(#340). SACRIFICE ZONES: LA DESIGUALDAD SOCIAL Y LA EXPOSICIÓN A TÓXICOS EN ESTADOS UNIDOS

[MONOTEMA]  Las zonas de sacrificio eran lugares que los gobiernos estadounidense y soviético empleaban para realizar todo tipo de actividades nucleares. Esos sitios quedaban para siempre inhabitables, aunque no todos ellos realmente se vaciaban de personas. Eran zonas (y personas) que se “sacrificaban” para un supuesto bien mayor. Pero ellos nunca pidieron ser sacrificados y, desde luego, es muy discutible que cualquier objetivo político-económico pueda prevalecer sobre la salud de una comunidad.

Sacrifice zones cuenta la terrible historia de diferentes comunidades norteamericanas que han sufrido de manera directa la contaminación de industrias situadas en sus aledaños. Son las nuevas zonas de sacrificio; esta vez no hay residuos nucleares, pero sí dioxinas, benzeno, residuos de pesticidas, arsénico, tungsteno o manganeso.

En este post voy a comentar brevemente algunos de los puntos más relevantes de esta obra (publicada en 2012), que presenta además la constatación de que la desigualdad social también lleva aparejada una mayor desigualdad en la exposición a tóxicos industriales. A través de 12 casos en diferentes comunidades de Estados Unidos, el libro muestra una desesperante realidad de mentiras, inoperancia, dolor y muerte.

El autor

Steve Lerner (en la foto) es un premiado escritor que está ampliamente familiarizado con temas ambientales, y que para realizar este trabajo ha pasado 2 años de su vida recorriendo Estados Unidos para entrevistar a cientos de personas que forman parte de esas comunidades “sacrificadas”.

Lerner pone nombre y apellidos al dolor y a la lucha de individuos que se convirtieron en héroes incidentales. Y lo hace de manera honesta, mostrando la desesperanza de colectivos que sabían que estaban sufriendo las consecuencias de una contaminación, mientras las empresas y el Gobierno seguían imbuidos en falsedades e inoperancia.

Desigualdad en la ubicación de focos contaminantes

La segregación racial llevó a construir barrios para negros, a dividir las ciudades en zonas donde el color de la piel (y el del dinero) designaban quién debía habitarlas. Aunque esa época se fue diluyendo, muchos vecindarios segregados mantuvieron su estructura racial; los hijos y nietos de esos primeros habitantes siguieron viviendo allí.

A la discriminación histórica y la depresión económica, algunas de esas comunidades han añadido la presencia de industrias altamente contaminantes. Lerner muestra los datos de diferentes investigaciones que indican que la exposición a tóxicos ambientales es mayor para esas personas en relación a las que viven en zonas más ricas. Además, las empresas se aprovechan de esos vecindarios deprimidos; su menor nivel educativo y económico les confiere menos capacidad para organizarse y protestar contra los atropellos medioambientales que sufren.

El autor muestra que esas empresas mienten sistemáticamente, y que no controlan de manera adecuada sus contaminantes. Aunque existen abogados y asociaciones que asesoran y ayudan a este tipo de comunidades a organizarse, lo cierto es que se ven casi siempre impotentes ante las dificultades de probar que están siendo envenenados, y la burocracia de las instituciones gubernamentales que deberían haber realizado un mejor trabajo.

Casas con las ventanas permanentemente cerradas, con la gente odiando volver del trabajo para no encontrarse de nuevo con el insoportable olor, o beber y bañarse en agua contaminada. Vecindarios que quedan para siempre estigmatizados, porque aunque hay casos (pocos) en los que finalmente se ha conseguido que la industria se vaya, la contaminación persiste,  los suelos siguen envenenados; la comunidad queda marcada para siempre.

Aunque el Gobierno multa a veces a esas empresas, lo hace en menor medida que a las que están ubicadas en zonas más ricas. También hay desigualdad en eso. Además, Lerner, enfatiza la injusticia de la redistribución de esas multas, porque deberían ir directamente a compensar a la familias que viven al lado de esos focos contaminantes, y no perderse en la recaudación global.

Los vecinos se convierten en expertos ambientales sin quererlo, sin tener la formación necesaria, aprenden a hablar en partes por millón. Sin embargo, y pese a los esfuerzos en recopilar información sobre las enfermedades que sufren, no son capaces de convencer a la comunidad científica; claro, no es válido desde el punto  de vista metodológico. Pero esos casos particulares constituyen en sí una evidencia también, aunque luego se disipe entre los que claman que para inferir una relación causal hace falta mucho más. Es siempre la misma historia; se pretende que se pruebe estadísticamente algo que es evidente, pero que luego se pierde entre los vericuetos de la jerga académica. Y entonces los que defienden a los envenenadores argumentan que aunque haya realmente más casos de enfermedades, ello es debido a que en esas comunidades se fuma más, se bebe más o se drogan más. Es cierto, eso ocurre, pero esa confusión en las variables no debería tapar una realidad terrible. Pero lo hace. No es de extrañar que el Centro de Control de Enfermedades haya sido incapaz de probar causalidad en decenas de clusters de enfermedades en esas zonas.

El Gobierno no puede atribuir causalidad, pero en Pensacola, en su tristemente famosa montaña de dioxinas, nunca se completaron las labores de limpiado. Los vecinos se bañaban y bebían agua contaminada. No, el Gobierno no podía atribuir causalidad, pero las muestras de suelo daban 950 ppt de dioxinas, cuando el límite residencial es de 7 ppt. De dieldrín 2000 ppb, cuando el límite es de 40 ppb. De arsénico 9400 ppb, cuando el límite es de 370 ppb. De benzopirenos 1133 ppb, cuando se considera seguro un máximo de 88 ppb. Pero el Gobierno no puede atribuir causalidad.

Lerner cuenta diversos ejemplos de tremendas mentiras, de cómo la industria sin ningún pudor escribe un discurso falso, sin importar las consecuencias. Por ejemplo, en agosto de 2005, después de recibir muchas quejas sobre la planta de carbon de Royal Oak, en Florida, un representante de la misma enfatizaba que los test de emisiones hechos en la fábrica habían demostrado estar en relga; no sólo cumplían con la ley de Florida, sino que lo hacían de manera holgada. Un mes después, sin embargo, los inspectores encontraron que la planta emitía 9 veces más metanol que lo permitido. Tres meses después de las declaraciones de ese individuo, los inspectores habían hallado 9 violaciones de la ley. Al día siguiente, la fábrica cerró.

Contaminación del aire, del agua, del suelo. Lerner muestra industrias del carbón, plásticos, armas, refinerías…todas ellas colocadas prácticamente en el patio de atrás de esos vecindarios “sacrificados”. No importa, al fin y al cabo son negros, indios, hispanos o blancos que se merecen lo que tienen. Por cierto, los omnipresentes hermanos Koch también son protagonistas. Pese a que han recibido millonarias multas, ellos siguen escribiendo su relato, como el que muestra este vídeo.

El autor concluye el libro abogando por reducir los impuestos a los ciudadanos e incrementarlos a los fabricantes de este tipo de productos hechos con sustancias tan tóxicas. También sugiere una monitorización independiente, y destinar más recursos a ello. Hay que ser prudentes, bajar los límites máximos permitidos, proteger a la población más vulnerable y ser mucho más conservadores debido a que desconocemos el efecto sinérgico de la combinación de diferentes tóxicos.

Todos aquellos que defienden el neoliberalismo, la auto regulación, y les abren las puertas a este tipo de empresas sin exigir el control adecuado, deberían irse a vivir con sus familias a uno de estos vecindarios. Tal vez así, verían las cosas de otra manera.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, junio 12). Sacrifice zones; La desigualdad social y la exposición a tóxicos en Estados Unidos. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b340

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(#324). LOS KOCH, O COMO EL MARKETING HUMANIZA AL VILLANO

[MONOTEMA] El extraño caso de los hermanos Koch. Tal vez ese podría ser el título de una buena historia, en una especie de homenaje posmoderno a Robert Louis Stevenson.

A través de uno de sus muchos tentáculos han lanzado una nueva campaña en medios, con el spot televisivo que se muestra a continuación:

Como bien explica Linskey (2018), Industrias Koch aparece ahora defendiendo la inmigración, los “Dreamers”, esos inmigrantes sin papeles traídos desde pequeños a su país. Los multimillonarios hermanos están pidiendo una legislación que los proteja. No quieren que se vayan, no quiere que Trump los deporte.

En el último año han regresado unos 50000 mexicanos, tal y como explica este vídeo:

Algunos de ellos chicos jóvenes, incluso recién graduados en el instituto están volviendo para evitar el riesgo de ser deportados y no poder regresar jamás a Estados Unidos con sus familias.

Obama introdujo el programa DACA en 2012, precisamente para atender a este inmenso colectivo  de personas que se encontraban en una situación legalmente comprometida. Trump, amenazó con suprimirlo, pero parece que se ha encontrado con la oposición judicial.

El juego de los Koch

¿A qué están jugando los hermanos Koch? En esta web hemos hablado ya varias veces de su ideario y acciones, como por ejemplo: (1) Financiar esa maquinaria de propaganda ultraliberal que es la Fundación Heritage; (2) Impulsar el nuevo plan de impuestos de Trump (obviamente favorable para las grandes empresas); (3) Realizar todo tipo de barbaridades ambientales; (4) Ponerse en contra de la reforma sanitaria de Trump por parecerle demasiado laxa (demasiado benevolente con los más necesitados).

¿Cómo es que ahora parecen defender a los inmigrantes? En teoría va en contra de su forma de ver la economía y sociedad, y más teniendo en cuenta su historial de apoyos a medidas que precisamente chocaban con la defensa de los derechos laborales. Pero hay que hilar un poco más fino en esta ocasión.

Como hemos apuntado hace un momento, no es la primera vez que se posicionan en contra de la política de Trump. En este caso, los Koch no tienen amigos, defienden sus intereses, que son intereses de clase. Si Trump no “funciona” como ellos quieren no dudarán en oponerse y seguir su camino recto hacia la multiplicación de su fortuna. Cueste lo que cueste.

Más bien, su acción de defensa de los Dreamers obedece a una estrategia de contra marketing, tan habitual en el sector del tabaco o del azúcar. Es una manera de obtener una respuesta favorable a nivel de imagen, porque cuando uno posee una industria tan poderosa no puede estar siempre en el ojo del huracán como los más abyectos villanos. De vez en cuando hay que ir creando una buena opinión, una imagen que trate de tapar las tropelías hechas por otro lado. Una donación aquí, unos naming rights allá, y una campaña publicitaría más para congraciarse con un sector de población que los ven como los malos entre los malos.

Humanizando al villano

Dr. Jekyll y Mr. Hyde, esas dos caras que señalan una de las metáforas profundas que Gerald Zaltman explicaba en su guiño al concepto de arquetipo. Esa lucha por el equilibiro, la tensión entre el bien y el mal, la aceptación de lo humano en lo divino, y de lo divino en lo humano.

La paradoja, la contradicción,  Dionisio frente a Apolo, y todo ello en la misma persona. Esa es la realidad de los hombres, lo que nos hace la vida sinusoidal, hiperbólica, ondulatoria y maravillosa.

La aceptación del equilibrio como metáfora profunda es una forma perversa de manipularnos. Los Koch (y sus agencias de relaciones públicas) lo saben. Son malos pero también buenos, hacen daño pero también luchan por evitarlo. Es la justificación del mal porque también hay bien, la justificación del odio porque también hay compasión, la justificación del error porque también hay aciertos.

Perverso. Muy perverso. De este modo, se construye una imagen humana de algo que no lo es. Y se conecta emocionalmente con millones de personas que se reflejan en un equilibrio que marca sus vidas, no todo es lineal, nadie es 100% bueno ni 100% malo, la máscara de Nietzsche frente a la esencia sombría. Se humaniza al villano, y se consigue la aceptación social. Y aparecen dichos, frases hechas con mayor o menor fortuna: quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, nadie es un ángel, todos tenemos un lado oscuro. Y se normaliza lo terrible, se justifica, e incluso se empatiza con ello. Es la sombra de Jung, el retrato de Dorian Grey.

Pero aún falta completar la obra, poner el colofón, realizar el giro argumental. Una vez que el villano se humaniza sentimos el inexorable deseo de ver más bondad en él. Queremos que se transforme, que salga de la oscuridad para abrazar la luz, que esa humanidad que hemos visto se refleje en el último acto de metamorfosis. Y entonces ese villano entra en nuestros corazones. La metáfora profunda de la transformación, de nuevo en la terminología de Zaltman, de nuevo siendo cómplice de los arquetipos de Jung.

Los profesionales del marketing lo saben, lo manejan desde su creída superioridad intelectual; muchos se jactan de saber moldear las percepciones a su antojo porque conocen ciertos principios de la psicología y sociología. En realidad, no son especiales, aunque algunos de ellos sí que lo crean por simplemente saber identificar las debilidades humanas.

Los Koch, por tanto, han entrado desde hace tiempo en el juego de la metáfora, en la ingeniería de las percepciones, en la humanización robotizada. Han construido su propia historia de redención, su propio relato de la contradicción, su propia forma de convertir tanta maldad en evanescencia y tan poca bondad en un legado.

Es demasiado perverso.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, abril 25). Los Koch, o cómo el marketing humaniza al villano. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b324

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(#230). LOS HERMANOS KOCH EN SU CRUZADA CONTRA LA SALUD

[DESPIERTA] Los hermanos Koch lo han vuelto a hacer. Cuando parecía difícil superar las acciones que aparentemente (seamos prudentes con el lenguaje) muestran muy poco respeto por la salud de sus compatriotas, ahora anuncian que donarán millones de dólares a los políticos republicanos que voten no a la contra reforma sanitaria de Trump. Veamos en qué consiste este despropósito, situando primero quiénes son los Koch:

Los hermanos Koch

Como describía en mi investigación sobre naming rights,  y según Dickinson (2014), los hermanos Koch tienen una fortuna de unos $40 billones. Gastaron $400 millones para la campaña republicana en 2012. Son industrias extremadamente contaminantes y han tenido que pagar grandes sumas de dinero en multas; generan 24 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero cada año. En los años 80 se descubrió que estaban robando literalmente petróleo a las tribus nativas americanas. Ellos se han esforzado durante años en fomentar que se paguen menos impuestos. Preferían no gastarse dinero en el mantenimiento de sus gaseoductos y oleoductos; era más fácil seguir con instalaciones viejas y explotarlas que cerrarlas por seguridad. La compañía presionaba a los empleados para falsificar los informes de mantenimiento de sus instalaciones. Desde 1988 hasta 1996 los oleoductos de la compañía derramaron 11.6 millones de galones de crudo y productos derivados del petróleo. Necesitaban $98 millones para poner esas tuberías en buenas condiciones. Pagaron $30 millones en multas. Bill Koch, uno de los hermanos decía sobre la filosofía de la compañía “Las industria Koch tiene una filosofía en la que los beneficios están por encima de cualquier otra cosa”. Financiaron la campaña de G. W. Bush para ser presidente en 2001

Como indica Dayen (2016), 610 subsidiarias de las Industrias Koch se encuentran en 17 paraísos fiscales, según la American Bridge 21st Century, una Super PAC liberal de apoyo a los candidatos demócratas. La mayoría de esas subsidiarias se encuentran en Bermuda y las Islas Cayman. Y esas son las más evidentes, ya que se obvian aquellas empresas con nombres secretos y más complejos de identificar con las Industrias Koch. Por ejemplo, Invista, una de sus subsidiarias registra las patentes fuera de Estados Unidos para no pagar el 35% de impuestos. En Luxemburgo, por ejemplo, hay un 80% de exención de royalties o capital ganado derivados de cualquier propiedad intelectual.  Hay 299 patentes registradas por Invista en Luxemburgo. Asimismo se sirven de otros mecanismos de ingeniería financiera entre las subsidiarias para pagar los menores impuestos posibles.

No parece que entre los intereses de los hermanos Koch estén el bienestar de los trabajadores, el patriotismo financiero, o el medio ambiente. Según Leber (2013), Charles Koch abogaba por  eliminar el salario mínimo, ya que ello ayudaría a los pobres porque el salario mínimo (según él) es un obstáculo para el crecimiento económico.

Ya hemos recordado quiénes son los mandamases de Industrias Koch. Ahora hablemos brevemente de la reforma sanitaria.

Obamacare y la respuesta de Trump

Obamacare es el nombre popular de la reforma sanitaria realizada por Barack Obama en 2010. Aquí puede encontrarse una sencilla explicación sobre esta Ley. Básicamente, la reforma de Obama pretendía mejorar el maltrecho sistema de asistencia sanitaria en Estados Unidos, a través de un incremento de la cobertura de los servicios públicos para personas de bajos ingresos y con necesidades especiales (Medicaid y Medicare), y de obligar a los ciudadanos a que contrataran un seguro médico para no verse privados de este tipo de asistencia, ofreciendo facilidades al respecto. También exigía a grandes empleadores dar cobertura de salud a sus trabajadores.

Este intento de reformar algo el desigual acceso a la salud de los ciudadanos norteamericanos fue criticado desde el comienzo por el partido republicano, y al final incluso por algunos demócratas. No era de extrañar, por tanto, que al llegar Trump a la presidencia se intentara derogar.

Y así ha sido, tras pocas semanas en el poder Trump presentó su contra reforma, que según algunas estimaciones dejará sin cobertura sanitaria a 14 millones de personas en 2018 y a 28 millones en los próximos 10 años. Ya se sabe, la salud es para quien se la pueda permitir.

Los Koch contra Trump

Y ya explicado el contexto, vamos entonces a la noticia: La contra reforma de Trump necesita ser aprobada, y los hermanos Koch están tratando de influir para que no sea así. ¿Están los Koch velando por los más necesitados y preocupándose porque el acceso a la salud sea mejor? No, rotundamente no. Nada más lejos de la realidad.

Lo que piensan los Koch es que la reforma que propone Trump es ¡demasiado laxa!; Trump ha sido muy condescendiente con el sistema de Obama y, según estos hermanos, sería necesario una contra reforma mucho más radical, ya que la propuesta de Trump, dicen ellos, es prácticamente similar a la de Obama.

De este modo, los hermanos Koch ofrecen millones en donaciones a los políticos republicanos que voten no a la propuesta de Trump.

Como el lector habrá inferido, aquí tenemos un ejemplo bastante ilustrativo de lo que significa el neoliberalismo en su máxima expresión, y de lo que implica dejar en manos de este tipo de personas (hermanos Koch y todos los perfiles similares) los derechos y las “libertades” de los ciudadanos. ¿Queréis un sistema económico y social regido por los mercados? Ahí tenéis a los hermanos Koch & Company para “cuidar” de vosotros.

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