(#332). NUEVA REVISIÓN MUESTRA EL VÍNCULO ENTRE LA EXPOSICIÓN A RADIOFRECUENCIA Y EL ESTRÉS OXIDATIVO

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] En esta ponencia organizada por la Australian Radiation Protection Society, los autores vuelven a llamar a la prudencia ante la exposición a bajos niveles de radiofrecuencia.

En Australia, como en muchos otros países, la regulación de los niveles de exposición depende de la guías de la ICNIRP de 1998, únicamente basadas en efectos térmicos, y tremendamente desfasadas en relación a la evidencia científica publicada.

La radiación natural (en radiofrecuencia) es de unos 0,000000001 μW/m2. Sin embargo a unos 100-200 m de una estación base de telefonía móvil de pueden encontrar 75000 μW/m2, mientras que a poco más de un palmo de un portátil con WiFi puede haber 47000 μW/m2. Los límites legalesen Australia (y también en España) están en 10000000 μW/m2, es decir, 15 órdenes de magnitud por encima de lo que naturalmente se encuentra en el entorno.

El objetivo de esta investigación es realizar una revisión sobre los estudios que han analizado el estrés oxidativo ante la exposición a radiofrecuencia, con el fin de postular que precisamente esta pueda ser uno de los mecanismos que explique los efectos no térmicos de la radiación no ionizante.

Recordemos que el  estrés oxidativo es un proceso bioquímico/fisiológico donde la carga oxidativa generada por especies reactivas de oxígeno y de nitrógeno (ROS y RNS, respectivamente), excede el potencial antioxidante. El resultado es que se producen efectos como daño en el ADN o alteración en la comunicación celular. Como comentan los autores, el estrés oxidativo está relacionado con el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y las neurodegenerativas.

Metodología

Los autores revisaron 242 estudios que midieron experimentalmente el estrés oxidativo ante la exposición a radiofrecuencia. Los estudios pueden considerarse recientes, porque sólo 1 de esos estudios fue publicado antes del año 2000, y el 72% lo fue a partir de 2010.

Resultados e implicaciones

El 89% de los estudios analizados encontraron relaciones significativas entre la exposición a radiofrecuencia y el incremento del estrés oxidativo, es decir, en 216 de 242 investigaciones.

Los autores claramente se posicionan en que este puede ser el mecanismo por el cual se producen efectos biológicos negativos, y que la comunidad científica y los reguladores no puden seguir admitiendo que no hay evidencia de efectos más allá de los térmicos. Casi un 90% de los estudios revisados muestra ese vínculo entre estrés oxidativo y exposición a radiofrecuencia; los datos son contundentes.

Los resultados son similares los encontrados por la revisión realizada por Yakymenko et al. (2015), quienes reportaron que en 93 de los 100 estudios que habían revisado la exposición a niveles bajos de radiofrecuencia estaba asociada al incremento del estrés oxidativo.

Comentarios

De nuevo una investigación que muestra unos resultados que no se pueden obviar. Seguir defendiendo que sólo hay efectos térmicos y que la radiofrecuencia es inocua es ir en contra de la evidencia científica..

Esta documento oficial de la EPA estadounidense, que muestran los autores, confirma que desde la propia agencia admitían que las guías de protección sólo considerabann efectos térmicos, y que estas no eran válidas para cualquier otro tipo de daño que se pudierea producir.  La carta completa puede descargarse aquí.

b332_2Como siempre decimos, siguen apareciendo indicios. Negar categóricamente este tema es absurdo, y lo correcto sería investigar más, mientras aplicamos la prudencia en las regulaciones y pedimos precaución a los usuarios de estas tecnologías. Pero estos dos últimos factores no están ocurriendo.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Bandara, P. & Weller, S. (2017).Biological Effects of Low-intensity Radiofrequency Electromagnetic Radiation . The Australian Radiation Protection Society (ARPS) Conference, Agosto 2017., doi: 10.1289/EHP1837.

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(#288). ENFERMEDADES CARDIOVASCULARES, MÓVILES Y WI-FI

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] En este editorial del European Journal of Preventive Cardiology, los autores claramente enfatizan la necesidad de contemplar la exposición a radiofrecuencia como un factor relevante de riesgo de enfermedades cardíacas.

En los últimos años se ha encontrado un incremento significativo del infarto agudo de miocardio con elevación del ST (inicio de la repolaración ventricular) en pacientes sin factores de riesgo estándar modificables, es decir, sin hipercolesterolemia, hipertención, diabetes ni tabaquismo, y los autores plantean que el incremento desmesurado de la exposición a radiación electromagnética no ionizante podría ser una de las causas que lo expliquen.

Ignorancia entre los médicos

Los autores inciden en la ignorancia que existe en la comunidad médica sobre la evidencia científica que muestra los efectos biológicos negativos de la exposición a radiofrecuencia. Y ello ocurre pese que desde hace años diferentes organismos llevan advirtiendo sobre ello, como la propia Organización Mundial de la Salud, la European Academy for Environmental Medicine y la American Academy for Environmental Medicine.

Además, los autores abogan por una recategorización de este agente ambiental, del actual grupo 2B (posible cancerígeno) a otro más exigente, dada la evidencia publicada desde 2011, año en que la OMS lo consideró en ese grupo. Y por cierto, también cuestionan la forma en la que se ha evaluado en esa categoría por parte del comité de expertos de la IARC.

Relación con enfermedades cardíacas

Hacen referencia a diversas investigaciones que han mostrado que la exposición a radiofrecuencia produce estrés oxidativo, y ese es precisamente el factor que los autores consideran clave para su posible relación con las enfermedades cardiovasculares.

El estrés oxidativo es un factor de riesgo para este tipo de enfermedades, y la exposición crónica a ese estresante puede dañar las células y alterar los mecanismos de transducción de señales. El incremento de la presión arterial es otra de los efectos que se han ligado a la exposición a radiofrecuencia,  y que también podría afectar a la salud del corazón.

Una historia ya conocida

Como muchos otros investigadores y muchas personas afectadas e interesadas en el bioelectromagnetismo, los autores se preguntan acerca de cómo es posible que se ignoren las evidencias que durante las décadas de los 70, 80 y 90 del siglo pasado se encontraron en estudios militares, donde ya se ligaba la exposición a emisiones de radiofrecuencia con diversas patologías, como enfermedad coronaria, hipertensión o disrupción del metabolismo de lípidos.

Sin embargo, los autores no vacilan en afirmar que la comunidad científica y militar ha pasado de puntillas por ello debido a las consecuencias económicas y militares de considerar perjudicial este tipo de comunicaciones inalámbricas.

Necesidad de minimizar la exposición

Pese a que, como los autores comentan, algunos países y ciudades están empezando a dar pasos para la regulación (prohibición o restricción del WIFi en las escuelas), hay una pasividad enorme a este respecto.

Se necesitan más estudios independientes y profundizar en los posibles efectos de la exposición a radiofrecuencia sobre las enfermedades cardíacas.

Comentarios

En este artículo, los autores hablan de forma clara y precisa sobre una situación que, para cualquier científico imparcial y honesto, es evidente; hay indicios más que suficientes para ser prudentes y regular la exposición a este contaminante ambiental.

Y como bien dicen los autores y hemos comentado más de una vez en este blog, la comunidad médica debe dar un paso al frente, informarse, leer las evidencias publicadas, y actuar al respecto. Sin la implicación de los médicos, el resto de ciudadanos lo tenemos muy complicado para que se nos escuche cuando pedimos que, por ejemplo, se elimine el Wi-Fi en los colegios, se eviten los dispositivos inalámbricos en los niños, o se quite una antena de telefonía enfrente de casa.

Y mientras tanto, una gran parte de la población sigue dando la espalda a este asunto, y lo que es peor, atacando y estigmatizando a quienes defienden el camino de la prudencia.

Un último apunte, la autora principal del editoria, Priyanka Bandara, es miembro del panel científico de Environmental Health Trust. Tal vez alguien pueda pensar que eso significa un conflicto de  interés, pero realmente no lo es, y por eso no está declarado en el artículo. Si se pone al mismo nivel a los investigadores que colaboran de organizaciones sin ánimo de lucro o plataformas ciudadanas en defensa de la salud y el medio ambiente con aquellos que trabajan o son financiados por la industria, apaga y vámonos.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Bandara, P. & Weller, S. (2017).Cardiovascular disease: Time to identify emerging environmental risk factors. European Journal of Preventive Cardiology, doi:10.1177/2047487317734898

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(#170). TENDENCIAS EN ESTATURA EN LOS ÚLTIMOS 100 AÑOS

[REVISIÓN DE ARTÍCULO]  Los autores repasan varios artículos en las que se asocia el ser más alto con una mayor longevidad, un menor riesgo  de problemas en el embarazo y de enfermedades cardiovasculares y respiratorias, pero un mayor riesgo en ciertos tipos de cáncer (colorrectal, mama y ovarios, páncreas y próstata). También está asociado a una mejor educación e ingresos. Aunque es obvio que la estatura tiene un importante componente genético, la nutrición y las condiciones del entorno juegan un papel fundamental.

El objetivo de esta investigación es analizar la tendencia en la estatura desde 1896 hasta 1996 en 200 países.

Metodología

Los autores revisan 1472 estudios que midieron la estatura de más de 18.6 millones de personas en 200 países, nacidas entre 1896 y 1996.

Resultados e implicaciones

La estatura de la población mundial ha crecido de manera heterogénea en los diferentes países del mundo. Una muestra de esa heterogeneidad es que la diferencia en promedio de estatura entre las poblaciones más altas y más bajas es de 19 centímetros en hombres y de 20 en mujeres.

Los resultados por países pueden verse en los siguientes gráficos.

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14691109494187 1..29Ese diferencial de 20 centímetros podría incrementar el riesgo de cáncer entre un 20 y un 40% pero bajar el resigo de mortalidad por enfermedad cardiovascular alrededor de un 17%.

Limitaciones/Comentarios

Aunque no es el objetivo principal del artículo,  se debería comentar con más calma las consecuencias de esta tensión existente entre tener una menor probabilidad de enfermedad cardiovascular pero una mayor probabilidad de desarrollar cáncer, y cómo esto afecta a la relación general entre la estatura y la esperanza de vida. Ciertamente los autores argumentan que los más altos viven más en promedio pero existen otras investigaciones que podrían sugerir que no está tan clara esa asociación.

NCD Risk Factor Collaboration (2016). A century of trends in adult human height. eLIFE, doi: 10.7554/eLife.13410 

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(#6). ¿VIVIMOS MÁS Y CON MEJOR SALUD?

[MONOTEMA] En numerosas ocasiones nos dicen que sí, que vivimos mucho más y mucho mejor que antes. El entrañable Eduard Punset nos lo cuenta en sus libros y en su web, y diversos expertos nos dicen que ya no existe el envejecimiento; ahora vivimos efectivamente más y mejor.

Pero, como siempre, hay que profundizar un poco para ver los claroscuros de este tipo de afirmaciones. Si se lanza el mensaje a la población de que hace 100 años se vivía de media 40 años y ahora 80, y que estamos cada vez más sanos, quizá muchos ciudadanos se quedarán con la superficie de estas afirmaciones, sin cuestionarse cuál es el dibujo que se esconde tras esas cifras.

Hace unas pocas semanas, la Revista Española de Investigaciones Sociológicas publicaba este artículo, firmado por Juan Manuel García González, en el que se realiza un análisis para el caso español de las causas de esperanza de vida desde 1980 a 2009. Empezaremos por este interesante artículo para después ir aderezando este post con otros datos no menos esclarecedores.

Vivimos más…con matices
La esperanza de vida se ha doblado en España desde 1910. Esto es innegable. La principal causa de ello es la disminución de la mortalidad infantil. Este hecho ya nos da una de las claves de esta cuestión. No vivimos 40 años más, sino que hay muchos menos fallecimientos de niños (afortunadamente), lo que hace que la media de edad al morir ya no se vea tan condicionada por ello. Aunque parezca una obviedad, hay que resaltarlo igualmente; el extraordinario incremento de la esperanza de vida le debe mucho a la bajada de la mortalidad en niños.

En 2009, la esperanza de vida al nacer en España para los hombres era de 78.5 años y para las mujeres de 84.5.  Y ciertamente hemos mejorado, porque al margen de los datos sobre mortalidad infantil, las personas adultas viven más que antes. Así, como dice el artículo,  a los 35 años las ganancias de esperanza de vida son de 18,6 y 14,6 años para mujeres y hombres, respectivamente. A los 65, 11,6 y 8,3 años. A los 80, 4,5 y 3,3 años. Y a los 90, 0,9 años para ambos sexos. Por tanto, es verdad, vivimos más, pero la ganancia de años disminuye ostensiblemente con el incremento de la edad. Esto quiere decir que por, ejemplo, una persona de 65 años tiene una considerable ganancia de esperanza de vida con respecto a hace 100 años (alrededor de una década más de vida), pero un anciano de 90 años prácticamente se morirá a la misma edad que lo hacían los ancianos de 90 años en 1910.

Y, aunque esto sea también obvio, conviene recordar que la vida no se ha alargado significativamente. Hay un límite biológico que no conseguimos mejorar de manera relevante, al menos por el momento, pese a que cada vez más comprendemos mejor las causas del envejecimiento, con el acortamiento de los telómeros y la metilación del ADN como elementos esenciales.  Antes también las personas llegaban a sobrepasar los 90 años. Recordemos, por ejemplo, al filósofo inglés Thomas Hobbes, quien nació en 1588 y murió en 1679, es decir,  vivió 91 años.  Por tanto vivir casi 100 años no es una cuestión sólo del siglo XXI. No obstante, el mensaje subyacente es optimista, y como bien relata el artículo, es un logro que en sólo 100 años haya ocurrido esto, siendo más patente la mejora de la esperanza de vida en adultos desde 1970 con repecto al periodo anterior.

Premios Nobel mejor que jugadores de béisbol
Estudiar una población tan heterogénea como la de un país tiene pequeños inconvenientes derivados de la cantidad de subpoblaciones que existen. Por ejemplo, el incremento de la esperanza de vida adulta podría darse de manera muy alta en cierto grupo social y de manera inapreciable en otro, pero al final el valor promedio sería positivo.

Por eso a veces conviene también poner a prueba la hipótesis de que vivimos más con grupos de población menores, pero con un mayor nivel de homogeneidad, en el sentido de que los estilos de vida son generalmente más homogéneos que los de la extensa y divergente población de un país.

 
Para ello hay que tener bases de datos de ese tipo de poblaciones, y yo, afortunadamente, dispongo de dos de ellas.

De este modo, he analizado a los jugadores de béisbol que han jugado las ligas mayores de Estados Unidos a lo largo de la historia (más de 18000) y a los hombres que ha recibido un Premio Nobel (más de 800). Ambas poblaciones constituyen grupos medianamente homogéneos de hombres, con estilos de vida que son más similares entre sí (admitiendo divergencias, por supuesto), que los que podrían tener una población tan diversa como la de un país.

En primer lugar he estudiado la vida media en función del nacimiento en diferentes periodos de tiempo desde 1800, y en segundo lugar he descrito las muertes década a década desde 1950. Ambos análisis son pertinentes para analizar la evolución de la esperanza de vida.

 
En relación al análisis desde el punto de vista de nacimientos, es claro que ha habido una evolución positiva de la esperanza de vida, que es mucho más patente en los jugadores de béisbol. Los científicos han aumentado relativamente menos su vida, pero es que ya partían de unas medida de tendencia central (media y mediana) muy altas. Lo que han mejorado ostensiblemente los científicos es su “longevidad”, siendo el porcentaje de ellos que sobrepasa los 90 años realmente extraordinario (37.6% para los nacidos entre 1911 y 1920).

Si analizamos ahora las muertes en las últimas décadas, llegamos a conclusiones similares; existe una evolución creciente de la esperanza de vida y de los mayores de 90 años, que vuelve a ser más patente entre los científicos que entre los deportistas.

Globalmente, estos datos nos están diciendo que el estatus social es un condicionante muy importante de la esperanza de vida de subpolaciones, y que la vida nos es igual de extensa para todos, ni mucho menos. En la década 2001-2010 hay unas diferencias muy notables entre la esperanza de vida de deportistas profesionales  (como los jugadores de beisbol) y los científicos y diferentes personalidades (escritores, políticos, etc.) que reciben el Nobel. Eso es patente, tanto en la vida media, en la vida mediana y en el porcentaje de personas que sobrepasan los 90 años.

De este modo, sí, vivimos más, pero no todos por igual. En dos poblaciones de hombres con raza prevalentemente blanca y con una situación económica generalmente “acomodada”,  el estilo de vida (y aquí podriamos englobar la educación, hábitos de vida,  etc.) condiciona la esperanza de vida y la probabilidad de llegar a vivir más de 90 años. Y como he dicho anteriormente, vivir muchos años no es algo del siglo XXI, ya durante todo el siglo XIX los Premios Nobel llegaban en promedio a los 80 años de vida.

 
Claroscuros
Volviendo al artículo de J. M. García, el autor apunta varias claves sobre aspectos de la salud que condicionan la esperanza de vida.

(a) Mejora cardiovascular: Existe una evolución positiva desde 1980 en cuanto al decrecimiento de la mortalidad por enfermedades cerebrovasculares.

(b) Incremento de las enfermedades degenerativas: Sin embargo, desde 1980,  los trastornos mentales se han multiplicado por cuatro en el grupo de 65-79 años, por doce en el de 80-89 y por veintidós en el de 90 o más años. En el caso de las nerviosas, los factores de multiplicación han sido dos, cinco y ocho, respectivamente.

(c) Cáncer: En los últimos años, la incidencia de algunos cánceres ha aumentado (como el de pulmón para las mujeres) y otros han disminuido (como el de estómago). El incremento de la esperanza de vida aumenta a su vez el riesgo de padecer cáncer, aunque los tratamientos médicos y la mejora de ciertos hábitos de salud (como la disminución del consumo de tabaco en hombres) juegan a favor de la salud.

Algunos de estos aspectos y otros más merecen ser comentados, con el fin de tener una visión más completa sobre la realidad de nuestra salud en las últimas décadas y las perspectivas futuras. Emplearé datos de otros países y estadísticas más globales.

1. Cáncer
Si tomamos datos de Estados Unidos entre 1975 y 2011, vemos que la incidencia de cáncer es prácticamente la misma hoy que hace más de 30 años, con un ligero descenso para los hombres y ascenso para las mujeres. Estos datos no son muy esperanzadores. Bien es cierto que se podría decir que, dado que la población ha envejecido y ello incrementa per se la probabilidad de cáncer, esa estabilidad de cifras es un signo positivo. Lo que sucede es que hay otros datos que no invitan al optimismo. Por ejemplo, la incidencia de cáncer infantil ha aumentado, y ciertos procedimientos de cribado (como el del cáncer de mama) están seriamente cuestionados por su eficacia. Si a esto unimosel artículo de The Lancet que prevee para 2030 se incrementen las enfermedades oncológicas en un 75%, entonces el panorama se convierte en realmente preocupante.

Si no hemos sido capaces de reducir la incidencia de cáncer en un contexto de descenso en el consumo de tabaco, tenemos que estar doblemente insatisfechos.
lungcancercaComo muestra este gráfico, el consumo de cigarrillos ha caído prácticamente a la mitad desde los años 70. Obviamente esto se relaciona con las curvas de incidencia de cánceres y su periodo de latencia, destacando el ascenso en las mujeres.

Por tanto, el consumo de tabaco cae a la mitad mientras la incidencia de cáncer de otros tipos diferente al de pulmón crece.

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2. Alergias
Si la disminución de muertes por enfermedades infecciosas ha sido un innegable avance en las últimas décadas, sobre todo en los niños, uno de los precios que se está pagando por ello es el incremento de las alergias, cuyo aumento es en parte (sólo en parte) explicado por esta “hipótesis de la higiene”.  Desde 1997 hasta 2011 las alergias de la piel y a la comida se han incrementado en niños, manteniéndose estable las respiratorias, como muestra el siguiente gráfico:

db121_fig01Más de un tercio de los niños de este reciente estudio en Estados Unidos era sensible a uno o más alérgenos. Y según ciertas previsiones, se espera que la incidencia de alergias en la población occidental se duplique en 2025.

3. Resistencia a los antimicrobianos
Si bien es cierto que las vacunas y los anitbióticos supusieron una revolución en el ámbito de la salud que han tirado de la esperanza de vida hacia arriba, no es menos cierto que la situación lentamente está comenzando a cambiar. La resistencia a los antimicrobianos es una realidad en los países desarrolladosdonde muchas personas consumen de forma inadecuada antibióticos, otros lo hacen de manera abusiva, y la gran mayoría no sabemos realmente cuánta cantidad de éstos ingerimos a través de la comida (lacteos y carnes).

Según este informe de la Organización Mundial de la Salud, este tema es de gran preocupación en todo el mundo, pudiendo volver a la situación que teníamos hace décadas donde no existían antibióticos que pudieran curar unas anginas, una neumonía o una tubercolsis, enfermedades que se volvían en muchos casos fatales. De hecho, en 2011 hubo 630000 casos de tuberculosis multi-resistente.

4. Obesidad y diabetes
La obesidad y la diabetes están creciendo en todo el mundo. En esta web puede encontrarse centenares de referencias bibliográficas sobre diabetes y las posibles causas de su incremento y algunos datos interesantes sobre obesidad. Como puede apreciarse en el siguiente gráfico la prevalencia de diabetes ha crecido no linealmente en las últimas décadas, coincidiendo con el incremento en la fabricación de productos químicos. Como bien sabemos, la asociación no implica causalidad, pero tanto el incremento de la exposición a tóxicos medioambientales, como a la contaminación electromagnética ha crecido exponencialmente desde los años 50 del siglo pasado. Esta es una de las hipótesis sobre las que el doctor Sam Milham sustenta su afirmación de que la obesidad y diabetes (al margen de otro tipo de enfermedades) están relacionadas con la electrificación.

t2dchems Y desde luego, la tendencia en la incidencia de la obesidad sigue un patrón similar, como puede verse en la figura siguiente. Tanto para diabetes como para obesidad, el incremento de su incidencia en niños es altamente preucupante.
nhanes-fig55. Enfermedades neurodegenerativas
Las esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y las enfermedades de Parkinson y Alzheimer, son algunas de las patologías neurodegenerativas más importantes. Como he indicado anteriormente, de esto se hacía eco el artículo de J. M. García para el caso de España.

Así, por ejemplo, los datos sobre incidencia de Parkinson y Alzheimer son muy reveladores. He aquí la evolución en las últimas décadas de las muertes por Parkinson en Estados Unidos y del Alzheimer en Finlandia, respectivamente.

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Conclusión
Es innegable el incremento de la esperanza de vida en los países occidentales en los últimos 100 años. La mejora de la higiene, los avances médicos, las vacunas, los antibióticos, entre otros factores, han disminuido la mortalidad infantil y han mejorado las expectativas de vida de los mayores de 65 años. Sin embargo, la vida tiene  un límite biológico que se mantiene prácticamente constante a lo largo de los siglos, estando su último (o penúltimo) peldaño en la escalera de los 90 años. Por tanto, no vivimos más, sino que muchos de los que morían antes de lo debido  lo hacen ahora después. Y desde luego la probabilidad de llegar “tan lejos” no es para todas las subpoblaciones igual; los estilos de vida condicionan claramente el paisaje de la longevidad, tal y como he comentado al comparar los jugadores de béisbol frente a los ganadore del Premio Nobel.

Si este incremento de la vida ha venido de la mano de una mejor salud es otro cantar.  Es cierto que hay disminución en las enfermedades del aparato circulatorio (en el caso visto de España),  y también que el consumo de tabaco ha decrecido ostensiblemente (no en todos los países por igual, por cierto). Sin embargo, este último hecho no ha afectado a la incidencia global de cáncer (sí sobre algunos en concreto, como el de pulmón para el hombre), lo que indica que hay otros factores ambientales que están enfermando a la sociedad.

Obesidad, diabetes, alergias, cáncer, enfermedades neurodegenerativas y resistencia a los antibióticos son serias amenazas a la salud de los occidentales, con consecuencias muy graves económicas (una sociedad enferma es menos productiva y necesita mayores costes médicos), y sociales. Y aunque el envejecimiento de la población pueda explicar parte de la incidencia de casos de cáncer y enfermedades neurodegenerativas, los datos en niños sobre cáncer, alergias, obesidad y diabetes muestran claramente que hay otros muchos elementos a tener en cuenta.

La continua exposición a los tóxicos medioambientales (alimentación, polución, radiación electromagnética, etc.) afecta, entre otros,  al sistema inmune y al ADN, y están contribuyendo a construir una  sociedad enferma que vive más, es cierto, pero a un precio que muchos quizá no hubieran deseado pagar.

En cualquier caso el mensaje debe ser positivo en el sentido de que, siendo conscientes de esta información, en nuestra mano está seguir manteniendo este nivel tecnológico, pero legislando adecuadamente para proteger al ciudadano de los hórridos intereses de  algunas industrias y gobernantes. El progreso tecnológico y económico no debe ser paradójico, y puede convivir con los intereses de la salud. Sólo hace falta que el ciudadano esté informado, despierte de ese letargo inducido, y emprenda las acciones pertinentes para cambiar esta situación.

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