(#445) LOS JUGADORES MÁS PRODUCTIVOS DE LA ACB 2019/20

[MONOTEMA] Importante: toda la información se actualizará en mi nueva web:  www.playertotalcontribution.com

Tal y como estamos haciendo con la NBA, realizamos un seguimiento de las productividad de los jugadores de la Liga ACB, empleando como siempre el índice PTC (Player Total Contribution), que creé a comienzos de 2019, y cuya génesis puede consultarse aquí.

Puedes ordenar de mayor a menor las productividades en la columna correspondiente. El mínimo para aparecer en la tabla es haber jugado al menos un tercio de los partidos de la temporada (en cada momento de la misma) y un 12.7% de los minutos.

Por último, estos datos no tienen en cuenta el momento del partido en el que se realizan las acciones (el valor de cada acción en función del resultado, y las posesiones restantes), cuyo método de cálculo puede encontrarse aquí.

Presento, asimismo, el PTC al lado de la Valoración ACB (que es un índice arbitrario y sin sustento teórico y empírico), y el diferencial entre ambas, para dar una idea de lo sobrevalorados o infravalorados que están los rendimientos si se emplea la Valoración ACB. Sería un paso importante que la ACB dejara de emplear la Valoración y utilizara un índice de rendimiento más robusto (obviamente desde aquí le invito a que use PTC).

Actualizado 20/11/19 

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(#444). ¿ES LUKA DONCIC UNA ESTRELLA DE LA NBA? ANÁLISIS DE PRODUCTIVIDAD COMPARADA

[MONOTEMA] Importante: toda la información se actualizará en mi nueva web:  www.playertotalcontribution.com

En esta página vamos a ir incorporando los datos de productividad (PTC/MP) de Luka Doncic comparado con otras estrellas de la NBA. El objetivo es analizar al jugador esloveno, tomando como referencia otros jugadores consagrados y futuras estrellas.

La elección de los jugadores a comparar es subjetiva, en base a gustos personales y relaciones interesantes.

Iremos actualizando los datos mes a mes. La lista completa de jugadores con la productividad agregada puede consultarse aquí.

Actualizado 21/11/19 



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(#443). LOS JUGADORES MÁS PRODUCTIVOS DE LA NBA 2019/20

[MONOTEMA] Importante: toda la información se actualizará en mi nueva web:  www.playertotalcontribution.com

Mantendré actualizada cada semana (más o menos) la productividad por partido de los jugadores de la NBA. Para ello emplearé el índice PTC (Player Total Contribution), que creé a comienzos de 2019, y cuya génesis puede consultarse aquí.

Puedes ordenar de mayor a menor las productividades en la columna correspondiente. El mínimo para aparecer en la tabla es haber jugado al menos un tercio de los partidos de la temporada (en cada momento de la misma). Primero se muestra el Top-10.

También hay una estimación de las victorias producidas en relación al jugador promedio (PTCwp), cuya justificación está aquí. Recordad que es una estimación para dar algo de sentido a las unidades de PTC, pero hay una imprecisión a tener en cuenta, por lo que es sólo una aproximación.  Cuantos más partidos se juegue mayor será el PTCwp, ya que es un índice que mide las victorias producidas totales.

Debajo, además, se pueden consultar dos gráficos de los equipos; En el primero de ellos se refleja la distribución de las productividades entre los jugadores, mientras que en el segundo se muestra la concentración de productividades dentro  de cada equipo. La idea es aproximarnos a la importancia que tiene cada jugador dentro de su equipo.

Por último, estos datos no tienen en cuenta el momento del partido en el que se realizan las acciones (el valor de cada acción en función del resultado, y las posesiones restantes), cuyo método de cálculo puede encontrarse aquí. Y es evidente, que un índice numérico no va a reflejar todos los intangibles, aunque es cierto que la génesis del PTC explica más de un 80% de variación del diferencial de puntos de los partidos, sólo con las variables del box-score. De este modo, es una aproximación muy a tener en cuenta.

Actualizado 20/11/19 

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En cuanto al jugador más mejorado, aquí mostramos algunos candidatos:

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(#407). AVANCE DE LOS NOVATOS MÁS PRODUCTIVOS DE LA NBA 2018/19

[MONOTEMA] (Actualizado 04/04/19). Estoy trabajando en la creación de un nuevo índice para medir la productividad de jugadores de baloncesto desde las simples variables del box-score. Ese índice se basa en un estudio previo publicado en 2012, sobre factores de productividad.

Todavía no puedo dar más detalles de la construcción y teoría que hay detrás de este índice, llamado PTC (Player Total Contribution), pero lo iré haciendo en las próximas semanas a la espera de la evolución de la revisión ciega por pares del artículo donde se justifica su propuesta.

Echándole un vistazo al listado que hay debajo ya se puede tener una idea de por dónde van los tiros, pero dejemos un tiempo para su completa explicación.

Mientras tanto, iré actualizando durante los pocos días que quedan para que acabe la temporada regular de la NBA el ranking the rookies. Luka Doncic debe espabilar, perder menos balones y lanzar mejor, si no quiere que Deandre Ayton y Mitchell Robinson queden por encima. Por cierto, Trae Young tampoco anda como algunos esperarían en este ranking, también pierde demasiados balones, lo que es un verdadero lastre para cualquier jugador.

Es cierto que este tipo de métricas son estáticas y no tienen en cuenta la dinámica del partido, pero estamos trabajando en la propuesta de una alternativa de cómputo basada en el cambio en la probabilidad de victoria, que corregirá cada peso de las variables del box-score en función del momento del partido en que se realizar. De nuevo, tendremos que esperar.

Por el momento, os dejo el ranking de rookies según el PTC/min, que es simplemente una medida de la productividad por minuto jugado (con un mínimo de 500 minutos jugados en la temporada).

RK PLAYER AGE TEAM PTC/min MP G FGM FGA FTM FTA ORB DRB AST STL BLK TOV PF FD PTS
PTC developed by Jose A. Martínez. Raw statistics from www.nba.com and www.basketball-reference.com
1 Deandre Ayton 20 PHO 0,625 2183 71 509 870 141 189 223 506 125 61 67 126 209 198 1159
2 Mitchell Robinson 20 NYK 0,620 1237 62 185 268 73 124 167 217 36 50 152 32 201 105 443
3 Marvin Bagley 19 SAC 0,605 1455 58 329 641 172 247 150 278 59 32 57 91 114 209 856
4 Luka Doncic 19 DAL 0,568 2286 71 500 1172 339 477 83 464 418 74 25 243 136 398 1505
5 Jaren Jackson 19 MEM 0,496 1515 58 298 589 151 197 73 199 64 52 82 98 220 205 798
6 Trae Young 20 ATL 0,487 2442 79 511 1221 328 396 60 229 636 67 15 300 138 414 1504
7 Harry Giles 20 SAC 0,483 820 58 175 348 58 91 66 156 85 31 22 73 150 99 408
8 Mohamed Bamba 20 ORL 0,472 766 47 117 243 37 63 64 169 39 13 64 43 102 63 292
9 Wendell Carter 19 CHI 0,470 1110 44 180 371 89 112 87 220 78 26 58 65 152 107 455
10 Jonah Bolden 23 PHI 0,415 581 41 74 147 13 27 46 108 37 17 38 35 93 21 190
11 Omari Spellman 21 ATL 0,376 805 46 98 244 32 45 72 122 47 26 25 31 67 38 272
12 Allonzo Trier 23 NYK 0,373 1459 64 232 518 179 223 31 166 119 28 14 116 117 182 695
13 Shai Gilgeous-Alexander 20 LAC 0,371 2084 79 323 681 152 190 55 166 258 92 44 139 168 173 849
14 Miles Bridges 20 CHO 0,360 1562 76 216 473 53 71 61 241 78 51 42 48 110 58 544
15 Jalen Brunson 22 DAL 0,359 1508 70 252 536 80 110 25 135 208 36 4 83 120 146 646
16 Rodions Kurucs 20 BRK 0,358 1226 60 191 410 68 87 49 176 47 39 25 75 141 67 504
17 Aaron Holiday 22 IND 0,351 576 47 94 236 38 45 4 59 77 19 13 34 61 51 264
18 Collin Sexton 20 CLE 0,343 2457 78 487 1139 207 246 57 176 222 40 6 173 179 246 1291
19 Troy Brown 19 WAS 0,334 641 49 84 203 30 45 32 97 70 20 4 27 51 38 217
20 Hamidou Diallo 20 OKC 0,329 525 50 75 165 36 59 38 59 17 20 10 23 77 51 190
21 Landry Shamet 21 TOT 0,305 1724 76 230 534 72 87 20 106 108 37 9 41 149 79 691
22 Frank Jackson 20 NOP 0,299 1169 61 194 447 54 73 25 109 69 25 2 48 92 65 495
23 Mikal Bridges 22 PHO 0,288 2294 79 229 533 86 108 54 199 167 125 37 70 196 100 646
24 Kevin Huerter 20 ATL 0,288 1993 73 265 639 41 56 58 178 205 64 24 105 148 58 701
25 Kevin Knox 19 NYK 0,286 2032 71 320 858 149 203 58 248 74 42 23 108 170 157 908
26 Josh Okogie 20 MIN 0,286 1664 70 190 489 114 157 41 174 84 79 30 63 157 155 553
27 Kenrich Williams 24 NOP 0,286 978 43 96 254 11 17 50 153 68 40 15 33 88 42 250
28 Chandler Hutchison 22 CHI 0,282 895 44 96 209 23 38 31 154 34 23 6 25 59 46 229
29 Devonte’ Graham 23 CHO 0,270 609 42 68 195 33 44 8 46 113 22 2 27 46 45 201
30 De’Anthony Melton 20 PHO 0,261 915 47 90 237 16 22 21 101 150 64 23 68 108 41 224
31 Gary Clark 24 HOU 0,256 620 49 47 143 7 7 21 89 18 19 26 7 45 18 139
32 Elie Okobo 21 PHO 0,219 883 50 103 267 33 43 11 82 117 28 7 64 104 40 274
33 Isaiah Briscoe 22 ORL 0,218 559 39 55 138 15 26 5 69 87 11 2 31 66 52 136
34 Bruce Brown 22 DET 0,199 1361 70 116 299 38 53 43 129 85 35 35 45 168 51 294
Player Total Contribution per minute (PTC/min) for the 2018/19 NBA regular season: ROOKIES / April,4,2019


Seguiremos acutalizando este post con nuevos datos hasta obtener los resultados finales de la temporada regular.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2019, abril 4). Los rookies más productivos de la NBA 2018/19. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b407

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(#345). LA CONTAMINACIÓN ELECTROMAGNÉTICA EN “DOBLE CARA”

[MONOTEMA] En este nuevo programa de “Doble Cara”, y con la dirección de Antonio J. Mayor, he tenido la oportunidad de explicar en profundidad algunos de los puntos clave del debate sobre los efectos no térmicos de las ondas electromagnéticas en frecuencias no ionizante. El programa se puede escuchar aquí:

Programas de Doble CaraPara seguir adecuadamente el programa, sugiero consultar los siguientes enlaces:

Caso del “phonegate”.

Ataque de microondas a la embajada de Estados Unidos en Moscú.

Efectos sobre la salud del Wi-Fi.

Electrohipersensibilidad.

Conflictos de interés.

Es importante que se visione también todo el material enlazado en esos textos. Material auxiliar y para profundizar puede consultarse en este misma web, donde se el lector encontrará referncias a revisiones sistemáticas realizadas sobre el efecto en el estrés oxidativo, los efectos biológicos en plantas, y otros aspectos comentadosen el podcast.

Confrontación con los que niegan y ridiculizan este asunto

En la última parte del programa, y una vez explicado y justificado el cuerpo de investigación que muestra los efectos biológicos (no térmicos) negativos de la radiación no ionizante, y contextualizando los conflictos de interés y el sector de la población que sufre una sensibilidad especial a este tipo de ondas, llega el momento de confrontar todo ello con algunas declaraciones y posturas que, desgraciadamente, tienen un peso mediático mayor. Que el lector y los oyentes saquen sus propias conclusiones:

ElConfidencial.com (2015, dicembre 2):

 La tecnología basada en campos electromagnéticos lleva años llenando titulares a causa de sus supuestos efectos nocivos para la salud, algo que de lo que la ciencia no ha encontrado ninguna evidencia hasta el momento.

Eldiario.es (2018, junio 7):

Existen muchos grupos pseudocientíficos que alimentan el miedo, promoviendo ideas absurdas, como que las ondas electromagnéticas producen cáncer o que comer tal cosa previene el cáncer, pero su objetivo suele ser vender una terapia o una dieta milagrosa

 – Pedro Duque (actual Ministro de Ciencia, Innovación y Universidades de España).

De gran interés también es ver cómo han reaccionado algunos académicos en España ante el artículo de Vicenç Navarro del 17 de mayo de 2018, que le llevó a escribir esta réplica, que creo que resume bastante bien todo lo que hemos contado en el programa.

Finalmente, en “Doble Cara” también hicimos mención a este vídeo publicado por la Unidad de Cultura Científica de la Universidad de Murcia en marzo de 2018.

En el vídeo (que no tiene desperdicio), se mezclan los OVNIS con la investigación sobre móviles y Wi-FI, haciendo un paralelismo vergonzoso. Es más, dice que la ley debería actuar con todo su peso. Pues supongo que si eso ocurriera los juzgados se llenarían de los cientos de investigadores que desde los años 50 han publicado los miles de estudios a los que hemos aludido en el programa (y que están accesibles para todo el mundo). Llamar pseudocientíficos a todos esos investigadores, o pseudociencia a la investigación en bioelectromagnetismo es, cuando menos, insultante. Realizar la trampa dialéctica de asociarla a fenómenos paranormales es penoso.

Comentario final

Ojalá dentro de 20 o 30 años podamos decir que existen miles de  estudios (independientes) que rebaten todos los publicados hasta ahora, y que no tenemos que preocuparnos más por este tema. Si eso ocurre, yo seré el primero en admitir que es así.

Sin embargo, con todo lo publicado a día de hoy, lo prudente y justo a nivel científico es reconocer que hay suficientes evidencias como para aplicar la precaución. Simplemente eso. La tecnología no va a desaparecer, seguirá habiendo móviles, Wi-Fi, etc., pero cada uno deberá usarla entendiendo los riesgos que ello conlleva, y las autoridades tendrán que asegurar la proteccción de la población más vulnerable, y los derechos de aquellos que se ven afectados.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, junio 19). La contaminación electromagnética en “Doble Cara”. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b345

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(#323). EL ATAQUE CON MICROONDAS A LA EMBAJADA DE EEUU EN MOSCÚ DURANTE LA GUERRA FRÍA

[MONOTEMA] [Actualizado: 26/01/19]. Entre 1953 y 1979 la URSS estuvo irradiando con microondas la embajada de Estados Unidos en Moscú. Este episodio, todo un clásico de la Guerra Fría, ha cobrado una trascendencia enorme en las discusiones acerca del efecto de la radiación no ionizante sobre la salud de las personas. Tanto los defensores de que los efectos biológicos negativos de la radiofrecuencia están más que probados, como los negacionistas que no admiten la evidencia científica existente, toman este episodio como prueba de sus argumentos.

Esta aparente contradicción viene justificada por el auténtico enredo de informes, publicaciones oficiales, artículos de prensa, revelaciones de investigadores, mentiras y juegos de guerra, que han acompañado a este caso desde que salió a la luz pública a comienzos de la década de los 70.

En este post, voy a tratar de analizar fríamente (y nunca mejor dicho) la evidencia disponible, con el fin de tener una visión lo más completa posible sobre el fondo de la cuestión, es decir, sobre el efecto de esa irradiación de microondas en la salud de los trabajadores de la embajada. Ya adelanto que el misterio continúa (y que probablemente así será para siempre), pero quizá este artículo sirva para desvelar algunas de las claves del caso, y ayude a comprender la complejidad del análisis de este tipo de problemas de investigación.

Parte de lo narrado en este post, se puede encontrar en mi artículo publicado en Reviews of Enviromental Health.

Los hechos

La embajada de Estados Unidos en Moscú, un edificio de 10 plantas situado en la capital soviética fue objeto de una irradiación totalmente dirigida por el gobierno de aquel país, y que duró desde 1953 hasta abril de 1979 (NYT, 1979).

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Los americanos fueron conscientes de ello desde prácticamente el comienzo, en 1953 (Krishnan, 2017), aunque otras fuentes, como Guthrie (1977) apuntan a que la primera evidencia la obtuvieron en 1959, cuando el vicepresidente Nixon visitó el edificio. Rápidamente bautizaron ese radiación como la “señal de Moscú” (“Moscow signal”).

Sin embargo, el gobierno estadounidense dedició mantener este hecho en secreto. No fue hasta 1972, cuando comenzaron a comunicárselo a algunos trabajadores de la embajada (Association for Diplomatic Studies, 2013), y hasta 1976 cuando todo el personal del edificio conoció los hechos (Love, 1976). Fue precisamente en esos primeros meses de 1976 cuando el suceso saltó a la luz pública, en un reportaje de la revista Time, donde se publicó que muchos miembros del staff de la embajada habían vuelto a Estados Unidos enfermos y que dos embajadores habían muerto de cáncer, y que un tercero, Walter Stoessel, sufría de leucemia (Krishnan, 2017).

Los soviéticos habían negado hasta entonces el uso de microondas; tal y como indica Guthrie (1977), decían que lo que detectaban los americanos en la embajada era la radiación de la ciudad producida por industrias cercanas.

Tras revelarse los hechos, la opinión pública estadounidense, y tambien el Congreso (Congressional Record, 1976), estuvo preguntando al gobierno norteamericano acerca de las consecuencias del incidente, pidiendo asimismo que exigiera a Moscú que parara inmediatamente ese “bombardeo”. No fue, sin embargo, hasta abril de 1979,  cuando finalmente remitió. Los hechos, por contra, quedaron bastante lejos de aclararse entonces.

Niveles de radiación

Hay cierta divergencia según las fuentes consultadas con respecto a la intensidad y frecuencia de la radiación. En la siguiente tabla muestro las más relevantes:

Niveles de densidad de potencia y frecuencias de la radiación

  Guthrie (1977) Lillienfeld et al.  (1978) Wikileaks (2006) Krishnan (2017) Permitido URSS Permitido EEUU
1953 a mayo 1975

Hasta 0.4 mW/cm2

0.005 mW/cm2

9 horas al día

0.005 mW/cm2

9 horas al día

Nunca superó los 4 mW/cm2

0.010 mW/cm2

10 mW/cm2

Junio 1975 a febrero 1976

0.018 mW/cm2

0.015 mW/cm2

18 horas al día

0.013 mW/cm2

18-20 horas al día

Nunca superó los 4 mW/cm2

0.010 mW/cm2

10 mW/cm2

A partir de febrero de 1976

Fracciones de μW/cm2

18 horas al día

Menos de 0.002 mW/cm2

Nunca superó los 4 mW/cm2

0.010 mW/cm2 10 mW/cm2
Rango de frecuencias  0.5 a 10 GHz 0.5 a 9 GHz 2 a 7 GHz GHz GHz

Como puede apreciarse, las intensidades (densidades de potencia) estuvieron siempre por debajo del límite máximo soviético, excepto en el intervalo de junio de 1975 a febrero de 1976, donde se situaron un poco por encima. Sin embargo, el límite para Estados Unidos era 1000 veces más laxo. Esa gran divergencia entre los límites de ambos países es de gran relevancia, por las implicaciones legales (Guthrie, 1977) y socioeconómicas que posteriormente comentaremos.

Probablemente las fuente más confiable de las reportadas en la tabla son las de Lillienfeld et al.  (1978) y Wikileaks (2006). Ambas son prácticamente idénticas. La primera de ellas es el informe epidemiológico elaborado para el gobierno estadounidense, y la segunda es un documento interno secreto fechado el 3 de julio de 1976, dirigido al personal de la embajada soviética por el propio gobierno americano.

Para hacernos una idea con respecto a qué significarían esos niveles de potencia en la actualidad, a 10 cm de un router Wi-Fi de 300 mW puede haber una intensidad de 0.0001 mW/cm2 (Liptai et al., 2017). En un colegio con 30 portátiles y con un router a 0.5 metros puede haber unos 0.0016 mW/cm2 (Hedendahl et al., 2017).  Por tanto, las intensidades a las que estuvieron expuestos los trabajadores de la embajada fueron ligeramente superiores al equivalente a estar cerca de un router Wi-Fi. Sólo durante ese corto periodo entre 1975 y 1976 las intensidades subieron al equivalente a estar en la clase de una escuela con todos los dispositivos inalámbricos conectados. Cuando se apantalló la embajada a comienzos de 1976, los niveles en el interior bajaron a menos de 0.001 mW/cm2.

La experiencia soviética y los experimentos estadounidenses

Es fundamental entender el contexto histórico en el que ocurrió este episodio. Por un lado, los soviéticos tenían una amplia experiencia en la investigación sobre los efectos biológicos de la radiofrecuencia, y por otro lado, los estadounidenses habían experimentado con microondas como arma de control mental. No es de extrañar, por tanto, que con esos antecedentes el asunto cobrara una relevancia extrema.

La URSS había investigado con profusión los efectos de este tipo de radiación en los humanos. Así lo atestigua este informe desclasificado de Adams & Williams (1976) hecho para la Armada de los Estados Unidos.

Como indicaba The Associated Press (1976) aludiendo a esta informe, los científicos soviéticos estaban completamente seguros de los efectos biológicos de las microondas a bajas intensidades, radiaciones que podrían ser usadas como arma, la cual se emplearía  para desorientar y afectar el comportamiento de personal militar y diplomático, además de poder emplearse en los interrogatorios. El informe también indicaba que podría producir ataques al corazón, y también que podría afectar a la barrera hematoencefálica. Como resultado de esto, una persona podría desarrollar síntomas neuropatológicos severos e incluso morir por la discapacidad neurológica ocasionada. Además, señalaba que existían  informes en los países del bloque comunista de que mujeres que trabajaban en entornos industriales podrían haber sufrido abortos expontáneos debido a la exposición a las microondas.

La Unión Soviética investigó profusamente los efectos en las personas expuestas a microondas, y encontraron que desarrollaban frecuentemente dolores de cabeza, pérdida de apetito, deprivación del sueño, dificultad de concentración, y problemas en la memoria, estabilidad emocional y función cardiovascular.  Y esos efectos se encontraron a intensidades menores de las que causaban problemas debido al calentamiento de los tejidos (Carpenter, 2015).

El progresivo conocimiento de los resultados publicados en la literatura soviética comenzó a perturbar gravemente a los ciudadanos americanos. Tal fue así, que el presidente del American Foreign Service Association,  John Hemenway, decía en mayo de 1976 que el objetivo de los soviéticos con el bombardeo de microondas no era interferir en las comunicaciones sino dañar la salud de los americanos allí presentes. Hemenway aseveraba que era conocido que ese tipo de ondas y a la intensidad a la que fueron expuestos casuaban enfermedades, como cataratas, daños en el sistema nervioso, problemas circulatorios, fatiga y dolores de cabeza (CIA, 2012).

El congresista Edward I. Koch intervino en el Congreso el 2 de agosto de 1976 en relación a este tema, y de nuevo aludió a que la literatura había demostrado efectos nocivos para la salud, y que por tanto había que tomar medidas para preservar la salud del personal americano (Congresional Record, 1976).

Y es que era ciertamente sospechoso que los soviéticos tuvieran unos niveles máximos de exposición 1000 veces más exigentes que los americanos. ¿Qué sabía la URSS sobre los efectos de las microondas que desconocía Estados Unidos?. Como apuntaba Guthrie (1977), los estándares en Estados Unidos se aprobaron en 1953 y se cimentaron sobre consideraciones teóricas, y con la asunción de que únicamente los efectos de la radiación de microondas podrían ser térmicos, y que no podrían tener efecto acumulativo porque eran incapaces de ionizar. Guthrie (1977) reconocía que ya en 1977 había varios estudios médicos que seriamente cuestionaban las asunciones anteriores. Por ejemplo, el Dr. Milton Zaret, profesor asociado de oftalmología de la New York University-Bellevue Medical Center, que había realizado varias investigaciones sobre microondas para el gobierno norteamericano decía: “El estándar nacional no es un estándar seguro, sino una declaración que define el nivel más alto posible de riesgo ocupacional. Está basado solamente en cálculos térmicos para el cuerpo completo; ignora la cuestión de la sensibilidad de cada órgano y los efectos que aparezcan de manera más dilatada en el tiempo tras exposiciones crónicas a bajos niveles”.

El profesor Herman Schwann de la Universidad de Pennsylvania que fue uno de los propulsores del estándar de 10 mW/cm2 dijo: “Nadie sabe si los estándares de exposición segura, que pueden ser adecuados para los adultos, lo son para los niños”.

Sin embargo, el bloque soviético tenía otros estándares de seguridad. En el Symposium of the Biological Effects and Health Implications of Microwave Radiation, celebrado en 1970, Karel Marha, de Checoslovaquia explicaba que habían propuesto 0.01 mW/cm2, ya que se reconocía que había evidencia de efectos biológicos hasta niveles de  0.1 mW/cm2, por lo que que se había propuesto un factor de seguridad de 10 hasta alcanzar los estándares de 0.01 mW/cm2. Con esos niveles máximos se trataba de prevenir no sólo el daño en el organismo sino también los sentimientos subjetivos no placenteros. Además, en Checoslovaquia se bajaba hasta 0.001 mW/cm2 cuando  se asumía que la exposición no era durante una jornada de trabajo, sino durante 24 horas.

Pero no sólo los soviéticos estaban profundamente interesados en este tema, los americanos habían puesto el foco en las microondas desde los años 50, como posible arma de control mental.

Como explica Krishnan (2017), en los años 50 el proyecto de control mental de la CIA, MK ULTRA, tenía en una de sus vertientes la investigación sobre el uso de los campos electromagnéticos para tal fin. Así, el subproyecto 62 de MK ULTRA estaba en manos de Maitland Baldwin, y tenía como objetivo analizar el efecto de las ondas eletromagnéticas en monos. En uno de esos experimentos se expuso a monos a frecuencias de 388 MHz y altas potencias (100 V), encontrando varios cambios en el electroencefalograma, así como activación y somnolencia. Además, observó efectos mortales tras unos pocos minutos de exposición.

Algunos de los experimentos de Ewen Cameron, un psiquiatra que participó activamente en el proyecto MK ULTRA, tomaron como sujetos a personas en el Radio Telemetry Laboratory, creado especialmente para tal fin, y que probablemente estuviera inspirado en saber más acerca de los efectos del bombardeo de microondas de la embajada estadounidense.

En 1965 , la agencia DARPA decidió contratar la investigación del Walter Reed Army Medical Center Research Institute y la Universidad Johns Hopkins, en lo que se llamó el Proyecto Pandora, para estudiar los posibles efectos biológicos sobre los humanos de la exposición a microondas.

El Dr. Milton Zaret reconoció que los efectos sobre el sistema nervioso eran posibles, y  Robert O. Becker, dos veces nominado al Nobel por sus trabajos sobre los efectos de los campos electromagnéticos sobre los tejidos vivos, indicó lo siguiente en una entrevista a la BBC en 1984: “Creo que es muy poco cuestionable que se puedan producir perturbaciones en el sistema nervioso central por motivo de la exposición a microondas. No creo que con la tecnología que tenemos hoy día se pueda hacer que alguien quede instantáneamente dormido, pero se puede interferir en la capacidad de toma de decisiones. Se puede producir una situación de estrés crónico por la cual el personal de la embajada no opere de la manera eficiente que lo hacía antes. Esta sería, obviamente, la ventaja buscada por los soviéticos”.

Weinberger (2017), cuenta cómo los propios americanos engañaron al personal de la embajada en 1965 cuando los doctores comenzaron a hacer análisis de sangre. Les decían que buscaban un nuevo virus pero, en realidad, querían usar esa información para integrarla en el Proyecto Pandora.

En octubre de 1965 Richard Cesaro se puso al frente del DARPA Program Plan 562, nombre técnico del Proyecto Pandora. La propia DARPA se había encargado de traducir decenas de investigaciones soviéticas sobre esta temática, dándose cuenta de que los efectos neurológicos de las microondas fascinaban al bando enemigo.

Como continúa contando Weinberger (2017), el proyecto Pandora empleó monos como unidades de análisis, y se hizo en los laboratorios del gobierno, en lugar de universidades, ya que, como hemos dicho, era un proyecto secreto. Se expuso a los monos  a los mismos niveles de señal que la embajada recibía en Moscú. Los resultados no se publicaron en peer review, pero en diciembre de 1966 Cesaro informó que el primer mono involucrado en los test había mostrado un comportamiento errático y repetitivo, lo que le llevó a aseverar que era incuestionable que la señal penetraba en el sistema nervioso central, y provocaba cambios en la funciones de trabajo asignadas.

Los resultados fueron tan convincentes para él que recomendó al Pentágono empezar inmediatamente a investigar potenciales aplicaciones militares, y quiso que el proyecto se extendiera al experimento con humanos, algo que desde algún sector de la CIA se veía con recelo, como otra forma de repetir las cuestionables prácticas del proyecto MK ULTRA. Era mayo de 1969 y el comité científico de Pandora estaba discutiendo ampliar el estudio a 8 humanos, pero finalmente no se llevó a cabo porque se estuvieron revisando los resultados con más primates y había dudas sobre si realmente se producía ese cambio de comportamiento por la señal de microondas. En 1968 el doctor James McIlwain se hizo cargo de la investigación de Pandora y revisando los datos generados llegó a la conclusión de que esa señal no producía control mental en los monos.

Como conluye Weinberger (2017), en 1969 DARPA terminó su apoyo a Pandora y Cesaro fue despedido. Al final de la década la inteligencia americana argumentaba que los soviéticos habían usado ese tipo de ondas no para controlar la mente de los diplomáticos, sino para activar dispositivos de escucha en las paredes del edificio.

El objetivo soviético

¿Activar dispositivos de escucha en las paredes? Quizá. Como acabamos de indicar esa fue una de las explicaciones dadas por los americanos, pero la credibilidad institucional americana estaba en entredicho. Al fin y al cabo el Departamento de Estado había estado ocultando a sus propios empleados durante más de 15 años que estaban siendo irradiados, les mintieron sobre el objetivo de los análisis efectuados, y negaron categóricamente que algunos de esos resultados fuera preocupante para la salud. Por ejemplo, desde el Departamento de Estado se decía que el embajador Walter Stoessel se sentía bien, y que no estaba enfermo, y que unos análisis de sangre donde se presentaban  altos niveles de glóbulos blancos no tenían nada que ver con la leucemia (Love, 1976). Sin embargo, Stoessel falleció de leucemia el 9 de diciembre de 1986, a los 66 años (Barnes, 1986).

La hipótesis del control mental también era tenida en cuenta por el gobierno americano (Le Miere, 2017). Los propios estadunidenses habían estado experimentando con ello en el proyecto MK ULTRA, por lo que sospechaban que los soviéticos podrían estar haciendo lo mismo.

El ex agente de la CIA Victor Marchetti tenía otra teoría que no tenía que ver con la amenaza a la salud, sino con una estrategia de confusión para hacer perder el tiempo al gobierno americano mientras estudiaban y analizaban lo que podría estar sucediendo (Love, 1976). Cierto o no,  la realidad es que efectivamente el gobierno americano dedicó muchos recursos y esfuerzos a analizar lo ocurrido, especialmente el estudio epidemiológico de Lilienfeld et al. (1978).

Los soviéticos, por su parte, admitieron el uso de microondas después de negarlo durante 15 años (lo hicieron a comienzos de 1976). La versión oficial hasta 1976 era que la radiación propiciada por la actividad industrial de una gran urbe como Moscú era la que detectaban los americanos en la embajada Cuando lo admitieron, indicaron que lo hacían no para dañar la salud del personal americano, sino para interferir en las comunicaciones de la embajada Guthrie (1977).

Al final, ambas versiones oficiales coincidieron, lo que, dados los antecedentes de mentiras por uno y otro bando, quizá sea igualmente sospechoso.

El estudio epidemiológico de Lilienfeld

El 21 de junio de 1976, el Dr. Lilienfeld y su equipo, firmaron un contrato con el Gobierno de los Estados Unidos para llevar a cabo el que sería el estudio epidemiológico más ambicioso realizado hasta la fecha sobre el efecto de las microondas en la salud humana (Lilienfeld et al., 1978):

estudioepidemiologicoEl informe comparaba los trabajadores de la embajada y sus familiares con sus simialres en otras embajadas europeas (Belgrado, Bucarest, Budapest, Leningrado, Praga, Sofía, Varsovia y Zagreb). En un estudio de cohortes retrospectivo, estaban todas aquellas personas que habían trabajado entre el 1 de enero de 1953 y el 30 de junio de 1976.

Tras dos años de trabajo y más de 400 páginas de informe, las conclusiones no fueron lo alarmantes que algunos esperaban. O’Toole (1978) las resumía así: Había un incremento de glóbulos blancos y quejas de dolores de cabeza, pérdida de memoria y deprivación de sueño entre los trabajadores, que los investigadores justificaron por la alta incidencia de infecciones bactarianas en la URSS y la publicidad dada al tema de las microondas desde 1976. No había diferencias en cuanto a mortalidad (incluyendo diferentes tipos de cáncer). Es más, la mortalidad por todas las causas en los trabajadores soviéticos y los del conjunto de las otras 8 embajadas era menor que la de la población usada como base de comparación. Es lo que se denomina “healthy worker effect”, algo lógico entre empleados que son seleccionados precisamente para esas labores de responsabilidad y que generalmente cuentan con una salud por encimade la media.

Elwood (2012), realizó un pormenorizado análisis del informe de Lilienfeld et al. (1978). Las siguientes tablas de mortalidad y morbilidad resumen esos resultados:

mortalitymorbidity

Aunque es cierto que los resultados sobre mortalidad por cáncer no fueron significativos, sí que las diferencias encontradas en algunas variables de morbilidad han hecho concluir a diversos autores (Liakouris, 1998; Carpenter, 2015)  que efectivamente esos síntomas cuadran con los esperados tras la exposición prolongada a microondas de baja intensidad. Son precisamente síntomas ligados a la electrohipersensibilidad (Redmayne, 2017).

La réplica de Goldsmith

El investigador J. R. Goldsmith criticó con énfasis los resultados del estudio de de Lilienfeld et al. (1978); las conclusiones fueron maquilladas por el Departamento de Estado estadounidense, se estaban suavizando esos resultados (Goldsmith, 1995).

Goldsmith criticó la metodología de comparar el personal de la embajada soviética con la del resto de embajadas. ¿Por qué tomar como grupo de control el resto de embajadas? ¿Cómo estar seguros de que esas otras embajadas no habían sido también irradiadas?.

Como indica Carpenter (2015), Goldsmith reinterpretó los datos del estudio original agrupando los casos de muertes entre todas las embajadas y comparándolas con la población de referencia. En la siguiente tabla se muestran esos resultados.

goldsmithCon este modo de presentar los datos, los resultados cambian ostensiblemente. Goldsmith unió los casos de muerte de los trabajadores con las de sus familiares (“dependents”), lo que convertía a la mortalidad por leucemia significativa en Moscú. Luego, además, agregó estos resultados con los del resto de embajadas (“both groups”) y encontró que tanto leucemia, tumores cerebrales y cáncer de mama eran estadísticamente mayores en número de lo que sería esperable.

Goldsmith no cesó en su empeño de demostrar que las conclusiones derivadas del estudio de Lilienfeld et al. (1978) eran poco convincentes. Según EMFacts (2012), un estudio inicial hecho en Moscú en 1967 sobre un grupo de 43 trabajadores (37 expuestos y 7 no expuestos), encontró anormalidad en cromosomos en 20 de esos 37 expuestos, frente a 2 de los 7 no expuestos. Posteriormente, en 1976, otro estudio hematológico encontró diferencias significativas entre los empleados de la embajada en Moscú y otros empleados del servicio de asuntos exteriores. Los glóbulos blancos eran mayores en número en el personal de Moscú, pero esos resultados nunca fueron publicados. Sin embargo, Goldsmith los obtuvo gracias a la Freedom Information Act, una Ley que permite a los ciudadanos americanos acceder a información oficial del gobierno.

Según Goldsmith, las conclusiones del estudio de Lilienfeld et al. (1978) fueron suavizadas por el Departamento de Estado. Además, aseguraba que algunos casos  de cáncer habían sido eliminados del análisis final, con lo que habían distorsionado el  análisis estadístico  realizado. Finalmente, Goldsmith concordaba con Lilienfeld et al. (1978) en que era necesario un seguimiento adicional de la cohorte de participantes, ya que ciertos cánceres podrían no haberse manifestado en el momento de cierre del estudio.

Cabos sueltos

¿Por qué el estudio de Lilienfeld et al. (1978) no analiza en deetalle la indidencia de cáncer y sólo profundiza en la mortalidad por cáncer? Esto es muy importante para la interpretación final de resultados. De hecho, el congresista Edward I. Koch (Congresional Record, 1976), había especificado en su intervención en el Congreso que 5 mujeres de la embajada habían sido objeto de masectomías. Esto indicaría que los casos de cáncer de mama serían mayores que las 2 muertes reportadas por el estudio de Lilienfeld et al. (1978).

Otro dato especialmente inquietante se refería a las causas de muerte de varios embajadores en Moscú, que ostentaron ese cargo durante el periodo de análisis. Charles Bohlen fue embajador desde el 20 de abril de 1953 hasta el 18 de abril de 1957. Murió de cáncer el 1 de enero de 1974, a los 69 años (Phelps, 1974). Llewellyn Thompson, fue embajador desde el  16 de julio de 1957 hasta el 27 de julio de 1962, y luego del 23 de enero de 1967 hasta el 14 de enero de 1969, y murió de cáncer el 6 de ferbero de 1972, a la edad de 67 años (The Associated Press, 1972). Finalmente, Walter J. Stoessel,  que fue embajador desde 1974 hasta 1976, murió de leucemia el 9 de diciembre de 1986 a los 66 años de edad (Barnes, 1986). Tres muertes por cáncer de los embajadores (precisamente sus despachos eran los que recibían mayor intensidad de radiación), y el caso de la leucemia de Stoessell que no fue incluido en el análisis de Lilienfeld et al. (1978).

En 1976, el doctor R. M. Tartell (Tartell, 1976), médico de la Walter Reed Army Medical Center, en esta carta al editor del Washington Post, indicaba que “uno no necesita ser médico para apreciar la desproporcionada incidencia de leucemia y otras formas de cáncer entre miembros pasados del staff de la embajada en Moscú”. ¿Qué datos manejaba Tartell para hablar de “desproporcionada” incidencia de leucemia si en el informe oficial epidemiológico publicado dos años después sólo se hablaba de 2 casos de muerte por esta enfermedad?.

En 1977, en un artículo publicado en Los Angeles Times (United Press International, 1977), se informaba de que una “autoridad”, le había dicho al Presidente Carter que los primeros residentes de esa embajada tenían la mayor incidencia de cáncer de cualquier grupo en el mundo. De hecho,  ya se empezaban a cuestionar en Estados Unidos si vivir cerca de antenas era seguro, y varios colectivos del país y abogados se estaban movilizando Según esta noticia, el ejército sabía que las armas de microondas podía causar la muerte súbita, estimando que la población en riesgo de Estados Unidos podría estar entre los 15 y 20 millones de personas.

También en 1977 (Stevens, 1977), publicaba que un tercio de los diplomáticos y sus familias habían mostrado en los últimos meses unos niveles anormalmente altos del número de linfocitos. Aunque en un principio se ligó a las microondas las autoridades médicas habían abandonado esa teoría, diciendo que era algo pasajero y no alarmante, y que ello no era indicativo del desarrollo de leucemia. Esos niveles de linfocitos volvían  a su estado normal después de dos semanas tras dejar el entorno de Moscú. La hipótesis sobre la causa de ese nivel anormal de linfocitos la trasladaban a un posible parásito en el agua potable o a una infección respiratoria. Sin embargo, como indicaba la noticia, no hay evidencia de que el resto de ciudadanos de Moscú (los soviéticos) tuvieran esas anomalías en el ratio de incidencia que había en la embajada. La muerte por leucemia de Stoessel pocos años más tarde, volvía a poner en duda la versión oficial americana.

Demasiados cabos sueltos, demasiada incertidumbre.

Detalles controvertidos del estudio epidemiológico

Repasando con cierto detalle el estudio de Lilienfeld et al. (1978), surgen diversas cuestiones que añaden (aún más) ruido a este asunto.

(1) No está muy claro la razón de escoger como sujetos de estudio a trabajadores y familiares cuando hay familiares que obviamente pasaban mucho menos tiempo expuestos. Esposas e hijos podrían haber estado sujetos a una menor exposición.

(2) Los autores admiten que hubo registros médicos que no se encontraron, porque se dejó de buscar debido a la premura de publicar los resultados. Recordemos que los investigadores tenían la presión de terminar el informe en un tiempo dado, y esto hizo que información relevante no se incluyera por falta de tiempo.

(3) En las preguntas realizadas a los participantes, muchos de ellos no recordaban la información sobre la localización de su trabajo en la embajada, por lo que fueron categorizados como participantes de “exposición cuestionable”.

(4) Se tomó como población aquella que pudo ser seguida en su totalidad, es decir, todos aquellos de los que se disponía de historial médico. En la población identificada había 1827 personas de la embajada de Moscú y 2561 del resto de embajadas, pero no se obtuvo información de todas ellas. Al final, entraron en la cohorte 1719 y 2460, respectivamente. Pese a ser un alto porcentaje de la población inicialmente identificada, dado los pocos casos de cáncer, el hecho de que alguno de ellos se “escape” podría convertir los resultados de estadísticamente no significativos a estadísticamente significativos.

(5) Pero es que de los 4179 empleados que finalmente pudieron ser seguidos 194 murieron en el periodo considerado. Sin embargo, hubo 13 de esas muertes (7 de Moscú y 6 de las otras embajadas) en las que no se pudo cerciorar su causa, por lo que se contabilizaron finalmente 181, y no 194.

(6) Los propios autores se quejan en el informe sobre el bajo índice de respuesta de los cuestionarios enviados a los empleados, pese a que se les suponía con un nivel educativo alto.

(7) Un 36% de las causas de muerte no fueron obtenidas de certificados de defunción, sino de otras fuentes. Así, los autores indican que “los resultados deben interpretarse con cautela”, porque habría más de un tercio de muertes sujetas a errores de codificación.

(8) Hay una aparente contradicción en que la mortalidad general sea más baja (“healthy worker effect”) y que esa misma población perciba ciertos problemas de salud (como los ya comentados de morbilidad) por encima de lo esperado.

(9) No se emplea ninguna variable de control para los análisis. Sólo se indica que el tabaquismo se distribuía igual entre el personal de Moscú y el del resto de embajadas.

Estas limitaciones del estudio epidemiológico hay que tenerlas en cuenta a la hora de interpretar los resultados.

Simulaciones

A partir de esas limitaciones y de algunos de los “cabos sueltos” comentados se pueden hacer simulaciones con los datos del estudio original de Lilienfeld et al. (1978).

Por ejemplo, ¿qué número de casos de cáncer de mama habrían sido necesarios para considerar que existe un efecto significativo?. En 1977,  la incidencia de cáncer de mama en Estados Unidos era de 100.8 casos por cada 100000 mujeres. Esa incidencia también se denomina densidad de incidencia, y se define como el número de nuevos casos por unidad de persona-tiempo en riesgo. Por tanto, Ir=0.001

El informe de Lilienfeld et al. (1978) no provee información detallada de los tiempos de seguimiento de cada participante, pero sí que globalmente para las mujeres la exposición era de 3131 personas-año. Como había un total de 410 mujeres y los años de seguimiento fueron 23, el promedio de exposición fue de 7.64 años. En cualquier caso, este último dato es poco informativo, sin embargo, si se toman esas 3131 personas-año como denominador en el cómputo de la densidad de incidencia, entonces se necesitaría haber detectado 9 casos de cáncer de mama para que estadísticamente la densidad de incidencia fuera significativamente superior a la de la población base. Asumiríamos la limitación, además, de no conocer de manera individual los tiempos de cada persona. Con 9 casos de cáncer de mama, la Ir(estudio) sería de 0.0028, pero teniendo en cuenta la computación del error al 95% con la asunción de normalidad, entonces los resultados bordearían la significación estadística.

¿Hubo 9 casos de cáncer de mama en la embajada de Moscú? La prensa hablaba de 5 masectomías, y sabemos que 2 mujeres murieron por este cáncer, pero no sabemos si esas 2 mujeres estaban dentro de las 5 de las que hablaba la prensa, si el total era 7,  o si aún había más casos que se dieron justo después de que el estudio se cerrara en 1977.

Y podemos hacer más simulaciones. Por ejemplo, con los “standardized mortality rates” (SMR), dados en la tabla de causas de mortalidad. Lilienfeld et al. (1978) sólo consideran dos muertes por leucemia pero sabemos que como mínimo hubo 3, porque Walter Stoessel falleció por esta enfermedad pocos años más tarde y el gobierno americano trató de ocultarlo en el periodo  de ejecución del estudio.

Así, siguiendo a Goldblatt (1990), se pueden computar el número de casos necesario para que el SMR fuera significativo. Dado que el número de casos reportado fue de 2, y el esperado en la población era de 0.8, el IC95% del estudio fue de (0.3 ; 9), que contiene el 1 y por lo tanto no es significativo. Es de destacar la amplitud del intervalo que lo hace muy poco preciso. Trabajar con tan pocos casos tiene esa limitación.

Si ahora consideramos 3 casos en lugar de 2 (al añadir el de Stoessel), entonces el intervalo de Fisher exacto sería de (0.55 ; 7.76), lo que todavía sigue siendo no significativo. Sin embargo, si hubiera habido un caso más de leucemia, es decir, 4 casos, entonces el IC95% hubiera sido de (0.96 ; 9.06), que estaría al borde de la significación, y cambiaría por completo la interpretación de los resultados. Con otras formas de computar los intervalos de confianza los resultados serían significativos, como muestro en el artículo publicado en Reviews of Enviromental Health:

¿Hubo algún caso más de leucemia (aparte de Stoessel) que no fue incluido en el estudio original? Pues tampoco lo sabemos.

En cualquier caso, a los números siempre hay que mirarlos con la estadística, pero también más allá de la estadística; al fin y al cabo la determinación del tamaño de error tipo I es arbitraria. Si miramos con esa perspectiva más amplia a las simulaciones anteriores, nos encontramos que con 5 cánceres de mama la  densidad de incidencia en Moscú habría sido de 159.7 casos por cada 100000 personas-año, mientras que la que ocurría en Estados Unidos era de 103.32 personas año.

Si miramos ahora la mortalidad por leucemia, los casos confirmados serían 3 cuando lo esperable sería 1.13. De nuevo es cierto que no es significativo al 95%, pero sí al 90%. Y si unimos esos dos datos (incidencia de cáncer de mama y mortalidad por leucemia), vemos una tendencia, que podría resultar un patrón.

Asimismo, la mortalidad por cáncer de  los trabajadores en la embajada de Moscú fue mayor que para la población general (17 de 49 muertes, es decir un 34.69%, frente al 16.60% de la población general. El intervalo de confianza de Poison al 95% sería de 20.21% ; 55.55%, por lo que sería significativamente mayor).

Finalmente, las condiciones médicas y síntomas de los trabajadores de Moscú fue significativamente peor que las de las embajadas tomadas como grupo de control:

Consecuencias legales y sociales

Según Guthrie (1977), esa acción soviética fue una violación de la Ley Internacional (Convención de Viena sobre la Relaciones Diplomáticas – Artículo 29 sobre la inviolabilidad del personal diplomático), y por tanto habría que haberles pedido responsabilidad. Aunque no se sobrepasaran los estándares para Estados Unidos, sí para los soviéticos, por lo que era constitutivo de delito.

El autor indicaba que existían dudas razonables acerca de la seguridad para los humanos de exposiciones a esos niveles de intensidad, habiendo evidencias científicas que mostraban la posibilidad de esos daños. Además, dado que existía una voluntad de irradiación por una parte y un no consentimiento explícito por la otra, se afrentaba a la dignidad del afectado.

También apuntaba a la responsabilidad del Departamento de Estado norteamericano para con su personal en la embajada, porque conocía el hecho y no comunicó hasta muchos años después. Y muy importante, protestar por esto significaría aceptar que los límites de seguridad americanos eran fraudulentos, lo que conllevaría un gasto de cientos de billones de dólares en instalaciones militares y de defensa que sobrepasaban los límites soviéticos.

Para mí, este elemento legal y económico es trascedental para entender los resultados y la valoración de este episodio. ¿Qué consecuencias legales y económicas habría tenido cambiar el tono de las conclusiones y admitir efectos cancerígenos? De hecho Estados Unidos prácticamente no ha variado en nada los estándares para radiofrecuencia en los últimos 70 años. En 1992 se publicaba una ligera modificación en función de la frecuencia, donde para exposiciones de la población general se delimitaba los valores máximos como f/1500, siendo f la frecuencia medida en MHz. Así, para 3000 MHz, es decir, 3 GHz, el valor límite sería 2 mW/cm2, pero para 10 GHz sería de 5 mW/cm2, o lo que es lo mismo, varios órdenes de magnitud por encima de la intensidad medida en la embajada en Moscú.

Conclusión

Este suceso fue uno más dentro de los numerosos capítulos vividos durante la Guerra Fría. Y en ese contexto de manipulación, intereses políticos e información clasificada hay que valorarlo. Con los datos en la mano, con lo que hemos podido recopilar y que muestro en este post, podemos acercarnos a la verdad, intuirla, pero no desvelarla en su total dimensión. Y probablemente nunca podamos hacerlo.

Los negacionistas que se apoyan en este suceso, en los resultados publicados que he comentado, no tienen el suficiente sostén para defender su postura. Hay demasiados cabos sueltos, información sin analizar, defectos metodológicos, e interpretaciones discutibles.

Sin embargo, en el lado opuesto, los que toman este caso como una evidencia incontestable de los efectos nocivos de las microondas sobre los humanos en intensidades bajas, también han de admitir que falta una mayor consistencia estadística en los resultados.  Sigue habiendo demasiada imprecisión.

A mi entender, una visión global de todo el suceso, incluyendo los matices y detalles que he explicado en el artículo, acercan más a la verdad a los segundos que a los primeros. Y más cuando  hablamos de efectos no cancerígenos, ligados a lo que hoy se asocia a la electrohipersensibilidad. Sin embargo, hay que reconocer que la metodología empleada por Lilienfeld et al. (1978) pone también en riesgo esta afirmación, ya que los cuestionarios sobre síntomas se rellenaron después de que se hiciera público el caso (efecto nocebo).

En cualquier caso, me alineo con la postura de Frentzle-Beyme (1994):  El nivel de prueba requerido para justificar una acción de protección de la salud debería ser menor que el requerido para constituir causalidad como un principio científico. La “señal de Moscú” sigue siendo una “señal”; no la despreciemos, esuchémosla.

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United Press International (1977, diciembre 25). Authorities question microwave safety. Descargado desde: https://www.cia.gov/library/readingroom/docs/CIA-RDP88B01125R000300120018-2.pdf

Weinberger, S. (2017, agosto 25). The secret history of diplomats and invisible weapons. Descargado desde: http://foreignpolicy.com/2017/08/25/the-secret-history-of-diplomats-and-invisible-weapons-russia-cuba/

Wikileaks (2006). 1976STATE166451_b. Descargado desde: https://wikileaks.org/plusd/cables/1976STATE166451_b.html

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2019, enero 26). El ataqie con microondas a la embajada de EEUU en Moscú durante la Guerra Fría. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b323

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(#303). EL MINISTERIO DE SANIDAD DE NUEVO TIENDE LA MANO A LAS EMPRESAS PARA UNA ALIMENTACIÓN MÁS SALUDABLE

[MONOTEMA] Hace unas horas se ha presentado con la fanfarria habitual una nueva colaboración Gobierno+Empresas para “mejorar la composición de los alimentos y bebidas y otras medidas 2017-2020“.  Los entresijos del plan pueden verse con detalle o de manera más resumida en la web de AECOSAN, que es el órgano dependiente del Ministerio de Sanidad que gestiona este tipo de programas.

Ya analizamos en profundidad otras de las grandes colaboraciones del ente público con las empresas en el post sobre el lobby del azúcar, un extenso análisis sobre lo que realmente representaba esa injerencia de las empresas en las políticas públicas de promoción de la salud.

Pero hoy toca hablar, más brevemente y no con todo el detalle que me gustaría por la premura del momentum, de algunos puntos del acuerdo que merecen ser comentados.

El plan de colaboración

Básicamente se trata de un acuerdo entre el Ministerio de Sanidad y los lobbies de alimentación más importantes de España para reducir el contenido de sal, azúcar y grasas de un grupo de alimentos, que según sus propios cálculos suponen un 44% de la ingesta calórica diaria de la población.

Con el horizonte del año 2020, fabricantes y distribuidores (también en el sector de la restauración) se “comprometen” (ojo a esta palabra) a ir poniendo en circulación una serie de alimentos con el objetivo más destacado de reducir en torno al 10% la mediana de azúcares añadidos. Trece grupos y 57 subcategorías de alimentos y bebidas se ven afectadas, entre ellas los refrescos azucarados, lácteos, bollería y cereales para el desayuno. También existen objetivos en cuanto a la reducción de sal y grasas saturadas, sobre todo en derivados cárnicos, platos preparados y aperitivos salados.

Los objetivos pueden verse en detalle en los enlaces mencionados al comienzo y, ciertamente, constituyen un desafío importante para su puesta en práctica (de manera progresiva, eso sí).

Sin embargo, y pese a lo bonitas y loables que a primera vista parecen estas iniciativas, hay algunos aspectos que se podrían discutir.

Estadísticas sobre obesidad

En su “justificación”, el Ministerio provee unos datos sobre obesidad que parecen endulzar  la realidad que vivimos. Corrijo, parece que indican que en los últimos años hay “algún resultado esperanzador”. Para ello emplean el estudio ALADINO, realizado por ellos mismos, y en el que se muestra “una reducción estadísticamente significativa del sobrepeso y el exceso de peso (obesidad y sobrepeso) con respecto a los datos de 2011. Además se ha visto una reducción no significativa de la obesidad“.

El documento, además, reporta que “La estabilización de la prevalencia de la obesidad en adultos, y más concretamente la inversión de la tendencia en la prevalencia del sobrepeso y obesidad infantil hacia un peso más saludable en España, son explicables por los grandes esfuerzos realizados desde hace años por todos los actores de la sociedad de forma continuada y por ello es imprescindible seguir reforzándolos para conseguir disminuir todas las cifras de prevalencia“.

Lo primero que llama la atención es el atrevimiento de inferir que se están haciendo bien las cosas (en una implícita justificación de sus propias campañas, HAVISA entre ellas), sólo con datos de una encuesta hecha por ellos mismos en un grupo tan reducido como  niños y niñas de 6 a 9 años.

Lo segundo es apreciar el cambio de escala cuando se pasa de un gráfico que a priori les beneficia (el de los niños de 6 a 9 años) a otro que muestra la tendencia global de obesidad (ver debajo). Cosas del marketing, que dirían algunos.

 

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Más allá de estas consideraciones, los datos se pueden interpretar de otra manera. Si bien es cierto que el sobrepeso se ha estabilizado desde el año 1993 hasta el 2015, la obesidad prácticamente se ha doblado. Esto quiere decir que si un 46% de la población tenía obesidad o sobrepeso en 1993, ahora lo tiene un 53.7%, es decir, más de la mitad. Y no debe ser una cifra fácil de incrementar, porque en Europa estamos en el segundo puesto tras el Reino Unido. Por tanto, parece difícil seguir creciendo en obesidad, por lo que ver como un triunfo su estabilización es, cuanto menos, discutible. Es más, según los propios datos que emplea la AECOSAN, en 2009 había un 52.7% de personas con sobrepeso u obesidad, es decir, que en el periodo 2009-2014 no ha habido ningún tipo de retroceso global.

Aunque el informe recoge claramente que la obesidad sigue siendo un problema de primera magnitud, parece edulcorar la realidad con una disposición e interpretación de los datos bastante cuestionable. No es un triunfo que la obesidad no avance más, sino que es un fracaso que no hayamos conseguido reducir las cifras.

Por cierto, y aunque con esto de las cifras siempre hay que llevar cuidado, el estudio EPIRCE, realizado con datos del periodo 2004-2008, refleja en adultos una prevalencia de obesidad del 26.1%, bastante superior a la fuente que ha recogido AECOSAN, que indica aproximadamente un 16% en ese mismo intervalo. Y la diabetes afecta al 13.8% de la población adulta.

El consumo de azúcar

El informe del Ministerio hace una exposición sencilla y acertada de las diferentes acepciones de los azúcares añadidos, que expliqué con detalle en mi post sobre preguntas y respuestas sobre azúcar y salud.

Siempre es complicado establecer cifras sobre el consumo de azúcares, pero el Ministerio ha escogido remitirse a dos de sus propios estudios, y a otro (estudio ANIBES) financiado por Coca-Cola y la Fundación Española de la Nutrición (FEN), otra institución al servicio de la industria.

La ingesta media de azúcares añadidos en los niños de 9 a 12 años es de 48,6 g/día. Esto supone que los niños de 9 a 12 años toman el 9,8% de la energía total de la dieta en forma de azúcares añadidos. En cuanto a los adolescentes de 13 a 17 años la ingesta media es de 50,8 g/día, lo que supone que de media toman el 10% de la energía total de la dieta a partir de azúcares añadidos. Los adultos de 18 a 64 años ingieren de media 33,3 g/día de azúcares añadidos y los adultos de 65 a 75 años 20,7 g/día. Esto supone que los adultos de 18 a 64 años toman el 7,1 % de la energía total de la dieta de los azúcares añadidos y los adultos de 65 a 75 años toman el 5,1%.

En Estados Unidos los azúcares añadidos suponen el 15% de las calorías diarias, bastante por encima de las cifras que el Ministerio reporta para España (basado en esos estudios mencionados, claro). Es obvio que las cifras en Estados Unidos y España no tienen por qué ser iguales, pero los niveles en Estados Unidos en el periodo 2005-2010 están al mismo nivel que en el intervalo 1988-1994 (ha habido un descenso en los últimos años, por tanto). Dado que la OMS en 2015 informó que recomendaba un máximo de un 10% da la ingesta calórica diaria debida a azúcares libres, se antoja cuando menos curioso que el Ministerio diga que los niños y adolescentes están dentro de lo que sugiere la OMS. Insisto, son unos datos que parecen chirriar bastante.

En México, por ejemplo, en 2012 un estudio reportó un consumo del 12.5% de las calorías provenientes de azúcares añadidos (bastante más que en España, por tanto), aunque es cierto que los índices de obesidad son mayores. Otro estudio en mujeres en Estados Unidos indicó que las embarazadas toman un 14.8% de azúcares añadidos frente al 15.9% de las mujeres no encintas. De nuevo cifras mucho mayores que en nuestro país. Tampoco esta investigación muestra datos que se acerquen a las cifras españolas.

En cualquier caso la OMS recomienda bajar de ese 10% al 5% para obtener beneficios adicionales. Esa cifra del 5% también es defendida por diversos investigadores.

Objetivos para 2020

La verdad es que después de leer los prolegómenos del documento del Ministerio uno espera quizá que a nivel práctico haya reducciones importantes. Sin embargo, al visionar la tabla de objetivos que aparece entre las páginas 36 y 39, el peligro de quedarse estupefacto es ciertamente grande.

Allí aparecen objetivos tales como reducción de azúcares totales en helados infantiles del 18.9% al 18%, del néctar de piña sin edulcorantes del 11.8% al 11.2%, del pastelito relleno con cobertura del 39% al 37.1%, del flan de huevo del 24.3% al 23.57%, o de las natillas de vainilla del 16 al 15.36 %. Insisto, mirad la tabla despacio porque hay muchos más ejemplos.

Claro, alguien pensará que mejor esas bajadas (por minúsculas que sean) que no hacer nada. De acuerdo, pero lo que se esconde detrás de esto es, tal y como comentaba con el Plan HAVISA, una maniobra de marketing que hace a la industria ganar imagen y crédito político para seguir influyendo en las leyes, y que se mantenga esta situación de desregulación, y que encima se sigan anunciando pastelitos y bollería en televisión de esas marcas con el “hábitos de vida saludable” de faldón, y su vinculación al Ministerio de Sanidad.

“Compromiso”

El programa plantea otros aspectos que quizá son más interesantes, como el compromiso de limitar o eliminar ciertas acciones de marketing sobre poblaciones más sensibles, como los niños.

Vamos a ver cómo evoluciona este acuerdo y si realmente ese “compromiso” fructifica o no. La experiencia que tenemos de otros sectores con los códigos de conducta y las acciones voluntarias son tristemente decepcionantes. El Ministerio dice que va a seguir muy de cerca el plan, monitorizando el cumplimiento de los objetivos. Pero se haría necesario incluir investigaciones independientes para ello. Recordemos que, tal y como ha sucedido en el Reino Unido, los resultados de la evaluación de los programas de intervención en este sector difiere bastante si la evaluación la hacen los propios interesados con respecto a si la hacen investigadores ajenos.

Conclusión

El Ministerio de Sanidad ha escogido de nuevo el camino políticamente correcto para la industria. Las grandes empresas del sector están encantadas al vincular su imagen con la de la salud en programas amparados por el Gobierno. No hay mejor marketing que ese. Y además se ofrecen de manera voluntaria a cumplir unos códigos que, de hacerse efectivos (ya veremos), tienen un impacto muy liviano en la ingesta calórica diaria. Mientras tanto seguirán publicitando y poniendo en el mercado alimentos de muy bajo nivel nutritivo.

Seguiremos de cerca este acuerdo, mientras el Ministerio y la Industria nos dicen, al anunciar un pastelito de chocolate, que subamos y bajemos escaleras como forma de luchar contra la obesidad.

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(#295). POISON SPRING; UNA INQUIETANTE HISTORIA SOBRE LA EPA Y LOS PESTICIDAS

[MONOTEMA]  Cuando una organización gubernamental, que nace con el loable fin de proteger la salud de las personas y el medio ambiente, actúa justamente de manera contraria y se pliega a los intereses espúreos de las corporaciones, la desesperanza, el solipsismo, e incluso el nihilismo se pueden adueñar de cualquier individuo honesto que evalúe la situación. Es lógico, porque ya no sólo son multinacionales contra personas, sino el propio Gobierno el que acaba empujando todavía más.

Poison Spring cuenta como la Environmental Protection Agency (EPA), ha sido cómplice de las tropelías de la industria de los pesticidas prácticamente desde su creación en 1970. A pesar de contar con científicos honestos, las injerencias gubernamentales (por intereses económicos) y la carencia de recursos han propiciado que se haya fallado en el objetivo básico de regular adecuadamente el uso (indiscriminado) de sustancias tóxicas en la agricultura.

En este post voy a comentar algunos de los puntos más relevantes de esta obra (publicada en 2014), que resume 25 años de trabajo de E. G. Vallianatos, un analista científico de la EPA que, desde 1979 a 2004, fue testigo de lo que estaba sucediendo dentro de su organización. La información que aporta es, tristemente, fiel reflejo de la deriva de un sistema neoliberal perverso.

Los autores

E. G. Vallianatos (en la foto) es zoólogo, doctor en historia y postdoc en historia de la ciencia. Trabajó durante 25 años como técnico de la EPA, por lo que fue testigo de casi todos los eventos más importantes a los que esta organización tuvo que hacer frente. El acceso a documentación y su experiencia vivida junto a otros científicos en la EPA, han propiciado que Vallianatos haya podido contar con solvencia una realidad lamentable.

El libro está también co-escrito por McKay Jenkins, periodista y profesor  de la Universidad de Delaware, especializado en toxicología y medioambiente.

Puertas giratorias y manipulación de los mensajes

William Ruckerlshaus fue el primer administrador de la EPA, y bajo su mandato se tomaron decisiones importantes, como la supresión del DDT en 1972. Sin embargo, es un ejemplo de las continuas puertas giratorias entre la política y la industria. Ruckerlshaus dejó la EPA para trabajar en Weyershauser y Monsanto, entre otras corporaciones con conflictos claros de interés con la misión de la agencia gubernamental. Pero luego volvió a la EPA en la época de Reagan, para dejarla otra vez en 1985. En esta ocasión se convirtío en CEO de Brownig-Ferris, una gestora de residuos, incrementando su salario de $72000 al año que tenía en la EPA hasta $1 millón en la corporación.

Recientemente, hemos asistido a los “fichajes” de Scott Pruit y Michael Dourson, por lo que la EPA sigue siendo hasta prácticamente día de hoy un nido de “hombres de la industria”. Así, la queja de los autores está ciertamente justificada.

No sólo las puertas giratorias constituyen una carencia de independencia, sino que también la EPA ha sufrido una pérdida irremisible de capacidad para hacer correctamente su trabajo, ya que ha visto deteriorado su presupuesto y los laboratorios para validar las investigaciones de la industria. Menos dinero y menos laboratorios.

La desmantaleción progresiva de la EPA y su incapacidad manifiesta para regular es sólo una parte del macabro juego. Las corporaciones y los políticos ligados a ellas han de manipular también las percepciones de los ciudadanos. Por eso, como bien indican los autores, cuando la EPA o cualquier otra organización o equipo de investigación informa acerca de los potenciales riesgos de un pesticida, la maquinaria de relaciones públicas comienza a funcionar, y el mensaje que se construye es que se está “en contra de los granjeros y agricultores”. Así, se manipula a la opinión pública, porque realmente cuando se denuncian los peligros de los pesticidas no se está yendo contra los agricultores, sino defendiendo los intereses de la población general. Y en cualquier caso, se perjudica el “agronegocio” (agribusiness), que es algo más complejo que poner el foco en un “pobre agricultor”, ya que significa poner en riesgo los ingresos de gigantes de la industria química que obtienen enormes beneficios vendiendo esos productos contaminantes. Defender la salud y el medio ambiente no es ir en contra de los granjeros como la maquinaria perversamente expresa, pero desafortunadamente a la opinión pública llegan menos estas matizaciones.

“Habrá escasez y hambre”, decían corporaciones y grandes agricultores en 1972 cuando la EPA prohibió el DDT. Pues eso.

La manipulación del mensaje llega, por supuesto, a la publicidad de los productos. Como hemos comentado tantas veces en este blog, la corporaciones sólo cuentan la parte de la historia que les interesa y disfrazan la realidad. Estos dos anuncios de DDT de mediados de lo años 40 son una buena muestra de ello.

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Las quejas y adertencias sobre la toxicidad del DDT ya habían salido a la palestra cuando se publicaron esos anuncios, como también muestra este artículo de 1946:

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De la prohibición a la gestión del riesgo

Esta es una de las grandes victorias de la corporaciones químicas, conseguir que los productos cancerígenos se pueden seguir diseminando como pesticidas, siempre que vayan sujetos a una gestión del riesgo. Es decir, de un análisis coste-beneficio en el que lo relevante es una “dosis tolerable” de esos productos para los humanos. Ello supone, entre otras cosas, que no existen efectos acumulativos ni efecto cóctel (interacción con otros tóxicos), lo que es ciertamente discutible.

Y también supone que los agricultores emplean los pesticidas de manera adecuada, algo que los autores cuestionan, por ejemplo aludiendo a una encuesta realizada en 1981 por el gobierno estadounidense sobre su uso en Florida; el 40% de los agricultures usaban el pesticida equivocado o simplemente rociaban de más sus cultivos.

En realidad, como argumentan los autores, se trata de una forma legal de cubrirse las espaldas. Esto es, las corporaciones se protegen contra demandas por efectos tóxicos de los pesticidas a través de esas consideraciones de riesgo y tolerancia de dosis pequeñas. Así, son todavía hoy pertinentes las palabras de Morton Biskind, médico que falleció en 1981 y que alertó contra los peligros del DDT: “Los aparatos de comunicación (…) se encargan de negar, suprimir y distorsionar la abrumadora evidencia. Un nuevo principio de toxicología parece que se arraiga en la literatura: no importa cómo de letal un veneno pueda ser para otras formas de vida animal; si no mata instantáneamente a los humanos entonces es seguro. Cuando, sin embargo, mata a una persona, entonces es culpa de ese propio individuo, ya sea porque era alérgico a esa sustancia o porque la usó inadecuadamente”. Hoy, 37 años después del fallecimiento de Biskind, no podemos objetar ni una coma a esas palabras.

El fraude y la ocultación

Por si todo esto no fuera suficiente, los estudios de las empresas y los procesos de validación y supervisión de la EPA están salpicados de fraude y corrupción. Los autores comentan lo sucedido con el IBT, ese escándalo de proporciones colosales del mayor centro de investigación privado para las empresas agroquímicas, y del que hablamos con pausa en el post sobre los Poison Papers. Como comentamos entonces, la EPA hizo poco por volver a evaluar decenas de sustancias cuyos test reportados por las corporaciones estaban manipulados.

La EPA pasa por alto los ingredientes “inertes” de los pesticidas. Son secretos comerciales, según los productores, y no son evaluados porque no forman parte de la composición molecular activa. Pero no son para nada inertes, ya que en su mayoría son altamente tóxicos, a veces incluso  más que el componente activo. Pueden actuar como coadyuvantes para aumentar la adherencia del biocida, y entre ellos se encuentran compuestos como el clorobenzeno, benzeno, formaldehido…Según los autores el DDT podría pasar ahora como elemento inerte. Hay alrededor de 1800 ingredientes inertes y cuya inclusión en un pesticida concreto puede suponer más del 50% del propio producto. De este modo, existe una ocultación importante de la carga tóxica de los pesticidas, tal y como comentamos en diferentes posts sobre el glifosato.

Al fraude y la ocultación se añaden, además, el riesgo que sufren los investigadores de ser “señalados” por decir o hacer algo en contra del agronegocio. Así, los autores comentan el caso del estudio epidemiológico de Alsea (Oregón), y cuya historia describimos con detalle al comentar el libro “Una amarga niebla”.  Ese estudio que llevó a la EPA a prohibir el pesticida 2,4,5-T (uno de los dos componentes del Agente Naranja),  supuso un beso mortal para el programa epidemiológico de la Agencia. Varios de sus científicos se vieron atacados por la maquinaria de relaciones públicas de las corporaciones, afectando a las carreras profesionales de esos investigadores y a su trabajo dentro de la EPA.

Y es que la EPA ha jugado con fuego en muchas ocasiones. Los efectos del DDT todavía se veían en 1982 pese a su prohibición 10 años antes. La EPA tenía documentación que probaba su efecto en pájaros y peces en el Valle de Río Grande. Vallianatos descubrió unos documentos internos de científicos de la Agencia que ilustraban este hecho, pero que iban a ser destruidos. Ni la EPA ni el Gobierno de Texas hicieron  nada al respecto, a pesar de su conocimiento.

Así, la EPA tiene la cualidad de ser objeto de demandas que vienen desde todos los ángulos. Cuando tiene la osadía de regular en contra de los intereses de la industria, pese a las abrumadoras evidencias, entonces las corporaciones litigan contra ella. Pero como también deja gran parte de su trabajo sin hacer, organizaciones ecologistas y otros grupos también la llevan a los tribunales por no defender lo que realmente es su misión; proteger al ciudadano y al medio ambiente. Tal es el caso de la demanda de Earth Justice contra la EPA en 2013 por aprobar un nuevo insecticida neonicotenoide de Dow, especilmente lesivo para las abejas (los estudios recientes no dejan lugar a dudas sobre ese daño).

Miopía tóxica

Los profesores de marketing estamos familiarizados con el concepto de miopía comercial, que se produce cuando un ejecutivo es incapaz de identificar correctamente el mercado en el que compite una empresa, formado por necesidades a satisfacer, alternativas para satisfacerlas y clientes reales y potenciales.

Lo que los autores del libro expresan con claridad es que analizar de manera simple el potencial daño humano de un pesticida es incurrir en un error similar. Podríamos llamarlo miopía tóxica, porque para valorar el daño que hacen los pesticidas a los humanos y a la naturaleza hay que tener unas miras mucho más amplias y entender la complejidad y dinámica de los ecosistemas y, por supuesto, del cuerpo humano.

El libro está plagado de numerosas citas y advertencias de científicos en este sentido, y también de cifras, que quizá muestren de forma más directa la definición del problema. En 1991 la EPA estimó que 50 millones de norteamericanos estaban bebiendo agua potable potencialmente contaminada con pesticidas. A día de hoy, ya se han confirmado restos de insecticidas en ese agua para consumo humano.

En 2005 un estudio reveló que los pesticidas producían 300000 envenenamientos al año en Estados Unidos. La cifra en todo el mundo era de 26 millones, con 200000 muertes atribuidas y 750000 nuevos enfermos crónicos todos los años.

En 1954 los insectos destrozaron un 10% de las cosechas en Estados Unidos. En 1980 (junto con las enfermedades) un 37%, a pesar de las ingentes toneladas de pesticidas empleados. “¿Ha merecido la pena?”, se preguntan los autores.

El investigador David Pimentel estimó en 2003 que sin el empleo de pesticidas los agricultores habrían perdido el 41% de sus cultivos, lo que hubiera incrementado el precio de los productos entre un 5 y un 10%, es decir, una subida moderada y asumible, y más teniendo en cuenta los beneficios de haber evitado el daño para los humanos y el medio ambiente, una cifra que Pimentel estimaba en $12 mil millones al año.

Conclusión

Vallianatos y Jenkins enfocan su esperanza en las próximas generaciones de jóvenes que deben luchar por cambiar este modelo perverso y enfocarse hacia una agricultura que minimice los pesticidas. No es fácil, desde luego. No sólo los intereses de las multinaciones y la complicidad de los gobiernos están en contra, sino también incluso muchos agricultores.

Los autores comentan los casos de amenazas a pequeños granjeros y agricultores proclives a eliminar los pesticidas por parte de sus propios compañeros. Es el máximo triunfo de los malvados y manipuladores, hacer que los propios agricultores defiendan un producto que les está matando a ellos antes que a nadie.

Pero claro, no a todos; los grandes propietarios de tierras no suelen vivir en el campo, y les importa bien poco lo que allí suceda. Que rocíen veneno con las avionetas fumigadores les trae sin cuidado. Para los que están al pie del cañón todos los días, lo lamentable es que los pesticidas actúan como una droga; necesitan cada vez más, son adictos a algo que les produce un beneficio rápido, y que tienen que consumir con más intensidad porque la resistencia a ellos se incrementa. Un panorama desolador.

Los autores apuestan por tener un modelo de agricultura mucho menos concentrado e intensivo, con predominio de propietarios pequeños (familiy farming), con rotación de cultivos, con menos presión sobre la producción, y con el uso del control integral de plagas. Esto no lo está diciendo un soñador utópico; lo están diciendo cientos de investigadores desde hace décadas.

Luego vendrán los palmeros de siempre a defender lo indefendible, a pervertir el discurso, a manipular los mensajes. A llamar magufos, ecolopijos, comunistas, o lo que suene más despectivo a los que defienden un modelo alternativo y a los que denuncian los peligros de los pesticidas. Y entonces dirán que el estudio doble ciego de no se quién demuestra que los pesticidas no hacen daño, o cosas similares. Y así se creerán más científicos que nadie, porque son tecnólogos que vencen a los magufos alarmistas.

Y ahora yo me permito proponer a los lectores que reflexionen, que piensen en todas las historias que llevamos contando en este blog sobre pesticidas. Que valoren el contexto en el que la ciencia se produce, y la historia vivida desde la II Guerra Mundial. Después, que evalúen las interacciones entre política, corporaciones y ciencia, así como el papel de las agencias reguladoras y los efectos sobre los ciudadanos. Y finalmente, que visionen los anuncios publicitarios de los productores, y empiecen a contabilizar las mentiras, manipulaciones, fraudes y corrupciones por parte de todos los actores del sistema. Luego, pueden volver a leer el discurso y el relato de los voceros, y esos “super científicos” que tratan de sacarnos de la ignorancia.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, enero 10). Poison Spring; una inquietante historia sobre la EPA y los pesticidas. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b295

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(#289). SEWING HOPE; SALARIO DIGNO EN LA INDUSTRIA TEXTIL

[MONOTEMA] Llega por fin con detalle la historia de Alta Gracia, la fábrica textil situada en la República Dominicana cuyos trabajadores reciben un salario digno, algo totalmente inusual en esta industria.

Surgida en 2010, Alta Gracia se ha convertido en una especie de experimento real, con muchos ojos puestos sobre ella y su potencial capacidad para sobrevivir en un mercado donde prima la competencia en costes a través de la explotación laboral y las condiciones de trabajo esclavas.

 

Si en este 2017 Slave to Fashion ha puesto nombres y caras a vivencias lamentables de explotación laboral en las fábricas textiles, Sewing Hope nos muestra identidades de personas que han podido salir de la pobreza, mejorar las condiciones de sus familias, y tener una vida donde algunos sueños están incluso permitidos.

Aunque su vida es todavía muy corta, la historia de Alta Gracia tiene la profundidad y los matices necesarios como para poner sobre la mesa cuestiones esenciales para esta industria y, de forma más general, para el sistema capitalista neoliberal.

En este post voy a exponer algunos de los aspectos más destacados del libro, con el fin de ayudar a su comprensión e incentivar su lectura.

Los autores

El libro está escrito por Sarah Adler-Milstein y John M. Kline, quienes han vivido desde diferentes ópticas el desarrollo del proyecto, y lo han hecho desde prácticamente el inicio, y con gran implicación.

Adler-Milstein es una activista que ha trabajado para el Workers Right Consortium (WRC), que es probablemente la única entidad con el grado de independencia necesario para auditar válidamente factorías textiles. La autora se involucró en los primeros años de la compañía, supervisando su funcionamiento, y trabajando asimismo por los derechos laborales en diferentes países de Latinoamérica.

Alder-Milstein conoció a John M. Kline en 2010, profesor de la Universidad de Georgetown, con una amplia trayectoria en la investigación en ética y diplomacia en los negocios, quien rápidamente se interesó por el caso de Alta Gracia y lo ha seguido muy de cerca hasta el día de hoy.

Ambos autores han volcado las experiencias vividas durante estos años en este recomendable libro, donde el vínculo especial que han creado con algunos de los trabajadores dominicanos se hace palpable.

Para ellos, la enseñanza que muestra Alta Gracia es que no hay ninguna razón para que las grandes empresas del sector paguen también salarios dignos a sus trabajadores. Veremos, no obstante, algunos matices a esta consideración a continuación. 

Una explicación detallada del caso de Alta Gracia también puede encontrarse en el podcast de Doble Cara, junto a Antonio J. Mayor.

Programas de Doble Cara

Los antecedentes

El libro comienza contando la historia de Yenny Pérez, quien con sólo 14 años llegó a Villa Alta Gracia para buscar empleo en BJ&B, una fábrica de origen coreano que producía equipamiento universitario para las licencias de Nike y Reebok. Era el año 1991, y pese a que en la entrevista de trabajo descubrieron que no era más que una niña, la contrataron. 

Así empezó Yenny un calvario que duraría más de una década, primero en BJ&B, luego en otra factoría vecina (TK), para volver de nuevo a la primera. Salarios míseros, horas interminables, condiciones higiénicas deplorables, acoso…, en fin, las características comunes que tantas veces he contado en este blog.

Sin embargo Yenny no se conformaba con eso, y planteó la posibilidad de crear un sindicato, y luchar por los derechos de todos los trabajadores, hasta entonces explotados. Afortunadamente contó con el apoyo de WRC, que presionaba a las Universidades para que otorgaran contratos de licencia que cumplieran unos mínimos estándares. Esto llevó incluso a Yenny a dar conferencias en diversas universidades norteamericanas, y en convertir su lucha en un icono de tantas luchas similares, la mayoría desconocidas o silenciadas.

Pero BJ&B no se quedó de brazos cruzados, y empleó tretas que, desgraciadamente, son comunes en el sector. Colaboró para poner a otros trabajadores en contra de Yenny y sus propuestas, con la amenaza encubierta de que este tipo de movilizaciones podrían acabar por cerrar la fábrica. Y claro, más vale trabajar míseramente que quedarse sin trabajo. La clásica cantinela del que esclaviza, pero que también pueden asumir los esclavos.

Incluso la factoría llegó a realizar donaciones a las iglesias locales para que el párroco en sus dicursos rompiera una lanza a favor de la empresa, de la prosperidad que había traído, y de las fatales consecuencias de continuar por el camino de las protestas. Al fin y al cabo estaban defendiendo derechos humanos, algo que, por lo visto, no era asunto de enjundia para el clero.

Y vaya, finalmente BJ&B cerró, ya fuera por la propia indolencia de Nike y Reebok en reajustar sus pedidos en base a una  mejora de las condiciones laborales, o ya fuera porque ese tipo de fábricas sólo están preparadas para exprimir al trabajador y no son capaces de reconvertirse a producir dignamente. Los malos presagios se materializaron. Pero la lucha y la dignidad permaneció.

Nace Alta Gracia

Gracias a Scott Nova, director ejecutivo de WRC, y Joe Bozich, CEO de Knights Apparel, nacería la única fábrica textil que paga salarios dignos. Bazich había vivido una historia personal muy dolorosa, un sufrimiento que le incitó a hacer algo realmente loable en los negocios. Él podía pagar a los médicos para sobrellevar sus desgracias familiares, pero los trabajadores textiles no podían hacerlo llegados a ese caso. Catarsis, lo llamarían algunos, quizá por no admitir que fue un simple ejercicio de empatía que todos los grandes ejecutivos tendrían que hacer por defecto. Pero esa empatía no existe en el mundo de las primas por objetivos y los grandes salarios de encorbatados. Tal vez por eso cuando ocurre un caso como el de Bozich, lo elevamos a una categoría especial. Sea como fuere, Bozich hizo lo que casi nadie hace.

Entonces comenzaron una aventura en el que en primer lugar tenían que fijar un salario digno. La industria trabajaba con salarios medios que hacían necesario que un sueldo digno fuera entre el 200% y el 500%. Son números a veces confusos. Un 200% unos lo interpretan como el doble del salario actual, y otros como el triple. Así, si alguien ganaba $0.83 por hora, un 200% sería $1.66 por hora para unos, y $2.49 por hora para otros. Yo me quedo con la interpretación de que $2.49 es un 200% más de $0.83, es decir, se sube un 200%, mientras que en el libro los autores parecen preferir la primera opción. Yo hablaré aquí siempre de mi interpretación. De este modo, se fijó el salario digno en un poco más de la subida del 200%: $2.83 por hora, lo que suponía unos $125 a la semana y unos $500 al mes.

Contactaron con un empresario local para ver si estaba dispuesto a emprender el proyecto siempre bajo la premisa de aceptar ese salario digno. Y también contaron con ex trabajadores de BJ&B, como Yenny Pérez. Pero al final tuvo que ser la propia Knights Apparel la que pusiera varios millones de dólares para crear la start-up, y claro, para ello tenían que convencer a sus inversores. Y no fue fácil porque el inversor quiere dinero y poco riesgo, por lo que tuvieron que maniobrar y separar legalmente Alta Gracia de Knights Apparel. ¿La solución?: Poner de gerente a un empresario de India, amigo de Donnie Hodge (otro hombre clave de Knights Apparel), y situar el domicilio fiscal en Islas Vírgenes. Sí, un paraíso fiscal.

Pero en 2015 Hanes Corporation compró Knights Apparel por $200 millones y dejó fuera la unión con Alta Gracia. Eso sí, perdonaron varios millones de deuda que la fábrica había acumulado, empleando $3 millones en recapitalizar la factoría. Comenzaba una nueva etapa para la empresa, pero hasta el día de hoy sigue sin dar beneficios. Donnie Hodge se quedaba al frente del timón.

Marketing de Alta Gracia

Alta Gracia tenía de cara muchas cosas. Primero, se había labrado una muy buena imagen en el entorno universitario, debido a los esfuerzos del WRC y a las charlas dadas por los propios integrantes de la factoría. Segundo, la United Students Against Sweatshops (USAS) estaba realizando movilizaciones en diferentes universidades para que las grandes marcas respetaran un código de conducta interno, y para fomentar que se firmaran acuerdos con empresas como Alta Gracia. Y tercero, tenían un mercado potencial tremendamente amplio (el merchandising universitario es un mercado que genera varios miles de millones de dólares en ventas), y que además estaba geográficamente muy cerca.

La marca se vende bajo la etiqueta de “comercio justo” aunque en realidad no aparece la certificación en su página web. Pero bueno, qué mayor justicia que pagar un salario digno a los trabajadores, cuando la mayoría de empresas certificadas no lo suele hacer (cobran salarios más altos que la media del sector y tienen como objetivo llegar a salarios dignos).

Y ha tenido grandes aliados en las universidades con un tratamiento muy atractivo en la Universidad de Duke, y con displays como el que se muestra debajo (derecha) en la Penn State.

Alta Gracia section of the Stores with and without employees.  Single shots of Jim Wilkerson, group shot of Jim Wilkerson and Angela Bowling, and a group shot of Jim Wilkerson, Angela Bowling, and Tom Craig.

Además, decidió utilizar a sus propios empleados como reclamo en las etiquetas, intentando tangibilizar lo que significaba comprar una prenda; adquirir una camiseta de Alta Gracia suponía estar apoyando un modo de entener los negocios en los que la dignidad del trabajor es esencial, y en el que pueden cambiar sus vidas a mejor.

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Sin embargo la banda de precios en las que venden en las universidades es muy curiosa, porque aparecen en varios bookstores a precios por debajo de productos similares de Nike (ver debajo la comparación en www.fanatics.com)

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Champion

Alta Gracia: $16.99

Nike: $25.99

Champion: $19.99

Independientemente de los descuentos que pueda hacer el distribuidor, una camiseta de Alta Gracia es más barata que una similar de Nike o Champion, marcas que evidentemente no pagan un salario digno en sus fábricas. ¿Es esa estrategia correcta? Los autores se lo plantean en el libro, y más teniendo en cuenta que la factoría sigue dando pérdidas. Parecería más adecuado tratar de diferenciar el producto con un precio primado por su consideración de comercio justo, e incrementar el margen por unidad.
 
Pero también una lectura complementaria es posible; Marcas como Nike o Champion son capaces de vender productos muy parecidos con un margen mucho mayor debido a su imagen. Eso nos da una idea del sobreprecio que el consumidor puede pagar por esos productos.
 
Alta Gracia nos muestra feacientemente que pagar un salario digno sólo supone añadir unos céntimos de dólar a cada producto. Así, para una sudadera de que se vende a $35 en las tiendas, el encarecimiento sería de unos $0.90 por unidad. Si no lo repercutimos en el consumidor, y se distribuye por la cadena de suministro, supone simplemente renunciar a un porcentaje prácticamente despreciable de los beneficios. Como, de nuevo, tantas veces hemos explicado en esta web, las grandes empresas podrían pagar un salario digno y generar ingentes beneficios, pero no quieren.
 
Pese a tener un nicho de mercado relevante, Alta Gracia sigue en números rojos. La nueva línea abierta con los Dallas Cowboys puede permitir a la factoría dominicana entrar en el segmento del deporte profesional, incrementar el volumen de pedidos y el de clientes.

Una profunda reflexión se hace necesaria

¿Puede entonces una empresa como Alta Gracia sobrevivir en este sistema económico en una industria como la textil? Pues no podemos dar una respuesta categórica todavía, aunque sí afirmar que obviamente es posible, pero con muchos matices.

Tenemos una factoría impulsada por el dinero y el know-how de un gigante del sector (Knights Apparel), situada en una zona franca en la República Dominicana, país que tiene un tratado de libre comercio con Estados Unidos, y además está registrada en un paraíso fiscal. No sólo eso, sino que aunque Alta Gracia paga un salario digno no ofrece productos con certificación orgánica, como sí lo hacen otras empresas del sector, por lo que tiene menores costes que otras compañías enfocadas a la sostenibilidad y ecología. Y, como hemos indicado, cuenta con una buena imagen de marca, un mercado potencial atractivo y un lugar privilegiado para vender a Estados Unidos. Y aún así, sufren pérdidas.

Los beneficios de estar en una zona franca son jugosos, ya que hay exención del pago de múltiples impuestos, entre ellos el equivalente al IVA de las compras o el impuesto sobre los beneficios, al menos durante los primeros años de funcionamiento. El acuerdo de libre comercio con Estados Unidos permite la exportación con ventajas a nivel arancelario a ese país. Y encima un paraíso fiscal para tratar de eludir el pago de impuestos, que ya hemos dicho que son mínimos por el privilegio de las zonas francas. En cualquier caso, y como me comenta John M. Kline en una comunicación personal, este hecho es en práctica irrelevante porque hasta ahora no hay beneficios que eludir.

Por tanto, ante unas condiciones a priori tan favorables, ¿por qué no hay beneficios? Probablemente haya que ser pacientes y esperar un poco más. Al fin y al cabo Alta Gracia ha superado el tiempo de vida de otros “experimentos similares”, como los de Just Garments (cerrada en 2007), y los de SweatX (cerrada en 2004), que fallaron por diversos motivos. Los primeros quizá porque realmente no cumplieron ni con sus propios compromisos de salario digno, y los segundos porque no fueron capaces de atender adecuadamente a la demanda y gestionar experimentadamente. Todos estos factores son claramente controlados por Alta Gracia, por lo que es de esperar que los beneficios lleguen. Veremos.

Otro elemento de reflexión se refiere a si una empresa como esta debe emplear las mismas armas del capitalismo neoliberal para generar un negocio que va en contra de la forma en la que el sistema se implementa. Me refiero a tres aspectos fundamentales: (1) zonas francas; (2) libre comercio; (3) paraísos fiscales.

Quizá alguien puede pensar que para luchar contra el sistema hay que valerse del propio sistema. Pero otros dirán que es lamentable que la defensa de un derecho humano fundamental, como es un salario digno y unas condiciones laborales apropiadas, se cimente sobre pilares que están fomentando la desigualdad, la pobreza, y por supuesto la explotación laboral (las zonas francas suelen contar con legislaciones laborales más laxas). Sin embargo, y como muy bien indica John M. Kline,  aunque Alta Gracia se encuentra en una zona franca, lo estándares laborales están muy por encima de lo que la ley marca como mínimo, y los trabajadores tienen su propio sindicado y han firmado un convenio laboral colectivo.

Y esto nos lleva a plantear una cuestión quizá infantil, pero necesaria. ¿Podría plantearse crear una marca textil produciendo con salarios dignos, fuera de una zona franca, y debidamente registrada en un país que no fuera un paraíso fiscal? Pues, quien haya leído hasta aquí, probablemente piense que sería prácticamente imposible para una start-up.

Uno de los grandes triunfos del capitalismo neoliberal y del modo de producción esclavo es precisamente anular cualquier alternativa que lo cuestione. El sistema ha creado unas condiciones que hacen extremadamente difícil sobrevivir si no te sometes a ellas. Es la perversión más absoluta. No es que estas empresas que pagan salarios dignos no puedan ser rentables per se; no lo son porque el propio sistema no lo permite. La esclavitud justificada. Tremendo.

Pero no. No debemos quedarnos con esta idea solamente. Una de las grandes enseñanzas de Alta Gracia es que las grandes compañías del sector, esos gigantes con miles de millones de euros de beneficio neto, podrían aplicar el pago de un salario digno. Esas empresas no son de nueva creación, tienen una estructura sólida, una imagen consolidada y una red de distribución asentada. No tienen que pasar por las dificultades de una empresa que nace. Ellas son las que deberían dar el paso. Pero no lo hacen.

Mientras tanto, debemos alentar la creación de marcas como People Tree, y el esfuerzo de emprendedoras como Safia Minney, por ejemplo, y otras muchas de empresas más pequeñas. Las certificaciones de comercio justo son una buena noticia, porque los salarios cobrados por las empresas adheridas son más altos que la media. Pero también hay que admitir que la banda de precios en las que se mueven este tipo de empresas se hace muy difícil de alcanzar para perfiles de consumidores que no tengan un alto poder adquisitivo.

Y aquí también obedece otra reflexión, y es que quizá deberíamos apostar por la compra de estos productos de forma esporádica en lugar de la de productos a precios más bajos de manera continua. Es un cambio en la forma de concebir el consumo y la vida. En lugar de comprar 3 vestidos al año de Zara o H&M, o 3 sudaderas de Nike o Adidas, comprar un vestido y una sudadera de una marca de comercio justo.

Quizá suene naif y paternalista, pero probablemente sea la única forma de ayudar a cambiar el sistema desde las acciones de consumo.

Conclusión

Un salario digno es posible, son sólo unos céntimos de dólar por prenda. Y ello puede hacer cambiar la vida de miles de familias de trabajadores del sector. Tener acceso a servicios médicos, a enviar a sus hijos a la universidad, a poder satisfacer las necesidades básicas de comida y energía, a poder incluso pagar un préstamo y poder ahorra. A, en definitiva, tener derecho a soñar.

El caso de Alta Gracia nos muestra una interesante conjunción de factores que hemos discutido en este post, donde hay luces y sombras, y donde nos lleva a plantearnos cuestiones mucho más profundas sobre la perversión del sistema y su capacidad para justificar la esclavitud y la desigualdad.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su Artículo 25.1 indica que todo el mundo tiene el derecho a un estándar de vida adecuado que permita el bienestar suyo y de su familia, incluyendo la comida, la ropa, la asistencia médica, el domicilio, servicios sociales, etc. De este modo, no se está pidiendo nada que no sea humanente un derecho. Y he aquí otra de las vilezas del sistema, hacer creer que un salario digno es un privilegio, en lugar de un derecho.

Recomiendo la lectura de este libro, y su discusión en las universidades. Que los alumnos de Economía y Administración de Empresas analicen y sean críticos con este caso, y que salgan de las facultades con la idea y el compromiso de crear “muchas Alta Gracias”, no sólo en el sector textil, sino en otros donde se reproducen condiciones simialres de esclavitud, como el de componentes tecnológicos, por ejemplo.

Finalmente, dejo estos dos vídeos donde se puede escuchar más información sobre este caso de la mano del propio John M. Kline:

Agradecimientos

Mi más sincero agradecimiento a John M. Kline y Safia Minney por contestar amablemente a varias cuestiones relacionadas con este artículo.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2017, diciembre 18). Sewing Hope; Salario digno en la industria textil. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b289

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(#278). EL CASO DE SHARON GOLDBERG; NIÑOS ELECTROSENSIBLES

[MONOTEMA] Los proyectos de ley que se discuten este año en Massachusetts en relación a la necesidad de una mayor regulación de las exposiciones a Wi-Fi y otros emisores de radiofrecuencia nos están permitiendo conocer una realidad que, aunque algunos se empeñen en tapar o ridiculizar, existe y es muy preocupante.

Sharon Goldberg ha tenido la amabilidad y valentía de contarme con detalle su caso, el cual debe suponer un punto de inflexión en el modo en el que parte de la sociedad afronta esta cuestión.

En este post voy a relatar una historia que merece ser contada y conocida. No es un caso aislado, hay miles como este, pero el hecho de que sea una profesional de la medicina quien la protagoniza lo otorga un mayor eco.

Su perfil como médico

Sharon Goldberg nació en Estados Unidos, y se trasladó a Israel a estudiar medicina en Tel-Aviv University, Sackler School of Medicine, obteniendo su título en 1997. Poco tiempo después retornó a Estados Unidos para continuar su formación. En el Beth Israel Medical Center, en Nueva York completó su residencia en medicina interna. En 2000 obtuvo el certificado en medicina interna por la American Board of Internal Medicine, y desde entonces ha continuado su formación en otras especialidades, como en Medicina Tropical.

Desde 2001 hasta 2004 estuvo trabajando en el Mount Sinai School of Medicine de Nueva York, y desde entonces y hasta 2015 ejerció como profesora en el Mount Sinai School of Medicine (2004-2005), en el Albert Einstein College of Medicine (2006-2011), y en la Universidad de Miami, en el Miller School of Medicine (2011-2015).

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Durante todo este periodo, Goldberg se ha especializado también en medicina integrativa, lo que le ha hecho obtener una visión más amplia de las ciencias de la salud, y así emprendió su carrera como consultora en Glow Health Miami, en 2016, un proyecto personal en el que combina su experiencia en medicina interna con la medicina integrativa.

Durante estos años de carrera profesional, la doctora Goldberg ha publicado artículos de investigación en revistas científicas, como Pyschiatry and Clinical Neurosciences, Atherosclerosis, y Journal of Diabetes and Metabolic Disorders.

El comienzo de su interés por los efectos nocivos de la radiación no ionizante

En 2014, cuando todavía estaba como profesora a tiempo completo en la Universidad de Miami, su departamento le dio un nuevo teléfono móvil, un obsequio de la propia universidad. Goldberg era usuaria de Blackberry pero ese año cambió a un iPhone, porque la mayoría de las aplicaciones médicas que empleaban estudiantes y los residentes que estaban a su cargo no se podían ejecutar en su Blackberry.

El día en que llevó su nuevo teléfono a casa tuvo una llamada de 20 minutos en la cual empleó el altavoz, cogiendo el dispositivo con los dedos pulgar e índice. Cuando finalizó la llamada, Goldberg sintió dolor y quemazón en el dedo índice, un dolor neuropático, similar al que un diabético puede sufrir en un pie. Esa sensación de ardor y dolor no se fue hasta que no pasaron 3 o 4 días. Esto hizo que rápidamente devolviera el teléfono móvil y pidiera que se lo cambiaran por otro con un menor SAR (tasa de absorción específica). Desde ese momento la doctora comenzó a interesarse por un campo que hasta entonces no había sido objeto de su atención; el efecto de los campos electromagnéticos sobre la salud. Se unió al Collaborative on Health and the Environment, y estableció lazos con otros científicos que estaban trabajando en esta disciplina. Ella misma empezó a leer literatura específica al respecto y a formarse sobre cómo detectar y medir esas fuentes de radiación.

Jóvenes enfermos

Sharon Goldberg siente que su motivación para estudiar los efectos de los campos electromagnéticos sobre la salud es similar a la de otros compañeros médicos, que se cuestionan qué causas hay detrás de que en los últimos 10-15 años esté enfermando tanta gente. Según Goldberg, investigadores interesados en la nutrición y/o en las enfermedades crónicas están abordando también el estudio de la radiación no ionizante, como uno de los posibles caminos para explicar esta situación.

Goldberg se pregunta por qué la mayoría de pacientes que ella tenía como internista al comienzo de su carrera eran de una edad avanzada (65 años en adelante), mientras que los enfermos que han pasado por sus manos y por las de sus compañeros en los últimos años tienen cada vez menos edad. Si antes los jóvenes que trataba tenían patologías bien definidas (abuso de alcohol, secuelas de drogas, SIDA, cáncer, enfermedades estructurales cardíacas, trastornos convulsivos, enfermedades autoinmunes…), los más recientes tienen múltiples comorbilidades: diabetes, historial de ataques cardíacos o infarto, enfermedad vascular, obesidad, etc. Goldberg destaca que ahora en Estados Unidos es rutinario ver personas de 30-40 años con varios diagnósticos, pero sin ninguna causa subyacente clara, y enfatiza en relación a su interés sobre la radiación no ionizante: “Esta es mi motivación, las personas de 30 y 40 años no deberían necesitar amputaciones de extremidades, diálisis, cateterismos, o cuidados paliativos”.

La sensibilidad de sus hijos

En este punto, la historia de la doctora Goldberg tiene elementos en común con la de otros científicos y profesionales de la medicina que valoran el amplio número de publicaciones que la literatura muestra advirtiendo de los efectos nocivos de la radiación no ionizante, y también de la observación de pacientes, compañeros, amigos y familiares. Todos estos investigadores sienten que los niveles de protección no son adecuados, y que no se está regulando con la suficiente responsabilidad. Hasta aquí, es una historia que incluso podría catalogarse como común entre un nutrido grupo de investigadores.

Sin embargo, lo que hace su caso más especial es lo que le está ocurriendo a sus hijos, un niño y una niña que han sido diagnosticados con intolerancia electromagnética, o lo que aquí en España conocemos como electrosensibilidad o electrohipersensibilidad. Goldberg explica en esta carta, fechada el 4 de abril de 2017,  el caso, por lo que vamos a reproducir las líneas más reseñables.

“En mayo de 2016, mi hija de 2 ° grado sufrió mareos, náuseas y vértigo cada vez que se usaba la pizarra inteligente en su clase. Con exposiciones más largas (es decir, cuando la profesora ponía películas en la pizarra), la niña tenía confusión, náuseas muy intensas y mareos. A medida que avanzaba el año, desarrolló una pérdida de memoria a corto plazo y cambios de comportamiento significativos. La primera semana de verano, asistió a un campamento bajo múltiples torres de telefonía móvil y después de solo 2 horas, desarrolló lo que más tarde se reconoció como toxicidad aguda por radiación. Ella manifestó todos los síntomas que habían aparecido en la escuela, además de problemas neuropsiquiátricos más graves, muchos de los cuales duraron varios meses, incluyendo: hipersomnolencia, acatisia, un tic nervioso, llantos extremos sin razón aparente, arrebatos de ira y mareos crónicos. Durante este período, ella era muy sensible a la radiación del teléfono celular / Wi-Fi / torres de telefonía / y otros tipos de emisores de radiofrecuencia. Es de destacar que cuando los niveles de radiofrecuencia se midieron posteriormente en su clase, la densidad de potencia era extremadamente alta: 125000 μW/m², un nivel claramente asociado con muchos problemas de salud efectos, incluyendo daños en el ADN, cambios de comportamiento y dificultades de concentración). Afortunadamente, ella se ha recuperado, pero permanece sensible a la radiofrecuencia cuando se expone. Después de solo 3 días en la escuela este año estaba demasiado mareada y con nauseas para regresar a la escuela que tanto le gustaba”.

Así, la hija de Sharon Goldberg, que ahora tiene 9 años, sufrió claros síntomas de electrosensibilidad. Los niveles de densidad de potencia en su clase estaban por debajo de los límites de referencia, por tanto, eran perfectamente legales. Aquí en España se permite hasta 4500000 μW/m², es decir, incluso 36 veces más. Sin embargo, como bien indica la doctora Goldberg, las recomendaciones sobre exposición derivadas de diferentes investigaciones recientes son mucho más restrictivas, por lo que la niña estaba expuesta a niveles muy superiores a los que algunos investigadores han propuesto (entre 1 y 1000 μW/m²).

Pero, poco tiempo después, su hijo que hoy tiene 7 años, comenzó a sufrir también problemas:

“En diciembre de 2016, después de comenzar en una nueva escuela, mi hijo desarrolló cambios progresivos en el comportamiento, similares a los asociados al autismo. Cada semana que pasaba se volvía más agresivo y violento, atacando a su hermana en muchas ocasiones, golpeándola y pateándola sin razón aparente. También tuvo un retroceso en su desarrollo y no quería vestirse, desvestirse o lavarse por sí mismo. Tenía frecuentes dolores de cabeza y dificultades severas para mantener la concentración. Después de dos meses en esa escuela, comenzó a atacar a otros miembros de la familia, incluyéndome a mí, y a su abuela que vivía con nosotros. Tenía ataques de ira en los que era muy difícil contenerse físicamente. Durante esos ataques él era a menudo destructivo. En febrero pateó una puerta corredera de ducha tan fuerte que se rompió. A principios de marzo, y después de que nuestra hija mencionara que el autobús escolar la había mareado mucho, decidimos experimentar y ver si al no montar en autobús cambiaban los resultados. Y sorprendentemente, después de 24 horas sin subir a ese vehículo, la violencia y agresiones de mi hijo pararon. No hubo más agresiones en el hogar aparte de varios episodios que ocurrieron después de fuertes exposiciones a la radiación fuera de la casa, y una vez terminada el año escolar mi hijo volvía a ser el niño normal y dulce que era. Sin embargo, después de dos días de reiniciar el colegio el mes pasado, mi hijo volvió a ser agresivo con su hermana”.

Sharon Goldberg enfatiza en su carta que sus dos hijos tienen un desarrollo completamente normal y saludable, pero cuando se exponen a radiofrecuencia empiezan a sentirse enfermos, cada uno de una forma diferente. El niño lo hace gritando y siendo agresivo mientras que la niña principalmente sufre mareos e indisposiciones. Y ambos lo hacen a la vez cuando van a establecimientos comerciales como Home Depot o Target donde están expuestos a radiación.

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Todas estas circunstancias unidas a que su hogar es desde 2016 una “zona blanca”, es decir, libre de radiofrecuencia, les ha hecho establecer relaciones circunstanciales de causa y efecto. Goldberg decidió deshacerse de su contador telegestionable, la alarma, el router Wi-Fi (ahora emplean cable), además de implementar otros cambios para que sus hijos se encuentren tranquilos y saludables dentro de casa.

Como bien comenta Goldberg, en relación al caso de su hijo, los autobuses son un lugar donde la exposición a radiofrecuencia se multiplica. Al margen de que puedan llevar Wi-Fi incorporada, la radiación de los múltiples teléfonos móviles que están conectados (buscando continuamente repetidores al estar moviéndose) y cuyas ondas rebotan con la carcasa metálica del autobús, hace de este lugar una zona de alta inmisión.

Diagnosticados y buscando un lugar para llevar una vida normal

Sus hijos fueron diagnosticados por 2 pediatras como sensibles a los campos electromagnéticos, registrando el código ICD-10 como “efectos de la radiación”. El Distrito Escolar del Condado de Palm Beach aceptó a los niños en su programa de “Hospital a domicilio” en octubre de 2017.

Este es un programa que se usa para los niños con cáncer o enfermedad grave que están demasiado enfermos para asistir a clases normales, o porque se considera que no están lo suficientemente seguros allí. El programa incluye clases virtuales y es lo que la familia Goldberg está empleando a día de hoy a la espera de mudarse a una escuela con las condiciones de inmisión de radiofrecuencia que les permita asistir sin problemas, lo que está resultando tremendamente complicado.

Ori and Noa beachConclusión

He escrito mucho en esta web sobre los efectos adversos de la radiación no ionizante. Y lo he hecho buceando por la literatura científica, pero también observando los casos que conozco personalmente. Esto últimos son evidencias circunstanciales, pero constituyen una fuente de información para un científico cuando se multiplican en número. Pero incluso aunque fueran casos aislados (que no lo son) también merecerían la atención científica, y el reconocimiento social y médico.

El caso de Sharon Goldberg es importante para que sirva como palanca para animar a todas aquellas personas que están sufriendo algo similar pero que no se atreven a admitirlo por miedo al rechazo profesional y social. Lamentablemente, algunos radicales del cientifismo provocan que los que sufren se escondan por temor a represalias y burlas.

Es alentador que la doctora Goldberg admita que cuando le presentaba información sobre los efectos adversos de la radiofrecuencia a otros colegas médicos estos mostraran interés en saber más y en reconocer que hay evidencias notables de que esos efectos puedan existir. Aquí, en España, por desgracia, la situación probablemente es diferente. Sólo unos pocos médicos han tenido el coraje y el arrojo de defender públicamente una realidad que es constantemente atacada por el círculo pseudoescéptico. Qué error poner al mismo nivel la creencia paranormal con la existencia de la electrosensibilidad. Qué falta de respeto y qué incoherencia científica. Pero cuánto daño están haciendo.

La realidad es que no sabemos muy bien lo que está ocurriendo, pero dada toda la evidencia disponible, un buen científico debe al menos dudar, pedir más investigación, demandar precaución, y estudiar todas las posibilidades, aunque provengan de evidencias circunstanciales.

La doctora Sharon Goldberg está viviendo momentos muy duros con sus hijos pequeños, pero ha hecho el meritorio esfuerzo de contar su historia para poder ayudar a que otros niños y adultos no sufran de ese modo. Espero que esto sirva para que otras personas se animen a relatar su caso, y para que también la sociedad humildemente acepte que, dado todo lo que conocemos, lo más inteligente y honesto es minimizar la exposición.

Padres, directores de colegio, profesores, médicos, investigadores, reguladores y políticos: Escuchad, por favor.

Agradecimientos

Este artículo no habría sido posible sin la colaboración de Sharon Goldberg, quien ha atendido a mis preguntas de manera amable y cortés. Además, también estoy en deuda con Ángel Martín y Cecelia Doucette, quienes me ayudaron a llegar hasta Sharon.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2017, noviembre 7). El caso de Sharon Goldberg; Niños electrosensibles. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b278

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