(#221). CARNES ROJA Y PROCESADA Y GRANOS REFINADOS DISMINUYEN LA SENSIBILIDAD A LA INSULINA

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] La resistencia a la insulina está envuelta en la patogénesis de la diabetes mellitus tipo 2 (T2DM). Aunque varios estudios epidemiológicos han mostrado que el consumo de granos enteros está asociado con un menor riesgo de T2DM, estudios experimentales donde se controla el peso de los participantes han mostrado efectos contradictorios. Los estudios realizados sobre el efecto de consumo de carne roja sobre la sensibilidad a la insulina en ausencia de pérdida de peso también son contradictorios.

El objetivo de este estudio es examinar el efecto de una dieta alta en carne roja y carne procesada, en conjunción con granos refinados sobre la sensibilidad a la insulina, comparada con una dieta alta en lácteos, granos enteros, nueces y legumbres, sin contener carne.

Metodología

Un total de 49 voluntarios participaron a cambio de 240 dólares australianos. La muestra tenía un BMI entre 18 y 45 kg/m2 y era mayor de 18 años. El historial clínico que pudiera afectar al metabolismo de la glucosa sirvió como criterio de exclusión, además de otras variables (embarazo, pérdida o ganancia súbita de peso en los últimos 3 meses, intolerancia a la lactosa o alergia alimenticia).

Los participantes fueron aleatoriamente asignados a los dos tipos de dieta descritos en los objetivos de la investigación durante 4 semanas, y luego tenían que seguir la dieta alternativa durante otras 4 semanas 

La composición de ambas dietas puede verse en la siguiente figura: b221_2

Los participantes tenían que controlar su peso todos los días y mantener una actividad física normal. Los investigadores monitorizaban el peso para ajustar la dieta con el fin de que no hubiera cambios sustantivos.

Resultados e implicaciones

Los autores no encontraron diferencias significativas en los efectos provocados por la dieta alta en carne roja y granos refinados sobre los niveles de insulina y glucosa. Pero cuando dividieron la muestra en dos grupos atendiendo a las concentraciones iniciales de insulina sí que hallaron esos efectos para aquellos con una alta concentración (mayoritariamente individuos con sobrepeso y obesos).

Esto indica que este tipo de personas con mayor riesgo de padecer T2DM, pueden bajar elevar su sensibilidad a la insulina hasta en un 50% cambiando sólo ciertos hábitos alimenticios

Limitaciones/Comentarios

La principal limitación es el bajo tamaño muestral, y esa comparación posterior que realizan los autores que no estaba en el diseño previo, y que no deja lo suficientemente claro cómo ha sido la estrategia de análisis estadístico.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Kim, Y. et al.  (2017).  Consumption of red and processed meat and refined grains for 4 weeks decreases insulin sensitivity in insulin-resistant adults: A randomized crossover study. Metabolism: Clinical & Experimental, doi: 10.1016/j.metabol.2016.12.011

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Cuartil

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Thomson-Reuters (JCR)

4.375

Q1

ENDOCRINOLOGY & METABOLISM

Scimago (SJR)

1.98

Q1

ENDOCRINOLOGY

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(#211). EL IMPUESTO A LAS BEBIDAS AZUCARADAS FUNCIONA; EL CASO DE BERKELEY

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] Varios estados norteamericanos tienen implementados impuestos sobre las ventas de bebidas refrescantes azucaradas, pero son generalmente demasiado pequeños para tener un impacto significativo en el consumo (suelen ser menor del 10% del precio de venta) y se aplican no sólo a bebidas sino también a otros tipos de productos.

El impuesto sobre las bebidas azucaradas es diferente, porque se grava ya en el precio de venta al público, es decir, ya está presente en el lineal del supermercado antes de la elección de compra.

Entre 2013 y 2014, más de una docena de estados y varias ciudades de norteamérica han propuesto este tipo de impuesto. El objetivo de esta investigación es evaluar el impacto que ha tenido esta medida en la ciudad de Berkeley (California), donde se grava 0.01 dólares por onza de bebida (sodas, bebidas energéticas, bebidas azucaradas y té o café azucarado). Esto sería equivalente aproximadamente a 34 céntimos de dólar por cada litro de bebida.

Metodología

Los autores examinaron el consumo de estas bebidas antes y después de la imposición de la tasa, tanto en Berkeley como en dos ciudades relativamente cercanas donde no existe este impuesto: Oakland y San Francisco.

El impuesto comenzó a ejecutarse el 1 de marzo de 2015, y los datos sobre el periodo previo se recogieron entre abril y julio de 2014. Los datos sobre el periodo posterior se recogieron entre abril y agosto de 2015.

La muestra se centró en poblaciones de bajos ingresos, las cuales son más probable que consuman este tipo de bebidas. De este modo, se se escogieron vecindarios con alta proporción de ciudadanos negros e hispanos. En cada vecindario se realizaron encuestas a pie de calle.

El consumo de bebidas fue evaluado mediante un cuestionario, en el cual también se indicaban la raza, edad, género, y nivel de educación. Se les dio un pequeño incentivo a los participantes (botella de agua o bolsa reutilizable).

La muestra final la compusieron 328 personas en Berkeley y 662 en las otras ciudades en la situación pre-tasa, y 545 en Berkeley y 1144 en las otras ciudades en la situación post-tasa.

Para el análisis estadístico se modeló la frecuencia de consumo con modelos de regresión con distribución gamma y función de enlace logarítmica.

Resultados e implicaciones

Una vez ajustado por las covariables del modelo, el consumo se redujo en Berkeley un 21% y se incrementó en las ciudades que se tomaron como control en un 4%. El consumo de agua creció en Berkeley un 63% comparado con las otras ciudades, donde lo hizo en un 19%. Un 22% de los participantes en Berkeley reportó explícitamente que habían cambiado su patrón de consumo de estas bebidas debido a la nueva tasa impositiva.

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Estos resultados refuerzan los obtenidos en otros lugares donde se han implementado acciones similares, como en México,  donde el impuesto que grava con aproximadamente un 10% añadido a este tipo de bebidas ha resultado en un 12% de reducción de su compra un año después.

En Francia se redujo un 6.7% la demanda de refrescos en los 2 primeros años después de implementar un impuesto equivalente a un 6% de incremento en el precio.

Como la demanda de estos productos es muy elástica, se estima que un incremento de un 8% en el precio (debido a la tasa) produciría aproximadamente un 10% de reducción en el consumo. Sin embargo, en el caso de este estudio, la elasticidad es mayor (probablemente debido a la población con bajos ingresos).

Limitaciones/Comentarios

El hecho de diseñar el estudio usando 2 ciudades más como control fortalece las conclusiones, ya que las variaciones debidas a factores externos quedarían minimizadas en su efecto al establecer esa comparativa. Una limitación importante es que no se valoraron los estilos de vida de los encuestados. Además hay que considerar que sólo se miden los efectos a corto plazo del impuesto.

Falbe, J. et al. (2016).  Impact of the Berkeley excise tax on sugar-beberage consumption. American Journal of Pubic Health,  doi: 10.2105/AJPH.2016.303362

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Impact Factor (2015)

Cuartil

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Thomson-Reuters (JCR)

4.138

Q1

PUBLIC, ENVIRONMENTAL & OCCUPATIONAL HEALTH

Scimago (SJR)

2.52

Q1

PUBLIC, ENVIRONMENTAL & OCCUPATIONAL HEALTH

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(#208). IMPUESTOS A LOS REFRESCOS EN EL REINO UNIDO; BUENA IDEA PERO MÁS EXIGENCIA

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] Este es un artículo de opinión sobre el impuesto a las bebidas refrescantes azucaradas en el Reino Unido, que se hará efectivo en 2018.

El autor reconoce que no hay una solución mágica para los problemas causados por la dieta neoliberal, en un país especialmente golpeado por la obesidad.

La tasa sobre este tipo de bebidas tendrá la siguiente estructura:

– Bebidas con contenido de azúcar libre menor de 5g/100 ml: Exentas

– Bebidas con contenido de azúcar libre entre 5g/100 ml y 8g/100 ml: Nivel básico

– Bebidas con contenido de azúcar libre mayor de 8g/100 ml: Nivel alto

El investigador cuestiona la razón de elegir esos niveles de azúcar, sugiriendo que hubiera sido más saludable reducir todavía más el umbral de la tasa a bebidas con contenido en azúcar de 2.5g/100 ml.

Hay que recordar que en el Reino Unido se emplea de manera voluntaria el sistema de etiquetas semáforo. Según ese etiquetado, los productos con contenido en azúcares totales menores de 5g/100g son considerados como “verdes”, es decir, saludables. Sin embargo, para los refrescos el umbral está en 2.5 g/100 ml.

Desde el punto de vista dental, a esos niveles de 2.5 g/100 ml la sacarosa erosiona el pH de la placa dental, afectando al esmalte.

Las maniobras de las marcas

Las marcas no producen un producto homogéneo en todos los países, sino que pueden variar su contenido en azúcares para lidiar mejor con las legislaciones vigentes. Por ejemplo Coca-Cola Life en Alemania contiene 5g/100 ml de azúcar, mientras que en Inglaterra 6.7g/100 ml. El autor considera que Coca-Cola reducirá un poco esos niveles en el Reino Unido hasta igualar los de Alemania para no pagar el impuesto, pero el producto seguirá siendo peligroso para los dientes.

La liberalización del mercado del azúcar

El autor sostiene que la incipiente liberalización del mercado del azúcar en la Unión Europea bajará los precios, con lo que ese impuesto tendrá poca repercusión en el consumo, ya que las marcas podrán mantener su margen de beneficios empleando precios similares, aunque tengan esa carga impositiva.

Conclusión

Pese a que el autor considera esta medida reguladora como una buena idea para luchar contra la obesidad y las desigualdades en salud, aboga por subir el  nivel de exigencia en la tasa, es decir, no ser tan condescendientes con el umbral mínimo para que el impuesto se aplique, y bajarlo hasta 2.5g/100 ml.

Jones, C. M. (2016).  The UK sugar tax- a healthy start? British Dental Journal,  doi: : 10.1038/sj.bdj.2016.522

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Impact Factor (2015)

Cuartil

Categoría

Thomson-Reuters (JCR)

0.997

Q3

DENTISTRY, ORAL SURGERY & MEDICINE

Scimago (SJR)

0.46

Q2

DENTISTRY (MISCELLANEOUS)

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(#205). EL LOBBY DEL AZÚCAR

[MONOTEMA] (Actualizado: 23/08/19) Moss (2014), comienza su libro comentando la reunión que en 1999 tuvieron varios consejeros delegados y presidentes de las principales compañías de alimentación de Estados Unidos, con el fin de abordar el tema del aumento de la obesidad en el país. Allí estaban Nestlé, Kraft, Generall Mills, Nabisco, Procter & Gamble, Coca-Cola y Mars. Algunos de ellos mostraron su preocupación por la creciente prevalencia de esta patología, pero al final no llegaron a traducir esa reunión en ningún acuerdo en concreto para acometer acciones sobre el vender productos más saludables, ya que la gran mayoría no lo consideraba un problema para ellos; lo importante era seguir generando beneficio más allá de los problemas de salud que colateralmente se produjeran.

Esta reunión que Moss (2014) comenta es muy ilustrativa, porque nos dibuja dos elementos importantes: (1) Las empresas compiten ferozmente entre ellas, pero al mismo tiempo coluden, es decir, colaboran cuando creen que remar hacia la misma dirección les beneficia; (2) Lo que prima es la cuenta de resultados, caiga quien caiga, aunque la sociedad esté cada vez más enferma.

Ante esta situación vamos a tratar de explicar en este post el complejo funcionamiento de las relaciones entre las partes que integran el mercado del azúcar, las estrategias de las corporaciones para conseguir sus objetivos, el papel regulador de los Estados, y la posición en la que el consumidor queda ante esta caterva de intereses. Por tanto, en este post completaremos el monotema sobre azúcar y salud publicado hace unos días, con el fin de tratar de explicar algunas de las causas por las que hemos llegado a esta situación.

Hemos desarrollado este tema en un nuevo programa de Doble Cara.También este post ha sido de interés para la televisión francesa Arte, y he participado en un reportaje sobre el papel de la industria de la alimentación en España en relación con la obesidad.

Programas de Doble Cara

Muchos actores en una historia compleja

En primer lugar hemos de presentar los grupos de interés que se dan cita en este complejo mercado, para posteriormente ir explicando cuál es la relación entre ellos, y como se reflejan esos intereses en las diversas acciones y políticas que se implementan.

mercadoazcuarEn 2010, 154 millones de toneladas de azúcar se consumieron en el mundo. En 2016, la cifra ascendió a 173.6 millones (Statista, 2017). No cabe duda de que estamos ante uno de los mercados más importantes del planeta.

La relación de las empresas con los reguladores

Existen dos grandes gigantes empresariales en el mercado del azúcar. Por un lado están los productores de esta materia prima, y por otro las empresas que la emplean para hacer sus bebidas y comidas. Lo interesante de esta situación es que existe una gran tensión entre ambas partes.

En Estados Unidos, tal y como comenta Vidot (2015), existe una larga tradición de protección del Estado a los productores de azúcar, que proviene desde finales del siglo XVIII. Los productores estadounidenses de azúcar se continúan beneficiando de los subsidios del gobierno, cuotas de importación, compra de excedentes a precios superiores a los de mercado y fijación de precios, a pesar de la vehemente oposición del lobby manufacturero y de los acuerdos de libre comercio. Según Vidot (2015), esto ha hecho que las empresas productoras de alimentación vean incrementados sus costes de aprovisionamiento, lo que redunda a su vez en un incremento de precio al consumidor, que se estima entre 5 y 25 céntimos de dólar por cada libra de azúcar.

Por tanto, la producción de esta materia prima está fuertemente protegida en Estados Unidos. No obstante, se han tenido que aumentar las cuotas en los últimos años ante la creciente demanda de azúcar (Reuters, 2016). Ese azúcar se importa a un precio más alto que el medio del mercado, algo que como indica Medina (2007), no es sólo una práctica realizada por el gobierno de Estados Unidos (también se hace en Japón o la Unión Europea); sólo alrededor del 15% de la producción mundial llega a comercializarse libremente.  Aunque existan tratados de libre comercio, se sigue protegiendo la materia prima del azúcar, especialmente en Estados Unidos.

Hay un claro sobrecoste para las grandes marcas, según indica la Fundación Heritage, que es un think tank muy coservador, promotor de la total desregulación y el libre comercio:
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Esta fundación, se queja de que esto es así por las actividades del lobby de productores de azúcar, que según ellos, hace grandes donaciones a las campañas políticas e invierte importantes sumas de dinero en actividades de lobby, tal y como Riley (2014), comenta.

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Pero claro, es que la Fundación Heritage gastó más de 75 millones de dólares en 2015 en sus actividades. Entre los valores de esta fundación están además, la defensa nacional, la promoción de la familia, la lucha contra la inmigración o el comunismo, o bloquear las actividades contra el cambio climático (Sourcewatch, 2017); es decir, todo el manual neoliberal elevado a la máxima potencia. La Fundación Heritage es propiedad de los hermanos Koch, fundadores de Koch Industries, una de las corporaciones petroquímicas más importantes del mundo, y que se gastó entre 2015 y 2016 casi 20 millones de dólares en actividades de lobby, y más de 4 millones adicionales empleados en la financiación política, principalmente del partido republicano, mucho más afín a sus intereses (Opensecrets, 2017).

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Esto no lo menciona Riley (2014) en su artículo, como tampoco la cantidad de dinero que invierten las empresas de alimentación (compradoras del azúcar). Podemos poner los ejemplos de PepsiCo y Mars, dos de las más importantes corporaciones de alimentación a nivel mundial, que gastan varios millones de dólares anualmente en esas actividades de presión e influencia.

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Por tanto, estamos ante una situación de tensión entre dos grupos de empresas, productoras y compradoras de azúcar, que hacen unas actividades de lobby millonarias todos los años. Aquí no hay, de este modo, un “bueno” y un “malo”, todos intentan influir, y lo que hace el gobierno de Estados Unidos, y también la Unión Europea en estos últimos años, es intentar proteger la producción nacional. Para ello, como hemos dicho, y entre otras acciones, imponen cuotas de importación lo que hace que la cantidad de azúcar que se pueda obtener a un coste menor sea limitada.

Las consecuencias de este tipo de políticas se extienden también en otros países, sobre todo en los más pobres. El excendente en la Unión Europea vendido a bajo precio ha perjudicado a países en desarrollo, que querían una liberalización del sector. Pero esa liberalización paulatina ha propiciado la pérdida de miles de puestos de trabajo en Europa (Castro & Villadiego, 2013), aunque se sigue intenando mantener un mínimo de protección (Maté, 2015).

Mientras que en otros países que potencialmente podrían verse beneficiados los trabajadores están sufriendo una situación de esclavitud, como ocurre en Camboya, Brasil y otros países de América Latina, donde existe también trabajo infantil (VSF, 2015), especialmente en la República Dominicana, uno de los proveedores principales de Estados Unidos (Wilderutopia, 2014). De gran dramatismo es la situación en este país, que tiene además un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, pero cuyos trabajadores denuncian la esclavitud a la que se ven sometidos día tras día (Curnutte, 2013). Recordemos que la recolección manual de azúcar es uno de los trabajos más duros  y extenuantes que existen (Martínez, 2013).

Es más, desde sectores proclives a la liberalización se acusa a las políticas proteccionistas en Estados Unidos del cambio de compañías como Coca-Cola o Pepsico acometieron en los años 80 para endulzar sus bebidas, apostando por el jarabe de maíz, más barato que el azúcar refinado (Riley, 2014).

Y es aquí donde entró un nuevo actor; los productores de jarabe de maíz, unidos en la Corn Refiners Association (CRA), entre cuyos miembros están los proderosos Archer Daniels Midland o Cargill, entre otros. Ellos, como no podía ser de otro modo, también se gastan ingentes sumas de dinero en la presión a los políticos en Estados Unidos.

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En consecuencia, tenemos una situación muy compleja en la industria del azúcar, donde conviven prácticas proteccionistas con una liberalización progresiva, y cuyos actores tienen intereses contrapuestos: los grandes productores europeos y estadounidenses demandan más protección, los productores en países de desarrollo más liberalización, y las empresas de alimentación una desregulación todavía mayor. Tanto las azucareras como las empresas compradoras y otros grupos de presión gastan ingentes cantidades de dinero en actividades de lobby, mientras tanto miles de trabajadores en países pobres viven en situación de esclavitud moderna trabajando en las plantaciones.

La guerra entre el maíz y el azúcar

A pesar de que la agricultura de Estados Unidos se ha protegido durante años, entre los propios beneficiados existen celos; los productores de azúcar son unos privilegiados. Al menos eso es lo que piensan desde la Corn Refiners Association (Hamburger & Hohmann, 2015), que quieren de una vez por todas acabar con los subsidios de los productores de azúcar. Evidentemente, hay un interés comercial detrás, pese a que paradójicamente los productores de jarabe de maíz se han visto beneficiados por el alto precio del azúcar.

Para ello llevan varios años implementando acciones de lobby, pero también campañas de marketing dirigidas a los consumidores. Y parece que están dando sus frutos, porque por ejemplo, el antiguo gobernador de Florida, Jeb Bush, declaró en 2015 que estaba de acuerdo en reducir la situación de privilegio de los productores de azúcar (Hamburger, 2015), toda una sorpresa, ya que este político había protegido al sector durante años, entre otras cosas por los 600000 dólares recibidos para apoyar sus campañas. Los productores de azúcar son un grupo muy marginal entre toda la agricultura norteamericana, pero tienen un gran poder porque hacen un fuerte trabajo de lobby.

Pero, ¿por qué este empeño de los productores de jarabe de maíz cuando hemos dicho que precisamente los altos precios del azúcar le beneficiaron en el pasado? Pues porque desde el punto de vista público, el jarabe de maíz tiene incluso peor imagen que el azúcar. Comentamos en el post sobre azúcar y salud, que desde hace unos años la fructosa se identifica con el problema principal de los endulzantes, y el jarabe de maíz tiene más fructosa que el azúcar común.

La Corn Refiners Association ha tratado de convencer a los consumidores de que realmente su producto es equivalente al azúcar. Para ello, lanzó esta campaña en 2008, con este vídeo que no tiene desperdicio, y que fue parodiado por los actores del Saturday Night Live, lo que quizá indica que los resultados sobre la percepción de los consumidores no fueron los esperados, y que posiblemente se pegaron un tiro en el pie.

En ese momento la Corn Refiners Assoication lanzó la web “Sweet Surprise” que ahora ha quedado integrada en la de la Asociación, y trató de que la FDA permitiera que se le llamara al jarabe de maíz “azúcar de maíz” (corn sugar). Todo ello conjuntamente hizo que la Sugar Association interpusiera una demanda a la Corn Refiners Association por 1.5 billones de dólares, argumentando que se estaba engañando a los ciudadanos, y que no se podían considerar igual el azúcar y el jarabe de maíz. Tiempo despúes  cuatro miembros de la Corn Refiners Association presentaron una contrademanda por 530 millones de dólares en un Tribunal de Distrito de Los Ángeles, en Estados Unidos, argumentando que la  Sugar Association estaba engañando a los consumidores haciéndoles creer que el azúcar procesada es más segura y más saludable que el jarabe de maíz alto en fructosa. Ambas partes presentaron evidencias científicas en su favor. Aunque claro, algunas de ellas de investigadores afines (ej. White, 2008), por supuesto.

Es curioso que la Sugar Association se “preocupe” tanto porque los consumidores sean engañados por la publicidad. En 1959, se podía ver este anuncio en Estados Unidos:

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En él, la Sugar Information INC, que era la división “educativa” de la Sugar Association, nos decía que lo mejor para las mujeres perdieran peso era tomar azúcar, que satisfacía rápidamente el apetito con la menor cantidad de calorías posible, algo muy necesario para la  nueva mujer americana, moderna y activa.

El contencioso jurídico entre ambos gigantes del dulzor artificial parece que ha quedado en un acuerdo, en el que no se sabe mucho más (Gelski, 2015), y ahora las dos partes pueden seguir de la mano. Al fin y al cabo, al menos en cuanto a campañas de publicidad se refiere, tanto los productores de azúcar como los de endulzantes a base de maíz han tenido un comportamiento similar, como Friedman (2014) relata en su artículo, y del que sacamos algunos anuncios como ejemplo ilustrativo.

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La financiación de científicos y de las asociaciones médicas

No Gracias (2014),  que es una organización civil independiente por la transparencia, la integridad y la equidad en las políticas de salud, la asistencia sanitaria y la investigación biomédica, comentaba lo siguiente:

“La medicina está rota. Prácticamente todas las decisiones que los médicos tomamos están bajo sospecha. Cada vez que prescribimos un nuevo medicamento a un paciente hemos de preguntarnos si los ensayos clínicos que demostraban su eficacia estaban diseñados para obtener resultados positivos, o si la síntesis de evidencias que han utilizado las guías de práctica clínica tomaron en cuenta la posibilidad de que hubiera estudios no publicados con resultados negativos o si, directamente, se manipularon los resultados de los ensayos clínicos. Cuando uno va a su trabajo se siente como un cura que está dejando de creer en Dios”.

Pues precisamente una de las disciplinas donde más existe este tipo de problemas es en la nutrición, y específicamente en las investigaciones relacionadas con el azúcar y la salud. En una investigación cuyos resultados han dado la vuelta al mundo recientemente, Kearns et al. (2016), examinaron archivos internos de la Sugar Research Foundation (SRF), es decir, la Sugar Association, y diversa documentación sobre los primeros debates acerca de la relación entre la enfermedad coronaria y el azúcar en los años 50.  Encontraron cartas entre la SRF y varios profesores de nutrición de la Universidad de Harvard. La SRF patrocinó el primero proyecto de investigación sobre este tema en 1965 y publicado en 1967 en el New England Journal of Medicine; una revisión de la literatura que apuntaba a que eran las grasas y el colesterol los factores de la dieta que incrementaban el riesgo de enfermedad coronaria, menospreciando el papel del azúcar. La SRF controló el estudio y manejó los resultados, aunque la financiación no fue reconocida en la investigación. Los autores sugieren que la industria patrocinó un programa de investigación en los años sesenta y setenta que puso en duda con éxito los peligros de la sacarosa (azúcar de mesa), mientras promovía la grasa como culpable de la dieta. No obstante, las revelaciones Kearns et al. (2016) no pueden demostrar que los autores de esa investigación publicada en 1967 incurrieran en fraude, sólo hace sospechar que así pudo ocurrir.

Pero no es la única vez que la industria influye en las recomendaciones científicas. Kearns et al. (2015), muestran que en los años 60 el National Institute of Dental Research (NIDR) empezó a planear un programa de investigación para intentar erradicar las caries en una década.  En 1971 el NIDR lanzó el National Caries Program (NCP), pero ese programa se vió condicionado por la presión de la industria del azúcar, estableciendo vínculos con el NIDR para que este Instituto diera prioridad a investigaciones no directamente relacionadas con los perjuicios del azúcar. Recordemos que, según Kearns et al. (2015), un 42% de los niños en Estados Unidos tienen al menos una caries en sus dientes de leche, y un 59% de los adolescentes las tienen en sus dientes permanentes.

Kearns et al. (2017), prosiguen con su análisis de esos documentos encontrados añadiendo, además, que la SRF conocía la relación entre los efectos biológicos divergentes entre el consumo de sacarosa frente a almidón (hidrato de carbono complejo) en relación a la hiperlipidemia y el riesgo de cáncer de vejiga, proyecto que estaban financiando. Cuando esos resultados requerían confirmarse en los últimos estudios planificados, la asociación azucarera cortó los fondos y la investigación concluyó, probablemente por el temor a que si esos resultados se confirmaban y salían a la luz pública se vieran claramente perjudicados, no sólo a nivel de imagen para los consumidores, sino también respecto la regulación y a las recomendaciones sobre alimentación y salud.

Leslie (2016), por su parte, al comentar la posición de Robert Lustig, un pediatra endocrino de la Universidad de California especialista en el tratamiento de la obesidad infantil que defiende que la fructosa es un veneno culpable de la epidemia de obesidad en América, se hace eco de la historia de John Yudkin, un profesor inglés de nutrición que a comienzos de los 70 hizo sonar la voz de alama con respecto al azúcar con su libro Pure, White and Deadly (Yudkin, 1972). Yudkin fue vapuleado por otros compañeros de profesión y atacado por la industria azucarera de su país; destruyeron su reputación y murió en 1995, sin vislumbrar que a día de hoy sus ideas ya no se consideran como “afirmaciones emocionales”, como las etiquetó la Brithish Sugar Bureau, o simplemente  “ciencia ficción”, como asintió la World Sugar Research Organization.

Está claro que los productores de azúcar intentan influir en las recomendaciones científicas a través de la financiación de investigadores y asociaciones médicas, pero también lo hacen los productores de alimentos ricos en azúcares libres. Por ejemplo, Bes-Rastrollo et al. (2013), realizaron un revisión de las bases de datos científicas más relevantes sobre recopilaciones de la literatura acerca de la asociación entre las bebidas azucaradas y el aumento de peso o la obesidad. Dividieron esa información en dos grupos: (1) revisiones financiadas por la industria; y (2) revisiones independientes. Los resultados fueron claros; un 83.3% (5/6) de las revisiones que tenían conflictos de intereses indicaban que la evidencia sobre la asociación entre el aumento de peso o la obesidad y el consumo de este tipo de productos era insuficiente, mientras que precisamente el mismo porcentaje (10/12) de las investigaciones independientes concluían justamente lo contrario.

Los brazos de este lobby llegan muy lejos. Gornall (2015), comenta la investigación del BMJ en la que muestra que miembros del Scientific Advisory Committee on Nutrition (SACN), que es un organismo del Reino Unido que hace recomendaciones sobre diferentes temas de nutrición, y también del Medical Research Council’s Human Nutrition Research recibieron financiación de la industria, de compañías como Coca-Cola, Mars, Nestlé o Sainsbury’s. Además, un peso pesado académico, Susan Jebb, profesora de la Universidad de Oxford y directora del programa gubernamental Responsibility Deal Food Network en el Reino Unido, ha recibido financiación de Coca-Cola, Sainsbury’s, Cereal Partners y  Rank Hovis McDougal, entre otros. Por ejemplo, entre 2008 y 2010, Coca-Cola donó £194,000 para financiar un estudio en el que ella era la principal investigadora. Entre 2004 y 2015, esta investigadora ha trabajado en investigaciones financiadas por la industria por un valor £1.37 millones.

Coca-Cola y PepiCo financiaron en EEUU a 96 organizaciones relacionadas con la promoción de hábitos saludables (Jara, 2016).  Entre los principales receptores de fondos en concepto de “esponsorización” están la Asociación de Diabetes de EE UU y la Fundación de Investigación de la Diabetes Juvenil, así como la Sociedad Americana de Cáncer (Domínguez, 2016). En España, desde hace varios años Coca-Cola publica las cantidades y los destinatarios de sus “colaboraciones”. Como puede verse en esta tabla, y a modo de ejemplo,  ha financiado a la Academia Española de la Nutrición y Ciencias de la Alimentación desde 2010 con una anualidad de 18000 euros a las que hay que sumar cantidades dirigidas a actividades formativas, por un valor en el periodo considerado superior a los 100000 euros. La Asociación Española de Pediatría, por su parte, ha recibido sólo de Coca-Cola más de 300000 euros en el periodo 2010-2015.

La Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (SEMERGEN), en su memoria de 2015 indica haber recibido 36100 euros de la industria de la alimentación, alejados eso sí de los 402598 de la industria farmacéutica.

La Asociación Española de Pediatría (AEP) ha cobrado más de dos millones de euros en cinco años por prestar su logotipo a productos infantiles (Millares, 2018). Alimentos tan poco nutritivos y adecuados para niños como las galletas TostaRica, los cereales Chocapic, o los batidos Puleva Max. Las críticas de organizaciones médicas han llevado a la AEP a repensarse mejor a quién “presta” el logo (ya no lo está en TostaRica o Chocapic), pero el modus operandi continúa permitiendo la financiación de congresos o revistas.

En un estudio  muy reciente publicado en el JAMA Internal Medicine, Chartres et al. (2016),  realizan una gran revisión de estudios financiados por la industria de la nutrición y otros donde no existe esa financiación privada. De los 775 estudios revisados, sólo 12 pasaron el filtro de los autores y se tuvieron en cuenta. De esos 12, dos de ellos estudiaron la asociación entre el patrocinio de estudios de la industria de la alimentación y los resultados estadísticos de la investigación, pero ninguno encontró asociación. Otro de los estudios examinó los tamaños de efecto de los estudios y llegó a la conclusión de que los financiados por la industria reportaban significativamente resultados menos dañinos. Finalmente, los autores revisaron 8 estudios en los que se consideraban a su vez 340 investigaciones sobre la asociación entre la financiación por parte de la industria de bebidas refrescantes con la ingesta calórica y el peso.  Los estudios patrocinados producían conclusiones más favorables para la industria RR=1.31 95% CI (0.99 ; 1.72), en el límite de la significación estadística al 95%. Por tanto, existe una evidencia que no es fuerte, pero que sí deja atisbar que los estudios financiados por la industria de la alimentación producen resultados “sospechosos”.

Fabbri et al. (2016) exploraron las webs de todas las sociedades médicas registradas en Italia, entre enero y septiembre de 2014. Según la Ley en Italia, esas sociedades tienen que representar al menos al 30% de los profesionales trabajando en ese campo y ser sin ánimo de lucro. En 2013, había 154 sociedades médicas registradas en Italia, de las cuales 23 fue imposible recoger toda la información requerida, por lo que fueron excluidas del análisis. Sólo un 4.6% de todas las sociedades tenía un código ético que cubría las relaciones con la industria en sus webs, un 45.6% de los estatutos mencionaban los posibles conflictos de interés, y apenas un 6.1% publicaba su financiación. Un 29% de las sociedades tenía logos de la industria en sus webs, y el 67.7% había recibido dinero para organizar su conferencia anual o un seminario paralelo durante los mismos días de desarrollo de esa conferencia principal. Los autores, a la vista de estos resultados, concluyen que existe muy poca transparencia en las sociedades médicas italianas, especialmente en lo que se refiere al dinero recibido por la industria. Y aunque la hubiera, seguiría siendo insuficiente si ello no se refleja en una gestión adecuada de los conflicto de interés. Admitir que la industria financia la sociedad médica no es suficiente, hace falta conocer cómo se maneja esa relación. La supresión de la financiación de esas corporaciones es una opción, según comentan los autores, para evitar cualquier posibilidad de conflicto de interés, o al menos, organizar sus conferencias anuales sin ningún tipo de patrocinio.

Quizá un sencillo resumen de la relación entre los intereses de la industria y la investigación científica lo encontramos en este entrevista a Dana Small (Mediavilla, 2016), quien fue financiada por Pepsi pero su relación terminó en cuanto encontró resultados en contra de los intereses de la compañía. Small advierte que muchos investigadores aceptan dinero de la industria porque no tienen otra forma de financiar sus estudios, perso esto es algo muy peligroso porque, como ha demostrado la historia muchas veces, la industria sólo cuenta la parte del relato que le interesa.

Las “celebrities” científicas

No todos los investigadores gozan del mismo “peso social” a la  hora de que sus opiniones produzcan mayor impacto. Hay algunos cuya notoriedad les hace ser más influyentes que el resto. Un ejemplo es Brian Wansink, un profesor de psicología de la Universidad de Cornell,  que estudia como el entorno nos condiciona a la hora de alimentarnos. Como indica Butler (2015), este hombre tiene en McDonald’s a su principal aliado. Es miembro del McDonald’s Global Adivsory Council, un grupo de trabajo que “pretende encontrar nuevas formas de los consumidores de McDonald’s vivan una experiencia en la que la educación nutricional tenga cabida“, y que colabora con la Fundación Clinton en este tipo de menesteres. Wansink tiene un perfil muy claro: considera que la comida ecológica es una pérdida de dinero, bebe soda prácticamente a diario y lleva a sus hijos al McDonald’s todos los domingos después de ir a la iglesia. Además, es un libertario reconocido (apoyó a John McCain), no cree que el Estado deba intervenir en poner impuestos a la comida basura o regular los etiquetados, y por supuesto no está en contra de que McDonald’s entre en los colegios. Todo este perfil es muy respetable, y está claro que cada persona puede tener sus opiniones y estilo de vida. El problema surge cuando a esa ideología se une una financiación privada y unos resultados de investigación; entonces es cuando hemos de ser prudentes en evaluar lo que este hombre dice.

Wansink es firme defensor de la teoría del balance energético, tal y como indicaba en el post sobre azúcar y salud, por tanto da igual lo que comas, sólo cuenta el equilibrio entre lo que gastas y lo que consumes, algo que expresa en uno de sus últimos trabajos (Just & Wansink, 2016).

James M. Rippe, es un cardiólogo muy conocido en Estados Unidos. Lengle (2008) muestra claramente los conflictos de intereses de este investigador,  creador del Rippe Lifestyle Institute, una organización que realiza consultoría sobre temas biomédicos, y que tiene entre sus financiadores a empresas como Pepsico, Tropicana y Quaker entre otros. Rippe, junto con otro investigador publicó recientemente esta investigación en el European Journal of Nutrition (Rippe & Angelopoulus, 2016), donde revisaba la literatura reciente sobre la relación entre el consumo de azúcar diversas patologías. La conclusión a la que llegaba era que el consumo de azúcar en niveles “normales” (comillas añadidas) no está ligado a esas enfermedades. Ese número de la revista era un suplemento patrocinado por la organización comandada por el propio Rippe. El artículo está plagado de referencias a investigaciones hechas en su propio laboratorio, y sugiere defender que el una ingesta calórica diara que contemple un 25% de las calorías en azúcares añadidos. Eso, en una dieta de 2000 Kcal por persona y día significaría que 500 de ellas provienen de fructosa+glucosa, es decir, alrededor de 125 gramos. La OMS recomienda en la actualidad 25-50 gramos para esas mismas 2000 Kcal.

Estos son sólo dos ejemplos de investigadores cuyos resultados de investigación concuerdan con los intereses de quien les paga, y además tienen un eco social relevante.

El solipsismo científico

Me gusta llamar así a lo que está ocurriendo en ciencia en la actualidad, al menos en las ciencias sociales y humanas. Solipsismo científico significa que un investigador sólo puede estar seguro de la realidad científica creada por él. Es un paso intermedio entre el escepticismo (duda constante) y el nihilismo (negación de todo conocimiento generado). La crisis de la ciencia hoy día hace que muchos científicos sean escépticos (sanamente hablando) y que otros apuesten por la imposibilidad de aceptar ningún tipo de conocimiento generado de esta forma (nihilismo).

Como indica Ansede (2016), más del 50% de los resultados de las investigaciones preclínicas en animales son irreproducibles, no se puede replicar. Incluso en contextos de honestidad y buenas intenciones de los investigadores, existen impedimentos para creernos mucho de lo que nos cuentan. El reconocido investigador de la Universidad de Standford Jonh P. A. Ioannidis, lleva más de una década mostrándonos lo prudentes que hemos de ser con los resultados científicos, por la falta de replicación de muchos de ellos.  El Manifiesto por una ciencia reproducible, publicado en abierto en Nature Human Behaviour, propone una serie de medidas para evitar malas prácticas en todas las fases de una investigación, como publicar los datos brutos y los estudios con resultados negativos (Domínguez, 2017).

Si a esto unimos que, más de la mitad de las investigaciones no revela sus fuentes de financiación, pues la desesperanza es mayor. Tal y como comenta Iqbal et al. (2016); el porcentaje de artículos publicados en revistas biomédicas que no declaran conflictos de intereses es cierto que ha decrecido desde el año 2000 hasta 2014 (94.4% en 2000, 34.6% en 2014), y el porcentaje de estudios que incluyen conflictos de intereses ha aumentado (0% en 2000, 15.4% en 2014) , al igual de los que no declaran ese conflicto (5.6% en 2000, 50.0% en 2014), pero incluso en esta situación de mejora, sigue habiendo muchas dudas.

¿Cómo un investigador puede estar seguro de que lo que lee en otros estudios es confiable, en un contexto en el que hay un grave problema de replicación y de fraude por intereses económicos? Al final, los investigadores nos fiamos principalmente de lo que nosotros  mismos hacemos, admitiendo que podemos errar, pero que ese error no está sujeto a intereses espúreos. Es una situación triste para todos, no sólo para los investigadores, sino para todo el mundo que ve como las ciencias sociales son incapaces de dar adecuada respuesta a múltiples problemas de la vida cotidiana.

El contramarketing

El contramarketing es una forma de hacer marketing en la que los mensajes de persuasión se oponen a otros que antes se han manifestado. Si hablamos específicamente de publicidad, una campaña de contramarketing estaría basada en comunicar mensajes opuestos a otros anuncios. Por ejemplo, crear anuncios publicitarios comunicando los problemas que origina el tabaquismo es una forma de hacer contramarketing, es decir, de luchar contra todos las acciones que la industria tabacalera realiza. De este modo, el contramarketing es una manera de hacer marketing social, y es muy usado por gobiernos y diferentes instituciones promotoras de la salud para contrarrestar el peso que las acciones de persuasión realizadas por la industria del tabaco o del alcohol realizan.

Pero el contramarketing también puede ser empleado por una corporación para comunicar mensajes que van en contra de sus productos. ¿Cómo es eso posible? Este aparente suicidio comercial no lo es tal, realmente. Pongamos un ejemplo. Phillip Morris, a finales de la década de los 90 tuvo que hacer frente a varias indemnizaciones multimillonarias en Estados Unidos (multas de varios Estados y pago de demandas individuales y colectivas). La imagen de este gigante del tabaco estaba muy deteriorada. Lo que hizo Phillip Morris fue, además de incentivar el contrabando (Bové, 2015), realizar una campaña de contramarketing en Estados Unidos. Veamos dos de los anuncios que realizó en 1999:

Una corporación que vende tabaco diciendo que el tabaco es malo y que no se fume parece ilógico, pero es simple y llanamente una estrategia comercial. Es una forma de mejorar la imagen de marca para tratar que se generen actitudes positivas hacia Phillip Morris. De este modo, esa asociación entre la marca y los aspectos negativos del tabaco se modera, al fin y al cabo, Phillip Morris se está preocupando por la salud de los americanos. Qué buenos son.

Phillip Morris ha seguido en esa senda durante más tiempo. Por ejemplo, en declarando públicamente que no quiere que los personajes de películas salgan fumando sus cigarrillos (Sáinz, 2006); aunque desde 1998 una empresa de tabaco no puede pagar porque se muestre su producto en el cine, actores y actrices siguien fumando si el guión lo exige.

El sutil contramarketing de las empresas de alimentación; el caso del plan HAVISA

Coca-Cola, Nestlé, Kellog’s o Pepsico, y otras marcas que comercializan productos con alto contenido en azúcares libres también se han apuntado al contramarketing, pero de manera más sutil. Es evidente que no vemos anuncios de Coca-Cola en televisión diciendo que no bebamos Coca-Cola, pero la forma de hacerlo es a través de fomentar hábitos de vida saludables, es decir, lanzando mensajes sobre la importancia de una dieta equilibrada, el ejercicio físico, el cuidado de la salud. De este modo, el fondo del mensaje es el mismo: “Nos preocupamos por la salud de los consumidores, invertimos dinero en ello”, y lo que se espera es una respuesta del consumidor modificando su mapa asociativo sobre esa marca, ya sea de manera consciente o inconsciente.

En España tenemos un ejemplo muy claro en la Fundación Alimentum y el plan HAVISA. La Fundación nació en 2001, y esta formada por, entre otros algunas de las principales empresas de alimentación, como Danone, Nutrexpa, Pescanova, Campofrío, Grupo Leche Pascual, United Biscuits Iberia, y diversas asociaciones de empresas de bebidas envasadas. La misión de esta entidad sin ánimo de lucro es “formar e informar a los consumidores”, es decir, es la propia industria la que se toma ese papel de informador.

“La Fundación tiene como fin mejorar la calidad de vida y el bienestar social a través de la promoción de iniciativas que respondan a los retos e inquietudes que la sociedad actual demanda en relación con la Alimentación, contribuyendo a reforzar las garantías de seguridad alimentaria de los consumidores y a mejorar la transparencia de la información. Asimismo, fomentará las actividades de investigación y desarrollo y de mejora y protección del medio ambiente que reviertan en beneficio de las condiciones de vida y de trabajo de la población. La Fundación complementa esta vertiente social con otra organizativa, que pretende estimular y favorecer la adaptación de las empresas del sector a los continuos cambios a los que se enfrentan, con el fin de contribuir a garantizar su competitividad. La Fundación llevará a cabo sus fines a través de la realización de cuantas actividades coadyuven a este fin”.

La Fundación organiza Jornadas, participa en diversos foros científicos y emite informes sobre diversos temas de alimentación. Además cuenta con un Comité Científico, donde 5 profesores universitarios y médicos “algunos de los mayores expertos en actividad física en nuestro país“, tienen como objetivo “promover el conocimiento de los beneficios de una vida activa en la salud de la población“.

La Fundación organizaba también talleres escolares y concursos de dibujo para niños y, también muy importante, seminarios y cursos dirigidos a profesionales de los medios de comunicación. Además lanzó dos portales de internet, uno en 2002 (www.informacionalconsumidor.org) y otro en 2006 (www.alimentacionyvida.org), que ya no están operativos. El objetivo era siempre el mismo, presentar noticias sobre nutrición, salud y hábitos de vida saludable.

Posteriorimente, la Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición (AECOSAN) y la Fundación Alimentum firmaron un convenio de colaboración para el desarrollo de un Plan de fomento de Hábitos de Vida Saludables en la Población Española (Plan HAVISA), con el objetivo de “cooperar en la organización de un plan de comunicación sobre ´habitos de vida saludable, orientado al fomento de una alimentación equilirada, variada y moderada y de la práctica regular de la actividad física”  En esa iniciativa, al margen de las empresas promotoras de la Fundación Alimentum que hemos comentado antes, estaban también Coca-Cola, Hero, Elpozo, Nestlé, Kellogg’s  Pepsico, entre otras. La web, que sí continúa operativa en la actualidad es www.habitosdevidasaludables.com

AECOSAN es un organismo autónomo adscrito al Ministerio de Sanidad, que “planifica, coordina y desarrolla estrategias y actuaciones que fomenten la información, educación y promoción de la salud en el ámbito de la nutrición y en especial la prevención de la obesidad“. AECOSAN desarrolla desde 2005 la Estrategia para la Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad (Estrategia NAOS), que tiene como objetivo “mejorar los hábitos alimentarios e impulsar la práctica regular de la actividad física de todos los ciudadanos“. En la web de AECOSAN, nos dicen “promovemos tus derechos, protegemos tu salud y velamos por tu seguridad como consumidor y usuario“. No hay información en AECOSAN sobre los posibles conflictos de intereses de sus más 400 profesionales.

Tras la consulta personal a la Fundación Alimentum, me comunican que el Plan HAVISA es una iniciativa conjunta de AECOSAN y la Fundación Alimentum, y que surgió tras una reunión en la que se planteaban distintas formas de promocionar estilos de vida saludables en la población española. Además, la campaña no supone ningún coste para la Fundación, son las empresas adheridas las que de manera voluntaria incluyen en su publicada la referencia a los hábitos de vida saludables. Esa información la confirma AECOSAN, tras la consulta personal que también les realicé, y que reproduzco su respuesta (tras más de 4 meses de espera) en este documento:

Por tanto, tenemos a un órgano público como AECOSAN trabajando conjuntamente con las marcas para dar mensajes sobre salud, y ese es el gran triunfo del contramarketing de esas empresas de alimentación, su carácter de “oficialidad” que le da el programa gubernamental y la ligazón a asociaciones de marca favorables. ¿Cómo es posible que permitamos que los consejos sobre nutrición y salud se enmarquen dentro de una propuesta de colaboración con empresas cuyo interés principal radica en maximizar sus beneficios? Quizá una de las explicaciones estriba en que desde 2012  a 2015 la persona que dirigió esta Agencia Alimentaria fue Ángela López de Sa, una ejecutiva de Coca-Cola (Economíadigital, 2012). Sin embargo, en España se ha permitido esta situación, muy similar a la que relata Bové (2015) en su libro Asalto a Bruselas con la presidente a la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria, Diana  Banati, que formaba parte del mayor lobby agroindustrial del mundo, el International Life Sciences Institute (ILSI), algo que fue denunciado ante la Comisión Europea, por tener un conflicto de interés claro; defender la introducción de alimentos transgénicos en Europa.

También hay saltos a la inversa, como el de Josep Puxeu, antiguo Secretario General de Agricultura, y quien pocos meses después de dejar su cargo fue nombrado director general de la Asociación de Bebidas Refrescantes (Anfabra), en 2012 (Europa Press, 2012)

Un pequeño resumen en este punto

Como llevamos ya unos minutos de exposición vamos a hacer un pequeño resumen para no perder el hilo:

Las empresas productoras de la materia prima y los fabricantes de comida y bebida, aunque a veces pelean entre ellos, emplean las mismas estrategias para conseguir sus objetivos:

(1) Hacer lobby con los políticos y financiar campañas

(2) Corromper el ámbito científico al financiar a investigadores y sociedades de médicos

(3) Realizar contramarketing para moldear su imagen mientras colaboran con los estamentos públicos en divulgar mensajes de salud

¿Verdad que llegados a este punto el solipsismo científico no parece tan descabellado? Pero todavía hay más; continuemos con ello.

El caballo de Troya

Hace unas semanas, al hablar de control social y manipulación, comentábamos que una de las formas en las que nos usan como peleles es a través de lo que llamé “caballo de Troya“. Comenté el ejemplo de las empresas de tecnología para llegar al público infantil a través de promover la tecnología Wi-Fi y el uso de iPads y tablets en la escuela.

Pero esta estrategia se emplea en muchos sectores, y es usada también por las empresas de alimentación. Como comenta Moss (2014), en los años 60 y 70 había una red fuerte de profesionales del hogar que estaban luchando por hacer que la alimentación en EEUU fuera simple y pura. Eran 25000 mujeres que enseñaban a alumnos de instituto cómo comprar y cocinar. La forma en la que la industria compitió con ello fue financiando la asociación (y enviando a gente para que se introdujera en ella). Además, se potenció el personaje ficticio de Betty Crocker, inventada décadas antes por el director del departamente de publicidad de Washburn Crosby (que posteriormente se convertiría en Generall Mills). Este personaje firmaba las cartas de atención al cliente y tenía divertidos eslóganes.

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Los colegios también han sido objetivo de la Fundación Alimentum en España, por ejemplo a través de la organización de concursos de dibujo, como el celebrado en 2009, denominado “¿qué es para tí una vida saludable?” Como indican en su web: “Este premio, que busca involucrar a los profesores de educación primaria, está dotado de un total de 3.000 euros (un primer premio y dos accésit) para financiar proyectos que promuevan hábitos de vida saludable desde los centros educativos. Para participar, cada clase (de niños y niñas de 6 a 11 años matriculados entre el primer y el sexto curso de Educación Primaria), bajo la responsabilidad de un profesor, debe enviar a la Fundación Alimentum un dibujo original“.

En 2009 Kellogg’s lanzó la web Mom’s Homeroom en la que las madres comentaban las mejores formas de ayudar a sus hijos en el colegio, se veían vídeos de padres, expertos y profesores aconsejando cómo  mejorar el rendimiento de los niños, acceder a artículos de interés y crear una comunidad para intercambiar ideas y experiencias. Todo ello en el entorno de Kellogg’s.  He aquí algunos vídeos del programa:

En este caso es la forma de persuadir a los padres, que son los que finalmente toman la decisión de compra de los niños a través de todo un entramado de buenas intenciones que es el disfraz por el cual la marca quiere moldear su imagen.

La entrada de las empresas de refrescos a las instituciones públicas educativas en Estados Unidos ha sido también relevante en los últimos años, sobre todo desde la década de los 90, cuando los recortes del dinero público destinado a financiar la educación se hicieron más acusados. Entonces las universidad, pero también las escuelas e institutos comenzaron a “competir” por atraer financiación privada (Hunt, 2018). Por ejemplo, Coca-Cola cuando creó el Global Energy Balance Network (GEBN) financión a profesores de las universidades públicas de Colorado y Carolina del Sur con $1.5 millones para tratar de eliminar la imagen de que el azúcar no es sano y que lo importante es el balance energético total, y no los productos particulares que ingerimos. Así, el objetivo era enfatizar el ejercicio sobre la dieta para luchar contra la obesidad.

A finales de los 90, Coca-Cola firmó varios contratos con distritos escolares, afectando a miles de escuelas públicas. Como indica Hunt (2018), un representante de una de ellas en Washington se refirió a ese contrato como “una bendición”. Coca-Cola tenía la exclusividad de vender sus productos en esas instituciones educativas, y el correspondiente distrito recibía el 65% de las ventas de la marca en los colegios, lo que a veces representaba unos $50000 dólares al mes.

La escuela secundaria de Oxon Hill en Maryland, también pública, firmó un contrato de 3 años con Pepsi, por el que la marca se ocupaba de, entre otras cosas, pagar por el marcador electrónico (y publicitarse en él). “Los niños saben todo lo que Pepsi ha hecho por esta escuala. Y ellos realmente lo aprecian”, fue lo que dijo el director David. S. Stofa.

Greehnhalgh (2019), explica algunas de las estrategias que Coca-Cola está siguiendo en China para promocionar su marca, fomentando el consumo de este tipo de bebidas y presionando para que no se tomen medidas que ya en otros países están siendo implementadas para reducir el consumo de azúcar. En 1991 el procentaje de adultos que tenía sobrepeso o era obeso en China era de 20.5%; en 2011 era de 42.3%.

La autora, destaca varias de esas acciones, que no son más que una mera reproducción de lo que la industria de bebidas azucardas ha realizado en Estados Unidos y el resto de países del norte global durante las últimas décadas:

1. Injerencia del International Life Sciences Institute (ILSI) en la política de salud china. El ILSI, creado en 1978 por un ejecutivo de Coca-Cola, se encarga de “manejar” la ciencia de la nutrición al servicio de los intereses de la industria. Este lobby  está integrado en el Centro de Prevención y Control de Enfermedades (CDC) chino, por lo que su nivel de influencia en las políticas públicas es enorme. De este modo, compañías como Nestlé, McDonald’s, PepsiCo o Coca-Cola (entre otras) tienen una posición privilegiada para influir en la toma de decisiones públicas.

2. Una vez establecido dentro del entramado guvernamenal chino, a comienzos de la década de 2000 Coca-Cola retomó en el país una de las grandes bazas de la industria para defenderse: esas marcas  (Coca-Cola, PepsiCo, etc.) promueven un estilo de vida saludable, porque para llevar esa vida saludable hay que comer y beber de todo, y la clave está en hacer ejercicio físico. De este modo, se envía el mensaje de que: (1) las marcas se preocupan por la salud de los ciudadanos; (2) todos los alimentos se equiparan como pertinentes dentro de la dieta, comer y beber de todo significa igualar por ejemplo, el agua a la Coca-Cola. Es más, las bebidas azucaradas son buenas porque están compuestas principalmente de agua, con lo que hidratan oportunamente; (3) si la gente engorda es porque no se mueve lo suficiente, no porque no lleve una alimentación adecuada.

3. Dentro de las actividades de “educación” están la organización de conferencias. Entre 2004 y 2015, ILSI-China organizó 6 eventos internacionales sobre obesidad. Se elegieron invitados (ej. Steve N. Blair) cuya perspectiva sobre la prevención de la obesidad estaba basada principalmente en el equilibiro energético (calorías gastadas vs calorías ingeridas), independientemente de la calidad nutricional de los alimentos. Además, se esponsorizaron numerosos congresos y actividades centradas en la actividad física como clave en la lucha contra la obesidad.

Un ejemplo de este modus operandi es la financiación por parte de ILSI al CDC del programa “Happy 10 minutes”, una campaña nacional que pretende incentivar la introducción de descansos de 10 minutos en la jornada escolar donde en ese corto espacio de tiempo se debe practicar ejercicio. ILSI transfirió $50000 al CDC. De este modo, la industria financiaba una campaña pública que además enviaba un mensaje que se centraba en el ejercicio físico y no en la dieta o en una combinación de ambos.

Otra forma de penetrar en el mercado infantil y adolescente de forma disfrazada es a través de los “potingues” de zumo+leche o zumos enriquecidos presentados en cómodos envases con pajita para poder tomarse en los recreos o en las comidas. Aquí, en la recomendable www.sinazucar.org, podemos ver que desde el punto de vista del azúcar libre (aunque habría que matizar la exclusión de la lactosa de la poca leche que lleva el zumo), algunos de estos productos son similares a tomar un refresco azucarado, como la conocida Fanta.

Esto nos lleva a un aspecto esencial en el análisis de esta problemática, que es el de la regulación de las actividades de comunicación de marketing, que es de lo que vamos a hablar a continuación.

Los matices son importantes

La estrategia NAOS tiene un pilar fundamental en la aseveración de que “no hay alimentos buenos o malos”. Esa posición es precisamente la misma que sostiene la industria, quienes no quieren estigmatizar productos con la etiqueta de “malo” o “poco saludable”.  Bajo ese prisma los ciudadanos pueden pensar que todos los productos son similares, que no hay ninguno mejor que otro. Y eso es algo que, nutricionalmente, es muy cuestionable.

El discurso amparado por la industria incide en buenas prácticas como la hidratación, al igual que el discurso del Ministerio. AECOSAN nos dice que bebamos agua,  pero la industria no matiza en la distinción entre el agua frente a las bebidas procesadas. Por ejemplo, la Fundación Alimentum recomienda que “bebas un montón”, pero no dice qué.Imagen1

Mientras tanto, la Asociación de Bebidas Refrescantes (ANFABRA) publica este folleto sobre la hidratación en el que la Doctora Carmen Gómez Candela nos dice lo siguiente:

“Estar bien hidratado es siempre esencial para la salud, se realice o no actividad física. Las bebidas refrescantes, por su gran variedad de sabores, son una agradable y divertida alternativa para hidratarse durante todo el año”.

Varias empresas asociadas a ANFABRA están también en la Fundación Alimentum (Coca-Cola, PepsiCo), y como se puede apreciar no hay ningún matiz sobre si esas bebidas deben llevar azúcar o no o en qué cantidad.

La Dra. Gómez Candela es, además, el sustento científico del Instituto de Estudios del Azúcar y la Remolacha (IEDAR), que tiene como dominio web: www.conazucar.com. Por tanto es claro que la industria defiende sus intereses, y a la industria no le interesa vender que la mejor hidratación posible es el agua. Y ese discurso que es hasta cierto punto comprensible desde el punto de vista de marketing de una empresa privada, se “cuela” en la colaboración entre el Ministerio de Sanidad (a través de la AECOSAN) y la Fundación Alimentum.

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Pero además, la mencionada doctora es es miembro del Comité Científico de la Fundación Española de Nutrición (FEN) desde 2006, otro supuesto think tank de la industria (promovido por varias empresas del sector, entre ellas Coca-Cola o McDonald’s).

No obstante, eso no es todo, porque la FEN tiene como colaboradores, entre otros, a la Fundación Alimentum y a la Federación Española de Industrias de Alimentación y Bebidas (FIAB). De este modo nos encontramos ante una tupida y compleja red de Fundaciones privadas, asociaciones, marcas y científicos que tienen un interés común, pero que se disfrazan de organizaciones que trabajan para promover los estudios científicos o, como dice la IEDAR: “servir a la sociedad española y al conjunto de las instituciones del área de alimentación, educación y salud mediante el impulso de la investigación científica y la divulgación de hábitos y conductas alimentarias saludables para el conjunto de los ciudadanos”.

Para cerrar el círculo, la FEN tiene como también colaboradores al Ministerio de Sanidad, al Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, al Instituto de Mayores y Servicios Sociales (IMSERSO), además de la Asociación Española de Pediatría.

De esta forma el ciudadano queda totalmente perdido entre tantas organizaciones, recomendaciones e informes porque no es capaz de discernir si detrás del mensaje recibido hay intereses económicos. Pues ese es uno de los problemas de que la AECOSAN cohabite con la Fundación Alimentum, ya que los intereses de la industria no tienen porqué casar con los de la salud de cada uno de nosotros.

Es también un problema de parcialidad de la información. Insisto es que lo normal en las empresas privadas es que no se tiren piedras contra su propio tejado. Por ejemplo, la Fundación Alimentum tiene una sección de Noticias donde habla de sus actividades, pero puntualmente también aparecen alusiones a estudios que, como no podría ser de otro modo, favorecen su línea argumental. He aquí dos casos: (1) El pan no engorda; (2) Los niños no desayunan adecuadamente. El primero de ellos está firmado por la Dra. Gómez Candela (de nuevo aparece su nombre), y el segundo de ellos por Kellogg’s que, claro está, recomienda que se desayunen cereales (con leche y fruta).

Por tanto, no encontramos noticias sobre los posibles efectos adversos de una dieta rica en azúcares libres o alimentos procesados, para que los lectores pudieran valorar información completa.

Sorprende, además, el mimetismo con el que realizan su campaña “NAO” frente a la estrategia “NAOS” del Ministerio de Sanidad. La confusión es evidente, ya que “NAOS” nace en 2005 y los talleres “NAO” parece que son posteriores. En definitiva, más ruido añadido que hace difícil que el ciudadano distinga cuál es cuál, y cuál proviene del Ministerio y cuál de una Fundación de empresas de alimentación.

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El Plan HAVISA se centra de manera fundamental en promover el deporte y luchar contra el sedentarismo. Todos los mensajes de los deportistas que aparecen en su web van en esa dirección. De nuevo este es un mensaje ideal para los intereses de la industria. Siendo cierta su justificación, debería de ir acompañado quizá por muchos más matices sobre cómo alimentarse, más allá de comer variado, equilibrado y moderado, en el que parece haber una equidistancia entre todos los alimentos, que probablemente no se resuelve aludiendo a la pirámide de los alimentos.

Finalmente, todo lo que hemos descrito en este punto de puede ilustrar con estos dos anuncios:

Cuando una persona ve unido el concepto de salud a estos dos productos y tiene la curiosidad de entrar en la web del Plan HAVISA, entonces se encuentra con toda la compleja red de interacciones que hemos descrito, y que hace que le sea muy difícil obtener información veraz y sin sesgo. Y quizá más de uno pueda pensar que, por ejemplo, es mejor coger el ascensor en lugar de evitar comer Phoskitos (como reza uno de los mensajes del Plan HAVISA).

En febrero de 2018, el Ministerio de Sanidad lo ha vuelto a hacer, y ha vuelto a tenderle la mano a la industria para el lanzamiento de un programa de disminución de azúcar, grasas y sal en un grupo de productos, pero que en el fondo vuelve a significar una nueva victoria de la comida basura, tal y como explico en Martínez (2018).

¿Hay que regular la publicidad de estos productos?

Tal y como recuerda Moss (2014), en 2008 Kellogg’s lanzó una campaña argumentando que uno de sus cereales mejoraba el rendimiento escolar: “Un estudio clínico ha demostrado que los niños que desayunan satisfactoriamente con cereales Frosted Mini-Wheats mejoraron su nivel de atención alrdedor de un 20%. Los mantiene satisfechos. Los mantiene concentrados“.  El estudio clínico citado en la campaña había sido pagado por Kellogs’s. La Federal Trade Comission (FTC) de Estados Unidos rápidamente reaccionó y denunció la investigación. En 2011 Kellog’s accedió al pacto  de una demanda presentada por los consumidores de hasta 2.8 millones de dólares en devolución  del importe de  Frosted Mini ya adquiridos y la donación del equivalente a 5 millones de dólares de sus productos a obras de caridad. Pero se tardó 6 meses en retirar el anuncio. Esto es algo que a veces ocurre en el mundo de la publicidad, y algunas marcas se aprovechan de ello. Por ejemplo, la marca de desodorante Axe, juega siempre al límite con su publicidad, y varios de sus anuncios han sido retirados en los últimos años. Su estrategia, sin emabargo, es enfocar el grueso de la presión publicitaria en esos primeros días con el fin de que, si luego el anuncio se retira, el impacto en la opinión pública ya ha calado.

Por tanto, ahí tenemos un ejemplo de publicidad ilítica. Pero no es el único. Ojuelos & Basulto (2015), realizan un extenso análisis de  la situación de la publicidad de este tipo de productos en España.  Como indican estos autores, el artículo 19 de la Ley General de Consumidores y Usuarios (LGDCU) establece:

Sin perjuicio de lo dispuesto en los apartados siguientes, para la protección de los legítimos intereses económicos y sociales de los consumidores y usuarios, las prácticas comerciales de los empresarios dirigidas a ellos están sujetas a lo dispuesto en esta ley, en la Ley de Competencia Desleal y en la Ley de Ordenación del Comercio Minorista. estos efectos, se consideran prácticas comerciales de los empresarios con los consumidores y usuarios todo acto, omisión, conducta, manifestación o comunicación comercial, incluida la publicidad y la comercialización, directamente relacionada con la promoción, la venta o el suministro de un bien o servicio a los consumidores y usuarios, con independencia de que sea realizada antes, durante o después de una operación comercial.” 

Por tanto, y según Ojuelos & Basulto (2015),  las normas específicas sobre prácticas desleales tienen prevalencia sobre las generales, lo que jurídicamente quiere decir que, sin restar eficacia a estas últimas en caso de falta de previsión de las primeras, las específicas se aplicarán preferentemente en caso de que ambos tipos de normas regulen la misma conducta. Según la Ley de Competencia Desleal:

“Se considera desleal por engañosa cualquier conducta que contenga información falsa o información que, aun siendo veraz, por su contenido o presentación induzca o pueda inducir a error a los destinatarios, siendo susceptible de alterar su comportamiento económico”.

De este modo, Ojuelos & Basulto (2015) afirman que ·”la publicidad, aún siendo veraz, no puede inducir a error sobre el carácter apropiado de un alimento, es decir, sobre el carácter conveniente de su utilización cuando lo que se está haciendo es sugerir una propiedad concreta”. Estos autores continúan: “la Ley de Seguridad Alimentaria declara que la Ley de Competencia Desleal es aplicable al ámbito alimentario. Y lo anterior significa, como ya hemos apuntado, que cuando nos anuncian un alimento, de ninguna manera pueden indicarnos o insinuarnos que tal alimento es apropiado para  alcanzar un fin concreto (como mejorar la salud), por el hecho de tener un aval que se concede solo por cuestiones “extra-nutricionales” o por contar en su composición con un componente que, en abstracto, pueda ser beneficioso para la salud, si el alimento en su conjunto no es recomendable”.

En su análisis, Ojuelos & Basulto (2015) finalizan haciendo alusión al papel de las Administraciones públicas: En el Artículo 27 de la Ley 14/1986, de 25 de abril, General de Sanidad se especifica que: “Las Administraciones públicas, en el ámbito de sus competencias, realizarán un control de la publicidad y propaganda comerciales para que se ajusten a criterios de veracidad en lo que atañe a la salud y para limitar todo aquello que pueda constituir un perjuicio para la misma, con especial atención a la protección de la salud de la población más vulnerable”. Y en el Artículo 3 de la Ley 34/1988, de 11 de noviembre, General de Publicidad se afirma “Es ilícita: (…) b) La publicidad dirigida a menores que les incite a la compra de un bien o de un servicio, explotando su inexperiencia o credulidad, o en la que aparezcan persuadiendo de la compra a padres o tutores.(…) No se deberá inducir a error sobre las características de los productos, ni sobre su seguridad, ni tampoco sobre la capacidad y aptitudes necesarias en el niño para utilizarlos sin producir daño para sí o a terceros.

Tras el completo análisis de Ojuelos & Basulto (2015), podemos decir que, a efectos prácticos se bordea la legalidad en muchos de los productos anunciados para niños, y se incumple en otras ocasiones. Productos etiquetados como “saludables” por llevar un componente nutricional que es equivalente al que podría encontrarse en otro tipo de alimentos, mientras que el nivel de azúcar, sal y/o grasas saturadas es demasiado alto es engañoso, y por tanto ilícito. Hacer creer que esos productos pueden proveer cualidades especiales a los niños (fuerza, potencia, resistencia, etc.) también lo és.

Estamos viviendo una desprotección ante la publicidad de estos productos, y la Administración no regula lo suficiente. Se confía a la autorregulación de la industria, que en España se basa en el “Código PAOS“, vigente desde el año 2005, que “se aplica como un código de corregulación que permite reducir la presión de venta sobre población infantil y mejorar la calidad y contenido de todo tipo de anuncios de alimentos y bebidas dirigidos a menores. El Código PAOS establece un conjunto de reglas éticas que guían  a las compañías adheridas en el desarrollo, ejecución y difusión de sus mensajes de publicidad de alimentos y bebidas dirigidos a menores para evitar una excesiva presión publicitaria sobre ellos”.

Pero, como vemos, es un código voluntario, es decir, lo que el Gobierno propone y acuerda junto a la patronal de alimentos y bebidas y el sector publicitario es que se redacte un documento de buenas prácticas o principios éticos que las empresas deban cumplir. Pero, insistimos, no tiene un carácter obligatorio, sino voluntario. Por tanto, se confía en la autorregulación en lugar de aplicar la ley.

Sin duda que esa autorregulación es un paso en la dirección correcta, pero seguramente es insuficiente. Es más, las empresas puede que eviten sacar a un famoso en televisión para anunciar cereales para niños, para seguir el código PAOS, pero luego especifican en su publicidad la web del Plan HAVISA, y en esa web salen deportistas de élite dando mensajes sobre salud. En consecuencia, es una manera indirecta de ligar esos prescriptores de opinión a las marcas.

Como indica Basulto (2016), el doctor David Ludwig (Harvard Medical School), insiste en la necesidad de proteger a los niños de la “publicidad depredadora” y de otros tipos de mercadotecnia. Una protección que debería venir de los gobiernos, con medidas como la prohibición de publicidad de alimentos malsanos dirigida a niños. No basta, por tanto, con la autorregulación. Por ejemplo, según el doctor Miguel Ángel Royo-Bordonada,  es inadmisible que España confíe en la autorregulación por parte de la industria alimentaria o en otras medidas de implementación voluntaria, se conforme con recomendaciones dirigidas a escuelas o a profesionales sanitarios, o se apele a la responsabilidad personal (Basulto, 2016). Es más, es evidente que un gran porcentaje de anuncios (en torno al 50%) incumplen la propia normativa PAOS de autorregulación  (Royo & Rodríguez, 2015).

¿La publicidad sobre los niños funciona? Pues hay indicios de que sí. Por ejemplo, Longacre et al. (2017) encuentran que la exposición por parte de niños entre 3 y 5 años a anuncios publicitarios de cereales azucarados está positivamente asociada a su consumo, lo que los autores toman como una evidencia más para limitar la publicidad de estos productos. Cuantas más horas ven la tele los niños entre 2 y 6 años, más comida rápida consumen (Taveras et al., 2006). Según la investigación de LoDolce et al. (2013), los niños ven todos los días una media de 1.7 anuncios de cereales azucarados en televisión; un 91% de esos anuncios sugerían poderes extraordinarios a esos productos; lo que lleva a los autores criticar este tipo de publicidad emocional dada la vulnerabilidad de los niños a la publicidad.  A corto plazo, el efecto de esos anuncios está asociado a un incremento de la ingesta y a una preferencia por las marcas anunciadas (Sedhegirad et al., 2016). Otras investigaciones, como las de Boyland et al. (2011), Halford et al. (2008) y Halford et al. (2004) sugieren también que los anuncios televisivos de este tipo de comida incrementan la preferencia y el consumo por parte de los niños.

La regulación publicitaria es necesaria, tal y como Marion Nestle, un reconocido profesor de nutrición de la Universidad de Nueva York advierte (Nestle, 2012), pero en Estados Unidos las empresas se acogen a la Primera Enmienda para proteger su derecho a expresar libremente el valor de estos productos en la comunicación publicitaria. Pero como indica Pomeranz (2010), la Primera Enmienda no protege contra el lenguaje engañoso; los niños son incampaces de comprender el contexto y las formas de persuasión que las empresas emplean en la publicidad dirigdas a ellos, y por eso debe urgentemente regularse.  A una conclusión idéntica llegan Graff et al. (2012).

La Unión Europea también ha lanzado una iniciativa de autorregulación, el Pledge Nutrition Criteria, pero ya hay evidencias que la publicidad sigue incumpliendo esos códigos voluntarios de regulación, como sucede con la publicidad para niños en  Austria (Missbach et al., 2015). Según el estudio de Galbraith-Emami & Lobstein (2013), este tipo de códigos voluntarios de conducta puede no ser suficiente para reducir la exposición de los niños a la publicidad, es decir, no están funcionando.

En el Reino Unido, desde 2007 existe una prohibición de anunciar comida basura en los programas infantiles de televisión que cumplan un determinado criterios de audiencia. En 2017, entra en vigor una nueva normativa más restrictiva todavía; la prohibición de anuncios en webs y la publicidad en redes sociales dirigida a niños menores de 16 años (Boseley, 2016).

En Portugal, en octubre de 2019 se restringirá la publicidad de galletas, cereales, yogures y batidos de chocolate dirigida a menores de 16 años (EFE, 2019). Esta medida afecta a los anuncios en televisión, redes sociales y radio, para aquellos productos que tengan un perfil determinado de grasas, sal y azúcares añadidos, lo que sólo “salvaría” a aproximadamente el 10% de los cereales y el 28% de los yogures.

¿Pero y la publicidad dirigida a los adultos? En este caso podríamos hablar de programas educacionales que actúen como contrapeso de esa publicidad. Woo Baidal et al. (2018), por ejemplo, han mosrtado que las actitudes que tienen los padres ante el consumo de bebidas refrescantes azucaradas está asociado no sólo con un menor consumo de estos, sino también con una menor prababilidad de que sus hijos lo consuman durante los dos primeros años de vida. Es más, el consumo de azúcar de los padres antes de la concepción o de la madre durante el embarazo se está asociando recientemente a problemas metabólicos de los niños (Goran et al., 2018), algo que los autores extienden (aunque con menor base empírica) a edulcorantes alternativos al azúcar. De este modo, la educación de los padres en relación a este aspecto de la dieta resulta también importante por sus efectos sobre los hijos.

Los impuestos a este tipo de productos

Al margen de la publicidad, otra medida regulatoria importante es la de poner una tasa impositiva este tipo de productos. En México se implantó en 2013 un  impuesto a las bebidas refrescantes azucaradas de alrededor del 10% de su valor. Las ventas en 2014 bajaron un 6% en promedio, según Corona (2015).La investigación encontró que aunque la disminución en las ventas del producto se presentó en todos los niveles socioeconómicos fue más profunda en los de mayor pobreza, donde la caída fue de hasta un 9%. Además, la compra de bebidas sin el impuesto, como el agua embotellada, creció un 4%. Las autoridades mexicanas han reconocido que la población en pobreza (un 46,5% de los mexicanos) se ha inclinado en los últimos años a consumir refrescos como consecuencia de tener poco o nulo acceso al agua potable“. México es un país extremadamente golpeado por la obesidad. Según Falbe et al. (2016) el impuesto ha resultado en un 12% de reducción de su compra un año después. En Francia se redujo un 6.7% la demanda de refrescos en los 2 primeros años después de implementar un impuesto equivalente a un 6% de incremento en el precio.

Un nuevo estudio en México muestra un descenso de las bebidas a las que se les había implementado el impuesto de un 5.3% en 2014 y de un 7.6% en 2015 (Arantxa et al., 2017). Como se muestra claramente en el siguiente gráfico, los modelos estimados post-tasa presentan una menor estimación del consumo que el modelo contrafactual pre-tasa.

b229_1Esa reducción es, además, mayor para aquellos individuos que compraban más este tipo de productos, que son precisamente los que tienen un mayor riesgo de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares (Ng et al., 2018).

El Reino Unido también está actuando en una línea similar. Según Guimón (2016),  a partir de 2018 se aplicará un impuesto a las bebidas azucaradas y se destinará lo recaudado a financiar actividades deportivas en los colegios. La tasa impositiva afectará a las bebidas con más de cinco gramos de azúcar por cada 100 mililitros, quedando exentos los productos lácteos y a los zumos de frutas. Se estima que se pueden obtener 661 millones de euros (hasta 30 céntimos de euro por litro). Algunos médicos, no obstante, sugieren que todavía con niveles de azúcar de 5g/100 ml se daña el esmalte dental, por lo que sería aconsejable bajar el umbral a 2.5g/100 ml, que además está acorde con el nivel “verde” de las etiquetas semáforo para este tipo de bebidas (Jones, 2016).

Esta decisión ha supuesto la reacción enérgica de la industria de los refrescos en el Reino Unido (Butler, 2016), e incluso el Oxford Economics, un think tank muy importante a nivel internacional se ha posicionado con un informe que indica que la reducción de las ventas será poco significativa en comparación con la cantidad de puestos de trabajo que se perderán. Esta institución fue muy criticada en 2015 por emitir informes pro industria del tabaco, al estar financiada por Phillip Morris (Dorotheon, 2015).

Como indica Bonet (2013), los impuestos a este tipo de productos serían  efectivos. Y además deberían aplicarse en países donde ya hay una experiencia positiva sobre la reducción de consumo de alcohol y tabaco con medidas similares (Bond et al., 2010). La revisión realizada por Redondo et al. (2018), sobre 17 estudios publicados entre el 1 de enero de 2011 y el 31 de diciembre de 2017 muestra claras evidencias sobre la efectividad de estas medidas impositivas. No obstante, los autores recomiendan un impuesto que consiga encarecer el precio de venta entre 20 y el 25% para maximizar su efectividad.

El caso de Berkeley indica que estas acciones funcionan (Falbe et al., 2016). Los autores examinaron el consumo de estas bebidas antes y después de la imposición de la tasa, tanto en Berkeley como en dos ciudades relativamente cercanas donde no existe este impuesto: Oakland y San Francisco. El impuesto comenzó a ejecutarse el 1 de marzo de 2015, y los datos sobre el periodo previo se recogieron entre abril y julio de 2014. Los datos sobre el periodo posterior se recogieron entre abril y agosto de 2015. Una vez ajustado por las covariables del modelo, el consumo se redujo en Berkeley un 21% y se incrementó en las ciudades que se tomaron como control en un 4%. El consumo de agua creció en Berkeley un 63% comparado con las otras ciudades, donde lo hizo en un 19%. Un 22% de los participantes en Berkeley reportó explícitamente que habían cambiado su patrón de consumo de estas bebidas debido a la nueva tasa impositiva.

b211_2Ekpu & Brown (2015), revisaron 151 artículos sobre el impacto económico del tabaco y de los programas de reducción de la prevalencia de fumadores que la estrategia más efectiva a corto plazo es la del incremento del precio (los impuestos deben ser entre un 42.9 y un 91.1% del precio). Según el Banco Mundial, un 10% de aumento en el precio conlleva un descenso del 7% en el consumo de la gente joven y un 4% en el resto. La parte negativa de estas acciones es el incremento del negocio ilegal de tabaco, que se estima entre 10 y 17 billones de dólares en USA, y en un 40% del total de cigarrillos en el Reino Unido. Pese a este efecto no deseado, el incremento del precio del tabaco disminuye el consumo, preserva el empleo, aumenta la recaudación del estado.  Si la evidencia en el consumo de tabaco es tan clara, podría intentarse lo mismo con la comida basura.

Las regulaciones se incrementan en diversos países. En Francia, según indica Freytas-Tamura (2017), el gobierno ha prohibido el rellenado gratuito de refrescos azucarados en el sector de la restauración.

En España, y como explica Baquero (2017), el 1 de mayo de 2017 entró en vigor un impuesto a bebidas azucaradas en Cataluña, que afecta además de a los refrescos también a aguas con sabores, bebidas energéticas y zumos de fruta. Esas subidas varían en función de la concentración de azúcar.

“El tributo propio de la Generalitat define dos tramos. Las bebidas que tienen entre cinco y ocho gramos de azúcar por cada 100 mililitros tendrá que subir su precio 0,08 euros por litro. El segundo tramo, con un sobrecargo de 12 céntimos, se aplica a los productos con una concentración mayor a ocho gramos de endulzante por cada 100 ml”. 

El cambio en el etiquetado

El etiquetado que actualmente se usa en España es el CDO/GDA, que como detalla la Fundación Alimentum corresponde con las siglas “Cantidades Diarias Orientativas (el equivalente en inglés a Guideline Daily Amount) e indican la cantidad de energía (Calorías) y determinados nutrientes (grasas, grasas saturadas, sodio/sal y azúcares) que aporta una ración de un determinado alimento o bebida con respecto a las necesidades diarias. Tienen como valores de referencia las cantidades recomendadas por expertos y respaldadas por la EFSA (European Food Safety Authority) y otras autoridades nacionales e internacionales como Eurodiet, la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, el Comité sobre Aspectos Médicos en Política Alimentaria, y el Consejo de Salud de los Países Bajos”

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En realidad, la normativa viene regida por el Reglamento (UE) nº 1169/2011 sobre la información alimentaria facilitada al consumidor,  introduce como novedad un etiquetado obligatorio sobre información nutricional para la mayoría de los alimentos transformados. Los elementos a declarar de forma obligatoria son: el valor energético, las grasas, las grasas saturadas, los hidratos de carbono, los azúcares, las proteínas y la sal; todos estos elementos deberán presentarse en el mismo campo visual. Además, podrá repetirse en el campo visual principal la información relativa al valor energético sólo o junto con las cantidades de grasas, grasas saturadas, azúcares y sal. La declaración habrá de realizarse obligatoriamente  “por 100 g o por 100 ml” lo que permite la comparación entre productos, permitiendo además la decoración “por porción” de forma adicional y con carácter voluntario”.

En el caso del azúcar, no se distinguen los azúcares libres de los naturalmente presentes, por lo que resulta farragoso interpretar ese etiquetado en alimentos como los lácteos, por ejemplo. Además, hay que ir con una calculadora en la mano todo el día para poder aproximarse a computar la cantidad de azúcares ingerida.

Este sistema de etiquetado, por tanto, es complejo de entender porque además, de manera voluntaria las marcas pueden poner la composición nutricional por ración, que a veces es de 30 gramos pero otras ves no, lo que a su vez añade un poco más de ruido a la determinación de lo realmente ingerido.

Ante esta situación, se han propuesto alternativas. La más conocida es la del sistema de “etiquetas semáforo”. En este sistema, se emplean los colores verde, naranja y rojo, para catalogar el contenido en grasas saturadas, sal o azúcar de los productos; es decir, en una primera vista poder valorar si ese producto tiene un perfil más saludable o menos. Este sistema es el que se utiliza actualmente, aunque de manera voluntaria, en el Reino Unido. He aquí un ejemplo.

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Sin embargo, el lobby de la industria ha tratado de torpedear que este sistema sea norma en la Unión Europea. En marzo de 2010, los parlamentarios europeos dijeron no al etiquetado de alimentos con el semáforo indicativo  En este recomendable documental emitido en RTVE, se puede explicar perfectamente este asunto.

Es cierto que este tipo de etiquetado puede inducir a no consumir productos que tienen un valor nutricional inestimable, como el aceite de oliva (las grasas estarían en rojo), y a eso se agarran las empresas que están haciendo lobby. Pero una mayor cultura nutricional y una mejora de la comunicación haría que se pudiera emplear este sistema sin que algunos productos estuvieran estigmatizados, aún reconociendo que no es perfecto. Eroski, en España, lo lleva empleando de manera voluntaria entre sus socios desde 2009, con la salvedad de que el color naranja se convierte en amarillo y el rojo en naranja. De este modo, se pretende evitar la connotación tan negativa que el rojo pudiera provocar sobre ciertos alimentos.

La Fundación Alimentum, que recordemos es una asociación de la industria, está en contra de ese semáforo, y defiende el sistema CDO/GDA. Según ellos, el etiquetado CDO/GDA “está en línea con las tesis de que no existen alimentos buenos o malos, sino dietas equilibradas o desequilibradas,  y una correcta educación nutricional no puede estar basada en la existencia de alimentos buenos o malos, prohibidos o permitidos”.

Otra vez la industria se agarra a la teoría del balance energético, como ya comentábamos en el post sobre azúcar y salud, que aunque es preceptivo considerarla, no debe tomarse como la única verdad sobre la relación entre la ingesta de azúcares y sus efectos sobre la salud.  De hecho, Coca-Cola impulsó el proyecto Global Balance Energy Network (Ventas, 2016), que tuvo que ser suspendido por la poca credibilidad del mismo; estaban financiando investigaciones e investigadores (con donaciones a Universidades incluidas) para tratar de demostrar que lo que importa es el balance, da igual los alimentos que ingieras. En otras palabras, la culpa de la obesidad no la tienen los aliementos que ingerimos, sino la poca responsabilidad de los consumidores que no  hacen el ejercicio suficiente para quemar todas las calorías que toman. Curioso razonamiento.

La presión de las empresas sigue siendo muy fuerte sobre le Eurocámara. Como bien indican Guzmán & García (2016), en 2016 ha salido adelante una propuesta “promovida por el Grupo Popular, Grupo Liberal y Grupo Socialista de eliminar la pieza clave del Reglamento Europeo sobre declaraciones nutricionales y saludables (Reglamento CE 1924/2006), los llamados perfiles nutricionales, con la excusa estrambótica de eliminar burocracia para “hacer más simple y legislación de la UE para reducir los costes de regula”. Es decir, y en caso de que la Comisión Europea lo ratifique, se estará eliminando una medida que pretendía regular el marketing de esos productos, no pudiendo catalogar los como, por ejemplo, “divertidamente saludables” o “ayuda a tus defensas” cuando el contenido de grasas o azúcares sobrepase un determinado nivel.

Hay que recordar, sin embargo, que estudios como los de Wills et al. (2009), Bialkova & van Tijp (2010) o Cowburn & Stockley (2005) muestran como el consumidor mira pocas veces el etiquetado cuando compra, y si lo hace, lo mira de pasada y no procesa la información para hacer una evaluación meditada. Por tanto, establecer un etiquetado lo más sencillo posible e intuitivo confiere ventajas.

En cualquier caso, existen evidencias de que la manipulación de la información en el etiquetado influye en la percepción del consumidor, tal y como muestra Bialkova & van Tijp (2010): La atención es capturada de forma más rápida y segura cuando la información nutricional es presentada, cuando tiene un tamaño el doble de lo normal, y cuando se colorea en monocromo (en lugar de en color). En cuanto al color, los estudios de neurociencia citados por esos dos autores indican que al cerebro le cuesta más procesar la información en muchos colores ya que se necesitan más regiones del cerebro activadas. No obstante, los estudios de Drichoutis, Lazaridis & Nayga (2006) y Campos, Doxey & Hammond (2011) muestran que los consumidores prefieren que la información sea gráfica y coloreada, más que numéricamente orientada, lo que mejora la atención.

En Estados Unidos, por ejemplo, muchos distribuidores y fabricantes se han acogido al programa “Face Up Fronts”, un sistema de etiquetado normalizado que pretende informar de manera sencilla sobre las calorías y los nutrientes de los productos. En este sistema, no se usan colores, sino únicamente blancos, negros y grises

lobby23

Pero no hay un estándar en la industria, por lo que existe heterogeneidad en propuestas de empresas y distribuidores, que hacen que existan muchas formas de presentar la información nutricional: He aquí algunos ejemplos:

-Empleado por Kellogg’s:lobby25

-La Asociación Americana del Corazón pone este símbolo en comidas que contienen menos de 0.5 gramos de grasas trans, y cumplen los criterios de la FDA sobre grasas saturadas y colesterol:

lobby24

-Sistema desarrollado por el distribuidor Hannaford Brothers, donde se les da a los alimentos una, dos o tres estrellas en función de sus vitaminas, minerales y fibra (ganan estrellas) y grasas saturadas, grasas trans, azúcares añadidos y sal (pierden estrellas):

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-Sistema voluntario en Holanda donde los productos que tienen este símbolo tienen una cantidad limitada de grasas, sodio y azúcares:

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Los sistemas de etiquetado donde se detalla la información nutricional son considerados reductivos, mientras aquellos donde hay algún símbolo que ayude a valorar el producto como saludable, pero que no entre en detalles sobre su composición son considerados evaluativos. La investigación de Newman, Howlett & Burton (2014) muestra a este respecto que cuando un único producto es evaluado aisladamente ambos sistemas tienen un efecto positivo sobre la evaluación de los productos, pero cuando un consumidor tiene que elegir entre diversas marcas de un mismo producto, los sistemas evaluativos funcionan mejor sobre la preferencia.

Conclusión

Es muy complejo resumir en pocas palabras todo lo que acabamos de ver. La industria y el mercado del azúcar tiene muchas imbricaciones e intereses, pero lo cierto es que la evidencia que hemos mostrado nos hace ser muy desconfiados.

La visión de los productores de azúcar se puede resumir en las declaraciones que hacía Juan Luis Rivero, presidente de AGFAE, la asociación de azucareras españolas (Besana, 2013): No hay alimentos buenos o malos, no hay que poner impuestos a los productos azucarados, hay que educar al consumidor en vez de estigmatizar alimentos con etiquetados que alerten. Además, tanto los productores de azúcar como los de alimentación están en contra de la regulación gubernamental de la publicidad, prefieren autorregularse, claro, con códigos voluntarios.

Para asegurarse que sus intereses están bien protegidos financian sociedades médicas e investigadores, incluso las asociaciones de diabéticos (Coca-Cola en España y Danone en Estados  Unidos). Asimismo, realizan campañas de contramarketing para mejorar su imagen entre los consumidores e incluso colaborar con los Gobiernos para institucionalizar sus mensajes de cuidado de la salud y ganar en credibilidad. Mientras tanto, siguen haciendo una publicidad que bordea la ilegalidad.

Torpedean las iniciativas estatales y europeas para conseguir un etiquetado más entendible y se oponen a cualquier tipo de regulación. Eso sí, las productoras de azúcar sí que quieren que los Estados continúen con prácticas proteccionistas; para eso sí que el Estado debe intervenir.

Pero para lo demás no, porque al consumidor hay que darle libertad (esa palabra otra vez). Y en cierta forma tienen razón, esa es la situación deseable en un contexto de información perfecta e igualdad de oportunidades de acceso a los alimentos. Como no es así (en absoluto nos acercamos a esa situación ideal), urge una mayor necesidad de intervención para disminuir el efecto negativo que el consumo alto de azúcares libres está produciendo en la salud mundial.

No podemos permitir que la industria sea la que regule o corregule las recomendaciones sobre salud. Esta situación es insostenible. ¿Nos vamos a fiar de los mismos que nos decían hace no tantos años de que había que tomar azúcar para adelgazar o de que no había niños con sobrepeso, tal y como hemos mostrado en los anuncios publicitarios?

Ante esta situación, las personas que nos dedicamos a la investigación científica y divulgación no tenemos otra opción que derivar hacia el solipsismo, una triste realidad que nos acerca al nihilismo científico, una crisis total en la credibilidad del sistema. Y los consumidores intentan empoderarse, acceder a información veraz, pero las dificultades son tantas y el ruido y la maraña de contradicciones tales que no pueden luchar contra esta ignominia. La salud de todos supeditada a los intereses económicos de unos pocos. Una vez más.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2019, agosto 23). El lobby del azúcar. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b205

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(#204). BEBIDAS CARBONATADAS Y ATAQUES DE ASMA

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] La prevalencia del asma ha aumentado de manera consistente desde hace 25 años en Estados Unidos. Existen varios factores asociados con la exacerbación de los síntomas del asma en adultos: tabaco, polución, obesidad, y dieta.

Los autores referencian varios estudios recientes que ligan el consumo de soda y bebidas azucaradas con el asma en niños. El mecanismo de actuación puede ser a través de la inflamación promovida por la alta cantidad de azúcar contenida en esas bebidas y por la presencia de benzoato de sodio, que es un conservante.

El objetivo de esta invetigación es analizar la asociación entre las hospitalizaciones por ataques de asma y el consumo de bebidas refrescantes carbonatadas (sodas).

Metodología

Los autores examinaron los datos de la California Health Interview Survey 2011-2012; telefónicamente se encuestó a 42935 personas en California, y donde se preguntaba específicamente por episodios de hospitalización por asma. Del conjunto de la muestra, 3784 personas eran asmáticas.

Al margen de obtener datos sobre la hospitalización, a los participantes se les preguntó por el consumo de soda en la última semana (como proxy a su nivel de consumo habitual), y se obtuvo información sobre otras variables de control: edad, peso, sexo, educación, tabaquismo, percepción sobre salud y raza/etnia.

Resultados e implicaciones

Una vez ajustado por el resto de covariables, se encontró una asociación entre beber más 3 o más sodas a la semana y la hospitalización por ataques de asma: OR=2.77, 95% CI (1.51 ; 5.10). Ninguna de las variables demográficas fue significativa.

Por tanto, para personas asmáticas, este tipo de productos de alimentación también incrementa la probabilidad de tener efectos negativos para su salud. Los autores recomiendan sustituir la ingesta de estos productos por frutas y vegetales, que a su vez reducen los síntomas de esta patología

Limitaciones/Comentarios

El estudio está sujeto a varias fuentes de sesgo. La primera es que se confía en el recuerdo de los participantes sobre sus hábitos de concumso de este prodcuto. La segunda es que tampoco se controla por el tamaño de las raciones consumidas, sólo sobre el número de veces que se ingieren a la semana. Finalmente, no se aporta información acerca del estilo de vida de esas personas, el nivel de aúcar cosumidor,  ni del estatus socioeconómico.

Bajo mi punto de vista, estas limitaciones hacen que debamos ser cautos a la hora de interpretar estos resultados.

Cisneros, R. et al. (2016).  Soda consumption and hospital admissions among Californian adults with asthma. Journal of Asthma, ,  doi: 10.1080/02770903.2016.1218014

Indicadores de calidad de la revista*

 

Impact Factor (2015)

Cuartil

Categoría

Thomson-Reuters (JCR)

1.854

Q3

RESPIRATORY SYSTEM

Scimago (SJR)

0.76

Q2

PULMONARY AND RESPIRATORY MEDICINE

* Es simplemente un indicador aproximado para valorar la calidad de la publicación

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(#200). FINANCIACIÓN DE LA INDUSTRIA EN INVESTIGACIÓN SOBRE NUTRICIÓN; SIGUE EL DEBATE SOBRE SU EFECTO

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] Este artículo es una carta al editor que los autores envían tras la publicación del estudio de Chartres et al. (2016) sobre la financiación de los estudios en el ámbito de la nutrición y su asociación con los resultados obtenidos.

El estudio de Chartres et al. (2016)

En un estudio  muy reciente publicado en el JAMA Internal Medicine, Chartres et al. (2016),  realizan una gran revisión de estudios financiados por la industria de la nutrición y otros donde no existe esa financiación privada. De los 775 estudios revisados, sólo 12 pasaron el filtro de los autores y se tuvieron en cuenta. De esos 12, dos de ellos estudiaron la asociación entre el patrocinio de estudios de la industria de la alimentación y los resultados estadísticos de la investigación, pero ninguno encontró asociación. Otro de los estudios examinó los tamaños de efecto de los estudios y llegó a la conclusión de que los financiados por la industria reportaban significativamente resultados menos dañinos.

Finalmente, los autores revisaron 8 estudios en los que se consideraban a su vez 340 investigaciones sobre la asociación entre la financiación por parte de la industria de bebidas refrescantes con la ingesta calórica y el peso.  Los estudios patrocinados producían conclusiones más favorables para la industria RR=1.31 95% CI (0.99 ; 1.72), en el límite de la significación estadística al 95%.

Por tanto, existe una evidencia que no es fuerte, pero que sí deja atisbar que los estudios financiados por la industria de la alimentación producen resultados “sospechosos”.

La respuesta de Shuetz, P. et al. (2017)

La carta de Shuetz et al. (2017) muestra el nuevo análisis realizado sobre su investigación de pacientes desnutridos (Bally et al., 2016), donde sobre una revisión de 22 ensayos aleatorizados, encuentran que los suplementos nutricionales mejoran la ingesta calórica y protéica, y aumentan el peso de esos pacientes, aunque los efectos sobre resultados clínicos (mortalidad, infecciones hospitalrias y resultados funcionales) son marginales.

Lo que hacen Shuetz et al. (2017) es  dividir esos estudios en dos grupos, atendiendo a si estaban financiados por la industria o no, y los resultados no fueron significativos en relación a la ingesta calórica, las infecciones hospitalarias, el peso corporal y en eventos adversos (excluida la muerte). Es más, los estudios financiados por la industria tenían peor resultado en indicadores como el resultado funcional o los días de hospitalización.

Conclusiones/Comentarios

Continúa el debate sobre el sesgo que pueden producir en las investigaciones científicas la financiación de la industria de la alimentación. Por lo que acabamos de relatar, hay motivos para estar alerta, pero también es preceptivo indicar que existen muchos casos en los que se producen resultados similares a los estudios no financiados por las empresas.

Por tanto, todo se complica mucho más, porque no es una cuestión de etiquetar siempre a un estudio patrocinado como sesgado, sino que hay que valorar muy bien el conjunto de estudios y ser prudentes con las conclusiones a nivel general de los estudios financiados por las corporaciones.

Shuetz, P. et al. (2017).  Industry sponsorship and outcomes of nutrition studies: Is there an association when looking at the trial level?. Clinical Nutrition, doi: 10.1016/j.clnu.2016.12.017

Indicadores de calidad de la revista*

 

Impact Factor (2015)

Cuartil

Categoría

Thomson-Reuters (JCR)

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NUTRITION & DIETETICS

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1.70

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NUTRITION & DIETETICS

* Es simplemente un indicador aproximado para valorar la calidad de la publicación

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(#198). PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE AZÚCAR Y SALUD

[MONOTEMA] (Actualizado: 23/12/2018) El azúcar está presente en gran parte de los alimentos que ingerimos, especialmente entre los refrescos, golosinas, postres, lácteos y productos para el desayuno. Se habla mucho de los posibles efectos perjudiciales para la salud, postura ante la cual existe casi un debate bipolar entre la industria (que minimiza sus efectos y argumenta que lo importante es el balance energético) y ciertos sectores de la sociedad que consideran al azúcar casi como una droga, algo adictivo que es el principal culpable de la epidemia de obesidad y diabetes que estamos sufriendo en las últimas décadas. Ante esta divergencia, este post pretende responder de la manera más objetiva posible a varias cuestiones relativas a la relación entre el azúcar y la salud.

Este artículo se completa con este otro acerca de cómo funciona la industria del azúcar, los lobbies, las regulaciones y el marketing. Pero antes de ello, creo preceptivo aclarar en la medida de lo posible algunas dudas sobre esta sustancia dulce. En este programa de Doble Cara comentamos todos los datos sobre azúcar, salud y lobbies.

Programas de Doble Cara

 

1. ¿Qué es el azúcar?

El azúcar común (azúcar de mesa) es un disacárido llamado sacarosa que se compone de dos monosacáridos: glucosa y fructosa. Tanto la glucosa como la fructosa son considerados también azúcares. La lactosa es un disacárido formado por glucosa y galactosa, y también se le conoce como “azúcar de la leche”.  Por tanto, la glucosa, la fructosa y la galactosa son azúcares simples que se pueden combinar para formar azúcar de mesa (glucosa + fructosa) y en lactosa (glucosa + galactosa).  Y tantos esos monosacáridos como los disacáridos son considerados azúcares.

El azúcar común es una fuente de energía importante, ya que contiene glucosa que se emplea para formar glucógeno, del que se sirven, por ejemplo, los músculos. En este sentido, también lo sería la lactosa. La diferencia entre ambos disacáridos es la molecúla de fructosa, que está presente en el azúcar común pero no en la leche. Y esta distinción es fundamental, porque la fructosa se metaboliza de manera diferente a la glucosa, con una mayor carga en el hígado y un empleo diferente al de “energía inmediata”, que es el principal uso de la glucosa.

Por tanto, parece que la fructosa es el principal “peligro” de todo el universo de azúcares simples (obviamente sin menospreciar a la glucosa), con unos efectos sobre diferentes patologías que están siendo identificados en las investigaciones más recientes (ej. DeChristopher et al., 2016; Delbridge, 2016).

La fruta es una fuente de fructosa, pero el consumo de frutas tiene efectos paradójicos sobre la obesidad (Sharma et al., 2016), es decir, no existe una asociación positiva entre el incremento de ingesta de fructosa proveniente de la fruta y el desarrollo de obesidad en la mayoría de la investigación existente, sino negativa, porque las frutas tienen otras propiedades muy beneficiosas para el organismo que hacen recomendable su consumo independientemente de su alto contenido en fructosa. Bien es cierto, que como indican Sharma et al. (2016), hay algunos estudios que han encontrado una asociación positiva, pero es probable que sea debido a, por ejemplo, el alto consumo de fruta en zumos (incluso los no edulcorados), que hace que se pierdan algunas propiedades esenciales de la fruta, mientras que se mantiene o se incrementa el consumo de fructosa, y además son menos saciantes.

2. ¿Cuál es el problema con el azúcar?

Como acabamos de comentar, parece que la parte fundamental de los efectos perversos del azúcar sobre la salud están en los compuestos que llevan fructosa (Hofman & Havel, 2015; Stanhope & Havel, 2010), cuando son añadidos a los productos como edulcorantes, es decir, para endulzarlos. Ahí están el azúcar común (fructosa + glucosa) y el jarabe de maíz alto en fructosa (fructosa + glucosa, en un porcentaje ligeramente mayor de la primera).

Según la OMS, la prevalencia de obesidad se ha doblado en todo el mundo desde 1980 (Sharma et al., 2016). En la actualidad, más de 1900 millones  de personas, entre las que se encuentran más de 42 millones de niños menores de 5 años tienen sobrepeso. Más de un 15% de los adolescentes de Italia, Grecia, España y Portugal son obesos o tienen sobrepeso, y se se estima que un 5.5% de todos los cánceres son atribuibles al sobrepeso y a la obesidad; los tipos de cáncer asociados con mayor fuerza son: esófago, mama, recto, colon, riñón, páncreas y endometrio (Anderson et al., 2015). En España, el 29.8% de las niñas entre 4 y 7 años tienen sobrepeso (Pawellek, et al., 2017).

En el Reino Unido, el porcentaje de personas con sobrepeso u obesas entre 40 y 60 años ha crecido desde el 66.7 al 76.8 en hombres y desde el 54.8 al 63.4 en mujeres en el periodo 1991-2013 (The Lancet, 2017), La OMS define que una persona tiene sobrepeso si tiene un índice de masas corporal  (BMI) entre 25 y 29.99 kg/m2;  es obeso si tiene 30 o más de BMI.

Además, el número de personas con diabetes ha aumentado de 108 millones en 1980 a 422 millones en 2014, y la prevalencia mundial de la diabetes en adultos (mayores de 18 años) ha subido del 4.7% en 1980 al 8.5% en 2014.  Se prevé que la diabetes se convierta en el año 2030 en la séptima causa mundial de muerte, y se calcula que las muertes por diabetes se incrementarán en más de un 50% en los próximos 10 años.  La diabetes de tipo 2 (utilización ineficaz de la insulina) es mucho más frecuente que la de tipo 1 (el organismo no produce insulina); Representa aproximadamente un 90% de los casos mundiales de diabetes, aumentando sustancialmente en niños (OMS, 2016).

Como puede apreciarse en estas series históricas en Estados Unidos, el crecimiento de la obesidad tanto en adultos como en niños es dramático. El hecho de que el porcentaje de personas con sobrepeso se haya mantenido de manera sostenida en las últimas décadas no es una buena noticia, porque tanto la obesidad como la obesidad extrema han aumentado.

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Tanto la obesidad como la diabetes tipo 2 tienen en la dieta una causa primordial, y específicamente en el consumo excesivo de este tipo de azúcares simples. Ante esta situación, parece evidente que estamos ante un problema grave de salud pública cuyo uno de los focos está en esos azúcares añadidos en los alimentos.

En los últimos años se está poniendo especial interés en la relación entre la capacidad potenciadora que el azúcar puede tener en el desarrollo del cáncer. Así, Pengcheng et al. (2018), muestran que células cancerosas metastásicas pueden cambiar su metabolismo para propagarse en otros órganos; al llegar al hígado los altos niveles de fructosa que se pueden encontrar allí funcionan como combustible para esas células. Evitar la fructosa de alimentos no procesados podría ayudar a detener el crecimiento de ese cáncer.

3. ¿Qué es el azúcar añadido y por qué cuesta calcularlo?

La OMS (2015) se refiere a los azúcares peligrosos como “free sugar” (azúcar libre), que comprende los monosacáridos (glucosa y fructosa) y disacáridos (azúcar de mesa) añadida a comidas y bebidas por el fabricante, cocinero o consumidor, y también a los azúcares naturalmente presentes en la miel, siropes, zumos de frutas y néctares.

Es decir, se incluyen los zumos de frutas exprimidos y la miel, además de cualquier tipo de añadido que se haga a un producto. Bernstein et al. (2016), especifica que la diferencia con respecto al término “azúcar añadido” es que este último sólo se refiere a los azúcares libres añadidos a los productos, es decir, no contemplaría los zumos naturales o la miel, pero esa definición a nivel regulatorio varía entre diferentes países y estamentos.

De este modo, por “azúcares naturales” se entenderían los que están de manera natural en la fruta (sin exprimir), verdura, grano y leche, y los “azúcares totales” a la suma de todos los azúcares (naturales + libres).

Son los azúcares libres los que, según Bernstein et al. (2016) se han ligado con el riesgo incremental de obesidad, enfermedad cardiovascular, diabetes y caries. Sin embargo, existe un problema en muchos países con el etiquetado de los productos que produce una confusión enorme al consumidor; no se separan los azúcares libres de los que se encuentran naturalmente en la leche (lactosa). Un ejemplo, de los muchos que podemos ver en los supermercados es el que se muestra a continuación:

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Ese tipo de batidos principalmente dirigidos a niños consideran a todos los hidratos de carbono presentes de la misma manera “azúcares”, y no distinguen entre los que están presentes en la leche y el azúcar añadido.

Si hacemos un ejercicio de inferencia tomando como base el aporte nutricional de 100 ml de Leche Pascual entera, cuyo contenido en proteínas es de 3 g, vemos que aproximadamente 100 ml de batido de chocolate Pascual tienen un 73% de leche, es decir, 3.5 g de lactosa. De este modo, el contenido en azúcares libres en 100 ml de batido de chocolate sería de 6.5 g. Como el batido es de 200 ml, un niño se tomaría 13 g de azúcares libres, que en este caso coincidirían conceptualmente con el término de azúcares añadidos.

La OMS recomienda un consumo de azúcar libre como máximo del 10% del total calórico, pero enfatizando que un 5% conllevaría beneficios añadidos a la salud. Para una dieta de 2000 kcal, esto se corresponde a un consumo de azúcar libre de 25 a 50 gramos por persona y día, ya que el azúcar tiene un poder calórico aproximado de 4 kcal por gramo. De este modo, 25 gramos de azúcar libre serían 100 kcal; un 5% de las 2000 de referencia.

Pero todavía no hemos de dejar la calculadora; antes tenemos que hacer un último cálculo. Si un niño se toma 2 de esos batidos al día, ya estaría sobrepasando ese umbral de 25 g. Si a esto añadimos la ingesta de azúcares libres provenientes de otras fuentes (cereales para el desayuno, galletas, chocolates, bollería, zumos, yogures, etc.) pues nos damos cuenta que se sobrepasarían ampliamente las recomendaciones.

Sin embargo, la conclusión rápida que sacamos al leer este punto del artículo es que al consumidor le es materialmente imposible conocer el azúcar libre que consume con el sistema actual de etiquetado, a no ser que sea un experto nutricionista y lleve la calculadora siempre en la mano. Existen propuestas interesantes para concienciar sobre el contenido de azúcares de los productos, como www.sinazucar.org, donde se pueden ver de manera muy gráfica el grado de azúcar de diversos productos, pero aun así, no se distinguen entre los azúcares naturalmente presentes y los añadidos, precisamente por la dificultad de realizar esos cálculos con las información del etiquetado.

 4. ¿Cuáles son las recomendaciones de consumo diario?

Como acabamos de explicar, la OMS en 2015 informó que recomendaba un máximo de un 10% de la ingesta calórica diaria debida a azúcares libres, pero con un foco en ese 5% que produciría mejoras añadidas a la salud.

Sin embargo, este no es un estándar tenido en cuenta por otras instituciones. Por ejemplo, y como Yang et al. (2014) indican, la Academia Nacional de Medicina en Estados Unidos recomienda un tope del 25%, la American Heart Association mantiene unas recomendaciones similares. La Dietary Guidelines for Americans, que edita el Gobierno estadounidense, en su versión de 2010, recomendaba un límite del 15%, mientras que en la última versión de ese informe (2015-2020) lo hace en un 10%, es decir, en consonancia con la OMS.

Es evidente que existe una gran discrepancia entre esas diferentes instituciones que, como veremos posterior post, podría ser en parte explicada por los conflictos de intereses de los panelistas que realizan las recomendaciones. Por ejemplo, la American Heart Association se ha visto salpicada en cuanto a su posición respecto a los niveles de colesterol (Silverman, 2013).

5. ¿Ingerimos más azúcares añadidos que antes?

Aunque parezca contraintuitivo, la respuesta es no, al menos no en términos medios en los últimos 20 años en Estados Unidos. Yang et al. (2014), muestran que el porcentaje de azúcares añadidos en el periodo 2005-2010 está en un nivel similar al del periodo 1988-1994, sobre el 15% del total de calorías diarias. Bien es cierto que la mayoría de adultos consume más de ese 10% objetivo de la OMS; un 71.4%, y aproximadamente un 10% del total de consumidores lo hace en un 25%, es decir, muy por encima de las recomendaciones. Los resultados del estudio epiemiológico de Yang et al. (2014) son claros; los individuos que consumen por encima de ese 10% umbral tienen mayor riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular.

Sin embargo, el consumo de azúcares añadidos sí que ha crecido hasta mitad de los 90 entre los estadounidentes mayores de 2 años, desde una media de 235 kcal por día en 1977-1978 ahasta 318 en 1994-1996. Este cambio, según Yang et al. (2014) se atribuye al consumo creciente de bebidas azucaradas.

En las siguientes figuras se puede comprobar de manera visual como, efectivamente, se ha incrementado la ingesta calórica desde 1980 hasta la actualidad, pasando por una periodo máximo a partir de 1995, pero que ahora se ha reducido hasta esos niveles de hace 2 décadas. El consumo de azúcares añadidos, está hoy día incluso en niveles similares a los de finales de la década de los 80, con una reducción palpable desde 1998.

Por tanto, y admitiendo que los valores medios a menudo dan un dibujo de la realidad distorsionado, podemos afirmar que existe una tendencia a la baja del consumo de azúcares añadidos desde finales de los años 90, y también, aunque menos acentuado, de calorías totales. A nivel mundial, y con las limitaciones inherentes a la carencia de datos, Wittekind & Walton (2014) indican una tendencia similar.

Sin embargo, estudio puntuales en diversos países indican que tanto el consumo total de azúcar como del de azúcar añadido está en niveles bastante por encima de lo recomendado por la OMS. Así, Fisberg et al. (2018), evaluaron este consumo en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Peru y Venezuela, obteniendo valores medios de consumo total de 99.4 g/día (20.1% de las calorías totales), y de consumo de azúcar añadidos del 13.2% de las calorías totales.

Con los cereales para el desayuno la tendencia parece ser también de limitar los azúcares añadidos del producto. La mayoría de cereales más azucarados en la actualidad no suelen sobrepasar el rango del 30-40% (Hyde, 2015), cuando en los años 70 podríamos encontrar en Estados Unidos bastantes marcas en esas cifras e incluso superiores. Como relata Moss (2014), en 1975 el dentista Ira Shannon, alarmado por la creciente tasa de caries compró en un supermercado local 78 marcas de cereales para su laboratorio y midió el contenido en azúcar.  Un tercio de ellas tenía entre un 10 y un 25%, otro tercio entre un 25 y un 50%, y 11 de ellas estaban por encima del 50%, llegando uno de ellos, los Super Organge Crisps al 70.8%. Es cierto que siguen a la venta cereales muy azucarados (entre el 41 y el 55% de azúcar, según Foodpolitics, 2011),  pero podemos decir que globalmente no es diferente a la situación que tenía Estados Unidos hace 3 o 4 décadas.  Sin embargo, tanto la obesidad como la diabetes siguen creciendo. ¿Por qué?

6. ¿Por qué la obesidad y diabetes siguen creciendo de manera alarmante?

Probablemente porque el azúcar es sólo una parte del problema. Guyenet (2015), lo ilustra perfectamente en este gráfico, que ha empleado las mismas fuentes oficiales sobre el consumo de azúcar que los mostrados en el epígrafe anterior.

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Hay que buscar otras causas, y entre ellas está el factor socioeconómico. Como bien explica Levine (2011), existe una clara asociación entre la pobreza y la obesidad. Después de revisar 3139 condados de Estados Unidos, Levine (2011) concluye que los condados con índices de pobreza mayor del 35% tienen unos ratios de obesidad 145% mayores que los condados más ricos. En 2010, el 15.1% de los estadounidenses vivía en la pobreza. En 2015, se estima que el 13.5%, pero sigue siendo un 1% mayor que los niveles de 2007.

Y la raza también es importante. La población negra presenta índices de obesidad significativamente mayor que la blanca (TheStateofObesity, 2016), tanto en adultos como en niños, siendo precisamente los trabajadores negros los que tienen una mayor disparidad de crecimiento acumulativo de sus salarios con respecto a la productividad empresarial.

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De nuevo Levine (2011) advierte que las personas que viven en regiones pobres tienen un limitado acceso a productos frescos, y que el 43% de los hogares con ingresos por debajo del la línea de pobreza no son capaces de alimentarse adecuadamente. Además, el sedentarismo, que es un elemento muy importante que determina la obesidad, está tambén asociado a la pobreza. En los barrios pobres hay menos acceso a parques, más miedo a salir a la calle por la inseguridad, y las personas pobres tienen menos probabilidad de pagar un gimansio o de comprar ropa de deporte. Por tanto,  esa mezcla de factores da un dibujo más completo de la epidemia de obesidad y diabetes que el mero análisis de valores medios de consumo de azúcar. La siguiente figura tomada del estudio de Levine (2011) es bastante aclaratoria.
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Estados Unidos es un  país cada vez más desigual, con un índice de Gini creciente desde los años 70, uno de los mayores del mundo (Coplan, 2015). Por tanto, la desigualdad social es uno de los factores que se relaciona con la epidemia de obesidad y diabetes en ese país.

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Como indica Dharmasena et al. (2016), la pobreza y el desempleo son las principales causas de la inseguridad en la alimentación (que define varios estados de privación nutricional), y que paradójicamente puede estar asociada a la obesidad. Rehman (2016), por su parte, enfatiza que la pobreza es una causa primordial en la obesidad. Aunque algunos autores como Bilger et al. (2016), indican que en Estados Unidos, desde la década de los 70 la desigualdad en estatus socioeconómico con relación a la obesidad ha evolucionado hasta casi desaparecer en la actualidad, es decir, hay más equidad en la prevalencia de la obesidad en diferentes estratos socioeconómicos, no lo es cuando se habla de obesidad severa. Ahí sigue habiendo una relación entre la desigualdad económica y la obesidad; los más pobres son los más obesos. Hojjat & Ahmet (2018), por su parte, empleando datos entre 1998 y 2012 en Estados Unidos, encuentran que existe una relación entre la obesidad, la pobreza y la desigualdad en los ingresos, por lo que de nuevo se pone el foco en la combinación de esas tres variables: obesidad, pobreza y desigualdad.

Como muestra el Royal College of Nursing (2012), en Inglaterra las personas que viven en las áreas más pobres tienen  una esperanza de vida 7 años inferior a las que habitan en las zonas más ricas, siendo esa diferencia de 17 años cuando hablamos de vivir sin discapacidad.  En Escocia, los hombres que viven en las zonas más deprimidas viven en promedio 11 años menos que los de zonas más ricas, mientras que en Irlanda del Norte la diferencia es de 8 años. En Japón, tal y como muestran Mizuta el al. (2016), las adolescentes que tienen un estatus socioeconómico más bajo tienen un mayor sobrepeso. A una conclusión similar llegan Piontak & Schulman (2016) referida a los niños en Estados Unidos.

Los problemas con el alojamiento también se asocian con indicadores de salud (Marí-Dell’Olmo et al., 2016). El conjunto de estudios que esos autores comentan, encuadrados en el proyecto SOPHIE, contribuyen a mostrar más evidencias de la relación que existe entre los problemas de alojamiento y la salud física y mental de la población. Personas que viven en hogares con pobreza energética, con problemas para pagar la renta, con litigios con los bancos por las hipotecas, o con viviendas con bajo nivel de salubridad o físicamente afectadas tienen una salud sensiblemente más deteriorada que la población general. El estrés producido por estas situaciones con la salud mental y física de las personas que habitan esa vivienda (presión arterial, depresión, ansiedad, suicidio, consumo de drogas y alcohol, tabaquismo, menor consumo de frutas y estilo de vida sedentario).

Recordemos que el crecimiento económico vivido en estas últimas 4 décadas ha reducido la prevalencia del infrapeso, lo que es bueno, pero ha conseguido una sociedad en la que el porcentaje de personas en riesgo (infrapeso+obesidad) es mayor. De 1975 a 2014, la prevalencia global de infrapeso (BMI < 18.5 kg/m2) decreció de 13.8% a 8.8% en hombres y de 14.6% a 9.7% en mujeres. Sin embargo, la prevalencia en obesidad (BMI  ≥30 kg/m²) se incrementó de un 3.2% hasta un 10.8% en hombres, y de un 6.4% hasta 14.9% en mujeres. En 2004 la prevalencia de obesidad superó a la de infrapeso en mujeres, y en 2011 lo hizo en hombres (NCD Risk Factor Collaboration, 2016).

Parece claro que las variables del entorno afectan al desarrollo de esta enfermedad, tanto el entorno sociodemográfico como a los factores que la propia persona no puede controlar (como la regulación y las estrategias de las empresas de alimentación), que a veces superan la capacidad de los individuos de actuar para buscar su propio interés (Roberto et al., 2015).  Malos hábitos debido a un entorno inadecuado son heredables, por lo que pueden marcar a la siguiente generación (Smith & Ryckman, 2015).

La creciente exposición a contaminantes orgánicos persistentes que provocan disrupción endocrina se ha asociado empíricamente la sensibilidad a la insulina   (Suárez-López et al., 2015), y se reconoce su relevancia en la literatura sobre salud ambiental (Birks et al., 2016), por lo que también es un factor a tener en cuenta como causa de la obesidad y diabetes.

7. ¿El azúcar provoca caries?

Como Ferrazaano et al. (2016) indica, en los Estados Unidos las caries son la enfermedad crónica más común en los niños, y está aumentando su prevalencia entre los infantes de 2 a 5 años. Esa prevalencia, a nivel global, está asociada a las condiciones socioeconómicas y a la etnia. Por ejemplo, en Filipinas es del 85%. Los azúcares son el factor más importante de la dieta para el desarrollo de las caries. Actúan en la placa bacteriana, bajan el pH y provocan la desmineralización. Ferrazaano et al. (2016) enumeran una serie de estudios que asocian la ingesta de azúcares con la prevalencia de caries.

Por tanto, el azúcar es una de las causas de la caries, pero lo cierto es que, a nivel global, las caries están disminuyendo en la población infantil desde la década de los 70 (Connett, 2012). Otros datos sugieren un ligero repunte positivo desde comienzos del nuevo siglo, por ejemplo en Australia (Australian Research Centre for Population Oral Health, 2011).

El azúcar y la pobre higiene bucal contribuyen a la formación de caries, pero existen otros factores también socioeconómicos, culturales y étnicos asociados (Gao et al., 2016). La fluoración del agua potable también se destaca como factor para algunos autores (ej. Maraver et al., 2014)  aunque, como acabamos de ver, se cuestiona desde algunos sectores, y el debate científico persiste (ej. Choi et al, 2012; Sabour & Ghorbani, 2013)

Algunos autores, como Chow (2017), estiman que el 50% de las caries es atribuible directamente al consumo excesivo azúcar, lo que supone un coste global de tratamientos dentales de $250 mil millones.

8. Entonces, ¿es tan peligroso el azúcar como lo pintan?

El hecho de que siga creciendo la diabetes y la obesidad en un contexto de bajada de la ingesta de azúcares libres no significa que la cantidad ingerida no sea relevante para contribuir a esas enfermedades.  Pero también es cierto que a veces esa “obsesión” con el azúcar (medicar a enfermos de diabetes tipo 2 para bajar sus niveles en sangre) puede obedecer a intereses espúreos de la industria farmacéutica (No Gracias, 2015).

El azúcar es adictiva. A los niños les gusta el nivel máximo de dulce y salado todavía más que a los adultos. Hay un  punto de éxtasis,  una cantidad exacta de dulzor que es la que más gusta, y eso se estudia en  los laboratorios de investigación de las empresas (Moss, 2014). Estudios en roedores sugieren que el consumo de azúcar activa un mecanismo metabólico en el cerebro que refuerza el sobreconsumo de esta sustancia como forma de desactivar el estrés (Tyron et al., 2015). En ratas también se ha comprobado que su consumo afecta al hipocampo, provocando perturbaciones en el aprendizaje y la memoria, aunque el efecto está mediado por los estrógenos, por lo que es más probable que si afecta negativamente lo haga en varones.

Yang et al. (2014), en su comentado artículo publicado en el Journal of the American Medical Association, encontraron que aquellas personas que ingieren más del 25% de sus calorías diarias provenientes del azúcar añadido tiene 2 veces más probabilidades de morir de una enfermedad cardíaca que aquellas que lo hacen en una cantidad inferior al 10%.

Como indica Milbank (2015), el informe para el Secretary of Health and Human Services y el Secretary of Agriculture realizado en 2015 por diversos expertos, recomienda  un 10% máximo de azúcares añadidos en la dieta, donde se admite una evidencia sólida y consistente de la asociación con el exceso de peso y el incremento de la diabetes tipo 2, y una evidencia moderada de su asociación con el incremento de riesgo de hipertensión, infarto, enfermedad coronaria y caries. 

Este último párrafo puede ser un buen resumen de lo que significa el consumo excesivo de azúcar para la salud, pero hay que tener en cuenta el balance energético.

Este concepto de equilibrio energético es importante para considerar el efecto del azúcar sobre el organismo, es decir, las calorías que se consumen frente a las que se gastan. Es una teoría que sigue vigente en la actualidad (Shook, 2016), y que incluso hay una corriente en la literatura especializada en rendimiento deportivo que la defiende (ej. Henselmans, 2012). Esto significa que los macros (proteínas, carbohidratos y grasas) son los que conforman el contenido calórico, por lo que es poco relevante si esa fuente de energía proviene del azúcar de un refresco o de un plato de arroz. Sin embargo, se matiza en que a nivel de micronutrientes hay obviamente diferencias; el azúcar son calorías vacías (no aportan nada más que energía), por lo que es aconsejable conformar un patrón de dieta con alimentos ricos nutricionalmente, pero siempre en un contexto de balance entre lo que se ingiere y lo que se gasta. Esta forma de concebir la relación entre la ingesta de calorías y enfermedades como la obesidad es de nuevo matizada por investigaciones recientes que hablan de flujo de energía más que de balance (Hand & Blair, 2014; Hume et al., 2016). Es decir, es más fácil mantener una pérdida de peso en un contexto de alto ejercicio físico, o lo que es lo mismo, el efecto del balance calórico sobre el peso corporal no es el mismo en una persona que practique poco ejercicio que en una que practique mucho, aunque numéricamente sea idéntico. Dicho de otro modo, incrementar el ejercicio físico puede ser más efectivo que realizar una dieta hipocalórica aunque ambos produzcan un balance energético similar.

El equilibrio energético es el mantra que repite la industria para defender la inocuidad del consumo excesivo de azúcares añadidos. Revisiones recientes parecen darles la razón. Por ejemplo, Fattore et al. (2016), realizan una revisión sistemática de 28 ensayos clínicos aleatorizados donde a un total de 510 voluntarios se les cambia el patrón de dieta, sustituyendo azúcares libres por carbohidratos complejos manteniendo el mismo nivel de calorías. Los autores no encuentran efectos significativos a corto o medio plazo sobre la presión arterial, el nivel de colesterol y triglicéridos, y tampoco sobre el peso corporal. No obstante, las dietas con mayor nivel de ingesta calórica incrementaban el efecto del los azúcares libres sobre el colesterol LDL y triglicéridos. El estudio está financiado por el grupo Ferrero (sí, el de los bombones), por lo que aunque los autores indican que ello no ha influido en el diseño, análisis y redacción de la investigación, es un factor a tener en cuenta. Este estudio contrasta con el publicado por Morenga et al. (2014), también  un metanálisis sobre experimentos aleatorizados donde se indica un incremento de la presión arterial, colesterol y triglicéridos. No obstante, este estudio no controla por el nivel de calorías total ingerido por los participantes, algo que sí hacen Fattore et al. (2016). La revisión de Shook (2016) sobre el papel del balance energético en la obesidad sigue también esa línea; el ejercicio físico a un determinado nivel produce un exceso de energía gastada que no es compensado por el aumento de calorías proveniente de los alimentos. Shook (2016) en su declaración de conflicto de interés reconoce haber recibido financiación de Coca-Cola para viajes en los últimos 3 años.

A una conclusión similar sobre la no demonización del azúcar añadido llegan también muy recientemente Rippe & Angelopoulus (2016), pero hemos de indicar de nuevo que su estudio está publicado en un suplemento de la revista European Journal of Nutrition, patrocinado por la corporación del primer autor, J. M. Rippe, que gobierna una empresa de investigación que ha trabajado para marcas como ConAgra Foods, Kraft Foods, the Florida Department of Citrus, PepsiCo International, Coca Cola, the Corn Refiners Association, Weight Watchers International.

Just & Wansink (2015), por su parte, sobre una encuesta de hábitos alimenticios en Estados Unidos en 2008, concluye que la ingesta de comida rápida o bebidas azucaradas no está asociada al BMI, aunque sí la ingesta de snacks azucarados. La figura siguiente es ilustrativa al respecto. Por tanto, abogan por reducir las calorías totales de las comidas realizadas en casa, como una sugerencia válida para la mayoría de las personas. De nuevo, hay que mencionar que existen conflicto de intereses, ya que Brian Wansink forma parte de un staff de asesores de McDonald’s.

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Por tanto, aunque la teoría del balance y de la no criminalización del azúcar está avalada por muchos estudios, seguimos viendo cómo muchos de ellos están realizados por personas ligadas a la industria de la alimentación. Esto no significa necesariamente que esos estudios sean poco fiables, pero sí que nos advierte que hemos de mirarlos con una lupa mucho mayor.

El consumo de bebidas refrescantes gaseosas también se está asociando a problemas como el incremento de las hospitalizaciones por episodios de asma (Cisneros et al., 2016), cuando se toman 3 o más de este producto a la semana, lo que probablemente no sólo esté asociado a este factor en concreto, sino a un estilo de alimentación en general poco saludable.

Es complejo sacar conclusiones claras cuando aparecen en la literatura visiones con elementos diferenciales relevantes. Por ejemplo, Redondo et al. (2018), indican que 4 de los 5 estudios realizados sobre la efectividad de medidas impositivas desde 2011 hasta 2017 en bebidas azucaradas refrescantes han reportado reducciones significativas de consumo, mientras que Momin & Wood (2018), dicen que los impuestos no tienen una relación clara con la compra de estos productos. Para los primeros, estas bebidas son elemento que contribuye al incremento de la obesidad, mientras que para los segundos la asociación entre el consumo de estas bebidas y el índice de masa corporal en niños es pequeña y carece de contenido causal. Es decir, cuestionan si, pese a que se reduzca el consumo, se consiga reducir el peso de los niños.

9. ¿Se puede sustituir el azúcar por un alimento más saludable?

Hay alternativas sintéticas al azúcar, como el aspartamo o la sacarina, entre otros, que son considerados seguros en relación a su efecto sobre las caries. Pero existen estudios en animales que han relacionado ese tipo de sustitutivos del azúcar con efectos no deseables, como la ganancia de peso, los tumores cerebrales, o el cáncer de vejiga. Por tanto, y como indican Ferrazaano et al. (2016), el sustitutivo ideal sería un producto sin calorías, no cancerígeno, no mutagénico, no degradable con el calor, económico de producir y con un poder endulzante significativo. La stevia, de este modo, se presenta como un producto muy atractivo que podría cumplir con esas características.

La stevia es un género de plantas que comprende más de 200 especies. Algunas de ellas, como la salicifolia Cav. o la lucida Lag son bien conocidas en América Central y del Sur por su uso farmacológico (anti reumático o anti inflamatorio). Otras propiedades son comentadas por los autores en otras especies de stevia.

La Steveia rebaudiana Bertoni, originaria de Paraguay es una especie única que contiene glucósidos que dan un sabor dulce a la planta. El extracto es una sustancia cristalina y blanca, que durante siglos se ha empleado en Sudamérica para endulzar bebidas y comidas, y cuyo contenido calórico es muy pequeño. El esteviósido, que es el principal componente dulce de las hojas de Stevia es aproximadamente 300 veces más dulce que el azúcar (sacarosa).

Existe un cuerpo de investigación que además sugiere que los esteviósidos y otros compuestos de la planta pueden ofrecer diversos beneficios terapéuticos, para luchar contra la hipertensión, hiperglucemia, como antioxidante, antitumoral, antidiarréico, diurético, protector renal, antiviral, o modulador inmune.

La Stevia rebaudiana, como aditivo, es considerada segura como la OMS desde 2004.  La Unión Europea aprobó la stevia como aditivo en 2011. Este modalidad de stevia tienen propiedades antimicrobianas, y en la formación de caries los esteviósidos tienen propiedades anticariogénicas.

Vázquez (2014), realiza una interesante revisión sobre diferentes alternativas al azúcar, citando investigaciones que hablan de sus ventajas e inconvenientes. Según Vázquez (2014), la miel, el xilitiol  (alcohol del azúcar) y la stevia, serían las alternativas al azúcar más saludables, siempre con la moderación precisa.

No obstante, hay que ser prudente. Existe evidencia limitada de que los endulzantes artificiales pueden estar asociados al desarrollo de la obesidad en niños (Archibald et al., 2018), por lo que se recomiendo limitar su consumo en mujeres embarazadas y en los primeros años de vida.

10. ¿Por qué es difícil sacar conclusiones más claras sobre los peligros del azúcar?

Porque la investigación sobre nutrición es muy compleja, con cientos de variables de confundido que pueden afectar y con un cuerpo de evidencia acumulado todavía pequeño en relación a otras disciplinas. Satija et al. (2015), lo explican de manera pormenorizada.

Por ejemplo, Rahma et al. (2015), encuentran que el consumo de dos unidades de bebidas azucaradas al día (el equivalente a dos vasos) incrementa un 23% el riesgo de sufrir un fallo cardíaco en hombres con respecto a no consumir ningún tipo de bebida similar. Hay indicios de que consumir entre 1 y 2 vasos diarios incrementa también el riesgo. Pero en ese artículo no se ha tenido en cuenta el consumo de los azúcares añadidos de productos lácteos o cereales, algo que podría condicionar los resultados. Este es un problema muy común en este tipo de estudios.

Otro ejemplo: Martínez Steel et al. (2016), indican que en Estados Unidos la comida ultra procesada constituye la principal fuente de calorías, y es la responsable de que se exceda en un porcentaje considerable las recomendaciones sobre consumo diario de azúcar añadido. Comer menos de un 30% de calorías de productos que no sean ultra procesados es una buena forma de cumplir con esa sugerencia de ingerir menos de un 10% de calorías provenientes de azúcares añadidos. La distribución de consumo de refrescos entre los participantes de su estudio está muy asociada al consumo de comida ultra procesada, al igual que el de zumos de frutas azucarados. Esto es muy importante para evaluar si  los estudios que emplean como proxy el consumo de refrescos o de bebidas azucaradas para relacionar el consumo de azúcares añadidos con diversas enfermedades pueden ser correctos. Como ese consumo se incrementa gradualmente en los 5 quintiles de la distribución de ingesta de comida procesada, hay indicios para confiar en que el “monstruo” no son los refrescos, al menos no sólo los refrescos, sino el estilo de vida asociado a la gente que consume más refrescos (más comida procesada y, por tanto, más azúcares añadidos).

Como siempre en este tipo de estudios de agentes que son peligrosos para la salud, hemos de ser cautos y basarnos en indicios. Salvo en tóxicos muy fuertes cuyo efecto es grande sobre la salud (ej. tabaco, radiación ionizante), y por tanto detectable estadísticamente en prácticamente cualquier diseño metodológico, para el resto de sustancias potencialmente perjudiciales vamos a encontrar dificultades importantes para obtener resultados claros. Si los efectos perversos existen, estos no son siempre detectables porque su tamaño no es grande. De este modo se han de acumular evidencias experimentales (más cercanas al estudio causa-efecto) y observacionales (epidemiológicas) para realizar un juicio sobre el conjunto de indicios disponible, tal y como explicaba en un post anterior (ver Martínez, 2016). Esos juicios sobre indicios deben ir moldeándose con la nueva evidencia que se genere, es decir, evolucionando, sin ningún tipo de rubor a cambiar si es necesario,  porque así es como funciona la ciencia.

La gran presencia de la industria en la financiación de estudios es otro problema añadido. Es muy complejo evaluar globalmente el cuerpo de conocimiento generado cuando gran parte está elaborado por estudios patrocinados, y existe también otros en los que no se declaran conflictos de intereses cuando ciertamente los hay. En cualquier caso, y como la investigación de Kearns et al. (2017) muestra, la industria es reticente a financiar y publicar resultados contraproducentes a sus intereses. En sus investigaciones sobre estudios financiados por la Sugar Research Foundation en los años 60 y 70, los investigadores encuentran que la industria conocía la relación entre los efectos biológicos divergentes entre el consumo de sacarosa frente a almidón (hidrato de carbono complejo) en relación a la hiperlipidemia y el riesgo de cáncer de vejiga. Cuando esos resultados requerían confirmarse en los últimos estudios planificados, la asociación azucarera cortó los fondos y la investigación concluyó.

Ioannidis & Trepanoswki (2018), argumentan que pese a que el conjunto de la dieta tiene efectos importantes sobre la salud de los individuos, tratar de aislar el efecto de un componente individual es problemático. Esto hace que la ciencia de la nutrición está especialmente sujeta a sesgos personales y a conflictos de intereses. Como consecuencia de ello, los beneficios para la salud de modificaciones específicas de un componente de la dieta, como podría ser la cantidad de azúcar, sería marginales. Esta visión, sin embargo, no es compartida por Jones & Carlberg (2018), quienes critican que precisamente Ioannidis hable de conflictos de interés cuando  la cátedra que ocupa en la Universidad de Standford está asociada a la corporación Amway (y sus suplementos alimenticios). Jones & Carlberg (2018) defienden que los conflictos de interés en el ámbito de la nutrición no son diferentes al del resto de campos del conocimiento. Además, comentan evidencias sustentadas por múltiples ensayos clínicos de que cambios puntuales en la alimentación proveen beneficios tangibles, como por ejemplo el papel de los esteroles vegetales en la reducción del colesterol LDL. Así, cambios en la dieta pueden producir importantes mejoras en la salud sin el uso de medicamentos. Otro ejemplo que comentan Jones & Carlberg (2018) es el ahorro anual que supone la transición hacia una dieta Mediterránea en la reducción de prevalencia de enfermedades cardiovasculares, estimado en $60 mil millones.

11. ¿Cuáles son los mensajes simples que me puedo llevar a casa sobre este tema?

Con la evidencia que disponemos a día de hoy, y admitiendo todas las limitaciones para entender debidamente el efecto del consumo de azúcar sobre la salud, podemos llevarnos a casa este conjunto de mensajes simples:

(a) Los efectos perversos del consumo de azúcares añadidos sobre la salud dependen de múltiples factores: socioeconómicos, culturales, étnicos, estilos de vida, entre otros.

(b) La obesidad, diabetes, problemas cardíacos y caries constituyen el principal vínculo de unión entre el azúcar y la enfermedad. Sin embargo, todas son patologías con múltiples causas, en las que una prepondera sobre las demás: el factor socieconómico

(c) Por tanto, la disminución de la pobreza y desigualdad debe ser la principal forma de luchar contra las enfermedades vinculadas al consumo de azúcar añadido. Poblaciones más pobres y desiguales son más sedentarias, tienen menos acceso a alimentos saludables, disponen de un menor nivel de formación para valorar los aspectos nutritivos, tienen más estrés (y por tanto son más proclives a la adicción), etc. Es evidente que, además, hacen falta otras medidas de regulación de las que hablaremos en un futuro post.

(d) Limitar el consumo de azúcar libre a las recomendaciones de la OMS (10% de la ingesta calórica diaria con incentivos para reducir al 5%) es una excelente manera de evitar los efectos nocivos. Esto está significativamente por debajo de la media que se consume en la mayoría de los países. Por tanto, es urgente actuar en este sentido.

(e) Cualquier limitación del consumo de azúcar tiene que ir de la mano de la valoración de la actividad física que realiza cada persona. El balance energético es importante, pero también lo es el flujo de energía; cuanto más activos seamos más vamos a poder disfrutar relativamente de los alimentos azucarados con salud óptima.

(f) La teoría del balance no debe confundir el objetivo a largo plazo de una alimentación sana; obtener los micronutrientes necesarios para un estado saludable sostenido. Así, es preferible sustituir parte de esos azúcares libres por otros alimentos que proporcionen el mismo nivel calórico pero con aportación de nutrientes (vitaminas, minerales, etc.)

(g) El estilo de vida es fundamental. Aunque alimentos como los refrescos o los cereales azucarados sean objeto de enormes críticas, su consumo se incrementa con estilos de vida de enfoque “rápido”, en los que prima la comida procesada, fuente a su vez de azúcares libres (al margen de otros elementos negativos). Un cambio en el estilo de vida es mejor que un cambio puntual en el consumo de refrescos o cereales. Nó sólo hay que poner el foco en los refrescos o los cereales azucarados, sino también especialmente en los productos lácteos, galletas y bollería.

(h) La fructosa se ha identificado como la amenaza más importante de los azúcares. Hay que vigilar los alimentos endulzados con jarabe de maíz alto en fructosa (aunque el incremento relativo de fructosa frente a glucosa es pequeño) e incluso no abusar de los zumos de frutas, aunque sean naturales.

(i) El consumo de piezas de fruta está inversamente relacionado con la obesidad, y proporciona ventajas para prevenir muchas otras enfermedades, aunque sea alta en azúcares simples.

(j) La stevia se muestra como una alternativa saludable al azúcar, aunque todavía deban resolverse ciertas cuestiones sobre cómo se emplea como aditivo.

(k) Los consumidores (al menos en España) nos encontramos desprotegidos ante la dificultad para valorar la cantidad de azúcar libre que ingerimos, por la deficiente forma de presentar la información nutricional en los alimentos. Los intereses de la industria entran en contradicción con la salud de las personas, tal y como explicaremos en el siguiente post.

Concluimos; es evidente que hay que bajar el consumo medio de azúcar, aunque no parece lógico pensar en criminalizar el azúcar como un alimento a evitar. No obstante,  ingerimos demasiados azúcares libres. ¿Por qué? La razón hay que buscarla, como siempre, en los intereses económicos que hay detrás. Y a ello dedicaremos el siguiente artículo (ver Martínez, 2018).

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Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, diciembre 23). Preguntas y respuestas sobre azúcar y salud. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b198

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(#195). CONFLICTOS DE INTERESES EN ACADÉMICOS QUE INFLUYEN EN DECISIONES SOBRE EL AZÚCAR EN EL REINO UNIDO

[REVISIÓN DE ARTÍCULO]  Según los autores, un conflicto de interés puede ocurrir cuando un juicio profesional o una decisión que concierne un primer interés se ve excesivamente influida por un interés secundario. Y ese interés no sólo puede ser material, sino también ideológico, aunque los autores admiten que en este último caso es mucho más complejo discernir si esa manera de pensar realmente supone un condicionamiento de una decisión sobre criterios objetivos o simplemente una forma de entablar discusiones que son necesarias a nivel político a la hora de tomar decisiones.

Tal y como se indica en el artículo, existen multitud de estudios que reflejan que los conflictos de intereses forman parte inherente de la investigación científica; los individuos con vínculos con la industria favorecen a dicha industria a la hora de reportar sus estudios, tanto a nivel de investigación empírica como de revisiones de la literatura. Por ejemplo, Nestle et al. (2015) identifiCaron entre marzo y octubre de 2015 76 estudios sobre nutrición financiados por la industria, siendo 70 de ellos favorables a los intereses de esos patrocinadores.

En el Reino Unido The Nolan Principles of Public Life demandan estándares de conducta e integridad para los funcionarios públicos. Sin embargo hay dudas de su aplicación por el Departamento de Salud, teniendo en cuenta la creciente prevalencia de obesidad y diabetes en el Reino Unido tanto en adultos como en niños.

Sin embargo, el conocimiento público de los conflictos de intereses está limitado por la carencia de información y la complejidad de la misma.

El objetivo de este estudio es examinar 4 organizaciones gubernamentales y no gubernamentales en el Reino Unido que son responsables de desarrollar la política sobre alimentación en base a la investigación existente. Estas instituciones son las siguientes: (1) The Department of Health Obesity Review Group (ORG); (2) The Scientific Advisory Committe on Nutrition (SACN); (3) Action on Sugar (AoS); (4) Heart of Mersey (HoM). Esas 4 organizaciones emplean expertos académicos que pueden tener conflictos de intereses con la industria. Las dos últimas organizaciones (AoS y HoM) son ONGs.

Metodología

Los autores analizaron los miembros de cada organización, estudiando su biografía, con el fin de identificar las declaraciones de conflictos de intereses en los últimos 5 años. Para cada miembro analizado se asignó una puntuación de 0 a 4, una escala ordinal para reflejar el nivel de conflictos de intereses, siendo “0” completa independencia de la industria de la bebida y comida y “4” un empleado o representante de la industria.

El resto de niveles de la escala se refieren a: “1” si el individuo recibe “atenciones” de la industria como cenas, viajes, etc.; “2” si ha recibido financiación para alguna investigación; “3· si la persona en cuestión es consultor o accionista de la industria. Cuando no se encontró ningún tipo de información al respecto los autores categorizaban el caso como “desconocido”.

Resultados e implicaciones

Como puede verse en la siguiente figura que resume los resultados obtenidos, los niveles de conflictos de intereses de las organizaciones mostradas en azul y en rojo (ORG y SACN) son mucho más importantes que las de las otras dos analizadas.

Tanto ORG como SACN son dos de las más importantes organizaciones que influyen en las decisiones del Departamento de Sanidad en el Reino Unido.

Limitaciones/Comentarios

La principal limitación proviene de los datos incompletos, es decir, de la imposibilidad de obtener información sobre diversos miembros de las organizaciones analizadas.

Newton, A. et al.  (2016). Food for thought? Potential conflicts of interest in academic experts advising government and charities on dietary policies. BMC Public Health, doi: 10.1186/s12889-016-3393-2

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Cuartil

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2.209

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PUBLIC HEALTH, ENVIRONMENTAL AND OCCUPATIONAL HEALTH

Scimago (SJR)

1.37

Q1

PUBLIC HEALTH, ENVIRONMENTAL AND OCCUPATIONAL HEALTH

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(#194). LA STEVIA TIENE PROPIEDADES ANTICARIOGÉNICAS

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] En los Estados Unidos, las caries son la enfermedad crónica más común en los niños, y está aumentando su prevalencia entre los infantes de 2 a 5 años. Esa prevalencia, a nivel global, está asociada a las condiciones socioeconómicas y a la etnia. Por ejemplo, en Filipinas es del 85%.

Los azúcares son el factor más importante de la dieta para el desarrollo de las caries. Actúan en la placa bacteriana, bajan el pH y provocan la desmineralización. Los autores nombran una serie de estudios que asocian la ingesta de azúcares con la prevalencia de caries.

Así, alternativas sintéticas al azúcar, como el aspartamo o la sacarina, entre otros, son considerados seguros en relación a su efecto sobre las caries. Pero existen estudios en animales que han relacionado ese tipo de sustitutivos del azúcar con efectos no deseables, como la ganancia de peso, los tumores cerebrales, o el cáncer de vejiga. Por tanto, y como indican los autores, el sustitutivo ideal sería un producto sin calorías, no cancerígeno, no mutagénico, no degradable con el calor, económico de producir y con un poder endulzante significativo. La Stevia, de este modo, se presenta como un producto muy atractivo que podría cumplir con esas características.

La Stevia es un género de plantas que comprende más de 200 especies. Algunas de ellas, como la salicifolia Cav. o la lucida Lag son bien conocidas en América Central y del Sur por su uso farmacológico (anti reumático o anti inflamatorio). Otras propiedades son comentadas por los autores en otras especies de Stevia.

La Steveia rebaudiana Bertoni, originaria de Paraguay es una especie única que contiene glucósidos que dan un sabor dulce a la planta. El extracto es una sustancia cristalina y blanca, que durante siglos se ha empleado en Sudamérica para endulzar bebidas y comidas, y cuyo contenido calórico es muy pequeño. El esteviósido, que es el principal componente dulce de las hojas de Stevia es aproximadamente 300 veces más dulce que el azúcar (sacarosa).

Existe un cuerpo de investigación que además sugiere que los esteviósidos y otros compuestos de la planta pueden ofrecer diversos beneficios terapéuticos, para luchar contra la hipertensión, hiperglucemia, como antioxidante, antitumoral, antidiarréico, diurético, protector renal, antiviral, o modulador inmune.

La Stevia rebaudiana, como aditivo, es considerada segura como la OMS desde 2004.  La Unión Europea aprobó la Stevia como aditivo en 2011. Este modalidad de Stevia tienen propiedades antimicrobianas, según la revisión que realizan los autores sobre su efecto en la placa bacteriana y en la formación de caries, los esteviósidos tienen propiedades anticariogénicas

Conclusión

Aunque se necesitan más investigaciones para confirmar la evidencia actual, los autores admiten que existen datos suficientes para afirmar que los extractos esteviósidos de la Stevia rebaudina no son cariogénicos. Dadas las cualidades que tiene la Stevia como edulcorante natural (bajo poder calórico y otros beneficios para la salud), su efecto en las caries del consumo regular como aditivo alimenticio debe ser estudiado en investigaciones in vivo.

Ferrazaano, G. F.  et al.  (2016).Is Stevia rebaudiana Bertoni a Non Cariogenic Sweetener? A Review. Molecules, doi:10.3390/molecules21010038

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Impact Factor (2015)

Cuartil

Categoría

Thomson-Reuters (JCR)

2.465

Q2

CHEMISTRY, ORGANIC

Scimago (SJR)

0.52

Q2

ORGANIC CHEMISTRY

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(#143). LOS HOMBRES COMEN MÁS EN COMPAÑÍA DE MUJERES

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] Los autores postulan que ciertos hábitos alimenticios de los hombres y de las mujeres están explicados desde una perspectiva de la psicología evolutiva, donde la competencia entre las personas del mismo género (presiones intra-sexuales) y el intento de conseguir el favor del sexo opuesto (presiones inter-sexuales), condicionan la forma de comportarse. La anorexia en mujeres sería un desorden alimenticio explicado por ese factor; como los hombres prefieren mujeres delgadas, la competencia entre las propias mujeres hace que intenten ser más delgadas que las demás.

Las hipótesis de los autores son muy simples, y son contrapuestas; (1) los hombres comerán más en la compañía de mujeres que cuando están con hombres; (2) los hombres comerán más en compañía de hombres que en compañía de mujeres.

La oposición de estas hipótesis se justifica por el hecho de que hay razones para pensar que ambas son plausibles desde el punto de vista teórico.  En el primer caso, los hombres tratarán de “presumir”, intentando mostrar a las mujeres que tienen una habilidad especial, o que son capaces de realizar una “proeza”. Al ser este tipo de acciones esporádicas, ello pesaría más que el hecho de pensar que comer tanto conlleva a la larga problemas de salud/sobrepreso que precisamente no lo harían atractivo para mujeres.

En el segundo caso, cuando los hombres comen en compañía, la competición entre ellos por mostrar dominio o estatus (lo que a su vez no es más que una forma de hacer ver su superioridad, al estilo de cómo los animales miden su fuerza para liderar la manada o fecundar a las hembras), podría hacerles tratar de comer más que sus compañeros.

Metodología

Se realizó un estudio observacional en un restaurante italiano donde se podía comer “todo lo que se podía” de determinados platos (pizza y ensalada). Participaron 60 hombres y 35 mujeres, cuyo patrón de ingesta fue registrado por varios observadores.

Resultados e implicaciones

Los hombres que cenaban con mujeres comieron significativamente más pizza y más ensalada que aquellos que cenaban con otros hombres. Además, las mujeres no comieron menos en compañía de otras mujeres que en compañía de hombres.

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Parece que pesa mucho más la tendencia de los hombres a realizar comportamientos de “riesgo” en compañía de mujeres, tal y como la literatura ha mostrado en ocasiones, que el hecho de mostrar la dominancia sobre otros hombres. Al fin y al cabo, en el primer caso hay una transferencia directa de ese comportamiento en la percepción femenina.

Limitaciones/Comentarios

La muestra es muy pequeña y se necesita la replicación. Además, no se tienen en cuenta otras variables de confundido que podrían condicionar los resultados al integrarse en un modelo estadístico más completo. Esto hace que los resultados haya que tomarlos con cierta reserva.

 Kniffin, K. N. et al. (2016). Eating heavily: Men eat more in the company of women. Evolutionary Pyschological Science, doi: 10.1007/s40806-015-0035-3 

Indicadores de calidad de la revista*

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