(#364). LA NECESIDAD DE REDUCIR EL ARSÉNICO EN LA ALIMENTACIÓN

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] En esta investigación publicada en Enrivonmental Health Perspectives, los autores proponen realizar más intervenciones para minimizar el impacto del arsénico en la salud. Este tóxico, tiene su principal vía de entrada a través de la alimentación.

La relevancia de este tema ha hecho que en Estados Unidos se forme el “The Collaborative on Food with Arsenic and associated Risk and Regulation” (C-FARR), que ha resultado en la publicación de varios estudios sobre este asunto

Los autores indican que, pese a que el arsénico inorgánico es un evidente cancerígeno y ocasiona diversas enfermedades, también se debe prestar atención a la toxicidad crónica de especies orgánicas. En el agua potable, el arsénico aparece en su forma inorgánica (la más tóxica), pero en la comida existe una combinación de ambas. 

Sin embargo, la exposición debida al agua de bebida es menor que en la comida. Según datos que muestran los autores, menos de un 4% de estadounidenses estaban expuestos a agua potable con concentraciones de arsénico >1μg/L, y sólo un 1% estaba por encima del límite de 10μg/L que marca la EPA.

Es interesante repasar los estudios epidemiológicos que citan los autores sobre la relación entre el consumo de arroz y enfermedades cardiovasculares y cáncer. La evidencia es limitada, pero sugiere que el consumo de arroz puede incrementar el riesgo de enfermedad, aunque es difícil separar si esa exposición viene fundamentalmente por el agua de bebida o por el propio arroz.

No obstante, en Estados Unidos, no hay regulación con respecto a los niveles de arsénico en los alimentos. Ante esta lentitud en realizar esa regulación, los autores proponen varias formas de intervención en todos los niveles de la cadena de valor, involucrando a diversos grupos de interés.

Así, y con el ejemplo del arroz, los autores proponen realizar práctica de agricultura sostenible, rebajando el uso del agua en los cultivos. Además, aconsejan emplear fertilizantes de silicio (haciéndolos accesibles a los pequeños agricultores, ya que son más caros). Por supuesto, hay que evitar el uso de pesticidas que contengan arsénico y no cultivar en zonas próximas a fuentes de contaminación.

Los ingredientes de ciertos alimentos también podrían cambiarse por alternativas con menos riesgo. Por ejemplo, usar el jarabe de maíz alto en fructosa en lugar de jarabe de arroz orgánico en productos dirigidos a niños, y el empleo de carragenina como sustituto a la gelatina. No obstante, y como bien indican los autores, el arsénico se reduciría pero aún estaría presente el debate sobre si pueden existir otros efectos adversos producidos por ese cambio.

Los autores también recomiendan modificar los hábitos de cocción del arroz, tanto a nivel industrial como en casa, por ejemplo, cambiando el agua de cocción varias veces durante el cocinado. Las reducciones conseguidas son altamente relevantes.

Los celíacos, que en ocasiones pueden abusar del arroz para llevar una dieta libre de gluten, son un segmento de población especialmente sensible a esta cuestión, al igual que los niños y las mujeres embarazadas.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

 Nachman, K. E. et al.  (2018).Opportunities and Challenges for Dietary Arsenic Intervention . Environmental Health Perspectives, doi: 10.1289/EHP3997.

 Indicadores de calidad de la revista*
 

Impact Factor (2017)

Cuartil

Categoría

Thomson-Reuters (JCR)

8.309

Q1

ENVIRONMENTAL SCIENCES

Scimago (SJR)

3.41

Q1

HEALTH, TOXICOLOGY AND MUTAGENESIS

* Es simplemente un indicador aproximado para valorar la calidad de la publicación

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(#340). SACRIFICE ZONES: LA DESIGUALDAD SOCIAL Y LA EXPOSICIÓN A TÓXICOS EN ESTADOS UNIDOS

[MONOTEMA]  Las zonas de sacrificio eran lugares que los gobiernos estadounidense y soviético empleaban para realizar todo tipo de actividades nucleares. Esos sitios quedaban para siempre inhabitables, aunque no todos ellos realmente se vaciaban de personas. Eran zonas (y personas) que se “sacrificaban” para un supuesto bien mayor. Pero ellos nunca pidieron ser sacrificados y, desde luego, es muy discutible que cualquier objetivo político-económico pueda prevalecer sobre la salud de una comunidad.

Sacrifice zones cuenta la terrible historia de diferentes comunidades norteamericanas que han sufrido de manera directa la contaminación de industrias situadas en sus aledaños. Son las nuevas zonas de sacrificio; esta vez no hay residuos nucleares, pero sí dioxinas, benzeno, residuos de pesticidas, arsénico, tungsteno o manganeso.

En este post voy a comentar brevemente algunos de los puntos más relevantes de esta obra (publicada en 2012), que presenta además la constatación de que la desigualdad social también lleva aparejada una mayor desigualdad en la exposición a tóxicos industriales. A través de 12 casos en diferentes comunidades de Estados Unidos, el libro muestra una desesperante realidad de mentiras, inoperancia, dolor y muerte.

El autor

Steve Lerner (en la foto) es un premiado escritor que está ampliamente familiarizado con temas ambientales, y que para realizar este trabajo ha pasado 2 años de su vida recorriendo Estados Unidos para entrevistar a cientos de personas que forman parte de esas comunidades “sacrificadas”.

Lerner pone nombre y apellidos al dolor y a la lucha de individuos que se convirtieron en héroes incidentales. Y lo hace de manera honesta, mostrando la desesperanza de colectivos que sabían que estaban sufriendo las consecuencias de una contaminación, mientras las empresas y el Gobierno seguían imbuidos en falsedades e inoperancia.

Desigualdad en la ubicación de focos contaminantes

La segregación racial llevó a construir barrios para negros, a dividir las ciudades en zonas donde el color de la piel (y el del dinero) designaban quién debía habitarlas. Aunque esa época se fue diluyendo, muchos vecindarios segregados mantuvieron su estructura racial; los hijos y nietos de esos primeros habitantes siguieron viviendo allí.

A la discriminación histórica y la depresión económica, algunas de esas comunidades han añadido la presencia de industrias altamente contaminantes. Lerner muestra los datos de diferentes investigaciones que indican que la exposición a tóxicos ambientales es mayor para esas personas en relación a las que viven en zonas más ricas. Además, las empresas se aprovechan de esos vecindarios deprimidos; su menor nivel educativo y económico les confiere menos capacidad para organizarse y protestar contra los atropellos medioambientales que sufren.

El autor muestra que esas empresas mienten sistemáticamente, y que no controlan de manera adecuada sus contaminantes. Aunque existen abogados y asociaciones que asesoran y ayudan a este tipo de comunidades a organizarse, lo cierto es que se ven casi siempre impotentes ante las dificultades de probar que están siendo envenenados, y la burocracia de las instituciones gubernamentales que deberían haber realizado un mejor trabajo.

Casas con las ventanas permanentemente cerradas, con la gente odiando volver del trabajo para no encontrarse de nuevo con el insoportable olor, o beber y bañarse en agua contaminada. Vecindarios que quedan para siempre estigmatizados, porque aunque hay casos (pocos) en los que finalmente se ha conseguido que la industria se vaya, la contaminación persiste,  los suelos siguen envenenados; la comunidad queda marcada para siempre.

Aunque el Gobierno multa a veces a esas empresas, lo hace en menor medida que a las que están ubicadas en zonas más ricas. También hay desigualdad en eso. Además, Lerner, enfatiza la injusticia de la redistribución de esas multas, porque deberían ir directamente a compensar a la familias que viven al lado de esos focos contaminantes, y no perderse en la recaudación global.

Los vecinos se convierten en expertos ambientales sin quererlo, sin tener la formación necesaria, aprenden a hablar en partes por millón. Sin embargo, y pese a los esfuerzos en recopilar información sobre las enfermedades que sufren, no son capaces de convencer a la comunidad científica; claro, no es válido desde el punto  de vista metodológico. Pero esos casos particulares constituyen en sí una evidencia también, aunque luego se disipe entre los que claman que para inferir una relación causal hace falta mucho más. Es siempre la misma historia; se pretende que se pruebe estadísticamente algo que es evidente, pero que luego se pierde entre los vericuetos de la jerga académica. Y entonces los que defienden a los envenenadores argumentan que aunque haya realmente más casos de enfermedades, ello es debido a que en esas comunidades se fuma más, se bebe más o se drogan más. Es cierto, eso ocurre, pero esa confusión en las variables no debería tapar una realidad terrible. Pero lo hace. No es de extrañar que el Centro de Control de Enfermedades haya sido incapaz de probar causalidad en decenas de clusters de enfermedades en esas zonas.

El Gobierno no puede atribuir causalidad, pero en Pensacola, en su tristemente famosa montaña de dioxinas, nunca se completaron las labores de limpiado. Los vecinos se bañaban y bebían agua contaminada. No, el Gobierno no podía atribuir causalidad, pero las muestras de suelo daban 950 ppt de dioxinas, cuando el límite residencial es de 7 ppt. De dieldrín 2000 ppb, cuando el límite es de 40 ppb. De arsénico 9400 ppb, cuando el límite es de 370 ppb. De benzopirenos 1133 ppb, cuando se considera seguro un máximo de 88 ppb. Pero el Gobierno no puede atribuir causalidad.

Lerner cuenta diversos ejemplos de tremendas mentiras, de cómo la industria sin ningún pudor escribe un discurso falso, sin importar las consecuencias. Por ejemplo, en agosto de 2005, después de recibir muchas quejas sobre la planta de carbon de Royal Oak, en Florida, un representante de la misma enfatizaba que los test de emisiones hechos en la fábrica habían demostrado estar en relga; no sólo cumplían con la ley de Florida, sino que lo hacían de manera holgada. Un mes después, sin embargo, los inspectores encontraron que la planta emitía 9 veces más metanol que lo permitido. Tres meses después de las declaraciones de ese individuo, los inspectores habían hallado 9 violaciones de la ley. Al día siguiente, la fábrica cerró.

Contaminación del aire, del agua, del suelo. Lerner muestra industrias del carbón, plásticos, armas, refinerías…todas ellas colocadas prácticamente en el patio de atrás de esos vecindarios “sacrificados”. No importa, al fin y al cabo son negros, indios, hispanos o blancos que se merecen lo que tienen. Por cierto, los omnipresentes hermanos Koch también son protagonistas. Pese a que han recibido millonarias multas, ellos siguen escribiendo su relato, como el que muestra este vídeo.

El autor concluye el libro abogando por reducir los impuestos a los ciudadanos e incrementarlos a los fabricantes de este tipo de productos hechos con sustancias tan tóxicas. También sugiere una monitorización independiente, y destinar más recursos a ello. Hay que ser prudentes, bajar los límites máximos permitidos, proteger a la población más vulnerable y ser mucho más conservadores debido a que desconocemos el efecto sinérgico de la combinación de diferentes tóxicos.

Todos aquellos que defienden el neoliberalismo, la auto regulación, y les abren las puertas a este tipo de empresas sin exigir el control adecuado, deberían irse a vivir con sus familias a uno de estos vecindarios. Tal vez así, verían las cosas de otra manera.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, junio 12). Sacrifice zones; La desigualdad social y la exposición a tóxicos en Estados Unidos. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b340

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(#42). CÓMO COCINAR EL ARROZ PARA ELIMINAR EL ARSÉNICO

El arsénico inorgánico está presente en el arroz que tomamos. Dado que es un elemento perjudicial para la salud, la OMS y otros estamentos internacionales están empezando a regular ciertos niveles de este compuesto en el arroz, por ejemplo 0.2 mg/kg.

Cocinar el arroz de la manera tradicional, en la que se le echa una cantidad de agua justa para que se evapore y absorba no reduce la cantidad de arsénico, incluso la puede incrementar si el agua es rica en este elemento, como ocurre por ejemplo en Bangladesh.

Los autores recomiendan cocinar con bastante agua el arroz e ir eliminando el agua sobrante en varias etapas durante el proceso de cocción. De este modo, se puede llegar a eliminar gran parte del arsénico, lo que resulta de gran interés para reducir los niveles de este elemento en nuestro cuerpo, ya que es un reconocido cancerígeno. De especial relevancia sería reducir la ingesta de arsénico en los bebés, que también están expuestos a este cancerígeno a través de los alimentos que llevan arroz (potitos, etc.).  No obstante, se necesita investigar más acerca de la posible pérdida de nutrientes en la medida en que se incrementa este continuo proceso de cocción.

Creo que este punto es, precisamente, clave para evaluar en qué medida debemos preocuparnos por “sobrecocer” tanto el arroz. Probablemente para dietas que se basan fundamentalmente en el arroz (como en algunos países asiáticos), sería preferible eliminar el arsénico aunque también se eliminen vitaminas, como la vitamina B, (que podrían obtenerse a partir de otros alimentos o con suplementación). En cualquier caso esto es una afirmación exclusivamente mía, y los autores sólo se limitan a pedir más estudios al respecto.

Carey, M., Jiujin, X., Gomes Farias, J. & Meharg, A. A. (2015). Rethinking Rice Preparation for Highly Efficient Removal of Inorganic Arsenic Using Percolating Cooking Water. PLoS ONE, 10 (7): e0131608. doi:10.1371/journal.pone.0131608

Indicadores de calidad de la revista*
JCR Impact Factor (2014): 3.234
SJR Impact Factor (2014): 1.300
* Es simplemente un indicador aproximado para valorar la calidad de la publicación

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