(#323). EL ATAQUE CON MICROONDAS A LA EMBAJADA DE EEUU EN MOSCÚ DURANTE LA GUERRA FRÍA Análisis del suceso que supuso la visibilidad de los posibles efectos sobre la salud de la exposición a campos electromagnéticos no ionizantes

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[MONOTEMA] Entre 1953 y 1979 la URSS estuvo irradiando con microondas la embajada de Estados Unidos en Moscú. Este episodio, todo un clásico de la Guerra Fría, ha cobrado una trascendencia enorme en las discusiones acerca del efecto de la radiación no ionizante sobre la salud de las personas. Tanto los defensores de que los efectos biológicos negativos de la radiofrecuencia están más que probados, como los negacionistas que no admiten la evidencia científica existente, toman este episodio como prueba de sus argumentos.

Esta aparente contradicción viene justificada por el auténtico enredo de informes, publicaciones oficiales, artículos de prensa, revelaciones de investigadores, mentiras y juegos de guerra, que han acompañado a este caso desde que salió a la luz pública a comienzos de la década de los 70.

En este post, voy a tratar de analizar fríamente (y nunca mejor dicho) la evidencia disponible, con el fin de tener una visión lo más completa posible sobre el fondo de la cuestión, es decir, sobre el efecto de esa irradiación de microondas en la salud de los trabajadores de la embajada. Ya adelanto que el misterio continúa (y que probablemente así será para siempre), pero quizá este artículo sirva para desvelar algunas de las claves del caso, y ayude a comprender la complejidad del análisis de este tipo de problemas de investigación.

Los hechos

La embajada de Estados Unidos en Moscú, un edificio de 10 plantas situado en la capital soviética fue objeto de una irradiación totalmente dirigida por el gobierno de aquel país, y que duró desde 1953 hasta abril de 1979 (NYT, 1979).

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Los americanos fueron conscientes de ello desde prácticamente el comienzo, en 1953 (Krishnan, 2017), aunque otras fuentes, como Guthrie (1977) apuntan a que la primera evidencia la obtuvieron en 1959, cuando el vicepresidente Nixon visitó el edificio. Rápidamente bautizaron ese radiación como la “señal de Moscú” (“Moscow signal”).

Sin embargo, el gobierno estadounidense dedició mantener este hecho en secreto. No fue hasta 1972, cuando comenzaron a comunicárselo a algunos trabajadores de la embajada (Association for Diplomatic Studies, 2013), y hasta 1976 cuando todo el personal del edificio conoció los hechos (Love, 1976). Fue precisamente en esos primeros meses de 1976 cuando el suceso saltó a la luz pública, en un reportaje de la revista Time, donde se publicó que muchos miembros del staff de la embajada habían vuelto a Estados Unidos enfermos y que dos embajadores habían muerto de cáncer, y que un tercero, Walter Stoessel, sufría de leucemia (Krishnan, 2017).

Los soviéticos habían negado hasta entonces el uso de microondas; tal y como indica Guthrie (1977), decían que lo que detectaban los americanos en la embajada era la radiación de la ciudad producida por industrias cercanas.

Tras revelarse los hechos, la opinión pública estadounidense, y tambien el Congreso (Congressional Record, 1976), estuvo preguntando al gobierno norteamericano acerca de las consecuencias del incidente, pidiendo asimismo que exigiera a Moscú que parara inmediatamente ese “bombardeo”. No fue, sin embargo, hasta abril de 1979,  cuando finalmente remitió. Los hechos, por contra, quedaron bastante lejos de aclararse entonces.

Niveles de radiación

Hay cierta divergencia según las fuentes consultadas con respecto a la intensidad y frecuencia de la radiación. En la siguiente tabla muestro las más relevantes:

Niveles de densidad de potencia y frecuencias de la radiación

  Guthrie (1977) Lillienfeld et al.  (1978) Wikileaks (2006) Krishnan (2017) Permitido URSS Permitido EEUU
1953 a mayo 1975

Hasta 0.4 mW/cm2

0.005 mW/cm2

9 horas al día

0.005 mW/cm2

9 horas al día

Nunca superó los 4 mW/cm2

0.010 mW/cm2

10 mW/cm2

Junio 1975 a febrero 1976

0.018 mW/cm2

0.018 mW/cm2

18 horas al día

0.013 mW/cm2

18-20 horas al día

Nunca superó los 4 mW/cm2

0.010 mW/cm2

10 mW/cm2

A partir de febrero de 1976

Fracciones de μW/cm2

18 horas al día

Menos de 0.002 mW/cm2

Nunca superó los 4 mW/cm2

 

0.010 mW/cm2 10 mW/cm2
Rango de frecuencias  0.5 a 10 GHz 0.5 a 9 GHz 2 a 7 GHz GHz GHz

Como puede apreciarse, las intensidades (densidades de potencia) estuvieron siempre por debajo del límite máximo soviético, excepto en el intervalo de junio de 1975 a febrero de 1976, donde se situaron un poco por encima. Sin embargo, el límite para Estados Unidos era 1000 veces más laxo. Esa gran divergencia entre los límites de ambos países es de gran relevancia, por las implicaciones legales (Guthrie, 1977) y socioeconómicas que posteriormente comentaremos.

Probablemente las fuente más confiable de las reportadas en la tabla son las de Lillienfeld et al.  (1978) y Wikileaks (2006). Ambas son prácticamente idénticas. La primera de ellas es el informe epidemiológico elaborado para el gobierno estadounidense, y la segunda es un documento interno secreto fechado el 3 de julio de 1976, dirigido al personal de la embajada soviética por el propio gobierno americano.

Para hacernos una idea con respecto a qué significarían esos niveles de potencia en la actualidad, a 10 cm de un router Wi-Fi de 300 mW puede haber una intensidad de 0.0001 mW/cm2 (Liptai et al., 2017). En un colegio con 30 portátiles y con un router a 0.5 metros puede haber unos 0.016 mW/cm2 (Hedendahl et al., 2017).  Por tanto, las intensidades a las que estuvieron expuestos los trabajadores de la embajada fueron ligeramente superiores al equivalente a estar cerca de un router Wi-Fi. Sólo durante ese corto periodo entre 1975 y 1976 las intensidades subieron al equivalente a estar en la clase de una escuela con todos los dispositivos inalámbricos conectados. Cuando se apantalló la embajada a comienzos de 1976, los niveles en el interior bajaron a menos de 0.001 mW/cm2.

La experiencia soviética y los experimentos estadounidenses

Es fundamental entender el contexto histórico en el que ocurrió este episodio. Por un lado, los soviéticos tenían una amplia experiencia en la investigación sobre los efectos biológicos de la radiofrecuencia, y por otro lado, los estadounidenses habían experimentado con microondas como arma de control mental. No es de extrañar, por tanto, que con esos antecedentes el asunto cobrara una relevancia extrema.

La URSS había investigado con profusión los efectos de este tipo de radiación en los humanos. Así lo atestigua este informe desclasificado de Adams & Williams (1976) hecho para la Armada de los Estados Unidos.

Como indicaba The Associated Press (1976) aludiendo a esta informe, los científicos soviéticos estaban completamente seguros de los efectos biológicos de las microondas a bajas intensidades, radiaciones que podrían ser usadas como arma, la cual se emplearía  para desorientar y afectar el comportamiento de personal militar y diplomático, además de poder emplearse en los interrogatorios. El informe también indicaba que podría producir ataques al corazón, y también que podría afectar a la barrera hematoencefálica. Como resultado de esto, una persona podría desarrollar síntomas neuropatológicos severos e incluso morir por la discapacidad neurológica ocasionada. Además, señalaba que existían  informes en los países del bloque comunista de que mujeres que trabajaban en entornos industriales podrían haber sufrido abortos expontáneos debido a la exposición a las microondas.

La Unión Soviética investigó profusamente los efectos en las personas expuestas a microondas, y encontraron que desarrollaban frecuentemente dolores de cabeza, pérdida de apetito, deprivación del sueño, dificultad de concentración, y problemas en la memoria, estabilidad emocional y función cardiovascular.  Y esos efectos se encontraron a intensidades menores de las que causaban problemas debido al calentamiento de los tejidos (Carpenter, 2015).

El progresivo conocimiento de los resultados publicados en la literatura soviética comenzó a perturbar gravemente a los ciudadanos americanos. Tal fue así, que el presidente del American Foreign Service Association,  John Hemenway, decía en mayo de 1976 que el objetivo de los soviéticos con el bombardeo de microondas no era interferir en las comunicaciones sino dañar la salud de los americanos allí presentes. Hemenway aseveraba que era conocido que ese tipo de ondas y a la intensidad a la que fueron expuestos casuaban enfermedades, como cataratas, daños en el sistema nervioso, problemas circulatorios, fatiga y dolores de cabeza (CIA, 2012).

El congresista Edward I. Koch intervino en el Congreso el 2 de agosto de 1976 en relación a este tema, y de nuevo aludió a que la literatura había demostrado efectos nocivos para la salud, y que por tanto había que tomar medidas para preservar la salud del personal americano (Congresional Record, 1976).

Y es que era ciertamente sospechoso que los soviéticos tuvieran unos niveles máximos de exposición 1000 veces más exigentes que los americanos. ¿Qué sabía la URSS sobre los efectos de las microondas que desconocía Estados Unidos?. Como apuntaba Guthrie (1977), los estándares en Estados Unidos se aprobaron en 1953 y se cimentaron sobre consideraciones teóricas, y con la asunción de que únicamente los efectos de la radiación de microondas podrían ser térmicos, y que no podrían tener efecto acumulativo porque eran incapaces de ionizar. Guthrie (1977) reconocía que ya en 1977 había varios estudios médicos que seriamente cuestionaban las asunciones anteriores. Por ejemplo, el Dr. Milton Zaret, profesor asociado de oftalmología de la New York University-Bellevue Medical Center, que había realizado varias investigaciones sobre microondas para el gobierno norteamericano decía: “El estándar nacional no es un estándar seguro, sino una declaración que define el nivel más alto posible de riesgo ocupacional. Está basado solamente en cálculos térmicos para el cuerpo completo; ignora la cuestión de la sensibilidad de cada órgano y los efectos que aparezcan de manera más dilatada en el tiempo tras exposiciones crónicas a bajos niveles”.

El profesor Herman Schwann de la Universidad de Pennsylvania que fue uno de los propulsores del estándar de 10 mW/cm2 dijo: “Nadie sabe si los estándares de exposición segura, que pueden ser adecuados para los adultos, lo son para los niños”.

Sin embargo, el bloque soviético tenía otros estándares de seguridad. En el Symposium of the Biological Effects and Health Implications of Microwave Radiation, celebrado en 1970, Karel Marha, de Checoslovaquia explicaba que habían propuesto 0.01 mW/cm2, ya que se reconocía que había evidencia de efectos biológicos hasta niveles de  0.1 mW/cm2, por lo que que se había propuesto un factor de seguridad de 10 hasta alcanzar los estándares de 0.01 mW/cm2. Con esos niveles máximos se trataba de prevenir no sólo el daño en el organismo sino también los sentimientos subjetivos no placenteros. Además, en Checoslovaquia se bajaba hasta 0.001 mW/cm2 cuando  se asumía que la exposición no era durante una jornada de trabajo, sino durante 24 horas.

Pero no sólo los soviéticos estaban profundamente interesados en este tema, los americanos habían puesto el foco en las microondas desde los años 50, como posible arma de control mental.

Como explica Krishnan (2017), en los años 50 el proyecto de control mental de la CIA, MK ULTRA, tenía en una de sus vertientes la investigación sobre el uso de los campos electromagnéticos para tal fin. Así, el subproyecto 62 de MK ULTRA estaba en manos de Maitland Baldwin, y tenía como objetivo analizar el efecto de las ondas eletromagnéticas en monos. En uno de esos experimentos se expuso a monos a frecuencias de 388 MHz y altas potencias (100 V), encontrando varios cambios en el electroencefalograma, así como activación y somnolencia. Además, observó efectos mortales tras unos pocos minutos de exposición.

Algunos de los experimentos de Ewen Cameron, un psiquiatra que participó activamente en el proyecto MK ULTRA, tomaron como sujetos a personas en el Radio Telemetry Laboratory, creado especialmente para tal fin, y que probablemente estuviera inspirado en saber más acerca de los efectos del bombardeo de microondas de la embajada estadounidense.

En 1965 , la agencia DARPA decidió contratar la investigación del Walter Reed Army Medical Center Research Institute y la Universidad Johns Hopkins, en lo que se llamó el Proyecto Pandora, para estudiar los posibles efectos biológicos sobre los humanos de la exposición a microondas.

El Dr. Milton Zaret reconoció que los efectos sobre el sistema nervioso eran posibles, y  Robert O. Becker, dos veces nominado al Nobel por sus trabajos sobre los efectos de los campos electromagnéticos sobre los tejidos vivos, indicó lo siguiente en una entrevista a la BBC en 1984: “Creo que es muy poco cuestionable que se puedan producir perturbaciones en el sistema nervioso central por motivo de la exposición a microondas. No creo que con la tecnología que tenemos hoy día se pueda hacer que alguien quede instantáneamente dormido, pero se puede interferir en la capacidad de toma de decisiones. Se puede producir una situación de estrés crónico por la cual el personal de la embajada no opere de la manera eficiente que lo hacía antes. Esta sería, obviamente, la ventaja buscada por los soviéticos”.

Weinberger (2017), cuenta cómo los propios americanos engañaron al personal de la embajada en 1965 cuando los doctores comenzaron a hacer análisis de sangre. Les decían que buscaban un nuevo virus pero, en realidad, querían usar esa información para integrarla en el Proyecto Pandora.

En octubre de 1965 Richard Cesaro se puso al frente del DARPA Program Plan 562, nombre técnico del Proyecto Pandora. La propia DARPA se había encargado de traducir decenas de investigaciones soviéticas sobre esta temática, dándose cuenta de que los efectos neurológicos de las microondas fascinaban al bando enemigo.

Como continúa contando Weinberger (2017), el proyecto Pandora empleó monos como unidades de análisis, y se hizo en los laboratorios del gobierno, en lugar de universidades, ya que, como hemos dicho, era un proyecto secreto. Se expuso a los monos  a los mismos niveles de señal que la embajada recibía en Moscú. Los resultados no se publicaron en peer review, pero en diciembre de 1966 Cesaro informó que el primer mono involucrado en los test había mostrado un comportamiento errático y repetitivo, lo que le llevó a aseverar que era incuestionable que la señal penetraba en el sistema nervioso central, y provocaba cambios en la funciones de trabajo asignadas.

Los resultados fueron tan convincentes para él que recomendó al Pentágono empezar inmediatamente a investigar potenciales aplicaciones militares, y quiso que el proyecto se extendiera al experimento con humanos, algo que desde algún sector de la CIA se veía con recelo, como otra forma de repetir las cuestionables prácticas del proyecto MK ULTRA. Era mayo de 1969 y el comité científico de Pandora estaba discutiendo ampliar el estudio a 8 humanos, pero finalmente no se llevó a cabo porque se estuvieron revisando los resultados con más primates y había dudas sobre si realmente se producía ese cambio de comportamiento por la señal de microondas. En 1968 el doctor James McIlwain se hizo cargo de la investigación de Pandora y revisando los datos generados llegó a la conclusión de que esa señal no producía control mental en los monos.

Como conluye Weinberger (2017), en 1969 DARPA terminó su apoyo a Pandora y Cesaro fue despedido. Al final de la década la inteligencia americana argumentaba que los soviéticos habían usado ese tipo de ondas no para controlar la mente de los diplomáticos, sino para activar dispositivos de escucha en las paredes del edificio.

El objetivo soviético

¿Activar dispositivos de escucha en las paredes? Quizá. Como acabamos de indicar esa fue una de las explicaciones dadas por los americanos, pero la credibilidad institucional americana estaba en entredicho. Al fin y al cabo el Departamento de Estado había estado ocultando a sus propios empleados durante más de 15 años que estaban siendo irradiados, les mintieron sobre el objetivo de los análisis efectuados, y negaron categóricamente que algunos de esos resultados fuera preocupante para la salud. Por ejemplo, desde el Departamento de Estado se decía que el embajador Walter Stoessel se sentía bien, y que no estaba enfermo, y que unos análisis de sangre donde se presentaban  altos niveles de glóbulos blancos no tenían nada que ver con la leucemia (Love, 1976). Sin embargo, Stoessel falleció de leucemia el 9 de diciembre de 1986, a los 66 años (Barnes, 1986).

La hipótesis del control mental también era tenida en cuenta por el gobierno americano (Le Miere, 2017). Los propios estadunidenses habían estado experimentando con ello en el proyecto MK ULTRA, por lo que sospechaban que los soviéticos podrían estar haciendo lo mismo.

El ex agente de la CIA Victor Marchetti tenía otra teoría que no tenía que ver con la amenaza a la salud, sino con una estrategia de confusión para hacer perder el tiempo al gobierno americano mientras estudiaban y analizaban lo que podría estar sucediendo (Love, 1976). Cierto o no,  la realidad es que efectivamente el gobierno americano dedicó muchos recursos y esfuerzos a analizar lo ocurrido, especialmente el estudio epidemiológico de Lilienfeld et al. (1978).

Los soviéticos, por su parte, admitieron el uso de microondas después de negarlo durante 15 años (lo hicieron a comienzos de 1976). La versión oficial hasta 1976 era que la radiación propiciada por la actividad industrial de una gran urbe como Moscú era la que detectaban los americanos en la embajada Cuando lo admitieron, indicaron que lo hacían no para dañar la salud del personal americano, sino para interferir en las comunicaciones de la embajada Guthrie (1977).

Al final, ambas versiones oficiales coincidieron, lo que, dados los antecedentes de mentiras por uno y otro bando, quizá sea igualmente sospechoso.

El estudio epidemiológico de Lilienfeld

El 21 de junio de 1976, el Dr. Lilienfeld y su equipo, firmaron un contrato con el Gobierno de los Estados Unidos para llevar a cabo el que sería el estudio epidemiológico más ambicioso realizado hasta la fecha sobre el efecto de las microondas en la salud humana (Lilienfeld et al., 1978):

estudioepidemiologicoEl informe comparaba los trabajadores de la embajada y sus familiares con sus simialres en otras embajadas europeas (Belgrado, Bucarest, Budapest, Leningrado, Praga, Sofía, Varsovia y Zagreb). En un estudio de cohortes retrospectivo, estaban todas aquellas personas que habían trabajado entre el 1 de enero de 1953 y el 30 de junio de 1976.

Tras dos años de trabajo y más de 400 páginas de informe, las conclusiones no fueron lo alarmantes que algunos esperaban. O’Toole (1978) las resumía así: Había un incremento de glóbulos blancos y quejas de dolores de cabeza, pérdida de memoria y deprivación de sueño entre los trabajadores, que los investigadores justificaron por la alta incidencia de infecciones bactarianas en la URSS y la publicidad dada al tema de las microondas desde 1976. No había diferencias en cuanto a mortalidad (incluyendo diferentes tipos de cáncer). Es más, la mortalidad por todas las causas en los trabajadores soviéticos y los del conjunto de las otras 8 embajadas era menor que la de la población usada como base de comparación. Es lo que se denomina “healthy worker effect”, algo lógico entre empleados que son seleccionados precisamente para esas labores de responsabilidad y que generalmente cuentan con una salud por encimade la media.

Elwood (2012), realizó un pormenorizado análisis del informe de Lilienfeld et al. (1978). Las siguientes tablas de mortalidad y morbilidad resumen esos resultados:

mortalitymorbidity

Aunque es cierto que los resultados sobre mortalidad por cáncer no fueron significativos, sí que las diferencias encontradas en algunas variables de morbilidad han hecho concluir a diversos autores (Liakouris, 1998; Carpenter, 2015)  que efectivamente esos síntomas cuadran con los esperados tras la exposición prolongada a microondas de baja intensidad. Son precisamente síntomas ligados a la electrohipersensibilidad (Redmayne, 2017).

La réplica de Goldsmith

El investigador J. R. Goldsmith criticó con énfasis los resultados del estudio de de Lilienfeld et al. (1978); las conclusiones fueron maquilladas por el Departamento de Estado estadounidense, se estaban suavizando esos resultados (Goldsmith, 1995).

Goldsmith criticó la metodología de comparar el personal de la embajada soviética con la del resto de embajadas. ¿Por qué tomar como grupo de control el resto de embajadas? ¿Cómo estar seguros de que esas otras embajadas no habían sido también irradiadas?.

Como indica Carpenter (2015), Goldsmith reinterpretó los datos del estudio original agrupando los casos de muertes entre todas las embajadas y comparándolas con la población de referencia. En la siguiente tabla se muestran esos resultados.

goldsmithCon este modo de presentar los datos, los resultados cambian ostensiblemente. Goldsmith unió los casos de muerte de los trabajadores con las de sus familiares (“dependents”), lo que convertía a la mortalidad por leucemia significativa en Moscú. Luego, además, agregó estos resultados con los del resto de embajadas (“both groups”) y encontró que tanto leucemia, tumores cerebrales y cáncer de mama eran estadísticamente mayores en número de lo que sería esperable.

Goldsmith no cesó en su empeño de demostrar que las conclusiones derivadas del estudio de Lilienfeld et al. (1978) eran poco convincentes. Según EMFacts (2012), un estudio inicial hecho en Moscú en 1967 sobre un grupo de 43 trabajadores (37 expuestos y 7 no expuestos), encontró anormalidad en cromosomos en 20 de esos 37 expuestos, frente a 2 de los 7 no expuestos. Posteriormente, en 1976, otro estudio hematológico encontró diferencias significativas entre los empleados de la embajada en Moscú y otros empleados del servicio de asuntos exteriores. Los glóbulos blancos eran mayores en número en el personal de Moscú, pero esos resultados nunca fueron publicados. Sin embargo, Goldsmith los obtuvo gracias a la Freedom Information Act, una Ley que permite a los ciudadanos americanos acceder a información oficial del gobierno.

Según Goldsmith, las conclusiones del estudio de Lilienfeld et al. (1978) fueron suavizadas por el Departamento de Estado. Además, aseguraba que algunos casos  de cáncer habían sido eliminados del análisis final, con lo que habían distorsionado el  análisis estadístico  realizado. Finalmente, Goldsmith concordaba con Lilienfeld et al. (1978) en que era necesario un seguimiento adicional de la cohorte de participantes, ya que ciertos cánceres podrían no haberse manifestado en el momento de cierre del estudio.

Cabos sueltos

¿Por qué el estudio de Lilienfeld et al. (1978) no analiza la indidencia de cáncer y sólo habla de la mortalidad por cáncer? Esto es muy importante para la interpretación final de resultados. De hecho, el congresista Edward I. Koch (Congresional Record, 1976), había especificado en su intervención en el Congreso que 5 mujeres de la embajada habían sido objeto de masectomías. Esto indicaría que los casos de cáncer de mama serían mayores que las 2 muertes reportadas por el estudio de Lilienfeld et al. (1978).

Otro dato especialmente inquietante se refería a las causas de muerte de varios embajadores en Moscú, que ostentaron ese cargo durante el periodo de análisis. Charles Bohlen fue embajador desde el 20 de abril de 1953 hasta el 18 de abril de 1957. Murió de cáncer el 1 de enero de 1974, a los 69 años (Phelps, 1974). Llewellyn Thompson, fue embajador desde el  16 de julio de 1957 hasta el 27 de julio de 1962, y luego del 23 de enero de 1967 hasta el 14 de enero de 1969, y murió de cáncer el 6 de ferbero de 1972, a la edad de 67 años (The Associated Press, 1972). Finalmente, Walter J. Stoessel,  que fue embajador desde 1974 hasta 1976, murió de leucemia el 9 de diciembre de 1986 a los 66 años de edad (Barnes, 1986). Tres muertes por cáncer de los embajadores (precisamente sus despachos eran los que recibían mayor intensidad de radiación), y el caso de la leucemia de Stoessell que no fue incluido en el análisis de Lilienfeld et al. (1978).

En 1976, el doctor R. M. Tartell (Tartell, 1976), médico de la Walter Reed Army Medical Center, en esta carta al editor del Washington Post, indicaba que “uno no necesita ser médico para apreciar la desproporcionada incidencia de leucemia y otras formas de cáncer entre miembros pasados del staff de la embajada en Moscú”. ¿Qué datos manejaba Tartell para hablar de “desproporcionada” incidencia de leucemia si en el informe oficial epidemiológico publicado dos años después sólo se hablaba de 2 casos de muerte por esta enfermedad?.

En 1977, en un artículo publicado en Los Angeles Times (United Press International, 1977), se informaba de que una “autoridad”, le había dicho al Presidente Carter que los primeros residentes de esa embajada tenían la mayor incidencia de cáncer de cualquier grupo en el mundo. De hecho,  ya se empezaban a cuestionar en Estados Unidos si vivir cerca de antenas era seguro, y varios colectivos del país y abogados se estaban movilizando Según esta noticia, el ejército sabía que las armas de microondas podía causar la muerte súbita, estimando que la población en riesgo de Estados Unidos podría estar entre los 15 y 20 millones de personas.

También en 1977 (Stevens, 1977), publicaba que un tercio de los diplomáticos y sus familias habían mostrado en los últimos meses unos niveles anormalmente altos del número de linfocitos. Aunque en un principio se ligó a las microondas las autoridades médicas habían abandonado esa teoría, diciendo que era algo pasajero y no alarmante, y que ello no era indicativo del desarrollo de leucemia. Esos niveles de linfocitos volvían  a su estado normal después de dos semanas tras dejar el entorno de Moscú. La hipótesis sobre la causa de ese nivel anormal de linfocitos la trasladaban a un posible parásito en el agua potable o a una infección respiratoria. Sin embargo, como indicaba la noticia, no hay evidencia de que el resto de ciudadanos de Moscú (los soviéticos) tuvieran esas anomalías en el ratio de incidencia que había en la embajada. La muerte por leucemia de Stoessel pocos años más tarde, volvía a poner en duda la versión oficial americana.

Demasiados cabos sueltos, demasiada incertidumbre.

Detalles controvertidos del estudio epidemiológico

Repasando con cierto detalle el estudio de Lilienfeld et al. (1978), surgen diversas cuestiones que añaden (aún más) ruido a este asunto.

(1) No está muy claro la razón de escoger como sujetos de estudio a trabajadores y familiares cuando hay familiares que obviamente pasaban mucho menos tiempo expuestos. Esposas e hijos podrían haber estado sujetos a una menor exposición.

(2) Los autores admiten que hubo registros médicos que no se encontraron, porque se dejó de buscar debido a la premura de publicar los resultados. Recordemos que los investigadores tenían la presión de terminar el informe en un tiempo dado, y esto hizo que información relevante no se incluyera por falta de tiempo.

(3) En las preguntas realizadas a los participantes, muchos de ellos no recordaban la información sobre la localización de su trabajo en la embajada, por lo que fueron categorizados como participantes de “exposición cuestionable”.

(4) Se tomó como población aquella que pudo ser seguida en su totalidad, es decir, todos aquellos de los que se disponía de historial médico. En la población identificada había 1827 personas de la embajada de Moscú y 2561 del resto de embajadas, pero no se obtuvo información de todas ellas. Al final, entraron en la cohorte 1719 y 2460, respectivamente. Pese a ser un alto porcentaje de la población inicialmente identificada, dado los pocos casos de cáncer, el hecho de que alguno de ellos se “escape” podría convertir los resultados de estadísticamente no significativos a estadísticamente significativos.

(5) Pero es que de los 4179 empleados que finalmente pudieron ser seguidos 194 murieron en el periodo considerado. Sin embargo, hubo 13 de esas muertes (7 de Moscú y 6 de las otras embajadas) en las que no se pudo cerciorar su causa, por lo que se contabilizaron finalmente 181, y no 194.

(6) Los propios autores se quejan en el informe sobre el bajo índice de respuesta de los cuestionarios enviados a los empleados, pese a que se les suponía con un nivel educativo alto.

(7) Un 36% de las causas de muerte no fueron obtenidas de certificados de defunción, sino de otras fuentes. Así, los autores indican que “los resultados deben interpretarse con cautela”, porque habría más de un tercio de muertes sujetas a errores de codificación.

(8) Hay una aparente contradicción en que la mortalidad general sea más baja (“healthy worker effect”) y que esa misma población perciba ciertos problemas de salud (como los ya comentados de morbilidad) por encima de lo esperado.

(9) No se emplea ninguna variable de control para los análisis. Sólo se indica que el tabaquismo se distribuía igual entre el personal de Moscú y el del resto de embajadas.

Estas limitaciones del estudio epidemiológico hay que tenerlas en cuenta a la hora de interpretar los resultados.

Simulaciones

A partir de esas limitaciones y de algunos de los “cabos sueltos” comentados se pueden hacer simulaciones con los datos del estudio original de Lilienfeld et al. (1978).

Por ejemplo, ¿qué número de casos de cáncer de mama habrían sido necesarios para considerar que existe un efecto significativo?. En 1977,  la incidencia de cáncer de mama en Estados Unidos era de 100.8 casos por cada 100000 mujeres. Esa incidencia también se denomina densidad de incidencia, y se define como el número de nuevos casos por unidad de persona-tiempo en riesgo. Por tanto, Ir=0.001

El informe de Lilienfeld et al. (1978) no provee información detallada de los tiempos de seguimiento de cada participante, pero sí que globalmente para las mujeres la exposición era de 3131 personas-año. Como había un total de 410 mujeres y los años de seguimiento fueron 23, el promedio de exposición fue de 3.011 años. En cualquier caso, este último dato es poco informativo, sin embargo, si se toman esas 3131 personas-año como denominador en el cómputo de la densidad de incidencia, entonces se necesitaría haber detectado 9 casos de cáncer de mama para que estadísticamente la densidad de incidencia fuera significativamente superior a la de la población base. Asumiríamos la limitación, además, de no conocer de manera individual los tiempos de cada persona. Con 9 casos de cáncer de mama, la Ir(estudio) sería de 0.0028, pero teniendo en cuenta la computación del error al 95% con la asunción de normalidad, entonces los resultados bordearían la significación estadística.

¿Hubo 9 casos de cáncer de mama en la embajada de Moscú? La prensa hablaba de 5 masectomías, y sabemos que 2 mujeres murieron por este cáncer, pero no sabemos si esas 2 mujeres estaban dentro de las 5 de las que hablaba la prensa, si el total era 7,  o si aún había más casos que se dieron justo después de que el estudio se cerrara en 1977.

Y podemos hacer más simulaciones. Por ejemplo, con los “standardized mortality rates” (SMR), dados en la tabla de causas de mortalidad. Lilienfeld et al. (1978) sólo consideran dos muertes por leucemia pero sabemos que como mínimo hubo 3, porque Walter Stoessel falleció por esta enfermedad pocos años más tarde y el gobierno americano trató de ocultarlo en el periodo  de ejecución del estudio.

Así, siguiendo a Goldblatt (1990), se pueden computar el número de casos necesario para que el SMR fuera significativo. Dado que el número de casos reportado fue de 2, y el esperado en la población era de 0.8, el IC95% del estudio fue de (0.3 ; 9), que contiene el 1 y por lo tanto no es significativo. Es de destacar la amplitud del intervalo que lo hace muy poco preciso. Trabajar con tan pocos casos tiene esa limitación.

Si ahora consideramos 3 casos en lugar de 2 (al añadir el de Stoessel), entonces el intervalo sería de (0.7 ; 11), lo que todavía sigue siendo no significativo. Sin embargo, si hubiera habido un caso más de leucemia, es decir, 4 casos, entonces el IC95% hubiera sido de (1.3 ; 12.9), que sería significativo, y cambiaría por completo la interpretación de los resultados. ¿Hubo algún caso más de leucemia (aparte de Stoessel) que no fue incluido en el estudio original? Pues tampoco lo sabemos.

En cualquier caso, a los números siempre hay que mirarlos con la estadística, pero también más allá de la estadística; al fin y al cabo la determinación del tamaño de error tipo I es arbitraria. Si miramos con esa perspectiva más amplia a las simulaciones anteriores, nos encontramos que con 7 cánceres de mama la  densidad de incidencia en Moscú habría sido de 224 casos por cada 100000 personas-año, mientras que la que ocurría en Estados Unidos era de 100.8 personas año. Es cierto, no hay diferencias significativas al 95%, pero sí al 86%.

Si miramos ahora la mortalidad por leucemia, los casos confirmados serían 3 cuando lo esperable sería 0.8. De nuevo es cierto que no es significativo al 95%, pero sí al 90%. Y si unimos esos dos datos (incidencia de cáncer de mama y mortalidad por leucemia), vemos una tendencia, que podría resultar un patrón.

Consecuencias legales y sociales

Según Guthrie (1977), esa acción soviética fue una violación de la Ley Internacional (Convención de Viena sobre la Relaciones Diplomáticas – Artículo 29 sobre la inviolabilidad del personal diplomático), y por tanto habría que haberles pedido responsabilidad. Aunque no se sobrepasaran los estándares para Estados Unidos, sí para los soviéticos, por lo que era constitutivo de delito.

El autor indicaba que existían dudas razonables acerca de la seguridad para los humanos de exposiciones a esos niveles de intensidad, habiendo evidencias científicas que mostraban la posibilidad de esos daños. Además, dado que existía una voluntad de irradiación por una parte y un no consentimiento explícito por la otra, se afrentaba a la dignidad del afectado.

También apuntaba a la responsabilidad del Departamento de Estado norteamericano para con su personal en la embajada, porque conocía el hecho y no comunicó hasta muchos años después. Y muy importante, protestar por esto significaría aceptar que los límites de seguridad americanos eran fraudulentos, lo que conllevaría un gasto de cientos de billones de dólares en instalaciones militares y de defensa que sobrepasaban los límites soviéticos.

Para mí, este elemento legal y económico es trascedental para entender los resultados y la valoración de este episodio. ¿Qué consecuencias legales y económicas habría tenido cambiar el tono de las conclusiones y admitir efectos cancerígenos? De hecho Estados Unidos prácticamente no ha variado en nada los estándares para radiofrecuencia en los últimos 70 años. En 1992 se publicaba una ligera modificación en función de la frecuencia, donde para exposiciones de la población general se delimitaba los valores máximos como f/1500, siendo f la frecuencia medida en MHz. Así, para 3000 MHz, es decir, 3 GHz, el valor límite sería 2 mW/cm2, pero para 10 GHz sería de 5 mW/cm2, o lo que es lo mismo, varios órdenes de magnitud por encima de la intensidad medida en la embajada en Moscú.

Conclusion

Este suceso fue uno más dentro de los numerosos capítulos vividos durante la Guerra Fría. Y en ese contexto de manipulación, intereses políticos e información clasificada hay que valorarlo. Con los datos en la mano, con lo que hemos podido recopilar y que muestro en este post, podemos acercarnos a la verdad, intuirla, pero no desvelarla en su total dimensión. Y probablemente nunca podamos hacerlo.

Los negacionistas que se apoyan en este suceso, en los resultados publicados que he comentado, no tienen el suficiente sostén para defender su postura. Hay demasiados cabos sueltos, información sin analizar, defectos metodológicos, e interpretaciones discutibles.

Sin embargo, en el lado opuesto, los que toman este caso como una evidencia incontestable de los efectos nocivos de las microondas sobre los humanos en intensidades bajas, también han de admitir que falta una mayor consistencia estadística en los resultados.  Sigue habiendo demasiada imprecisión.

A mi entender, una visión global de todo el suceso, incluyendo los matices y detalles que he explicado en el artículo, acercan más a la verdad a los segundos que a los primeros. Y más cuando  hablamos de efectos no cancerígenos, ligados a lo que hoy se asocia a la electrohipersensibilidad. Sin embargo, hay que reconocer que la metodología empleada por Lilienfeld et al. (1978) pone también en riesgo esta afirmación, ya que los cuestionarios sobre síntomas se rellenaron después de que se hiciera público el caso (efecto nocebo).

En cualquier caso, me alineo con la postura de Frentzle-Beyme (1994):  El nivel de prueba requerido para justificar una acción de protección de la salud debería ser menor que el requerido para constituir causalidad como un principio científico. La “señal de Moscú” sigue siendo una “señal”; no la despreciemos, esuchémosla.

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Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, abril 19). El ataqie con microondas a la embajada de EEUU en Moscú durante la Guerra Fría. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b323

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