentes con el nivel de significatividad (recordemos que ese tan manido alpha=5% es sólo una convención, no es ningún número mágico en sí mismo). Además, algún tipo de análisis de sensibilidad habría sido adecuado. Por ejemplo, ¿cómo hubieran cambiado los resultados si se hubiera descartado el estudio de Van den Mark et al. (2014), que se basa en sólo en entrevistas (que normalmente inflan la varianza de la distribución de datos, lo que influye en los posteriores análisis estadísticos)? Por tanto, es preceptivo reconocer que, tras la publicación de este estudio, la evidencia de la asociación entre campos electromagnéticos de baja frecuencia y el Parkinson es  débil, pero no debiera aún descartarse. 

Pese a que, ciertamente, la epidemiología no muestra una evidencia tan clara sobre la asociación con el Parkinson en relación a la leucemia infantil, sí que aquí hay estudios in-vitro con animales, como el de Benassi et al. (2015) que identifican un mecanismo causal por el cual podría tener un efecto sobre el desarrollo de esta enfermedad neurodegenerativa. Así, Benassi et al. (2015) encontraron que los campos electromagnéticos de baja frecuencia alteran la homeóstasis celular induciendo toxicidad a través del estrés oxidativo y la apoptosis. Los autores también comentan otros estudios en los que los campos electromagnéticos de baja frecuencia causan daño oxidativo en las células neuronales, contribuyendo a prolongar la vida de los radicales libres e incrementando su concentración en células vivas.  Las condiciones experimentales del estudio fueron una exposición a 1 mT entre 24 y 72 horas de duración. Ese es el nivel de referencia que, por ejemplo, se tiene en España. El hecho de que con ese nivel de campo magnético se encuentren daños celulares asociados con el Parkinson debería ser motivo suficiente para reconsiderar la bajada de esos niveles.  Es cierto que la exposición normal que podemos tener en una casa cercana a unas líneas de alta tensión puede ser mucho menor que ese 1 mT. Pero lo que no sabemos todavía es cómo afectaría una exposición continuada (no en 24 o 72 horas, sino en meses y años) a esos niveles más bajos de campo magnético. En cualquier caso, este estudio presenta un motivo más para la controversia entre los efectos de los campos electromagnéticos de baja frecuencia y las enfermedades neurodegenerativas.

La conexión con el Alzheimer también ha sido propuesta (Bioinitiative Working Group, 2012), postulándose la hipótesis de la reducción en la secreción de melatonina como mecanismo precursor de la enfermedad. No obstante, la literatura ofrece resultados contradictorios. Una reciente investigación de Frei et al. (2013) realizada sobre personas diagnosticadas con enfermedades neurodegenerativas en Dinamarca desde 1994 a 2010 no encontró resultados significativos sobre diferentes patologías: Parkinson, Alzheimer, esclerosis múltiple, en personas que vivían a menos de 50 metros de una línea de alta tensión. Sin embargo, cuatro años antes, Huss et al. (2009), sobre 4.7 millones de personas en Suiza, en el periodo 2000-2005, encontraron una asociación significativa entre vivir cerca de una línea de alta tensión de 220-380 kV y el riesgo de muerte por enfermedad neurodegenerativa. Vivir a menos de 50 metros de esas líneas de alto voltaje durante al menos 10 años incrementaba el riesgo de desarrollar Alzheimer de manera significativa.

En cuanto a la Esclerosis Lateral Amiotrófica, el reciente estudio de Huss et al. (2015b) encontró una asociación significativa en un estudio sobre una cohorte de 2.2 millones de trabajadores en Suiza. La mortalidad por esta enfermedad era mayor para las personas que tenían una exposición alta o media. El estudio de Vergara et al. (2015) también encontró unos resultados similares: En esta investigación los autores recogieron 5886 muertes por ELA en Estados Unidos entre 1991 y 1999 y las relacionaron con matrices de exposición laboral. Se seleccionaron 10 controles por cada caso. Los resultados del estudio mostraron que para los trabajadores vinculados a profesiones eléctricas, la probabilidad de morir por ELA era mayor que para los no que tenían esa profesión, pero no hay resultados claros en cuanto a la exposición a campo magnético o shocks eléctricos. Esto, realmente, hace que las conclusiones de este estudio estén un poco enmarañadas, y que nos haga pensar que se necesitan más investigaciones en relación a este tema. No obstante, los resultados corroboran otros estudios anteriores, es decir, los trabajadores relacionados con el sector de la electricidad tienen mayor probabilidad de tener ELA, pero deja la puerta abierta a otros factores no relacionados con los shocks eléctricos y la exposición a un campo magnético superior a 0.3 µT. Las limitaciones con respecto a la calidad de los datos son grandes en este estudio, por ejemplo, no se controla por los posibles diferentes tipos de trabajo que podía tener el sujeto a lo largo de su vida.

Cáncer de mama

El cáncer de mama ha sido una de las enfermedades que más se ha vinculado a la exposición a campos magnéticos de baja frecuencia. Los resultados hasta el momento, no son nada claros. En línea con EHRAN (2010), el metanálisis de Chen et al. (2010) sobre un total de 15 estudios publicados entre 2000 y 2009, que incluían 243387 casos y 600628 controles mostraron resultados no significativos OR = 0.99 ; 95% IC = (0.90 ; 1.09). Sin embargo los recientes metanálisis de Chen et al. (2013), Sunt et al. (2013) y Zhao et al. (2014) contradicen esos resultados.

Así, Chen et al. (2013) recopilaron 23 estudios publicados entre 1990 y 2010, clasificando estos en función de la situación de la menopausia,  y obtuvieron unos OR = 1.07 ; 95% IC = (1.02 ; 1.13) para el subgrupo de receptor estrogénico, y OR = 1.11 ; 95% IC = (1.00 ; 1.23) para el subgrupo premenopáusico. Los resultados con otros subgrupos no fueron significativos.  Los autores concluían aludiendo a que esa asociación entre campos magnéticos y cáncer de mama es posible, y que se necesitan de nuevo más estudios al respecto. Sun et al. (2013) recopilaron 18 estudios desde 1991 a 2005, y encontraron efectos significativos:  OR = 1.32 ; 95% IC = (1.14 ; 1.52).  Zhao et al. (2014), por su parte, revisaron 16 estudios caso-control entre 2000 y 2007, dividiendo los subgrupos en función de si las mujeres eran menopáusicas o no. Para el primer subgrupo: OR = 1.04 ; 95% IC = (0.93 ; 1.18), mientras que para el segundo OR = 1.25 ; 95% IC (1.05 ; 1.49). Globalmente los resultados fueron: OR = 1.10 ; 95% IC (1.01 ; 1.20), es decir, significativos.

De este modo, los resultados de los metanálisis de Chen et al. (2013), Sun et al. (2014) y Zhao et al. (2014) coinciden en una asociación significativa entre la exposición a campos magnéticos y el desarrollo de cáncer de mama, sobre todo para mujeres premenopáusicas. Como indica el informe Bioinitiative (2012), la hipótesis más plausible es el efecto que tiene el campo magnético sobre la disminución de secreción de melatonina, dañando el ADN e incrementando el estrés oxidativo. Entre el 85 y 90% de la secreción de melatonina se produce de noche (BioInitiative Working Group, 2012), por lo que la exposición crónica nocturna en casas cercanas a líneas de alta tensión podrían afectar a la secreción de esta hormona, aunque ciertamente, la exposición puntual a aparatos electrónicos funcionando muy cercanos al cuerpo (secadores, convertidores de corriente alterna a continua, etc.) es asimismo un factor a considerar. Para el caso del cáncer de mama, el umbral de exposición se sitúa sobre 1 μT, aunque hay estudios que muestran una disminución relevante de la melatonina con 0.6 μT  (Bioinititative, 2012). Dados estos resultados, Bioinititative (2012) concluye lo siguiente:

“Los límites de exposición del público para frecuencias extremadamente bajas deberían ser revisados para reflejar el incremento de riesgo de cáncer de mama a niveles posiblemente tan bajos como 0.2 o 0.3 μT, y ciertamente más bajos de 0.4 μT”.

En cualquier caso, las investigaciones continúan. La revisión de Lewczuk et al. (2014) cuestiona que la exposición a campos magnéticos influya en la disminución de la melatonina. Por otro lado, Elliott et al. (2013) tras analizar el regitro de 52959 casos de cáncer en Inglaterra y Gales desde 1974 a 2008, sólo para adultos, no encontraron asociación con la cercanía a líneas de alta tensión. Ahí se incluían también los cánceres de mama en mujeres:  OR = 1.08 ; 95% IC = (0.77 ; 1.51), y hay también estudios recientes que tampoco encuentran ninguna asociación, como el de Li et al. (2013), que estudiaron una cohorte de 267400 mujeres trabajadoras del sector textil en China, de las cuales 1687 fueron diagnosticadas con cáncer de mama entre 1989 y 2000; los resultados fueron no significativos. Esto ha llevado algunos investigadores (ej. Feychting, 2013) a descartar totalmente la hipótesis de los campos magnéticos como determinantes de la enfermedad. No obstante, y en base a los metanálisis comentados de Chen et al. (2013) y Zhao et al. (2014), se debería todavía ser prudente ante estas afirmaciones.

Zhang et al. (2016) han realizado muy recientemente una recopilación de 42 estudios caso-control que analizaban la relación entre la exposición a campos magnéticos de baja frecuencia y el desarrollo de cáncer. Esos estudios fueron clasificacdos por el origen geográfico de los mismos y por el tipo de cáncer identificado. Los reusltados muestran una asociación significativa: OR = 1.08 ; 95% IC (1.01 ;1.15) global tras realizar el metanálisis. Los resultados por subgrupos son también interesantes aunque quedan limitados por el número de estudios en cada categoría. Cabe destacar que en casi todos los tipos de cáncer no se muestran resultados significativos, aunque muchos de ellos están al borde de la significación al 95%. Sólo los 23 estudios sobre cáncer de mama arrojan resultados significactivos OR = 1.07 ; 95% IC (1.00 ;1.15). Es muy interesante indicar que en ningún tipo de cáncer se muestra un efecto protector, es decir, OR significativamente por debajo de 1, y en la mayoría de ellos esa OR está por encima de 1. Sin embargo, cabe asimismo reseñar que cuando se analizaron sólo los 16 estudios que tomaron medidas in-situ de exposición a campos magnéticos, los resultaos no son significativos: OR = 1.03 ; 95% IC (0.92 ;1.15).

En definitiva, de nuevo resultados que arrojan incertidumbre sobre esta cuestión, aunque los autores concluyen que existe una incremento de riesgo de cáncer para los individuos expuestos a campos magnéticos provenientes de frecuencias extremadamente bajas, y advierten que se necesitan más estudios para esclarecer esta afirmación.

Otros tipos de cáncer en adultos

Koeman et al. (2014) muestran una asociación significativa entre la exposición laboral a campos magnéticos y el desarrollo de leucemia mieloide aguda y linfoma folicular en adultos. Para ello, estudiaron una cohorte de 120852 hombres y mujers en Holanda entre los 55 y 69 años de edad. Sin embargo, no encontraron evidencias de asociación con el cáncer de mama, pulmón y cerebro.

Dos años antes, Sorahan (2012) había estudiado la incidencia de cáncer en 81842 trabajadores del sector de generación y transmisión de electricidad en Inglaterra y Gales, entre 1973 y 2008. Los resultados de nuevo fueron poco claros. Un exceso de mesotelioma maligno, cáncer de piel (no melanoma) y cáncer de próstata en hombres, y de cáncer de intestino y nasal en mujeres fue encontrado. Pero no fue así para otros diferentes tipos de cáncer, incluyendo la leucemia. Los autores concluyeron que los excesos de tipos de cáncer intestinal y nasal no son probablemente debidos a la ocupación, y que el de cáncer de piel se debe probablemente al trabajo al aire libre. Queda por explicar el porqué de esa incidencia de mesotelioma, en un tipo de trabajo donde no hay a priori una exposición importante al asbesto.

Behrens et al. (2010), por su parte, encontraron que los trabajadores expuestos a ocupaciones vinculadas a maquinaria eléctrica tenían signficativamente más riesgo de desarrollar un melanoma ocular uveal.

Al margen de las enfermedades, existen otro tipo de efectos nocivos que han sido estudiados, como su asociación con problemas de reproducción, trastornos del sueño, desarrollo cognitivo, etc. En las siguientes líneas vamos a repasar brevemente las últimas investigaciones al respecto.

Reproducción y nacimiento

De Vocht et al. (2014) repasaron varios estudios que han sugerido que los campos electromagnéticos de baja frecuencia se asocian a un incremento de riesgo de problemas al nacer. En su estudio, Vocht et al. (2014) analizaron 140356 nacimientos entre 2004 y 2008 en una zona geográfica de Inglaterra y encontraron que en las proximidades de cables de alto voltaje, líneas de alta tensión o torres y subestaciones durante el embarazo estaba asociado a un descenso  significativo del peso al nacer de 212 gramos, y que era mayor en las niñas que en los niños. Los autores concluyeron afirmando que muy poquitas personas viven en esas condiciones, por lo que el impacto en la salud pública global es escaso. No obstante, aunque globalmente el número de casos sea pequeño, sigue siendo un problema para las personas, mujeres embarazadas en este caso, que viven cerca de este tipo de fuentes de radiación electromagnética.

También se ha estudiado la relación con muertes fetales encontrándose también resultados poco claros. Así, Auger et al. (2012) encuentraron que para los fetos cuya madre residía  a menos de 25 metros de una línea de alta tensión el incremento de la probabilidad de morir al final del embarazo era mayor que para los que vivían a más de 100 metros: OR = 2.25 ; 95% IC = (1.14 ; 4.45). Sin embargo, no se encontró ningún patrón de asociación entre la distancia y los varios tipos de muertes fetales, lo que llevó a los autores a catalogar como poco probable que vivir cerca de una línea de alta tensión se asocie a una muerte fetal, aunque claramente advierten de que no lo descartan y se necesitan más investigacions al respecto.

De igual modo podría hablarse sobre la probabilidad de un aborto espontáneo. Mahmoudabadi et al. (2013) lo estudiaron con dos grupos de mujeres, 58 de ellas que tuvieron un aborto sin aparente explicación antes de la semana 14, y 58 de ellas embarazadas de más de 14 semanas. Las medidas de campo magnético en los hogares de las mujeres del primer grupo eran significativamente mayores que para el segundo. La poca muestra es una limitación de este estudio, pero de nuevo deja un poso de incertidumbre sobre los posibles efectos nocivos de la exposición a campos magnéticos y el desarrollo del embarazo. Wang et al. (2013), por su parte, encontraron resultados contradictorios a este respecto en su estudio realizado con 413 mujeres en China.

Trastornos del sueño y ritmo circadiano

Lewczuk et al. (2014) realizan la revisión más reciente con respecto a la relación entre la exposición a campos magnéticos y los cambios en el sistema circadiano. Tomaron como marcadores del sistema circadiano a la melatonina y al cortisol, y también analizan diversos estudios sobre el sueño. Los resultados de esa revisión son altamente contradictorios; existen estudios que muestran una disminución de la secreción de melatonina  pero también un cuerpo de evidencia mayor que no sustenta tal efecto, tanto en estudios epidemiológicos, como con voluntarios, con aninales e in vitro. De manera similar, los estudios sobre el efecto en el cortisol tampoco muestran un patrón claro de efecto.

Esto hace que los autores duden sobre la hipótesis de la melatonina como mecanismo por el cual la exposición a campos magnéticos deteriora el sistema inmune y puede provocar enfermedades. Sin embargo, admiten que puede haber algunas personas más sensibles que otras a los campos electromagnéticos debido tanto a factores genéticos como de estado de salud.

En cualquier caso sigue habiendo investigaciones recientes que asocian la exposición a campos magnéticos con la disminución de la calidad del sueño. Por ejemplo, Liu et al. (2014), en su estudio sobre 854 trabajadores de una planta eléctrica en China, encontraron que aquellos más expuestos a los campos magnéticos dormían con peor calidad que los menos expuestos.

Otros efectos

La presencia de líneas de alta tensión cercanas a colegios también ha sido objeto de interés para los investigadores. Huang et al. (2013) realizaron un estudio en dos colegios de China con el fin de comparar el desempeño de los estudiantes en varios tests que evaluaban la función neurcomportamental de niños entre 9 y 13 años. Uno de los colegios estaba situado a 94 metros de una línea de alta tensión de 500 kV, mientras que el otro no tenía ninguna cerca en un radio de 4 km. Las intensidades de campo eléctrico y magnético en ese primer colegio eran significativamente mayores que en el segundo. Concretamente la media del campo magnético era de 0.2  µT; casi la mitad de las mediciones en ese colegio estaban en el rango de 0.2–0.4 µT.

Los estudiantes completaron 4 tests y en dos de ellos el resultado en ese primer colegio fue peor que en el segundo. Los autores concluyeron que una exposición a largo plazo a campos magnéticos generados por la cercanía a una línea de alta tensión pueden tener un impacto negativo en la función neurocomportamental en niños. Evidentemente, los autores demandan más estudios al respecto. También admiten que esas exposiciones a campos magnéticos son inusuales en las escuelas, pero recalcan que el riesgo para el pequeño porcentaje de estudiantes que está expuesto a esos niveles de campo electromagnético puede ser importante.

De gran interés es también la muy reciente investigación de Navarro et al. (2016) sobre el efecto de campos magnéticos de intensidad moderada (del orden de 0.1 µT  a 2 kHz), similares a los que se pueden producir al emplear auriculares para escuchar música en dispositivos electrónicos. Los resultados indican que la exposición a ese nivel de campo magnético modifica el tiempo de respuesta de ciertas variables cognitivas tras aplicar test de memoria de Sternberg a una muestra de estudiantes. Esa modificación no tiene un patrón definido, con influencia positiva y negativa en función de las diferentes variables medidas. Los resultados necesitarán replicarse en el futuro pero revelan una nueva señal de alerta ante la posibilidad de que este tipo de campos poco intensos provenientes de frecuencias bajas (entre los 20 Hz y 20 kHz) afecten al procesamiento neuronal humano en relación con la selección, la preparación y la ejecución de una respuesta respecto a un estímulo externo.

La electrosensibilidad es una discapacidad reconocida en diversos países, como Suecia, disponiendo de un marco legal de protección (Johansson, 2015). Las personas electrosensibles tienen una especial respuesta a la exposición a campos electromagnéticos. La cuestión sobre si es sólo una patología psicológica o no sigue abierta en una parte de la literatura científica (ej. Dieudonné, 2015), aunque también es cierto que una gran cantidad de investigadores la consideran como una enfermedad provocada por el entorno (ej. Belyaev et al., 2015). Síntomas de esa enfermedad serían dolores de cabeza, fatiga, problemas para dormir o depresión, admitiendo que la sensibilidad individual a estos agentes contaminantes son un factor determinante en que aparezcan esos síntomas.

Finalmente, Blank (2014) cita varios estudios realizado en diversos vecindarios situados cerca de líneas de alta tensión, donde se encontraron mayores niveles de depresión y mayores tasas de suicidios.

Conclusiones

El conocer los mecanismos por los cuales la exposición a campos magnéticos puede producir efectos nocivos para la salud sigue siendo un desafío para los investigadores. La hipótesis de la melatonina, como hemos comentado, que era una de las más plausibles, también se cuestiona en la actualidad por algunos autores, lo que hace que se sigan sembrando dudas a este respecto.

Otra hipótesis sobre la que se trabaja para explicar la aparición del cáncer es el efecto en las proteínas de estrés (ver Blank, 2014). Por ejemplo, DiCarlo et al. (2002) estudiaron embriones de pollos. Esos huevos estaban expuestos a una radiación de 8 μT durante 30 o 60 minutos, dos veces al día durante cuatro días. La producción de la proteína hsp70 (conocida como proteína de estrés) disminuyó en un 27%, reduciendo por tanto la capacidad de reparación celular. Los autores concluyeron que el efecto acumulado de esa exposición, conlleva una reducción también continuada de las proteínas de estrés, lo que a largo plazo predispone al individuo al desarrollo de cáncer debido al daño en el ADN.

Más recientemente, Giorgi et al. (2011) afirmaban que en algunas circunstancias el campo magnético actúa como estresor de las células, produciendo una respuesta fisiológica. Los campos magnéticos de baja frecuencia afectan a las bacterias, produciéndoles estrés, e induciendo la sobreproducción de proteínas, la modificación de la morfología de la bacteriana y su adhesión celular, y la alteración de la proliferación de la célula bacteriana. Aunque admiten que hay estudios contradictorios en relación a las mutaciones que pueden provocar esos campos magnéticos de baja frecuencia, produciendo efectos genotóxicos y modificaciones del ADN, los resultados de su estudio indicaron que los campos magnéticos de baja frecuencia pueden afectar la transposición bacteriana, incluso en periodos de exposición cortos (entre 15 y 90 minutos), lo que sugiere que los efectos ocurren en los primeros minutos.

La cantidad de estudios que muestran daño biológico a la exposición a campos magnéticos de baja frecuencia es amplia como muestra el informe Bioinititative (Bioinititative Working Group, 2012). Otro ejemplo reciente es el estudio de Zhu et al. (2014) sobre células oculares fetales,  que fueron sometidas a campos magnéticos de 0.1, 0.2, 0.5 y 1 mT durante 6 a 48 horas. Los resultados mostraron supresión de colágeno lo que puede afectar a la vulnerabilidad de la parte posterior ocular con campos de 0.2 mT. Anteriormente, el estudio de Cridland et al. (1999) encuentró resultados similares con campos magnéticos generados por corriente a 50Hz pero con intensidades de densidad de flujo magnético menores: 20 μT y 200 μT. El estudio de Shuvy et al. (2014) sobre la calcificación vascular en animales, el de Liu et al. (2015) sobre la metilación del ADN en ratones, el de Chung et al. (2015) sobre los cambios en neurotransmisores[1], o el de Lee et al. (2015) sobre la prolificación de células son de nuevo muestras muy recientes del daño biológico producido por los campos magnéticos en estudios en animales. Más referencias a este respecto pueden consultarse en de la Rosa (2014), Bioinitiative Working Group (2012) y, sobre todo, en www.emf-portal.org.

En cualquier caso, y en base a la revisión que acabamos de realizar, existen dudas razonables a nivel epidemiológico para no adoptar una posición categórica sobre la relación entre la exposición a campos magnéticos de baja frecuencia y otras enfermedades y daños sobre la salud diferentes a la leucemia infantil, como las enfermedades neurodegenerativas u otros tipos de cáncer. Se podría decir que se debe seguir investigando para obtener conclusiones más claras. Hay un gran volumen de estudios realizados en laboratorio que muestran efectos nocivos de los campos electromagnéticos sobre las células y el ADN, cobrando especial relevancia la hipótesis de las proteínas de estrés, lo que se entiende como una llamada de atención ante las exposiciones largas y continuadas a este tipo de campos. Esto puede conllevar el deterioro del sistema inmune y la aparición de diversas enfermedades. Aunque la hipótesis de la melatonina se está cuestionando en algunos estudios recientes, no se debería desdeñar el hecho de que puede haber personas con mayor predisposición a ser más sensibles a los efectos de este tipo de campos electromagnéticos.

En conclusión, la relación entre la exposición a campos magnéticos de baja frecuencia y otras enfermedades y daños sobre la salud es un poco más confusa que la evidencia que se muestra respecto a la leucemia infantil. Esto hace que debamos ser prudentes y no aceptar una interpretación categórica hasta que no se realicen más estudios. Recordemos que para el caso de la leucemia infantil el cuerpo de evidencia comenzó hace más de 35 años. La investigación epidemiológica sobre su asociación con otras enfermedades es mucho más reciente, aunque es cierto que los estudios de laboratorio vienen indicando sospechas desde hace también varias décadas. En los últimos años se está poniendo mucho interés en la asociación con enfermedades neurodegenerativas, y viendo las últimas evidencias existentes con respecto al Parkinson, Alzheimer y Esclerosis Lateral Amiotrófica, no debería descartarse esa posibilidad. Trastornos del sueño, hipersensiblidad electromagnética, desarrollo cognitivo en niños, y efectos reproductivos y sobre el feto también han sido identificados en diversas investigaciones, así como efectos piscológicos como la depresión o el suicidio. El volumen de artículos científicos en el que se muestran efectos nocivos para la salud es muy amplio, y el hecho de que el porcentaje de población expuesta a niveles de campo magnético del orden y superior a 0.3 μT sea bajo, no significa que en los casos donde exista esa exposición se ofrezca como única alternativa la inacción por parte de las entidades responsables de salud pública.

Las referencias de todas las investigaciones nombradas pueden encontrarse en este informe que realicé en enero de 2016. 

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