(#295). POISON SPRING; UNA INQUIETANTE HISTORIA SOBRE LA EPA Y LOS PESTICIDAS

[MONOTEMA]  Cuando una organización gubernamental, que nace con el loable fin de proteger la salud de las personas y el medio ambiente, actúa justamente de manera contraria y se pliega a los intereses espúreos de las corporaciones, la desesperanza, el solipsismo, e incluso el nihilismo se pueden adueñar de cualquier individuo honesto que evalúe la situación. Es lógico, porque ya no sólo son multinacionales contra personas, sino el propio Gobierno el que acaba empujando todavía más.

Poison Spring cuenta como la Environmental Protection Agency (EPA), ha sido cómplice de las tropelías de la industria de los pesticidas prácticamente desde su creación en 1970. A pesar de contar con científicos honestos, las injerencias gubernamentales (por intereses económicos) y la carencia de recursos han propiciado que se haya fallado en el objetivo básico de regular adecuadamente el uso (indiscriminado) de sustancias tóxicas en la agricultura.

En este post voy a comentar algunos de los puntos más relevantes de esta obra (publicada en 2014), que resume 25 años de trabajo de E. G. Vallianatos, un analista científico de la EPA que, desde 1979 a 2004, fue testigo de lo que estaba sucediendo dentro de su organización. La información que aporta es, tristemente, fiel reflejo de la deriva de un sistema neoliberal perverso.

Los autores

E. G. Vallianatos (en la foto) es zoólogo, doctor en historia y postdoc en historia de la ciencia. Trabajó durante 25 años como técnico de la EPA, por lo que fue testigo de casi todos los eventos más importantes a los que esta organización tuvo que hacer frente. El acceso a documentación y su experiencia vivida junto a otros científicos en la EPA, han propiciado que Vallianatos haya podido contar con solvencia una realidad lamentable.

El libro está también co-escrito por McKay Jenkins, periodista y profesor  de la Universidad de Delaware, especializado en toxicología y medioambiente.

Puertas giratorias y manipulación de los mensajes

William Ruckerlshaus fue el primer administrador de la EPA, y bajo su mandato se tomaron decisiones importantes, como la supresión del DDT en 1972. Sin embargo, es un ejemplo de las continuas puertas giratorias entre la política y la industria. Ruckerlshaus dejó la EPA para trabajar en Weyershauser y Monsanto, entre otras corporaciones con conflictos claros de interés con la misión de la agencia gubernamental. Pero luego volvió a la EPA en la época de Reagan, para dejarla otra vez en 1985. En esta ocasión se convirtío en CEO de Brownig-Ferris, una gestora de residuos, incrementando su salario de $72000 al año que tenía en la EPA hasta $1 millón en la corporación.

Recientemente, hemos asistido a los “fichajes” de Scott Pruit y Michael Dourson, por lo que la EPA sigue siendo hasta prácticamente día de hoy un nido de “hombres de la industria”. Así, la queja de los autores está ciertamente justificada.

No sólo las puertas giratorias constituyen una carencia de independencia, sino que también la EPA ha sufrido una pérdida irremisible de capacidad para hacer correctamente su trabajo, ya que ha visto deteriorado su presupuesto y los laboratorios para validar las investigaciones de la industria. Menos dinero y menos laboratorios.

La desmantaleción progresiva de la EPA y su incapacidad manifiesta para regular es sólo una parte del macabro juego. Las corporaciones y los políticos ligados a ellas han de manipular también las percepciones de los ciudadanos. Por eso, como bien indican los autores, cuando la EPA o cualquier otra organización o equipo de investigación informa acerca de los potenciales riesgos de un pesticida, la maquinaria de relaciones públicas comienza a funcionar, y el mensaje que se construye es que se está “en contra de los granjeros y agricultores”. Así, se manipula a la opinión pública, porque realmente cuando se denuncian los peligros de los pesticidas no se está yendo contra los agricultores, sino defendiendo los intereses de la población general. Y en cualquier caso, se perjudica el “agronegocio” (agribusiness), que es algo más complejo que poner el foco en un “pobre agricultor”, ya que significa poner en riesgo los ingresos de gigantes de la industria química que obtienen enormes beneficios vendiendo esos productos contaminantes. Defender la salud y el medio ambiente no es ir en contra de los granjeros como la maquinaria perversamente expresa, pero desafortunadamente a la opinión pública llegan menos estas matizaciones.

“Habrá escasez y hambre”, decían corporaciones y grandes agricultores en 1972 cuando la EPA prohibió el DDT. Pues eso.

La manipulación del mensaje llega, por supuesto, a la publicidad de los productos. Como hemos comentado tantas veces en este blog, la corporaciones sólo cuentan la parte de la historia que les interesa y disfrazan la realidad. Estos dos anuncios de DDT de mediados de lo años 40 son una buena muestra de ello.

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Las quejas y adertencias sobre la toxicidad del DDT ya habían salido a la palestra cuando se publicaron esos anuncios, como también muestra este artículo de 1946:

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De la prohibición a la gestión del riesgo

Esta es una de las grandes victorias de la corporaciones químicas, conseguir que los productos cancerígenos se pueden seguir diseminando como pesticidas, siempre que vayan sujetos a una gestión del riesgo. Es decir, de un análisis coste-beneficio en el que lo relevante es una “dosis tolerable” de esos productos para los humanos. Ello supone, entre otras cosas, que no existen efectos acumulativos ni efecto cóctel (interacción con otros tóxicos), lo que es ciertamente discutible.

Y también supone que los agricultores emplean los pesticidas de manera adecuada, algo que los autores cuestionan, por ejemplo aludiendo a una encuesta realizada en 1981 por el gobierno estadounidense sobre su uso en Florida; el 40% de los agricultures usaban el pesticida equivocado o simplemente rociaban de más sus cultivos.

En realidad, como argumentan los autores, se trata de una forma legal de cubrirse las espaldas. Esto es, las corporaciones se protegen contra demandas por efectos tóxicos de los pesticidas a través de esas consideraciones de riesgo y tolerancia de dosis pequeñas. Así, son todavía hoy pertinentes las palabras de Morton Biskind, médico que falleció en 1981 y que alertó contra los peligros del DDT: “Los aparatos de comunicación (…) se encargan de negar, suprimir y distorsionar la abrumadora evidencia. Un nuevo principio de toxicología parece que se arraiga en la literatura: no importa cómo de letal un veneno pueda ser para otras formas de vida animal; si no mata instantáneamente a los humanos entonces es seguro. Cuando, sin embargo, mata a una persona, entonces es culpa de ese propio individuo, ya sea porque era alérgico a esa sustancia o porque la usó inadecuadamente”. Hoy, 37 años después del fallecimiento de Biskind, no podemos objetar ni una coma a esas palabras.

El fraude y la ocultación

Por si todo esto no fuera suficiente, los estudios de las empresas y los procesos de validación y supervisión de la EPA están salpicados de fraude y corrupción. Los autores comentan lo sucedido con el IBT, ese escándalo de proporciones colosales del mayor centro de investigación privado para las empresas agroquímicas, y del que hablamos con pausa en el post sobre los Poison Papers. Como comentamos entonces, la EPA hizo poco por volver a evaluar decenas de sustancias cuyos test reportados por las corporaciones estaban manipulados.

La EPA pasa por alto los ingredientes “inertes” de los pesticidas. Son secretos comerciales, según los productores, y no son evaluados porque no forman parte de la composición molecular activa. Pero no son para nada inertes, ya que en su mayoría son altamente tóxicos, a veces incluso  más que el componente activo. Pueden actuar como coadyuvantes para aumentar la adherencia del biocida, y entre ellos se encuentran compuestos como el clorobenzeno, benzeno, formaldehido…Según los autores el DDT podría pasar ahora como elemento inerte. Hay alrededor de 1800 ingredientes inertes y cuya inclusión en un pesticida concreto puede suponer más del 50% del propio producto. De este modo, existe una ocultación importante de la carga tóxica de los pesticidas, tal y como comentamos en diferentes posts sobre el glifosato.

Al fraude y la ocultación se añaden, además, el riesgo que sufren los investigadores de ser “señalados” por decir o hacer algo en contra del agronegocio. Así, los autores comentan el caso del estudio epidemiológico de Alsea (Oregón), y cuya historia describimos con detalle al comentar el libro “Una amarga niebla”.  Ese estudio que llevó a la EPA a prohibir el pesticida 2,4,5-T (uno de los dos componentes del Agente Naranja),  supuso un beso mortal para el programa epidemiológico de la Agencia. Varios de sus científicos se vieron atacados por la maquinaria de relaciones públicas de las corporaciones, afectando a las carreras profesionales de esos investigadores y a su trabajo dentro de la EPA.

Y es que la EPA ha jugado con fuego en muchas ocasiones. Los efectos del DDT todavía se veían en 1982 pese a su prohibición 10 años antes. La EPA tenía documentación que probaba su efecto en pájaros y peces en el Valle de Río Grande. Vallianatos descubrió unos documentos internos de científicos de la Agencia que ilustraban este hecho, pero que iban a ser destruidos. Ni la EPA ni el Gobierno de Texas hicieron  nada al respecto, a pesar de su conocimiento.

Así, la EPA tiene la cualidad de ser objeto de demandas que vienen desde todos los ángulos. Cuando tiene la osadía de regular en contra de los intereses de la industria, pese a las abrumadoras evidencias, entonces las corporaciones litigan contra ella. Pero como también deja gran parte de su trabajo sin hacer, organizaciones ecologistas y otros grupos también la llevan a los tribunales por no defender lo que realmente es su misión; proteger al ciudadano y al medio ambiente. Tal es el caso de la demanda de Earth Justice contra la EPA en 2013 por aprobar un nuevo insecticida neonicotenoide de Dow, especilmente lesivo para las abejas (los estudios recientes no dejan lugar a dudas sobre ese daño).

Miopía tóxica

Los profesores de marketing estamos familiarizados con el concepto de miopía comercial, que se produce cuando un ejecutivo es incapaz de identificar correctamente el mercado en el que compite una empresa, formado por necesidades a satisfacer, alternativas para satisfacerlas y clientes reales y potenciales.

Lo que los autores del libro expresan con claridad es que analizar de manera simple el potencial daño humano de un pesticida es incurrir en un error similar. Podríamos llamarlo miopía tóxica, porque para valorar el daño que hacen los pesticidas a los humanos y a la naturaleza hay que tener unas miras mucho más amplias y entender la complejidad y dinámica de los ecosistemas y, por supuesto, del cuerpo humano.

El libro está plagado de numerosas citas y advertencias de científicos en este sentido, y también de cifras, que quizá muestren de forma más directa la definición del problema. En 1991 la EPA estimó que 50 millones de norteamericanos estaban bebiendo agua potable potencialmente contaminada con pesticidas. A día de hoy, ya se han confirmado restos de insecticidas en ese agua para consumo humano.

En 2005 un estudio reveló que los pesticidas producían 300000 envenenamientos al año en Estados Unidos. La cifra en todo el mundo era de 26 millones, con 200000 muertes atribuidas y 750000 nuevos enfermos crónicos todos los años.

En 1954 los insectos destrozaron un 10% de las cosechas en Estados Unidos. En 1980 (junto con las enfermedades) un 37%, a pesar de las ingentes toneladas de pesticidas empleados. “¿Ha merecido la pena?”, se preguntan los autores.

El investigador David Pimentel estimó en 2003 que sin el empleo de pesticidas los agricultores habrían perdido el 41% de sus cultivos, lo que hubiera incrementado el precio de los productos entre un 5 y un 10%, es decir, una subida moderada y asumible, y más teniendo en cuenta los beneficios de haber evitado el daño para los humanos y el medio ambiente, una cifra que Pimentel estimaba en $12 mil millones al año.

Conclusión

Vallianatos y Jenkins enfocan su esperanza en las próximas generaciones de jóvenes que deben luchar por cambiar este modelo perverso y enfocarse hacia una agricultura que minimice los pesticidas. No es fácil, desde luego. No sólo los intereses de las multinaciones y la complicidad de los gobiernos están en contra, sino también incluso muchos agricultores.

Los autores comentan los casos de amenazas a pequeños granjeros y agricultores proclives a eliminar los pesticidas por parte de sus propios compañeros. Es el máximo triunfo de los malvados y manipuladores, hacer que los propios agricultores defiendan un producto que les está matando a ellos antes que a nadie.

Pero claro, no a todos; los grandes propietarios de tierras no suelen vivir en el campo, y les importa bien poco lo que allí suceda. Que rocíen veneno con las avionetas fumigadores les trae sin cuidado. Para los que están al pie del cañón todos los días, lo lamentable es que los pesticidas actúan como una droga; necesitan cada vez más, son adictos a algo que les produce un beneficio rápido, y que tienen que consumir con más intensidad porque la resistencia a ellos se incrementa. Un panorama desolador.

Los autores apuestan por tener un modelo de agricultura mucho menos concentrado e intensivo, con predominio de propietarios pequeños (familiy farming), con rotación de cultivos, con menos presión sobre la producción, y con el uso del control integral de plagas. Esto no lo está diciendo un soñador utópico; lo están diciendo cientos de investigadores desde hace décadas.

Luego vendrán los palmeros de siempre a defender lo indefendible, a pervertir el discurso, a manipular los mensajes. A llamar magufos, ecolopijos, comunistas, o lo que suene más despectivo a los que defienden un modelo alternativo y a los que denuncian los peligros de los pesticidas. Y entonces dirán que el estudio doble ciego de no se quién demuestra que los pesticidas no hacen daño, o cosas similares. Y así se creerán más científicos que nadie, porque son tecnólogos que vencen a los magufos alarmistas.

Y ahora yo me permito proponer a los lectores que reflexionen, que piensen en todas las historias que llevamos contando en este blog sobre pesticidas. Que valoren el contexto en el que la ciencia se produce, y la historia vivida desde la II Guerra Mundial. Después, que evalúen las interacciones entre política, corporaciones y ciencia, así como el papel de las agencias reguladoras y los efectos sobre los ciudadanos. Y finalmente, que visionen los anuncios publicitarios de los productores, y empiecen a contabilizar las mentiras, manipulaciones, fraudes y corrupciones por parte de todos los actores del sistema. Luego, pueden volver a leer el discurso y el relato de los voceros, y esos “super científicos” que tratan de sacarnos de la ignorancia.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, enero 10). Poison Spring; una inquietante historia sobre la EPA y los pesticidas. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b295

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(#280). SLAVE TO FASHION: HISTORIAS DE ESCLAVITUD MODERNA

[MONOTEMA] Slave to fashion nos muestra de una forma muy gráfica y directa la situación de esclavitud (ahora tonificada con el apelativo de “moderna”) que viven millones de trabajadores de la industria textil en todo el mundo.

Después de tanto que he escrito en este blog sobre la problemática laboral (y también medioambiental) de la industria de la confección, no podía dejar pasar la oportunidad de referirme a este libro, como una prueba más de una realidad que, aunque da fogonazos de luz, sigue siendo tristemente oscura.

La autora, Safia Minney, es probablemente la emprendedora social más reconocida en este sector, y tras sus más de 25 años de experiencia, viajes, proyectos y gestión de su propia marca, People Tree, una auténtica pionera.

Esas vivencias en primera persona son, sin duda, lo que dota de valor añadido a esta obra, y lo que incrementa su interés por conocer historias de sufrimiento pero también de esperanza. Un cóctel de sentimientos encontrados se dan cita en el libro, aunque cualquiera que lo lea con una mirada honesta sentirá indignación al conocer vivencias tan duras.

En este post voy a comentar algunos de los aspectos más destacados del libro, con el fin (como siempre) de ayudar a su comprensión e incentivar su lectura.

 

La autora

Safia Minney trabajó en sus inicios como publicista, y de sus viajes por Asia y de sus inquietudes sociales nació a comienzos de los años 90 People Tree, una marca textil de comercio justo que se ha convertido en auténtica referencia en el sector.

Nacida en Gran Bretaña en 1964, y con dos hijos, Minney viaja constantemente por medio  mundo dando voz a las personas que sufren este sistema de producción-consumo depredador, y volcándose con las alternativas que surgen para intentar darle la vuelta.

 

Esclavitud moderna

Es una práctica ilegal, sí, pero la realidad es que, bajo diferentes formas, la esclavitud se da en la cadena de suministro textil. Minney culpa a las organizaciones mafiosas y a la disfunción del sistema capitalista de este tipo de prácticas; es el beneficio de unos pocos a costa del sufrimiento de millones.

Trabajo infantil, trabajo forzado, trabajo excesivo y el tráfico de personas se interrelacionan para crear esa esclavitud. En realidad se podría resumir con el concepto de incapacidad de elección; esas personas no pueden elegir otra alternativa que la del trabajo en esas condiciones precarias e inhumanas. Por eso es esclavitud, porque no pueden negarse.

En lo últimos 30 años 1 millón de mujeres y niños han sido movidos por las mafias en Bangladesh. Son a menudo objeto de engaño; se les dice a las familias que van a recibir dinero a cambio de ese trabajo para dejarlos ir, pero luego muchos de ellos no vuelven a dar señales de vida. También ocurre en India y en otros países de la zona, y los inmigrantes son especialmente vulnerables.

Contamos hace algunos meses la historia de las niñas Sumangali en India, que son obligadas a trabajar en condiciones infrahumanas para ganar su “dote” y así conseguir casarse. Algunas pierden la salud antes de poder hacerlo.

En otras ocasiones se les fuerza a trabajar para pagar préstamos, por lo que el empleado queda en una situación de trabajo forzado, que además suele cubrir de sobra la deuda contraída.

¿Niños trabajando? Claro, aunque cada país tenga una edad mínima para trabajar (14 años en Bangladesh un máximo de 5 horas al día). La triste realidad es que muchos comienzan antes (hay testimonios en el libro) y que trabajan bastante más de esas 5 horas.

Minney pone mucho énfasis en la importancia de la puesta en marcha del Modern Slavery Act del Reino Unido (octubre de 2015), inspirado en el California Transparency in Supply Chains Act (2012). Pero no dejan de ser actos de “buena fe” de compañías grandes (con facturaciones por encima de los $45 millones en Reino Unido), que simplemente tienen que hacer una declaración sobre cómo están gestionando la cadena de suministro (una especie de declaración sobre balance social). Pero como bien se indica en el libro, esas empresas pueden decir que no pueden garantizar que no hay esclavitud y seguir cumpliendo con el Act. Esta es uno de los motivos por los que resulta pertinente que la iniciativa vinculante por la regulación del sector textil en la Unión Europea se haga efectiva.

Los trabajadores de los países más pobres necesitan más oportunidades de empoderarse en lugar de caridad, al menos eso es lo que destaca Minney en su énfasis en el “Trait, not aid”. Pero la cruda realidad es que la mayoría de las multinaciones que emplea este sistema de deslocalización no lo hace para el desarrollo local, sino para aprovecharse de las condiciones de explotación y del pobre entorno legal y alta corrupción. Las corporaciones tienen más poder que los gobiernos, asevera Minney, y tiene razón.

Es cierto que las iniciativas de comercio justo con una forma de cambiar esta situación. La autora hace referencia a la Fair Trade Foundation y a las marcas que operan bajo el sello de comercio justo.

Múltiples casos de explotación

En una de las partes más duras del libro, Minney pone nombres y caras a espeluznantes testimonios sobre esclavitud en el sector. Cuanta casos en India y China, trabajando 12 horas al día en épocas de mucha demanda, con sólo un día libre al mes, y de 7.30 de la mañana a 3.00 de la madrugada.

En Bangladesh muchos empleados trabajan entre 60 y 77 horas a la semana con 1 o 2 días libres por mes. “No queremos esta vida”, dice un joven de 24 años que trabaja 77 horas a la semana en ese país.

En Camboya el empleado medio textil trabaja 72 horas a la semana, pero hay muchos ilegales a los que se les paga sólo $100 al mes, por debajo del salario mínimo legal, ya de por sí precario (unos $170). Aunque sean ilegales trabajan como subcontratas de talleres legales.

Niños que comienzan a los 12 años en un taller o en una hilandería, y mujeres (muchas de ellas casi unas niñas todavía) que son acosadas sexualmente por unos supervisores o jefes que las amenazan con despedirlas o hacerles pasar un infierno (todavía mayor) si no acceden a sus peticiones.

Minney propone que, obviamente, hay que pagar más a los empleados, pero también planificar mejor la producción. Este es un tema importante porque ello daría mucha más estabilidad a los trabajadores, y probablemente reduciría los picos de trabajo (horas extra inhumanas).

¿Un futuro en positivo?

Minney quiere dar un mensaje también de esperanza, nombrando iniciativas como las de Sre Santhosh Garments en India, que produce para Continental Clothing Co (Reino Unido). Pretenden doblar el salario mínimo legal, con el fin de acercarse a un salario digno, y lo hacen a través de un sistema de reparto de los ingresos obtenidos por cobrar un precio premium como coste al comprador (la marca distribuidora, en este caso). Así, ese precio premium sirve para financiar un sobresueldo a los trabajadores. Pero la realidad (al menos la que admite Minney en el libro) es que aún no han conseguido su objetivo, aunque esperan hacerlo en los próximos años.

La autora comenta varios proyectos e iniciativas para que el consumidor esté más informado sobre lo que hay detrás de lo que compra, pero aún así, falta mucho camino por recorrer. Por ejemplo, comenta el proyecto Knowlabel, sobre información en el etiquetado para que se puede leer con un smart phone, pero aún está en fase de desarrollo.

Precisamente los teléfonos móviles están sirviendo como herramienta para facilitar la denuncia de los trabajadores, y poder hacer un seguimiento y monitorización de esos casos.

Extrañamente, Minney no hacer referencia al caso de Alta Gracia, en la República Dominicana, y su apuesta por pagar un salario digno tres veces superior al salario mínimo. Comentaremos este caso con mucho detenimiento en unas pocas semanas, en un futuro post.

Ciertamente hay muchas personas y muchos proyectos empujando para mejorar la situación laboral y medioambiental en la industria textil. En el libro, otro los aciertos de Minney es darles voz, y así poder conocer, aunque sea brevemente, sus visiones y misiones. No obstante, y pese a ello, el consumidor medio sigue perdido entre información dispersa y a veces contradictoria. Por ejemplo, Minney comenta la labor del Ethical Trade Initiative, pero lo que no dice en el libro es que cuando  un consumidor entra en su web y busca las empresas adheridas se encuentra con algunas como H&M, Inditex o Primark, ejemplos claros de condiciones laborales precarias.

Esa confusión creada (deliberadamente por las grandes marcas) desconcierta al consumidor medio y le hace más vulnerable a la manipulación o al escepticismo. De ahí la importancia de una de las propuestas de la iniciativa aprobada por el Parlamento Europeo el pasado mes de abril, como ya hemos comentado, por la elaboración de normas de etiquetado sobre productos moda realizada en condiciones dignas y justas.

Conclusión

Safia Minney nos muestra de nuevo una amarga realidad que viven millones de personas esclavas en pleno siglo XXI. Quizá de manera demasiado políticamente correcta, lo llama “disfunción del sistema capitalista”. En realidad es un horror del que son responsables multinacionales, gobiernos, mafiosos, y también los consumidores. Es cierto que nosotros (consumidores), en mucha menor medida, pero la única forma de desmarcarnos de estos auténticos psicópatas de la explotación es intentar en nuestro día a día apoyar a las iniciativas que vayan justo en sentido contrario a ellos. Es el poder que tantas veces hemos comentado que tenemos para cambiar las cosas.

Sin embargo, no cabe duda de que hemos de ir más allá. No sólo con nuestro consumo, sino exigir a los máximos responsables de esta situación (multinacionales y políticos afines a ellas) que paren este sufrimiento. Probablemente te llamen (despectivamente) radical por ello, pero quien te llame así es cómplice de los que explotan a mujeres y a niños para hacer sus camisas; no es muy diferente a ellos.

Y no nos olvidemos de las celebridades, los famosos que están tan vinculados a esta industria con sus contratos de apadrinamiento. Desde Stars for Workers llevamos un año intentando que se impliquen, más allá de esporádicas acciones para la galería. Y cuánta falta hace que planten cara de una vez a las multinacionales que les pagan por publicitar una ropa teñida de sufrimiento.

Ojalá hubiera muchos más casos como el de Safia Minney, cuyo ejemplo de emprendimiento debería estudiarse en las universidades. La economía y la sociedad necesita de este tipo de mujeres, que son capaces de mejorar la vida de miles de personas.

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(#278). EL CASO DE SHARON GOLDBERG; NIÑOS ELECTROSENSIBLES

[MONOTEMA] Los proyectos de ley que se discuten este año en Massachusetts en relación a la necesidad de una mayor regulación de las exposiciones a Wi-Fi y otros emisores de radiofrecuencia nos están permitiendo conocer una realidad que, aunque algunos se empeñen en tapar o ridiculizar, existe y es muy preocupante.

Sharon Goldberg ha tenido la amabilidad y valentía de contarme con detalle su caso, el cual debe suponer un punto de inflexión en el modo en el que parte de la sociedad afronta esta cuestión.

En este post voy a relatar una historia que merece ser contada y conocida. No es un caso aislado, hay miles como este, pero el hecho de que sea una profesional de la medicina quien la protagoniza lo otorga un mayor eco.

Su perfil como médico

Sharon Goldberg nació en Estados Unidos, y se trasladó a Israel a estudiar medicina en Tel-Aviv University, Sackler School of Medicine, obteniendo su título en 1997. Poco tiempo después retornó a Estados Unidos para continuar su formación. En el Beth Israel Medical Center, en Nueva York completó su residencia en medicina interna. En 2000 obtuvo el certificado en medicina interna por la American Board of Internal Medicine, y desde entonces ha continuado su formación en otras especialidades, como en Medicina Tropical.

Desde 2001 hasta 2004 estuvo trabajando en el Mount Sinai School of Medicine de Nueva York, y desde entonces y hasta 2015 ejerció como profesora en el Mount Sinai School of Medicine (2004-2005), en el Albert Einstein College of Medicine (2006-2011), y en la Universidad de Miami, en el Miller School of Medicine (2011-2015).

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Durante todo este periodo, Goldberg se ha especializado también en medicina integrativa, lo que le ha hecho obtener una visión más amplia de las ciencias de la salud, y así emprendió su carrera como consultora en Glow Health Miami, en 2016, un proyecto personal en el que combina su experiencia en medicina interna con la medicina integrativa.

Durante estos años de carrera profesional, la doctora Goldberg ha publicado artículos de investigación en revistas científicas, como Pyschiatry and Clinical Neurosciences, Atherosclerosis, y Journal of Diabetes and Metabolic Disorders.

El comienzo de su interés por los efectos nocivos de la radiación no ionizante

En 2014, cuando todavía estaba como profesora a tiempo completo en la Universidad de Miami, su departamento le dio un nuevo teléfono móvil, un obsequio de la propia universidad. Goldberg era usuaria de Blackberry pero ese año cambió a un iPhone, porque la mayoría de las aplicaciones médicas que empleaban estudiantes y los residentes que estaban a su cargo no se podían ejecutar en su Blackberry.

El día en que llevó su nuevo teléfono a casa tuvo una llamada de 20 minutos en la cual empleó el altavoz, cogiendo el dispositivo con los dedos pulgar e índice. Cuando finalizó la llamada, Goldberg sintió dolor y quemazón en el dedo índice, un dolor neuropático, similar al que un diabético puede sufrir en un pie. Esa sensación de ardor y dolor no se fue hasta que no pasaron 3 o 4 días. Esto hizo que rápidamente devolviera el teléfono móvil y pidiera que se lo cambiaran por otro con un menor SAR (tasa de absorción específica). Desde ese momento la doctora comenzó a interesarse por un campo que hasta entonces no había sido objeto de su atención; el efecto de los campos electromagnéticos sobre la salud. Se unió al Collaborative on Health and the Environment, y estableció lazos con otros científicos que estaban trabajando en esta disciplina. Ella misma empezó a leer literatura específica al respecto y a formarse sobre cómo detectar y medir esas fuentes de radiación.

Jóvenes enfermos

Sharon Goldberg siente que su motivación para estudiar los efectos de los campos electromagnéticos sobre la salud es similar a la de otros compañeros médicos, que se cuestionan qué causas hay detrás de que en los últimos 10-15 años esté enfermando tanta gente. Según Goldberg, investigadores interesados en la nutrición y/o en las enfermedades crónicas están abordando también el estudio de la radiación no ionizante, como uno de los posibles caminos para explicar esta situación.

Goldberg se pregunta por qué la mayoría de pacientes que ella tenía como internista al comienzo de su carrera eran de una edad avanzada (65 años en adelante), mientras que los enfermos que han pasado por sus manos y por las de sus compañeros en los últimos años tienen cada vez menos edad. Si antes los jóvenes que trataba tenían patologías bien definidas (abuso de alcohol, secuelas de drogas, SIDA, cáncer, enfermedades estructurales cardíacas, trastornos convulsivos, enfermedades autoinmunes…), los más recientes tienen múltiples comorbilidades: diabetes, historial de ataques cardíacos o infarto, enfermedad vascular, obesidad, etc. Goldberg destaca que ahora en Estados Unidos es rutinario ver personas de 30-40 años con varios diagnósticos, pero sin ninguna causa subyacente clara, y enfatiza en relación a su interés sobre la radiación no ionizante: “Esta es mi motivación, las personas de 30 y 40 años no deberían necesitar amputaciones de extremidades, diálisis, cateterismos, o cuidados paliativos”.

La sensibilidad de sus hijos

En este punto, la historia de la doctora Goldberg tiene elementos en común con la de otros científicos y profesionales de la medicina que valoran el amplio número de publicaciones que la literatura muestra advirtiendo de los efectos nocivos de la radiación no ionizante, y también de la observación de pacientes, compañeros, amigos y familiares. Todos estos investigadores sienten que los niveles de protección no son adecuados, y que no se está regulando con la suficiente responsabilidad. Hasta aquí, es una historia que incluso podría catalogarse como común entre un nutrido grupo de investigadores.

Sin embargo, lo que hace su caso más especial es lo que le está ocurriendo a sus hijos, un niño y una niña que han sido diagnosticados con intolerancia electromagnética, o lo que aquí en España conocemos como electrosensibilidad o electrohipersensibilidad. Goldberg explica en esta carta, fechada el 4 de abril de 2017,  el caso, por lo que vamos a reproducir las líneas más reseñables.

“En mayo de 2016, mi hija de 2 ° grado sufrió mareos, náuseas y vértigo cada vez que se usaba la pizarra inteligente en su clase. Con exposiciones más largas (es decir, cuando la profesora ponía películas en la pizarra), la niña tenía confusión, náuseas muy intensas y mareos. A medida que avanzaba el año, desarrolló una pérdida de memoria a corto plazo y cambios de comportamiento significativos. La primera semana de verano, asistió a un campamento bajo múltiples torres de telefonía móvil y después de solo 2 horas, desarrolló lo que más tarde se reconoció como toxicidad aguda por radiación. Ella manifestó todos los síntomas que habían aparecido en la escuela, además de problemas neuropsiquiátricos más graves, muchos de los cuales duraron varios meses, incluyendo: hipersomnolencia, acatisia, un tic nervioso, llantos extremos sin razón aparente, arrebatos de ira y mareos crónicos. Durante este período, ella era muy sensible a la radiación del teléfono celular / Wi-Fi / torres de telefonía / y otros tipos de emisores de radiofrecuencia. Es de destacar que cuando los niveles de radiofrecuencia se midieron posteriormente en su clase, la densidad de potencia era extremadamente alta: 125000 μW/m², un nivel claramente asociado con muchos problemas de salud efectos, incluyendo daños en el ADN, cambios de comportamiento y dificultades de concentración). Afortunadamente, ella se ha recuperado, pero permanece sensible a la radiofrecuencia cuando se expone. Después de solo 3 días en la escuela este año estaba demasiado mareada y con nauseas para regresar a la escuela que tanto le gustaba”.

Así, la hija de Sharon Goldberg, que ahora tiene 9 años, sufrió claros síntomas de electrosensibilidad. Los niveles de densidad de potencia en su clase estaban por debajo de los límites de referencia, por tanto, eran perfectamente legales. Aquí en España se permite hasta 4500000 μW/m², es decir, incluso 36 veces más. Sin embargo, como bien indica la doctora Goldberg, las recomendaciones sobre exposición derivadas de diferentes investigaciones recientes son mucho más restrictivas, por lo que la niña estaba expuesta a niveles muy superiores a los que algunos investigadores han propuesto (entre 1 y 1000 μW/m²).

Pero, poco tiempo después, su hijo que hoy tiene 7 años, comenzó a sufrir también problemas:

“En diciembre de 2016, después de comenzar en una nueva escuela, mi hijo desarrolló cambios progresivos en el comportamiento, similares a los asociados al autismo. Cada semana que pasaba se volvía más agresivo y violento, atacando a su hermana en muchas ocasiones, golpeándola y pateándola sin razón aparente. También tuvo un retroceso en su desarrollo y no quería vestirse, desvestirse o lavarse por sí mismo. Tenía frecuentes dolores de cabeza y dificultades severas para mantener la concentración. Después de dos meses en esa escuela, comenzó a atacar a otros miembros de la familia, incluyéndome a mí, y a su abuela que vivía con nosotros. Tenía ataques de ira en los que era muy difícil contenerse físicamente. Durante esos ataques él era a menudo destructivo. En febrero pateó una puerta corredera de ducha tan fuerte que se rompió. A principios de marzo, y después de que nuestra hija mencionara que el autobús escolar la había mareado mucho, decidimos experimentar y ver si al no montar en autobús cambiaban los resultados. Y sorprendentemente, después de 24 horas sin subir a ese vehículo, la violencia y agresiones de mi hijo pararon. No hubo más agresiones en el hogar aparte de varios episodios que ocurrieron después de fuertes exposiciones a la radiación fuera de la casa, y una vez terminada el año escolar mi hijo volvía a ser el niño normal y dulce que era. Sin embargo, después de dos días de reiniciar el colegio el mes pasado, mi hijo volvió a ser agresivo con su hermana”.

Sharon Goldberg enfatiza en su carta que sus dos hijos tienen un desarrollo completamente normal y saludable, pero cuando se exponen a radiofrecuencia empiezan a sentirse enfermos, cada uno de una forma diferente. El niño lo hace gritando y siendo agresivo mientras que la niña principalmente sufre mareos e indisposiciones. Y ambos lo hacen a la vez cuando van a establecimientos comerciales como Home Depot o Target donde están expuestos a radiación.

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Todas estas circunstancias unidas a que su hogar es desde 2016 una “zona blanca”, es decir, libre de radiofrecuencia, les ha hecho establecer relaciones circunstanciales de causa y efecto. Goldberg decidió deshacerse de su contador telegestionable, la alarma, el router Wi-Fi (ahora emplean cable), además de implementar otros cambios para que sus hijos se encuentren tranquilos y saludables dentro de casa.

Como bien comenta Goldberg, en relación al caso de su hijo, los autobuses son un lugar donde la exposición a radiofrecuencia se multiplica. Al margen de que puedan llevar Wi-Fi incorporada, la radiación de los múltiples teléfonos móviles que están conectados (buscando continuamente repetidores al estar moviéndose) y cuyas ondas rebotan con la carcasa metálica del autobús, hace de este lugar una zona de alta inmisión.

Diagnosticados y buscando un lugar para llevar una vida normal

Sus hijos fueron diagnosticados por 2 pediatras como sensibles a los campos electromagnéticos, registrando el código ICD-10 como “efectos de la radiación”. El Distrito Escolar del Condado de Palm Beach aceptó a los niños en su programa de “Hospital a domicilio” en octubre de 2017.

Este es un programa que se usa para los niños con cáncer o enfermedad grave que están demasiado enfermos para asistir a clases normales, o porque se considera que no están lo suficientemente seguros allí. El programa incluye clases virtuales y es lo que la familia Goldberg está empleando a día de hoy a la espera de mudarse a una escuela con las condiciones de inmisión de radiofrecuencia que les permita asistir sin problemas, lo que está resultando tremendamente complicado.

Ori and Noa beachConclusión

He escrito mucho en esta web sobre los efectos adversos de la radiación no ionizante. Y lo he hecho buceando por la literatura científica, pero también observando los casos que conozco personalmente. Esto últimos son evidencias circunstanciales, pero constituyen una fuente de información para un científico cuando se multiplican en número. Pero incluso aunque fueran casos aislados (que no lo son) también merecerían la atención científica, y el reconocimiento social y médico.

El caso de Sharon Goldberg es importante para que sirva como palanca para animar a todas aquellas personas que están sufriendo algo similar pero que no se atreven a admitirlo por miedo al rechazo profesional y social. Lamentablemente, algunos radicales del cientifismo provocan que los que sufren se escondan por temor a represalias y burlas.

Es alentador que la doctora Goldberg admita que cuando le presentaba información sobre los efectos adversos de la radiofrecuencia a otros colegas médicos estos mostraran interés en saber más y en reconocer que hay evidencias notables de que esos efectos puedan existir. Aquí, en España, por desgracia, la situación probablemente es diferente. Sólo unos pocos médicos han tenido el coraje y el arrojo de defender públicamente una realidad que es constantemente atacada por el círculo pseudoescéptico. Qué error poner al mismo nivel la creencia paranormal con la existencia de la electrosensibilidad. Qué falta de respeto y qué incoherencia científica. Pero cuánto daño están haciendo.

La realidad es que no sabemos muy bien lo que está ocurriendo, pero dada toda la evidencia disponible, un buen científico debe al menos dudar, pedir más investigación, demandar precaución, y estudiar todas las posibilidades, aunque provengan de evidencias circunstanciales.

La doctora Sharon Goldberg está viviendo momentos muy duros con sus hijos pequeños, pero ha hecho el meritorio esfuerzo de contar su historia para poder ayudar a que otros niños y adultos no sufran de ese modo. Espero que esto sirva para que otras personas se animen a relatar su caso, y para que también la sociedad humildemente acepte que, dado todo lo que conocemos, lo más inteligente y honesto es minimizar la exposición.

Padres, directores de colegio, profesores, médicos, investigadores, reguladores y políticos: Escuchad, por favor.

Agradecimientos

Este artículo no habría sido posible sin la colaboración de Sharon Goldberg, quien ha atendido a mis preguntas de manera amable y cortés. Además, también estoy en deuda con Ángel Martín y Cecelia Doucette, quienes me ayudaron a llegar hasta Sharon.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2017, noviembre 7). El caso de Sharon Goldberg; Niños electrosensibles. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b278

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(#271). UNA AMARGA NIEBLA Y LOS POISON PAPERS

[MONOTEMA] En julio de 2017 han visto la luz más de 20000 documentos que muestran irregularidades en el proceso de registro de pesticidas en Estados Unidos, la colusión entre la industria y las entidades reguladoras, y las mentiras y la parcialidad de información proveída a los ciudadanos. Son los llamados “Poison Papers“, un proyecto de Bioscience Resource Project y el Center for Media and Democracy,  y que principalmente han sido recopilados por el trabajo de toda una vida de Carol Van Strum.

La figura de Van Strum, activista y mujer polifacética, es clave en esta historia, después de más de 40 años de lucha persiguiendo la verdad y la justicia. Van Strum publicó “A bitter fog. Herbicides and human rights” en 1983, contando las experiencias vividas por cientos de inocentes que vieron su salud y sus vidas truncadas por la fumigación con herbicidas en bosques de Estados Unidos. Una segunda edición del libro se publicó en 2014, y es la que voy a comentar en este post, como contextualización de lo que los Poison Papers muestran.

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CarolVanStrum

Al igual que realicé con el libro “Fake Silk”, voy a hacer un recorrido cronológico por los contenidos del libro, que aunque no corresponden con su estructura original, quizá ayuden mejor a entender la secuencia de los hechos. Todo lo especificado proviene de Van Strum (2014), por lo que no considero necesario su continua citación. El material complementario añadido por mí está debidamente referenciado. Una amplia explicación y discusión sobre este post se encuentra en el siguiente programa de Doble Cara:

Programas de Doble CaraConceptos previos

Considero útil identificar algunos de los nombres que comentaremos frecuetemente en el post, para hacer más fácil su comprensión.

Acido 2,4-diclorofenoxiacético (2,4-D): herbicida clorado.

Acido 2, 4, 5-triclorofenoxiacético (2,4,5-T): herbicida clorado.

Picloram: herbicida clorado.

Dioxinas: Contaminantes orgánicos persistentes producidos fundamentalmente por la combustión de productos clorados.

2,3,7,8-tetraclorodibenzo-p-dioxina (TCDD): Dioxina que se puede formar a partir de la combustión del 2,4,5-T, o como impureza en su proceso de fabricación de herbicidas clorados (tanto del 2,4,5-T como del 2,4-D). Es altamente tóxica.

Glifosato: Herbicida organofosforado que actúa como inhibidor de la síntesis de aminoácidos aromáticos en las plantas

Dow Chemical Company (Dow): Empresa química principal productora de los herbicidas 2,4-D y 2,4,5-T, cuya combinación formaba el Agente Naranja.

Monsanto: Coporación agroquímica, principal productor del herbicida glifosato. Fue una de las empresas que produjo el Agente Naranja.

EPA: Environmental Protection Agency, es la agencia que se encarga de estipular las normas de protección ambiental en Estados Unidos, y la que decide qué pesticidas pueden ser empleados (da el visto bueno a su registro). Fue fundada en 1970.

La Guerra del Vietnam y los herbicidas

En 1962 se empezaron a emplear los herbicidas en la Guerra de Vietnam por parte del ejército de los Estados Unidos. Utilizaron una gran variedad de químicos “Arco Iris” en el que destacaban por encima del resto:

(1) Agente Blanco: Compuesto de 2,4-D y picloram.

(2) Agente Azul: Compuesto basado en arsénico para destruir plantaciones de arroz.

(3) Agente Naranja: Mezcla al 50% de 2,4-D y 2,4,5-T.

Los problemas de los efectos tóxicos en trabajadores que producían esos herbicidas o los manipulaban datan de la década de 1940. En 1971 se dejó (oficialmente) de emplear el Agente Naranja en Vietnam, ya que existían estudios que mostraban sus efectos adversos en dosis no letales. De hecho, en 1965 se hicieron experimentos en Estados Unidos que indicaban que el 2,4-D y 2,4,5-T causaban defectos al nacer en pequeñas dosis. Dow,  el principal productor de este herbicida, presionó para que no saliera a la luz este estudio.

No obstante, extra oficialmente siguieron las fumigaciones por parte del ejército americano. Así lo contaba Paul Merrell, soldado que combatió varios años en Vietnam, y que una de sus tareas era la de realizar intervenciones psicológicas en la población vietnamita para fumigar con el herbicida tóxico:

“El Viet Cong dice que nuestras fumigaciones enferman a su gente, matando a los niños, pero es mentira. Ellos son los que están envenenando el agua, y la gente cree sus mentiras. A ellos no les gusta el espray porque descubre a los soldados ocultos”.

Eso es lo que se decía desde los helicópteros a la población para convencerle de que el veneno no era tal. A la vuelta de la guerra se convirtió en un activista y se sumó a la causa de los colectivos de personas que luchaban para no ser fumigados en Estados Unidos, como posteriormente veremos.

Cuando Paul Merrel iba al hospital de veteranos (estaba recurrentemente enfermo), y decía que el Agente Naranja era el motivo de su enfermedad, entonces lo derivaban a psiquiatría. Así era el tratamiento a los ex combatientes de Vietnam en esos años, si atribuían sus enfermedades al Agente Naranja los enviaban al psiquiátrico. Mientras, él se daba cuenta de la cantidad de hijos de ex combatientes con malformaciones al nacer. No fue hasta 1981 cuando se aprobó que los veteranos afectados por los herbicidas tuvieran acceso prioritario a hospitales y derecho a ser tratados.

Se estima que el ejército norteamericano diseminó más de 42 millones de litros de Agente Naranja, del total de 72 millones del resto de herbicidas Arco Iris (Stern, 1999). Los efectos sobre los veteranos, según la última actualización de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (2016) que son reconocidos como evidencia suficiente son: sarcoma de tejidos blandos, linfoma no-Hodgkin, leucemia linfocítica crónica, linfoma Hodgkin y Cloracné; y como evidencia limitada: cáncer de laringe, cáncer de pulmón, bronquios o tráquea, cáncer de próstata, cáncer de vejiga, myeloma múltiple, Parkinson, diabetes Tipo 2, hipotiroidismo e infarto, entre otras.

Los vietnamitas todavía lo están pagando. Entre los múltiples efectos que causó la fumigación masiva destaca, quizá por encima del resto, los defectos de nacimiento (Ngo et al, 2006). Terribles imágenes tomadas en estos últimos años muestran que las nuevas generaciones siguen viéndose afectadas (Farberov, 2013; The Independent, 2017).

Sin embargo, para Monsanto, tal y como escriben en su blog “Hablando Claro”  (Monsantoblog, 2015): “Los militares de EE.UU. lo utilizaron entre los años 1961 y 1971 para salvar las vidas de los soldados“. Y añaden: “No se sabe el número exacto de las vidas de soldados que se salvaron, pero lo cierto es que fueron muchas”. Y además, espetan: “Sabemos que algunos gobiernos ofrecen ciertos beneficios médicos a los veteranos y sus familias a pesar de que no ha habido evidencias determinantes sobre problemas de salud que hayan sido causados por el Agente Naranja“.

Por tanto, para Monsanto el Agente Naranja fue un herbicida que trataba de salvar vidas, y además fue eficiente porque salvó muchas. No sólo eso, sino que para la multinacional no hay evidencias determinantes de que cause problemas de salud. Para finalizar, evaden cualquier responsabilidad: “En marzo de 2009, hubo una demanda sobre el Agente Naranja, en este caso, el Tribunal Supremo de Estados Unidos acordó que las empresas no eran responsables de las consecuencias del uso militar del agente naranja en Vietnam, porque los fabricantes simplemente habían sido contratados por el gobierno y seguido sus instrucciones. Nosotros mantenemos esta posición y creemos que las consecuencias adversas que presuntamente han surgido de la guerra de Vietnam, incluyendo el uso del Agente Naranja, las deben resolver los gobiernos que estuvieron involucrados”.

Según el portal especializado Statista, Monsanto ha sumado más de 12500 millones de dólares en beneficio neto entre 2011 y 2016.

monsantobeneficioneto Mientras tanto los vietnamitas siguen se percibir ningún tipo de compensación por parte de las corporaciones que fabricaron los venenos, y cantidades insuficientes por parte del Gobierno de Estados Unidos: sólo 20 millones de dólares a las víctimas, según Nguyen & Hughes (2017), aunque es cierto que los americanos han invertido más cantidad en ayudar a descontaminar.

Y en cuanto a los veteranos de guerra americanos, su lucha les permitió obtener un fondo de compensación de 180 millones de dólares en 1984 (Blumenthal, 1984), proveniente de las compañías que fabricaron los herbicidas: Dow; Monsanto Company, St. Louis; the Diamond Shamrock Corporation, Dallas; Uniroyal Inc., Middlebury, Conn.; the T. H. Agriculture and Nutrition Company, Kansas City, Mo.; Hercules Inc., Wilmington, Del., y Thompson Chemical Company, Newark.

Si actualizamos esos 180 millones a dólares de 2016 serían unos 421 millones, que como hemos visto apenas llega a ser una tercera parte de los beneficios de Monsanto en ese mismo año. Dow, por su parte, cerró el ejercicio económico de 2016 con más de 4400 millones de dólares de beneficio neto, por lo que esa cantidad ni siquiera supondría el 10% de los beneficios de ese año.

dowbeneficionetoBlumenthal (1984), también se hizo eco de una de las comunicaciones oficiales de Dow al respecto de ese litigio que acabó con la creación del fondo de compensación: “Continuamos creyendo que el Agente Naranja no era una causa plausible de las enfermedades que han sufrido algunos veteranos y sus familias”.

Los primeros avisos en Arizona

Seguimos en plena Guerra de Vietnam, pero ahora nos trasladamos a Arizona, en una zona de bosques muy peculiares en el Tonto National Forest.

tontonationalforest2En 1965 el United States Forest Service (Servicio Forestal de EEUU) empezó un programa de herbicidas que duró hasta 1969, empleando el 2,4-D y el 2,4,5-T como parte de un producto llamado Kuron, es decir, los componentes del Agente Naranja.

Excepto 3 o 4 grandes ranchos ningún residente de la zona fue notificado de las fumigaciones. A los pocos meses comenzaron a aparecer animales con malformaciones, al margen de problemas puntuales inmediatamente después de cada fumigación: diarreas, sangrados nasales, etc. El Servicio Forestal decía siempre lo mismo: “No es dañino. Habrán sido los insectos, el fuego u otros animales“.

Van Strum cuenta el caso de una familia que tuvo que ir al hospital después de una fumigación; su hijo pequeño enfermó gravemente durante 4 años. Entonces, una llamada anónima que se identificó simplemente como un empleado gubernamental salvó la vida del niño, ya que le dijo a los padres que le contaran a su médico que esos herbicidas producían anemia, entre otros efectos.

Una mujer fumigada en 1969, Billiee Shoecraft, puso una demanda de 4.5 millones de dólares contra el Sevicio Forestal y 4 productores de herbicidas. En 1971 publicó el libro “Sue the bastards!” donde contaba su terrible experiencia, no sólo por sufrir las fumigaciones, sino por el desinterés mostrado por las autoridades. Finalmente, en 1981, Dow y el Servicio Forestal indemnizaron por una cantidad no desvelada a 5 familias afectadas (New York Times, 1981). Sin embargo, Billee no pudo ser testigo de ello, ya que había muerto de cáncer en 1977. Según Van Strum, Dow nunca admitió públicamente su responsabilidad.

Muy cerca de Tonto, en la Reserva Apache de San Carlos, se vivieron situaciones similares. El Servicio Forestal también fumigó esa zona durante la década de los 60. Algunos nativos americanos dicen que fue un crimen perpetrado por sus propios gobernantes (Duara, 2017).

Los bosques de Oregón

Nos trasladamos ahora al noroeste de Estados Unidos, a Oregón, el foco donde se gestó la parte central de esta historia. Desde 1969 el bosque de Siuslaw fue fumigado por helicópteros y, de nuevo, con mezcla de 2,4-D y 2,4,5-T.

siuslaw forest2Van Strum cuenta la historia de la familia Wilkinson, cuyo hijo de 13 años falleció en 1979 a causa de un linfoma no-Hodgkin. Sus vecinos también sufrieron las consecuencias del venenos, sobre todo en los animales: deformaciones, abortos. Algunos propietarios de plantaciones orgánicas se vieron prácticamente arruinados.

Carol Van Strum se había mudado  en 1974 junto a su marido y sus cuatro hijos a Five Rivers, un poco más al norte de donde quedaban los Wilkinson y sus vecinos. Un día de 1975 sus hijos estaban pescando en el río en el momento en que dos hombres lanzaron los herbicidas. Esa misma noche estaban enfermos: diarreas con sangre, vómitos, sangrados nasales, entre otras consecuencias. Durante las siguientes semanas varios animales de granja murieron. Más tarde llegaron los helicópteros, y la pesadilla se repitió otra vez: abortos, muertes y enfermedades de animales, etc.

El marido de Carol fue a preguntar qué producto fumigado había hecho a sus hijos enfermar. Esos dos trabajadores le dijeron que era 2,4,5-T y que era inocuo para los humanos, que si sus hijos habían enfermado a la vez debía ser una coincidencia, una gripe que les había afectado a todos.

Sin embargo, los Van Strum podían ver los peces muertos en el río. Los habían envenenado pero nadie parecía querer admitirlo. De hecho, llamaron a varias autoridades y todas las decían lo mismo: “El 2,4,5-T es seguro, es imposible que mate animales o que haga enfermar a niños”. De nuevo, era todo una coincidencia.

Los helicópteros seguían esparciendo 2,4,5-T y 2,4-D, y los vecinos de esas tierras enfermaban cada vez que uno de esos aparatos aparecía en el cielo de los bosques de Oregón. Carol Van Strum y su hija incluso llegaron a tener sangrados vaginales, y las crías de sus animales desarrollaban deformidades. El Servicio Forestal les decía que eran seguros, que estaban registrados en la EPA. Precisamente a la Agencia de Protección Ambiental escribieron los Van Strum, pero no les contestaron.

Entonces, el marido de Carol, harto de tantas negativas y ocultación de la verdad, decidió buscar información por sí mismo. Se fue a la Universidad de Oregón y en la biblioteca pudo comprobar que lo que le habían dicho sobre la seguridad de esos herbicidas era mentira. Comenzaron a contactar con científicos que también les advertían sobre los riesgos de esos pesticidas. Sin embargo, seguía sin haber respuesta oficial de los organismos gubernamentales, aunque sí que la obtuvieron de Dow: “Son seguros”.

Debbie Marano, una de las vecinas de los Van Strum se había mudado allí en 1972. En 1975 abortó a las 14 semanas de embarazo. Después tuvo 3 abortos más entre 1976 y 1977. Alumbró a un niño en 1978 pero sufrió dos abortos más después (uno de ellos un feto deformado).

Aún más al norte de los Van Strum, la granja de los Longyear sufríría también los efectos de los herbicidas. El 6 de marzo de 1974 fueron fumigados con un producto que mezclaba 2,4-D y 2,4,5-T. En esta ocasión no fue el Servicio Forestal, sino los Starker Brothers, los propietarios de un terreno colindante. Los Longyear enfermaron pocas semanas después, y tuvieron que abandonar la granja. Sospechaban que se había contaminado el agua.  Sin embargo, la Oregon State Univeristy no encontró residuos de herbicidas en el agua. En 1975 enviaron más muestras a otro laboratorio en California y esta vez sí que detectaron 20.9 ppm de 2,4-D y 4.03 ppm de 2,4,5-T. Las autoridades, les habían dicho que se enfermedad y las fumigaciones no tenían nada que ver. Los Starker Brothers, por cierto, para el Wordforestry son un ejemplo de prácticas sostenibles en los bosques y de compromiso con la comunidad (Worldforestry.org, 2012).

La indignación de los afectados se incrementa

Debe ser tremendamente frustrante ver cómo tu familia y tus animales enferman cada vez que un helicóptero fumiga y que autoridades e investigadores nieguen lo que estás sufriendo en primera persona. Esos eran los sentimientos de los Van Strum, cuando Michael Newton, profesor de la Oregon State Univeristy, rechazaba sistemáticamente cualquier daño de los herbicidas para la salud humana y la vida salvaje. En 1975 este investigador argumentaba que la mayoría de los bosques de Vietnam habían sido destruidos por el fuego y que no había signos de envenenamiento por el 2,4,5-T o por dioxinas en los vietnamitas. Sus postulados aparecían publicados en periódicos de Oregón.

Ante esta posición de Newton, los Van Strum escribieron una carta fechada el 8 de enero de 1976 donde respondían al profesor, indicándoles que ellos habían sufrido indeciblemente durante esos meses, e invitando a Newton a que trasladara su residencia a su bosque, a ver si después de unos cuantos meses recibiendo el herbicida seguía pensando lo mismo.

Casi 40 años después, en 2013, el ya veterano investigador seguía defendiendo esas mismas ideas en este impagable vídeo (izquierda). A la derecha, una muestra de que en la actualidad todavía están sucediendo casos similares en Oregón a los de la década de los 70

Comienza la movilización

La carta de los Van Strum supuso el empujón necesario para movilizar a toda la comunidad de esa zona de bosques, y que en una primera gran reunión contaran sus experiencias vividas meses atrás en relación a enfermedades, deformaciones, abortos, etc. Buscaron un abogado, y formaron el colectivo CATS (Citizens Against Toxic Sprays).

En 1976 comenzó un juicio contra el Departamento de Agricultura y la Industrial Forestry Association. CATS presentó el testimonio del Dr. Patrick O’Keefe, de la Universidad de Harvard, que había desarrollado una técnica para encontrar TCDD en niveles de una parte por trillón (ppt), más certero por tanto que el límite de detección de 1 parte por billón (ppb). O’Keefe y su equipo habían encontrado niveles de 18 a 814 ppt de TCDD en peces para consumo humano en Vietnam (en la actualidad la EPA admite efectos reproductivos con sólo 1 ppt).

Ese hallazgo era importante porque el Servicio Forestal había afirmado que el TCDD no se acumulaba en la cadena alimenticia. La EPA había ya encontrado TCDD en muestras biológicas de animales tomadas en esos bosques en 1973 de hasta 485 ppt, pero lo ocultaron. El juez falló para que no se fumigara más con 2,4,5-T, pero sí con 2,4-D. No obstante esa prohibición estaba condicionada a que el Servicio Forestal presentara una declaración de impacto ambiental (donde se estipularan los posibles efectos de las fumigaciones). De este modo, a partir de abril de 1978 continuaron las fumigaciones con 2,4,5-T. Así, los vecinos solo ganaron unos meses, nada más, tras haberse gastado el dinero que no tenían en pagar al abogado para el juicio.

La desgracia más horrible se ceba con los Van Strum

Durante el tiempo que transcurrió el juicio (1976-1977), los Van Strum fueron seguidos cada vez que iban por carretera. Carol comenta que les habían advertido que habían intervenido sus teléfonos para grabar las conversaciones, y que además habían encontrado a un equipo de la corporación química Dow incluyendo funcionarios del Servicio Forestal, con cámaras grabando en su propiedad (Carol Van Strum, comunicación personal, 24 septiembre 2017).

Todos estos hechos quizá pudieran pasar por poco relevantes o circunstanciales, si no fuera porque en la noche de fin de año de 1977, su casa de incendió y murieron sus cuatro hijos. Los bomberos que atendieron el fuego dijeron que la casa había ardido muy rápido, lo que podía ser un indicio de un incendio intencionado. Sin embargo, las causas del fuego nunca fueron aclaradas, y para los Van Strum siempre quedará la duda de que fuera alguno de sus oponentes el culpable de su desgracia (Lerner, 2017).

Ese horrible suceso, y el inimaginable dolor de los padres, no impidió que siguieran luchando por la principal causa que les había llevado a ello, la defensa de la salud de sus hijos, aunque ellos ya no estuvieran.

Van Strum no comenta en ningún momento este suceso en su libro, quizá por el propio respeto a su dolor y a la memoria de sus hijos.

Se prohibe el 2,4.5-T, pero sólo a medias

La Guerra del Vietman había terminado para Estados Unidos en 1975, y el Agente Naranja se había eliminado de las acciones bélicas en 1971.  Dos años antes, en 1969, un panel de expertos investigadores dirigidos por el Dr. Samuel S. Epstein, y con la misión establecida por el gobierno de analizar los efectos teratogénicos y mutagénicos de los pesticidas, había concluído por unanimidad que el 2,4,5-T y sus derivados inducían defectos al nacer (teratogénicos) en animales, por lo que “deberían ser inmediatamente restringidos para prevenir el riesgo de exposición en humanos”.

Si embargo, hasta 1979 se estuvo fumigando con 2,4,5-T los bosques de Oregón, tanto por el Servicio Forestal como por los propietarios de las empresas madereras.  La perspectiva histórica de los hechos nos muestra lo inexplicable e injusto de esa situación.

La EPA lo prohibió, es cierto, pero sólo para las fumigaciones aéreas de los bosques, no para los cultivos de arroz y los pastizales. Como no podía ser de otro modo, la industria protestó. Dow persuadió a ciertos políticos, como Andy Zedwick, Comisionado del Condado de Lincoln, con los siguientes argumentos: Los problemas de salud atribuidos a los herbicidas en esa zona de Oregón fueron causados realmente por fumar marihuana.

Dow no se quedó sólo ahí, sino que demandó ante la corte judicial que se rectificara esa prohibición. La EPA había basado su decisión en un estudio sobre abortos espontáneos en la zona (su ratio era superior que en las poblaciones de control). Aunque como decían ciertos grupos ambientales el estudio de la EPA proveía un dibujo demasiado simple de los efectos de los pesticidas, la conclusión era clara. Lo que es inexplicable para Van Strum, es que todavía no se prohibiera del todo, y se siguiere permitiendo su uso en pastizales y cultivos de arroz.

Como indica Van Strum, 4 meses después de que la EPA prohibiera parcialmente el 2,4,5-T, en una conferencia patrocinada por la American Farm Bureau Federation se concluía que: “No existen efectos biológicos ligados al uso rutinario del 2,4,5-T en los últimos 30 años”, a lo que Dow añadía 6 meses más tarde: “El 2,4,5-T es extremadamente seguro”.

El escándalo del IBT

En 1972 el congreso de EEUU dispuso que la eficacia de los pesticidas debía ser testada, y también los efectos adversos en la salud, antes de que pudieran ser vendidos en el país, de forma similar a como se hacía con los medicamentos. Los productores eran los responsables de ese test y, en cierta forma, las entidades reguladoras se “debían fiar”. Después, son los investigadores los que tienen que pasar varios años para demostrar los efectos adversos, si es que sospechan de que efectivamente los hay, lo que es más complejo y puede llevar mucho tiempo.

El problema de este proceso es que no es transparente, porque el público a menudo no tiene acceso a esos estudios completos de la industria, que en ciertas ocasiones incluso provee a la EPA sólo las conclusiones. En los Estados Unidos, la EPA  regula los plaguicidas a nivel nacional bajo la autoridad de la Ley Federal sobre Insecticidas, Fungicidas y Rodenticidas (FIFRA).

Pero ya en aquella época había antecedentes de fraude, como sucedió con el medicamento talidomida. La FDA, que es la análoga a la EPA pero para regular medicamentos, requirió más información a la compañía que lo distribuía en Estados Unidos – Richardson Merrell Drug Company- , y la empresa envió un estudio fraudulento publicado en el American Journal of Obstetrics and Gynecology en 1961, escrito por el director médico de la empresa en connivencia con el obstetra Dr. Ray Nulsen, “cocinado” tras unas conversaciones jugando al golf, tal y como relatan Cronin & Raphael (2014). Tanto esa empresa como el Dr. Nulsen fueron demandados por 4100000 dólares en 1964 por dos madres que habían tenido hijos con deformidades (New York Times, 1964). Tanto la distrubuidora americana como la alemana matriz (Grünenthal) negaron persistentemente la asociación con los problemas reproductivos pese a la evidencia observacional.

Ya en los primeros años de la década de 1960 Richardson Merrell había enviado información fraudulenta a la FDA sobre el medicamento Mer-29, un fármaco para el colesterol que causaba vómitos y caída de cabello, entre otros efectos. Fue vendido durante 22 meses hasta que, por casualidad, un inspector médico de la FDA habló con un empleado de la empresa.

Pero refutar la seguridad de los pesticidas es mucho más complejo que para un medicamento. En 1976 la FDA descubrió el fraude de los laboratorios Industrial Biotest Laboratories (IBT), una subsidiaria de Nalco Chemical. IBT había cometido irregularidades sobre 25000 test de productos, como cosméticos, aditivos y pesticidas. Todas esos productos habían sido registrados por la EPA y la FDA como legales para su uso. La auditoría de la FDA encontró fraude deliberado en 4300 tets de 123 pesticidas y 160 aplicaciones de tolerancia (cantidad permitida en alimentos).  La EPA entonces pidió a 235 compañías químicas re examinar los tests de 483 pesticidas, incluyendo los herbicidas 2,4,5-T y 2,4-D, pero no se eliminaron del registro de la EPA. Como indica Van Strum: “La ley articulada para proteger a la gente se convirtió en la ley que protegía los venenos”.

La EPA requirió que las compañías remitieran nuevos estudios sobre esos pesticidas pero no los eliminaron del mercado mientras tanto. Muchos de esos estudios no fueron remitidos en años, y además los fabricantes no tenían por qué enviar los estudios completos (por lo que era muy complejo verificar la validez). En algunos casos, la EPA sólo copiaba y pegaba los resúmenes de los estudios de los fabricantes en su propio registro de productos. Carol Van Strum recomienda encarecidamente la lectura de Poison Spring (Vallianatos, 2014), para saber más acerca de estas prácticas.

Hay que recordar también que los fabricantes guardan como secreto comercial los ingredientes “inertes” de los pesticidas, como sucede en el caso del glifosato, aunque eso no quiere decir que no sean tóxicos. Por tanto, la poca transparencia del proceso de registro y el  fraude generalizado del IBT mostraban un dibujo muy oscuro de la realidad de los posibles efectos sobre la salud de los pesticidas.

En noviembre de 1980, el periodista Peter Von Stackelberg, concluyó que casi 250 de los primeros 600 estudios revisados en Estados Unidos y Canadá sobre los reportes del IBT eran inválidos. Otras revisiones mostraron resultados incluso peores.

El glifosato de Monstanto – Roundup -, fue registrado sólo con los datos provenientes del IBT, cuando uno de los 4 procesados en el juicio por el fraude de este laboratorio habría trabajado para Monsanto desde octubre de 1972.

La respuesta de la industria sobre el escándalo del IBT no pudo ser más previsible. Lo que había sucedido con el IBT era un “caso aislado”. Como vimos en el post sobre control de masas (Martínez, 2016), la alusión al concepto de casos aislados y a no causar alarma social es una de las estrategias fundamentales del poder corrupto para manipular.

La probibición total del 2,4,5-T

Nos situamos en el verano de 1979, con la probibición parcial del uso del 2,4,5-T y en pleno escándalo del fraude del IBT. Las fumigaciones aéreas continuaban, con productos herbicidas como el 2,4-D y el plicoram. En la zona donde vivían los Van Strum volvió a haber varios abortos (3 de 5 mujeres embarazadas). Esto provocó que realizaran más estudios.

Entre julio y diciembre de 1979 en Ashford (Washington) al noreste de los bosques de Siuslaw, dentro de un área que había sido fumigada con 2,4-D sólo nacieron 2 de 12 niños vivos de mujeres embarazadas, y uno de ellos murió en el alumbramiento. El Dr. Ilio Gauditz, consultor de una gran compañía maderera (Weyerhaeuser), decía sobre las fumigaciones aéreas y los abortos lo siguiente: “Los bebés son reemplazables. Que las mujeres no se embaracen en los meses en los que se fumiga”.

Uno de los padres de los niños que nació sin cerebro dijo: “Todos aquellos que dicen que los herbicidas son tan seguros los pondría en una sala de partos que que vieran a su propio hijo naciendo de esa manera, sin cerebro. Ellos sólo quieren números, nuestro hijo es sólo una estadística”.

Mientras tanto el lobby de la industria seguía maquinando acciones para proteger sus beneficios. Crearon la organización “Doctor for Facts”, con algunos médicos que listaron incluso sin su consentimiento, y empezaron a enviar cartas a políticos y medios de comunicación del condado de Lincoln (donde se sitúan los bosques de Siuslaw) afirmando que sus herbicidas eran seguros según la evidencia científica.

Melyce Connelly, de 22 años, una madre soltera que vivía en Siuslaw, y que cultivaba productos para vender a restaurantes, tuvo la desgracia de seguir sufriendo las fumigaciones. Como he dicho, ya no era el 2,4,5.T, sino el 2,4-D, que se diseminó pocos días después de que el responsable de distrito del Servicio Forestal le dijera que no iban a fumigar en las cercanías de los suministros de agua. Uno de sus vecinos había perdido 2 bebés en sendos abortos, y tenía otro con múltiples defectos. Ahora le iba a tocar el turno a Melyce.

Después de esa fumigación todos sus pollos y patos murieron. Su hijo de 6 meses desarrolló una diarrea sangrante persistente. En el valle, durante el mes siguiente, todas las mujeres embarazadas de menos de 3 meses abortaron, y varios niños enfermaron con meningitis.

Entonces el Departamento de Salud del Condado de Lincoln comenzó otro nuevo estudio (¿Cuántos estudios van ya?). Melyce cogió a su hijo y varios animales muertos que había congelado y se los llevó directamente a la oficina del político Andy Zedwick, aquel que dijo que los herbicidas eran seguros y que todo provenía de fumar marihuana. Melyce entró en su despacho y le enseño el pañal ensangrentado de su hijo y los animales muertos: “¿Esto es por fumar marihuana?”. Al día siguiente Zedwick pidió disculpas públicamente.

La EPA prometió a Melyce que los resultados de los análisis de sus animales estarían en 90 días, pero esperó 4 años sin éxito. Mientras tanto, la EPA y Dow se reunían en secreto para gestionar la mejor forma de no cancelar definitivamente el 2,4,5-T, y devolverlo al mercado. Además, la EPA ocultó esos análisis que sí que desveló el Dr. Gross de la Universidad de Nebraska: la dioxina TCDD fue encontrada en el agua de bebida, en los animales y en el tejido de un niño que había nacido sin cerebro. Ante esta situación, la EPA argumentó que los análisis se habían mezclado o que esas muestras eran de una planta de Dow (a la que precisamente tenía prohibido el paso).

Sin embargo, en 1984, poco después de que se publicara la primera edición del libro de Carol Van Strum, se prohibió el uso de herbicidas por el Servicio Forestal en los bosques de Oregón; Los datos de la EPA eran parciales o sospechosos y los de las propias compañías también eran cuestionables.

prohibicionherbicidasEn 1984 la EPA retornó al vencidario de Melyce y tomó muestras otra vez. Después de la prohibición del 2,4,5-T los  niveles dioxinas se habían multiplicado por 4, aunque la EPA afirmó que no representaba un riesgo inmediato. El herbicida 2,4-D fumigado en la casa de Melyce estaba contaminado con dioxinas (pese a que se aseguraba que no tenía), algo que Van Strum declara que la EPA conocía desde comienzos de la década de 1970. Junto con la industria la EPA vendió la historia de que sólo el 2,4,5-T estaba contaminado pero no era así. En el juicio Kemmer vs. Monsanto, el Dr. George Rush que trabajaba para la corporación admitió que ésta sabía que el 2,4-D podría estar contaminado con TCDD.

En 1989, Melyce falleció a los 32 años, víctima de cáncer de cerebro, pulmón y mama. Van Strum recalca que tal vez ella sea un 1 caso entre 1 millón (lo que la EPA considera como aceptable para permitir un producto que incrementa el riesgo de cáncer), pero para su familia y amigos Melyce no será un nunca un número, una estadística. Para la EPA el herbicida es catalogado como riesgo despreciable (neglibible risk), pero Melyce (ni otras personas que sufrieron de manera similar) no deberían ser casos “despreciables”.

El helicóptero destruido

Considerando lo contado, podemos hacer el ejercicio mental de ponernos en la piel de esas familias que estaban sufriendo las fumigaciones en los bosques de Oregón desde 1969. Después de todo lo vivido y de la desesperante lentitud del proceso, en el que los juicios no terminaban de resolverse en prohibiciones, y en el que las instuticiones hacían estudio tras estudio que tampoco servía para evitar ser fumigados con veneno, los vecinos decidieron dar un paso más en sus movilizaciones.

Ahora ya no sólo lucharían en los juzgados; al fin y al cabo seguían pasado los años y seguían siendo fumigados desde el aire, mientras sus animales morían y sus familias sufrían todo tipo de enfermedades y desgracias. Era la primavera de 1981 y con rifles en la mano intentaban parar los camiones que llevaban bidones de pesticidas para luego ser lanzados desde el aire.

Da igual que ya no fuera el 2,4,5-T (prohibido en fumigaciones aéreas en 1979), ya no querían más venenos cayendo del cielo. Algunos activistas contaminaron bidones de herbicidas para invalidar su uso, y el 30 de mayo de 1981 destruyeron un helicóptero que estaba aparcado en tierra (sin tripulantes, claro), y que se empleaba en las fumigaciones.

Probablemente estas acciones no beneficiaron a los vecinos, ya que podían emplearse en su contra tergiversándolas y manipulándolas para hacerlo pasar por actos terroristas. Se le dió demasiada importancia, ciertamente, y lo único que reflejaban era una situación de máxima desesperación; ¿Qué habríamos hecho cada uno de nosotros en esa misma tesitura?.

La situación desde 1984

Las compañías madereras siguen fumigando sus tierras, pese a que el Servicio Forestal ya no lo hace. No se emplea el 2,4,5-T, prohibido desde 1984, pero sí el 2,4-D, el glifosato, la atrazina y otros herbicidas.

No sólo los bosques, sino que se permite el uso del 2,4-D o el glifosato en casas, parques públicos o colegios. Para la OMS, y desde 2015, el 2,4-D es posible cancerígeno (grupo 2B) y el glifosato probable (grupo 2A).

En Oregón los vecinos han seguido sufriendo los efectos de las fumigaciones aéreas de las compañías madereras (Jordan-Cascade, 2014). Aunque hay restricciones en cuanto a las zonas de buffer estas son continuamente incumplidas. Además, tal y como relataba Van Strum haciéndose eco de la experiencia de Paul Merrell sobre helicópteros en Vietnam, los propios motores de los helicópteros crean su propio viento, al estar continuamente subiendo y bajando por las colinas y valles. También  narra Jordan-Cascade (2014) que los vecinos temen denunciar estos hechos, porque la industria maderera es muy fuerte, y hay muchos intereses en juego (algunos han sido amenazados). En 2014 todavía los vecinos no conocían con antelación los días en los que se iba a fumigar. La industria maderera en Oregón ha contribuido con 4.4 millones de dólares a las campañas electorales del Estado en las últimas cuatro elecciones.

Las reflexiones de Carol Van Strum

Después de más de 40 años luchando por proteger sus derechos y los de sus vecinos, y tras haber participado en numerosos juicios, haber departido con varios abogados, y compartido enseñanzas y conocimientos con multitud de investigadores, Carol Van Strum refleja algunos pensamientos en el libro que conviene destacar.

En primer lugar afirma sin contemplaciones que la EPA permita mercantilizar una sustancia que produzca un caso de cáncer añadido por millón. Ese 1 entre 1 millón es, según Van Strum, una forma de asesinar para defender los beneficios de las compañías. Ninguna vida puede ser “despreciable”, y por tanto admitir que la pérdida de una vida puede ser permitida sin el consentimiento de la persona expuesta constituye un asesinato premeditado.

En segundo lugar, ese matiz de no voluntariedad es esencial para la autora. Cuando una persona no elige ser expuesta a un tóxico, ¿por qué las leyes no protegen esa libertad de elección? Si en medicina se pide el consentimiento informado para cualquier prueba o medicamento que conlleva un riesgo, las leyes deberían proteger los derechos de las personas que no dan su consentimiento a exponerse a un tóxico cuyos efectos adversos son admitidos por la ciencia.

Y en tercer lugar, Van Strum, reflexiona sobre el concepto de evidencia circunstancial; “Ninguna observación puede nunca ser reemplazada por experimentos controlados de laboratorio”. Y añade: “Después de que mis hijos sufrieran las consecuencias del 2,4,5-T en 1975 aprendimos que una rata en una caja en un laboratorio se respeta más que la experienica personal”.  Pese a que pueda parecer una aseveración demasiado emocional tiene un fundamento sólido, ya que el fondo de la cuestión es el mismo que trata, por ejemplo, Reiss (2017) en su crítica a los ensayos controlados aleatorizados y las inferencias causales, como explicaba en un anterior post. Van Strum critica que la ciencia ignora la evidencia circunstancial sobre los efectos de los pesticidas en poblaciones expuestas, lo que es un grave error para ella.

Los “Poison Papers”

Y llegamos al momento en que todo lo que hemos contado se refuerza ante las pruebas mostradas por los documentos desvelados en los “Poison Papers”, publicados graciasa la contribución de este equipo de investigadores y activistas: Jonathan R. Latham, Mary Bottari, Carol Van Strum, Eric Coppolino, Peter von Stackelberg y Allison K. Wilson.

Más de 20000 folios de estudios, reuniones, memorandos internos, discusiones y testimonios jurados desde 1920, y donde se incluyen, entre otros, agencias gubernamentales como la EPA, la FDA o el Servicio Forestal, y empresas como Dow, Monsanto, DuPont y Union Carbide.

Los papeles muestran como Monsanto conocía los efectos de los bifenilos policlorados (PCBs), compuestos organoclorados empleados en diversas aplicaciones elétricas (transformadores, intercambiadores de calor), y cuya producción se prohibió en Estados Unidos en 1977. Son altamente contaminantes. El Estado de Washington demandó en 2016 a la corporación agroquímica por este mismo motivo (De Luna, 2016).

Pero ya en 1969 Monsanto conocía los riesgos de los PCBs, sin embargo los ocultó (Wilson, 2017). El propio informe de la coporación consideraba la evidencia de su peligrosidad como incuestionable y que se esperaban futuros contenciosos jurídicos (Ver el documento completo). Monsantopaper1A este respecto, Monsanto se justifica ahora diciendo que no hicieron nada ilegal (Neslen, 2017), pero lo cierto es que lo sabían y lo callaron durante ocho años. Eso sí, cuando Monsanto hace publicidad entonces envía un mensaje de vida, prosperidad, esperanza, como en estos dos anuncios, separados varias décadas. Sólo te cuentan una parte de la historia, sólo la que les interesa, claro.

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En relación al escándalo del IBT comentado anteriormente, los Poison Papers revelan que la EPA organizó una reunión a celebrar el 3 de octubre de 1978 con la Agencia de Salud de Canadá y los ejecutivos de las principales compañías químicas para tratar de “resolver el problema” creado por el fraude de esos laboratorios. La EPA afirmaba que no era de interés del público, ni de la propia EPA, ni de las corporaciones tomar una decisión drástica de invalidar todos los test provenientes de IBT, porque según ellos, un número alto de estudios se habían realizado satisfactoriamente (Ver documento).

EPADe esta manera, y pese a las grandes evidencias de un fraude generalizado de los tests del IBT, la EPA prefirió no re evaluar los tests, y pedir una validación a las compañías. De nuevo a fiarse de ellas.

En el mismo documento, Fred Arnold (EPA) admitió que en algunos casos la EPA podría haber reportado que había examinado muestras de tejido para evaluar los resultados cuando no se hizo ningún examen de manera efectiva. Al igual que también parece indicar que en el pasado la EPA admitió informes de las compañías sin firmar.

Los Poison Papers también revelan las declaraciones de Elisabeth Fay, de Monsanto, admitiendo que la compañía había producido Santophen, un producto usado como pesticida y desinfectante, con impurezas de dioxina TCDD. Y además lo habría hecho a sabiendas y durante 23 años. Como esas declaraciones fueron de 1985, esto quiere decir que después de que se produjeran todos los hechos contados en los bosques americanos, la Guerra del Vietnam, y las alertas en relación a la dioxina TCDD a finales de la década de 1970, Monsanto estuvo vendiendo un producto contaminado con TCDD varios años más (Ver documento).

FayEsas declaraciones formaban parte de un juicio comenzado en 1984 contra Monsanto por un derrame químico ocurrido en un tren en Missouri en 1979, y que no se alertó a la población de su peligrosidad (contenía dioxina TCDD) (New York Times, 1987).

La EPA, por su parte, habría coludido con la industria del papel para suprimir, modificar o eliminar los resultados sobre la contaminación con dioxinas encontrada en productos como pañales de bebés, servilletas o filtros de café. La EPA sabía de ello en 1985 y colaboró con la industria para tapar que saliera esa información.

Monsanto de nuevo sabía que algunos de sus productos estaban contaminados por dioxinas (incluso se lo notificó a los compradores) y que falsificó un estudio sobre los efectos de esas dioxinas. Todo ello se destapó en el juicio Kemner vs Monsanto, y se muestra en estos documentos (extracto; documento completo).

Conclusión

La historia que nos cuentan Carol Van Strum y los documentos de los Poison Papers es demoledora. Hemos repasado tragedias personales con nombres y apellidos, producidas por una inhumana forma de concebir los negocios, y también por la incompetencia y la corrupción de personas que dirigen los organismos reguladores, políticos, sin olvidar a los investigadores.

Ninguna de las personas afectadas por las fumigaciones en los bosques de Oregón recibieron nunca compensación, ni por parte del Estado ni de las corporaciones. Algunas de ellas murieron esperando que se resolvieran los juicios. Carol Van Strum contestaba así a una mi pregunta sobre si alguna vez Dow, Monsanto u otra corporación se disculpó: “¿Supongo que es una broma?. ¡Ellos NUNCA se disculparían o admitirían que sus productos son dañinos!”

Siempre hay soluciones, alternativas para evitar que las personas sufran. Por ejemplo, como bien se estipulaba en el recorte del periódico mostrado arriba tras la decisión de suprimir los herbicidas en los bosques gestionados por el Serivicio Forestal, era cuestión de invertir más dinero y contratar más trabajadores. Otras veces se podrá emplear otro tipo de productos menos nocivos o incluso inocuos (Martínez, 2017). Siempre hay alternativas, y los recursos para ello se consiguen gestionando mejor las asimetrías entre las ganancias de las grandes corporaciones y las de los primeros eslabones de la cadena.

Si tras lo escrito en este largo post, todavía algún lector se pone el escudo de Monsanto o Dow en la camiseta, y enarbola la bandera de un sistema totalmente liberalizado que permite esas tropelías, que piense por un momento, que quizá un día él, o algún miembro de su familia, podría ser una “evidencia circunstancial”.

Agradecimientos

Mi más sincero agradecimiento Sharon Lerner (The Intercept), y muy especialmente a  Jonathan Latham y Carol Van Strum. Carol, además, ha tenido la gentileza de matizar algunos detalles en versiones anteriores de este post.

Referencias

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Cronin, E. & Raphael, M. B. (2014, septiembre 6). Part I: When Mad Men Met a Sedative — How U.S. Doctors Were Duped Into Doling Out a Toxic Drug. Descargado desde: http://www.huffingtonpost.com/eileen-cronin/part-i-when-mad-men-met-a_b_5761324.html

De Luna, R. (2016, diciembre 9). Washington files suit against agricultural giant Monsanto. Descargado desde: http://kuow.org/post/washington-files-suit-against-agricultural-giant-monsanto

Duara, N. (2017, enero 19). On an Apache reservation in Arizona, a toxic legacy and a mysterious history of chemical spraying. Descargado desde: http://www.latimes.com/nation/la-na-agent-orange-arizona-2017-story.html

Farberov, S. (2013, agosto 24).Generation Orange: Heartbreaking portraits of Vietnamese children suffering from devastating effects of toxic herbicide sprayed by US Army 40 years ago. Descargado desde: http://www.dailymail.co.uk/news/article-2401378/Agent-Orange-Vietnamese-children-suffering-effects-herbicide-sprayed-US-Army-40-years-ago.html

Lerner, S. (2017, julio 26). 100,000 Pages of Chemical Industry Secrets Gathered Dust in an Oregon Barn for Decades — Until Now. Descargado desde: https://theintercept.com/2017/07/26/chemical-industry-herbicide-poison-papers/

Martínez, J. A. (2016, diciembre 10). Psicópatas, políticos, corporaciones, control social e impunidad. Descargado desde: http://www.cienciasinmiedo.es/b192/

Martínez, J. A. (2017, septiembre 29). Ciudades y vecindarios libres de glifosato; Aplicación a Santa Ana. Descargado desde: http://www.cienciasinmiedo.es/b239/

Monsantoblog (2015). Leyendas urbanas sobre Monsanto III: El Agente Naranja. Descargado desde: http://www.monsantoblog.es/leyendas-urbanas-sobre-monsanto-iii-el-agente-naranja/

National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine (2016). Veterans and Agent Orange: Update 2014. Washington, DC: The National Academies Press. doi: 10.17226/21845

New York Times (1964, diciembre 16). 2 Suits Over Thalidomide Seek $4.1 Million in Ohio. Descargado desde:http://www.nytimes.com/1964/12/16/2-suits-over-thalidomide-seek-4-1-million-in-ohio.html?mcubz=0

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New York Times (1987, octubre 23). Monsanto liable in ’79 dioxin spill. Descargado desde: http://www.nytimes.com/1987/10/23/us/monsanto-liable-in-79-dioxin-spill.html

Ngo, A. D. et al. (2006). Association between Agent Orange and birth defects: systematic review and meta-analysis. International Journal of Epidemiology, 35 (5), 1220-1230.

Nguyen, V. T. & Hughes, R. (2017, septiembre 15).The Forgotten Victims of Agent Orange. Descargado desde: https://www.nytimes.com/2017/09/15/opinion/agent-orange-vietnam-effects.html

Reiss, J. (2017). On the causal wars. En Chao, H. K & Reiss, J. (ed). Philosophy of science in practice: Nancy Cartwright and the nature of scientific reasoning (pp 45-66).

Stern, J. (1999). Their endless war: The legady of Agent Orange and interpretations of the Vietnam Veterans’ Compensation Movement, 1978-1984. Bachelor Thesis. University of Oregon.

The Independent (2017, abril 4). Vietnamese families still battling the aftermath of Agent Orange. Descargado desde: http://www.independent.co.uk/life-style/health-and-families/agent-orange-vietnam-war-us-damir-sagolj-a7664491.html

Vallianatos, E. (2014) Poison Spring. The secret history of pollution and the EPA. Bloomsbury Press 

Van Strum, C. (2014). A bitter fog. Herbicides and Human Rights. Second Edition. Jericho Hill Interactive.

Wilson, A. (2017, agosto 11). Monsanto sold banned chemicals for years despite known health risks, archives reveal. Descargado desde: https://www.poisonpapers.org/2017/monsanto-sold-banned-chemicals-for-years-despite-known-health-risks-archives-reveal/

Worldforestry.org (2012). Bond Starker. Barte Starker. Descargado desde: https://www.worldforestry.org/wp-content/uploads/2016/03/STARKER-BARTE-AND-BOND.pdf

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2017, octubre 1). Una amarga niebla y los Poison Papers. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b271

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(#270). MASSACHUSETTS ESTUDIA REGULAR EL WI-FI, LOS CONTADORES INTELIGENTES, Y MEJORAR LA PROTECCIÓN

[MONOTEMA] Varios proyectos de ley se están discutiendo durante estos meses en el estado de Massachusetts, en Estados Unidos, en relación a aspectos cruciales de la exposición a campos electromagnéticos no ionizantes.

Concretamente, son 7 las propuestas que se están valorando:

(1) Creación de una comisión para examinar los impactos para la salud de los campos electromagnéticos, examinando la literatura científica no financiada por la industria, y recomendar niveles de protección.

(2) Un decreto para permitir que los ciudadanos libremente elijan instalar un contador inteligente o no. Esos contadores emiten radiofrecuencia y se emplean para medir el consumo de agua, luz o gas.

(3) Un decreto para regular las advertencias que los fabricantes deben estipular en los dispositivos que emitan radiofrecuencia.

(4) Un decreto relativo al uso seguro de dispositivos inalámbricos empleados por niños, que requieren un lenguaje especial, y que está inspirado en una ordenanza similar aprobada en Berkeley.

(5) Un decreto para estipular las mejores prácticas en el uso de Wi-Fi en las escuelas, con el fin de minimizar la exposición de los niños. El Departamento de Salud del estado de Maryland, en diciembre de 2016 publicó un informe recomendando que se limitara el Wi-Fi en las escuelas y que se realizaran las conexiones por cable.

(6) Un decreto para reducir la radiación no ionizante en las escuelas.

(7) Un decreto para incrementar la concienciación médica y las coberturas de los seguros ante los daños en la salud provocados por la radiación no ionizante.

Todos estos proyectos de ley están siendo actualmente valorados por diferentes políticos, a los que se les pueden dirigir testimonios en aras de que tengan más información para la toma de decisiones.

Negar lo evidente; los niños lo pagarán

Lo que está sucediendo en Massachusetts pone de relieve una vez más que estamos en una situación de emergencia en la que se necesita urgentemente una regulación mucho más exhaustiva, y unas políticas públicas que vayan encaminadas a la concienciación y a la educación ante este problema.

Mientras una gran parte de la comunidad científica niega este problema,  mientras la mayoría de los políticos no hace nada, y mientras la casi totalidad de ciudadanos viven zombificados y enganchados a sus teléfonos móviles, tablets y otros dispositivos inalámbricos, hay otros científicos, políticos y ciudadanos que se están dejando la piel para defender su salud y la de su familia.

Los proyectos de ley abiertos en Massachusetts nos están dejando testimonios como el que muestro a continuación: una doctora en medicina cuyos dos hijos, de 6 y 9 años, han tenido que abandonar la escuela debido al desarrollo de electrohipersensibilidad. Yo conozco la identidad de esta mujer, que es doctora en Florida, pero no puedo desvelarla públicamente. Podéis leer la carta el siguiente enlace: H.2030 and S.2079 MD Education Testimony (1)

Aunque está en inglés, se entiende perfectamente. Algunos zoquetes piensan irrespetuosamente que esto es cosa de “magufos” y que las personas que reportan sentirse dañadas por las ondas electromagnéticos tienen un bajo nivel cultural o problemas psicológicos. Por eso son tan importantes testimonios de este tipo, sobre todo de médicos que reconocen abiertamente el problema.

Martin L. Pall, profesor emérito de bioquímica y de ciencia médica básica en la Universidad de Washington State, también ha participado aportando su testimonio en este vídeo breve en el que argumenta los riesgos de exposición a los contadores inalámbricos. La sesión completa con otros testimonios (incluido el de una persona electrosensible) se muestra al lado.

Yo he enviado también mi propio testimonio, como investigador multidisciplinar que he revisado cientos de artículos de la literatura científica en los últimos años. Aquí dejo mi carta, que ilustra bien mi postura al respecto (he borrado cierta información personal).

En la carta me hago eco de las similitudes con la historia del disulfuro de carbono, que conté en este post, y de que no somos capaces de apredender de ello, y apelo a la urgencia de redactar leyes que vayan en consonancia con la evidencia científica para que se reduzcan drásticamente los máximos de exposición, y así tengamos la posibilidad de vivir en un entorno menos agresivo, en especial para los niños. Comento, asimismo, la tremenda irresponsabilidad de políticos y directores de centros educativos, permitiendo el uso indiscriminado de Wi-Fi en las escuelas, algo ante lo que los padres concienciados nos vemos totalmente desamparados, precisamente también por el desconocomiento y poco apoyo de una mayoría de padres que ignoran o directamente se desentienden de este tema. 

Mientras tanto, un grupo de investigadores y doctores trabaja incesantemente en concienciar y educar en relación a los riesgos de la exposición a radiofrecuencia. Aquí se pueden consultar decenas de cartas enviadas por estos profesionales apelando a la eliminación del Wi-Fi de las escuelas.

Recordemos que no sólo el cáncer es la enfermedad que se debate, sino también otro tipo de patologías, incluyendo la electrosensibilidad. Sobre este trastorno fisiológico se puede leer una breve y acertada explicación con referencias históricas aquí.

La introducción indiscriminada de tablets y iPads en las escuelas obedece a una técnica de manipulación social llamada “Caballo de Troya”, que expliqué en un post anterior. En los colegios e institutos se puede usar la conexión por cable, es más rápida y segura. Pero a Apple, Samsung y a otros, no les interesa en absoluto.

Introducción del 5G y Wi-FI para todos

Pese a que la introducción del 5G no se está debatiendo en Massachusetts, viene a colación comentarlo porque está de plena actualidad durante estas semanas, al igual que la aprobación en el Parlamento Europeo de que todo el mundo pueda estar conectado por Wi-Fi en los lugares públicos.

Esto ya no lo para nadie, al menos es la sensación que tengo tras ver cómo va evolucionando la irresponsabilidad e incompetencia de los legisladores. Ante esta situación, casi 200 científicos de todo el mundo (incluidos médicos, físicos y biólogos), han enviado una carta a la Unión Europea para pedir una moratoria de la 5G y la aplicación del Principio de Precaución.

No es la primera vez que esta parte de la comunidad científica se moviliza para pedir cordura a los reguladores y políticos. En 2015 realizaban este comunicado dirigido a la ONU, advirtiendo de los riesgos de la exposición descontrolada a este tipo de campos electromagnéticos. En estos 2 vídeos el Dr. Martin Blank realiza el llamamiento a la ONU y explica los efectos celulares y moleculares de los campos electromagnéticos:

Conclusión

Es ilusionante que en Massachusetts se estén discutiendo varios proyectos de ley para regular esta locura de exposición indiscriminada a los campos electromagnéticos, especialmente en el rango de radiofrecuencia. Veremos cómo termina, y si sienta un precedente importante para que otros lugares del mundo sigan ese mismo camino.

Pero, al mismo tiempo, esa ilusión se desvanece ante la tendencia aparentemente imparable de vivir en un mundo inalámbrico. Todo ello sin evaluar el riesgo, y sin gestionarlo. Y lo repito hasta la saciedad, no es estar en contra de la tecnología, sino a favor de una tecnología con el menor impacto posible sobre la salud. Y eso es posible, pero no les interesa a las grandes corporaciones, obviamente. Ellas te venden que tu vida es mejor estando conectado sin límites, en el coche, en tu casa, en el parque…y tú te lo crees.

Las pruebas sobre su vinculación con el cáncer a través de la ruptura del ADN siguen apareciendo, pero nadie parece escuchar. Como tampoco la sociedad ve los crecientes casos de electrohipersensibilidad que se dan en todo el mundo, y que a muchas personas les destroza la vida. No importa que ejemplos como la ex Primera Ministra de Noruega y ex Directora General de la OMS, Gro Harlem Brundtland, confiese que no tolera las ondas electromagnéticas. No importa porque todo es cosa de “magufos” y de locos.

Falta mucha más implicación de médicos, físicos y biólogos. Investigadores que actúan con una tibieza imperdonable, porque no se posicionan públicamente al respecto por miedo a perder su posición, por miedo a verse atacados por el establishment económico; es una actitud cobarde porque sí que lo hacen con otros temas similares (pesticidas, metales pesados, polución del aire) pero no con la contaminación electromagnética. Esta es una de las grandes barreras para que algo cambie, que se ilustra perfectamente al ver los firmantes del llamamiento a la ONU de 2015, y el del llamamiento a la Unión Europea de 2017: son prácticamente los mismos.

Tal vez dentro de unas décadas haya evidencias suficientes para garantizar que no hay peligro. Entonces no habrá problemas en cambiar de postura, yo al menos reconoceré que me equivocaba. Pero a día de hoy, hay indicios y pruebas suficientes para aplicar el Principio de Precaución y regular con más determinación, proteger a las poblaciones sensibles (niños, embarazadas, etc.) y reconocer la electrosensiblidad como un trastorno real. 

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2017, septiembre 20). Massachusetts estudia regular el Wi-Fi, los contadores inteligentes, y mejorar la protección. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b270

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(#267). NUEVAS AMENAZAS AL DESARROLLO NEUROCONDUCTUAL

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] En este artículo publicado en Lancet Neurology, Philippe Grandjean y Philip J. Landrigan revisan los efectos neuroconductuales de la exposición a productos químicos, en una interesante exposición sobre lo que ellos denominan una pandemia silenciosa.

Los desórdenes del desarrollo neuroconductual afectan a entre el 10 y el 15% de los nacimientos, y los ratios de prevalencia del desorden del espectro autista y del desorden por déficit de atención e hiperactividad crecen en todo el mundo.

Las causas de esta pandemia global son sólo parcialmente entendidos. Aunque los factores genéticos se postulan como causa, no pueden expicar los recientes incrementos en la prevalencia de estos desórdenes. Los autores indican que las causas genéticas justificarían un máximo del 30-40% de los casos.

El desarrollo del cerebro humano es muy vulnerable a la exposición a químicos tóxicos, y la mayores ventanas de vulnerabilidad ocurren en el útero y durante la infancia y niñez. Durante esas etapas tan sensibles, los químicos pueden causar daños cerebrales permanentes a niveles bajos que incluso no producirían afectos adversos en los adultos.

El feto no está bien protegido contra los químicos industriales. La placenta no para el paso de muchos tóxicos del entorno desde la madre, y más de 200 sustancias químicas externas se han detectado en la sangre del cordón umbilical. Además, también se expone a los bebés por medio de la leche materna.

En 2006 estos mismos autores realizaron otra revisión sistemática de los estudios clínicos y epidemiológicos publicados sobre neutotoxicidad de químicos industriales, identificando 5 productos que podían ser fiablemente clasificados como neurotóxicos para el desarrollo: plomo, metilmercurio, arsénico, bifenilos policrolados (PCBs), y el tolueno. También alertaron de 202 químicos que habían sido reportados como causantes de daño en el sistema nervioso de adultos. Además, más de 1000 químicos eran señalados como neurotóxicos en estudios de laboratorio con animales.

Los autores, de manera muy clara, afirman que el proceso para declarar una de esas sustancias como peligrosa para la salud es demasiado largo. Al principio comienzan las primeras señales de alerta a dosis altas, y luego se van realizando estudios que prueban efectos neurotóxicos a dosis mucho más bajas. A este respecto, se hacen eco de las declaraciones de David P. Rall, antiguo Director del US National Institute of Environmental Health Sciences: “Si la talidomida hubiera causado una bajada del coeficiente intelectual de 10 puntos en lugar de defectos obvios en recién nacidos probablemente aún estaría en el mercado“. Como bien indican los autores, muchos productos químicos que se venden todavía hoy probablemente causan déficits en el cociente intlectual de esa magnitud o incluso mayor. Además, la combinación de varios de esos productos, puede tener enormes consecuencias en la salud.

Nuevos resultados sobre peligros conocidos

En esta sección los autores actualizan su revisión de 2006 con las evidencias encontradas desde entonces. Así, por ejemplo, se puede afirmar que no hay un nivel de exposición seguro para el plomo, y que los daños producidos en la niñez son probablemente permanentes. Incluso se ha relacionado esa exposición en la infancia con comportamientos delictivos en edad adulta.

En cuanto al metilmercurio, las dosis que afectan al desarrolo neuronal de los niños son mucho más bajas que las que dañan a los adultos. En relación al arsénico, su exposición prenatal y en los primeros meses de vida proveniente del agua de bebida se asocia con déficits cognitivos que son patentes en la escuela.

Las nuevas evidencias en relación a los PCBs refuerzan las investigaciones anteriores, y aunque se ha añadido poca nueva información sobre la neurotoxicidad del tolueno, se ha encontrado que otro disolvente común, el ethanol, tiene efectos neurotóxicos en el desarrollo. Así, el cosumo de alcohol de las madres, incluso en cantidades muy pequeñas, se asocia con efectos como una reducción del cociente intelectual, comportamiento delictivo, problemas en la función ejecutiva y otros signos neurológicos.

Nuevos reconocidos neurotóxicos para el desarrollo

Los autores indentifican los siguientes nuevos neurotóxicos:

Manganeso: Asociado a la reducción del rendimiento matemático, hiperactividad, disminución de la función intelectual, discapacidad motora y reducción de la función olfativa.

Fluor: Las concentraciones altas en agua de bebida están asociados a un decrecimiento del cociente intelectual de alredededor de 7 puntos.

Disolventes: El tetracloroetileno en agua de bebida está asociado a un mayor riesgo de problemas psiquiátricos.

Pesticidas: Compuestos que en algunos países desarrollados están prohibidos aún se siguen usando en otros más pobres. En particular,  los compuestos organoclorados, como el DDT se asocian a déficits neuroconductuales. Los pesticidas organofosforados se eliminan más rápidamente del cuerpo humano que los organoclorados, pero varios estudios epidemiológicos muestran que la exposición prenatal puede causar neurotoxicidad.

Herbicidas y fungicidas: Propoxur y permetrina se han ligado a déficits de neurodesarrollo en niños.

Retardantes de llama: Los compuestos polibromados (PBDEs), muy similares a los PCBs,  podrían ser también neurotóxicos.

Los autores reconocen la complejidad de llegar a conclusiones más sólidas con otros compuestos debido a la dificultad de aislar su exposición. La razón es, precisamente, la multiplicidad de exposiciones a las que la población está sometida. Además, compuestos como los ftalatos o el bisfenol A se eliminan rápidamente por la orina, por lo que es más complicado estudiar su efecto en estudios epidemiológicos. No obstante, la disrupción endocrina que producen podría asociarse a diversos problemas neuroconductuales. La polución del aire  (principalemnte monóxido de carbono), el tabaco, o los hidrocarburos policíclicos aromáticos han sido también ligados a efectos adversos. La asociación entre el autismo y los ftalatos y la polución del tráfico también ha sido sugerida.

Desde 2006, los autores han añadido 12 compuestos tóxicos para el sistema nervioso, que se muestran en la siguiente tabla:

b267_2Conclusiones

Los autores claramente se posicionan por la importancia de invertir en reducir la exposición a estos tóxicos, lo que no sólo es preceptivo desde el punto de vista de salud, sino también económico. Varios estudios han mostrado el ingente coste económico que supone para la sociedad esos efectos adversos y también lo que implica la reducción del cociente intelectual para el futuro de esos niños en cuanto a su nivel de ingresos.

Si se ha hecho con el plomo (quitándolo como aditivo de las gasolinas, por ejemplo) también ha de hacerse con los demás químicos identificados, aunque en este aspecto los autores reconocen que es muy preocupante pensar que probablemente existan cientos de sustancias en uso en las que todavía no se han realizado estudios sobre tu neurotoxicidad.

El excesivo tiempo que transcurre desde que se encuentran las primeras evidencias hasta que se obtienen pruebas más concluyentes, y las también excesivas trabas que ponen los organismos reguladores para que se cataloguen como nuerotóxicas para el desarrollo (necesitan gran cantidad de pruebas) constituyen enormes barreras para controlar y poner freno a esta pandemia. A este respecto los autores son claros; las políticas deben encaminarse a proteger a la población vulnerable sin la necesidad de obtener grandes cantidades de pruebas (que los autores califican de una exigencia casi incumplible).

La presunción de que los nuevos químicos y las nuevas tecnologías son seguras hasta que se demuestre lo contrario es un grave problema, aseveran los autores. La historia nos dice que el amianto, la talidomida o los clorofluocarbonos se introdujeron porque producían ciertos beneficios pero luego se mostró que causaban grandes daños.

Limitaciones/Comentarios

Se agradece mucho que estos dos científicos hablen tan claro con respecto a este asunto, y que sean críticos con el actual sistema de regulación y clamen por la aplicación de los principios de precaución.

Lo que la historia nos han ensañado en las últimas décadas con respecto a ciertas sustancias tóxicas no nos ha hecho aprender lo suficiente. La inversión de la carga de la prueba por la que parecen abogar los autores es, quizá, poco realista, en un contexto donde hay miles de sustancias en el mercado y sin testar. Se necesita más inversión en investigación y regulaciones menos dubitativas y más fundamentadas en pruebas de alertas tempranas.

Tal vez el artículo deja a un lado otros factores que también podrían influir en el desarrollo neurocomporamental, como la creciente exposición a contaminación electromagnética, por ejemplo.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Grandjean, P. & Landrigan, P. J. (2014). Neurobehavioural eff ects of developmental toxicity. Lancet Neurology, 13, 330-338

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(#254). LEGIONELLA EN PARTOS EN EL AGUA

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] La legionelosis es una enfermedad grave que en un 10% de los casos produce la muerte. En 2016, aproximadamente 6000 casos fueron identificados en Estados Unidos. En el Estado de Arizona, los afectados han pasado de 46 en 2011 a 93 en 2015. En 2016, dos casos en recién nacidos fueron reportados, los cuales habían nacido en partos en el agua. Este artículo describe esos dos casos y reflexiona sobre las causas de la enfermedad.

Casos en partos en el agua

Los dos casos del estudio tuvieron un desarrollo similar. Las madres dieron a luz a los niños en casa empleando bañeras llenadas con agua potable proveniente del sistema de tuberías de los domicilios.

En el primer caso, y aunque la bañera se lavó previamente con agua y vinagre, luego se llenó con una manguera de la propia casa.

En el segundo caso, al ingresar el  niño en el hospital con síntomas de neumonía, un trabajador del hospital que había estado familiarizado con el otro caso alertó al Centro para la Prevención y Control de Enfermedades de que se debía investigar. En este segundo caso, el niño vino al mundo en un Jacuzzi llenado con agua potable procedente del sistema municipal y mantenido a una temperatura cercana a los 37 grados durante una semana anterior al parto.

Riesgo de contraer legionelosis

Estos dos casos ilustran situaciones claras de riesgo de infección. El agua del grifo no es estéril, y la Legionella puede crecer y diseminarse en sistemas de fontanería, al igual que conviene limpiar y desinfectar las mangueras. Además, mantener agua en un Jacuzzi durante tantos días y a esa temperatura es otro factor de riesgo evidente. 

En estos dos casos los niños sobrevivieron, pero en 2014 se dio otro caso en Texas, de nuevo en un parto en el agua, que lamentablemente tuvo un fatal desenlace. De este modo, en Estados Unidos están proporcionando información a las parturientas y comadronas que vayan a estar implicadas en este tipo de partos, como se puede ver a continuación.

 

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Limitaciones/Comentarios

Aunque esta investigación es simplemente un reporte de casos y no se pudo realizar un estudio más profundo de los mismos porque no fue posible analizar el agua en el momento del parto, nos debe hacer recordar la importancia de mantener unas condiciones higiénicas adecuadas en nuestras casas y lugares de trabajo. 

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Granseth, G  et al.  (2017). Notes from the Field: Two Cases of Legionnaires’ Disease in Newborns After Water Births — Arizona, 2016. Morbidity and Mortality Weekly Report (MMWR), doi: 10.15585/mmwr.mm6622a4

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(#252). LA PREGABALINA NO SE ASOCIA A MALFORMACIONES EN EL EMBARAZO

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] Los autores comentan el estudio reciente realizado por la European Teratology Infromation Services que encontró una asociación entre el uso de la Pregabalina en el embarazo y el riesgo de malformaciones congénitas en el feto, entre otros efectos adversos.  Recordemos que este fármaco es empleado, por ejemplo, para el tratamiento del dolor de pacientes con fibromialgia.

El objetivo de esta investigación es analizar la asociación entre su uso en el embarazo  y el riesgo de malformaciones congénitas en una cohorte de mujeres embarazadas en Estados Unidos.

Metodología

Los datos fueron recogidos del US Medicaid Analytic eXtract (MAX), en 46 estados de EEUU y del Distrito de Columbia entre los años 2000 y 2010. La muestra incluía mujeres embarazadas entre 12 y 55 años beneficiarias del servicio de Medicaid. Se excluyó a mujeres con anormalidad en cromosomas y también aquellas que tomaron medicación teratogénica durante el primer trimestre.

La exposición fue definida por al menos una prescripción de Pregabalina durante los primeros 3 meses de embarazo. El grupo de referencia lo constituyeron las participantes que no tomaron ese medicamento ni otros antiepilépticos en ese periodo de tiempo, ni tampoco antes del embarazo.

Como endpoint (variable dependiente o de respuesta) se consideró la presencia de malformaciones estructurales en el infante.

Asimismo, los investigadores tuvieron en cuenta diferentes covariables que actuaron como control estadístico: edad de la madre al dar a luz, raza/etnia, tabaquismo, gestación múltiple, y otras variables relacionadas con comorbilidades (otras patologías) y medicación tomada.

La muestra total la compusieron 1322955 mujeres no expuestas y 477 expuestas a la Pregabalina. Los autores realizaron un análisis sin ajustar y otro empleando el método de los Propensity Scores (PS), que lo que hace es primero estimar la probabilidad de exposición al fármaco a partir de las covariables, y luego incorporar esa probabilidad en el modelo global para identificar el efecto significativo de la exposición. Los análisis fueron replicados en una muestra de MarketScan, una base de datos de Estados Unidos que incluye pacientes asegurados.

Resultados e implicaciones

Los resultados muestran un patrón diferente de riesgo al ajustarse a los PS. Sin ajustar, RR=1.80 (95% IC: 1.26-2.58), mientras que al ajustarse con los PS desaparece la significación estadística RR=1.16 (95% IC: 0.81-2.62).

Los autores concluyen que su investigación no confirma el mayor riesgo de malformaciones congénitas tras la exposición a Pregabalina en el primer trimestre de embarazo.

Limitaciones/Comentarios

Los autores emplearon la prescripción como variable de exposición, pero ello no quiere decir que finalmente se tomara el medicamento.  No obstante, realizan un análisis de sensibilidad tomado sólo aquellos casos con 2 o más prescripciones (mayor probabilidad de tomar efectivamente el medicamento) y los resultados son similares.

Otra limitación es que no se tiene en cuenta la dosis de medicamento, lo que hace complicado dilucidar si efectivamente el posible efecto tiene un umbral de aparición.

Pero el principal tema de discusión el artículo es la diferencia de resultados al emplear el método de los Propensity Scores. Ciertamente el artículo no deja claro a qué se refiere cuando indica que el modelo de regresión logística estimado no está ajustado, ya que sería de esperar que lo hiciera con las covariables. Si los resultados reportados son realmente controlados por las covariables la valoración de este artículo es meramente una discusión entre una cuestión metodológica central; el uso de los PS frente a un modelo de regresión logística ajustado por covariables. Pese a las potencialidades de aplicar PS en muestras grandes con un porcentaje bajo de expuestos (como es el caso), una mayor claridad en la exposición de los resultados y en la comparación de diferentes alternativas de modelización hubiese sido deseable.

Finalmente, los autores reportan claros conflictos de intereses, con financiación de GSK o Pfizer, entre otros. Pfizer es la farmacéutica que comercializar Lyrica, uno de los medicamentos más vendidos.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Patorno, E..  et al.  (2017). Pregabalin use early in pregnancy and the risk of major congenital malformations. Neurology, doi: 10.1212/WNL.0000000000003959

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CLINICAL NEUROLOGY

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(#245). EL WI-FI PRODUCE ESTRÉS OXIDATIVO EN EL CEREBRO E HÍGADO DE RATAS DE LABORATORIO

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] En el embarazo la radiación electromagnética puede interactuar con el feto y resultar en problemas de desarrollo. A pesar de que los autores citan numerosas referencias de investigaciones que reportan el riesgo para los seres humanos de la exposición a este tipo de radiación, reconocen que todavía los datos sobre estos efectos son escasos y conflictivos.

Las sustancias reactivas al oxígeno (ROS) se producen en muchas funciones fisiológicas e inducen daños en las células a través del estrés oxidativo. Según los autores, el cerebro es más sensible al daño oxidativo. Además, la radiación electromagnética induce toxicidad hepática.

Las ROS son controladas y “limpiadas” por antioxidanes como el glutatión peroxidasa, una enzima que se encarga de convertir el peróxido de hidrógeno en agua. La vitamina E es otra molécula que puede eliminar los radicales libres dentro de las células y  plasma, y es probable que actúe de manera sinérgica con la vitamina C.

La absorción de radiación electromagnética en los tejidos depende de las propiedades dieléctricas de éstos y de su conductividad. La conductividad eléctrica se incrementa durante el embarazo debido a un mayor contenido de agua, por lo que es posible que esto haga más sensible a las mujeres embarazadas a la exposición a este tipo de radiación.

El objetivo de esta investigación es analizar el efecto de la radiación Wi-Fi (2.45 GHz) sobre el daño oxidativo en el cerebro e hígado de ratas durante el embarazo.

Metodología

Se emplearon 16 ratas albinas y sus 48 recién nacidos. Los animales fueron mantenidos en cajas individuales en un entorno libre  de patógenos y a una temperatura entre 20 y 24 grados, con exposición a la luz entre las 08:00 y 20:00.

Las ratas fueron expuestas a radiación electromagnética durante el embarazo y tanto ellas como sus 48 crías fueron aleatoriamente divididos en dos grupos de 24 unidades, uno de ellos el grupo de control y el otro el experimental. En el grupo de control, por tanto, estaban 8 madres y 24 recién nacidos que fueron sometidos a una exposición fantasma de 60 minutos al día desde el embarazo hasta las 3 semanas de vida de las crías, durante 5 días a la semana. En el grupo experimental esa exposición fue obviamente real, a una frecuencia de 2.45  GHz y en las mismas condiciones que el grupo de control.

La frecuencia fue pulsante a 217 Hz, con una intensidad de 11 V/m (unos 320000 microW/m2), lo que produce un SAR de 0.1 W/kg. La distancia de la antena a la cabeza de las ratas fue de 25 cm.

Las ratas fueron anestesiadas y posteriormente decapitadas, analizando sus cerebros e hígados. Se midieron el glugatión reducido (GSH), el glutatión peroxidasa (GSH-Px),  retinol, beta-caroteno,  vitamina C y vitamina E. Además, se estudió la peroxidación de los lípidos.

Resultados e implicaciones

En relación a la peroxidación de los lípidos los resultados muestran que tanto en el cerebro como en el hígado las ratas expuestas al Wi-Fi tenían significativamente unos niveles más altos.

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En cuanto a los resultados en el glutatión, el grupo expuesto obtuvo significativamente menores niveles, tanto en el cerebro como en el hígado de GSH-Px, y menores niveles de GH en el cerebro. Las concentraciones de retinol, beta-caroteno y vitamina C fueron menores en el cerebro de las ratas. En el hígado los resultados fueron similares, a excepción de que no se encontró variación significativa en la vitamina C.

En conjunción estos resultados alertan de que la exposición a la frecuencia característica del Wi-Fi a niveles muy por debajo de los permitidos por la legislación (que sólo consideran efectos térmicos) induce daño oxidativo en el cerebro e hígado de animales de ratas recién nacidas.

Limitaciones/Comentarios

La muestra de animales es ciertamente reducida, y los autores no comentan la posibilidad de realizar un ajuste estadístico de comparaciones múltiples que, aunque controvertido para cierto sector de investigadores, al menos habría dado un dibujo alternativo de los resultados y estimulado el debate.

Hay un error en la Tabla 1 del artículo en cuanto a los niveles de vitaminas en el grupo de control y experimental (parece que se han cambiado), ya que el comentario de los autores en el artículo es diferente, aunque no ha habido ningún erratum publicado, lo que hace que sigamos con especial atención la evolución de este artículo en el futuro.

Queda demostrado, una vez más, que las radiaciones no ionizantes producen efectos biológicos más allá de los efectos térmicos, incluso a niveles de energía por debajo de los permitidos. Urgen más investigaciones al respecto y, sobre todo, regular con mucha  más determinación.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Celik, O. et al.  (2016). Oxidative stress of brain and liver is increased by Wi-Fi (2.45 GHz) exposure of rats during pregnancy and the development of newborns. Journal of Chemical Neuroanatomy, 75, 134–139. doi: 10.1016/j.jchemneu.2015.10.005

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Q3

NEUROSCIENCES

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Q4

CELLULAR AND MOLECULAR NEUROSCIENCE

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(#241). LA IMPORTANCIA DE LA MICROBIOTA INTESTINAL

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] La microbiota se refiere a la población de microorganismos que coloniza una determinada parte del cuerpo, y que incluye bacterias, virus, protozoos, hongos y arqueas. La mayoría de estos organismos no son patógenos, es decir, no son reconocidos como amenazas y eliminados por el sistema inmune, y cohabitan simbióticamente con los enterocitos (células epiteliales del intestino que absorben nutrientes). 

El objetivo de este artículo es resaltar la relevancia que la flora intestinal tiene para la salud humana, así como identificar factores que afectan a su riqueza y diversidad.

Composición de la mircobiota intestinal

Se estima que está compuesta por más de 35000 especies bacterianas, con una gran diversidad de genes (más de 10 millones diferentes) y que pueblan desde el esófago hasta el colon, con divergentes niveles de acidez. Aquellas personas con una mayor diversidad de genes tienen una microbiota más robusta y menor prevalencia de desórdenes metabólicos y obesidad.

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Aspectos funcionales de la microbiota intestinal

La micorbiota intestial mantiene  una relación de simbiosis con la mucosa intestinal y realiza funciones inmunológicas, protectoras y metabólicas en los individuos sanos. A este conjunto de micro organismos se les considera un órgano en sí mismo, y se alimentan de la dieta y de las células epiteliales.

Factores que afectan a la microbiota intestinal

(1) Edad: El intestino empieza a ser colonizado por microorganismos incluso cuando está en el útero. La estructura de esa flora intestinal está relacionada con la forma de nacimiento; aquellos niños que nacen de parto vaginal son colonizados por organismos de la vagina materna. Por el contrario, en aquellos que nacen por cesárea es mayoritariamente la flora de la piel de la madre la que coloniza el intestino del niño.

A los 3 años, los niños tienen ya entre un 40 y un 60% de nivel de similitud con la flora de los adultos, la cual es estable entre la tercera y séptima década de vida.

(2) Dieta: La leche materna contiene varios compuestos bioactivos que no están disponibles en las leches de fórmula. Esos compuestos tienen un papel significativo en la digestión y absorción de los nutrientes, en la inmunoprotección y en la defensa antimicrobiana.

Una dieta rica en frutas, verduras y fibra está asociada con una mayor diversidad y riqueza de la microbiota intestinal. Las algas marinas también son un alimento recomendable para la flora intestinal humana, debido a su riqueza en compuestos bioactivos y fibra.

(3) Antibióticos: Diversos estudios han mostrado un efecto negativo del uso de antibióticos en la microbiota intestinal, tanto en el corto como en el largo plazo. El empleo de un antibiótico de amplio espectro durante una semana puede afectar a la microbiota de manera que no recupere su diversidad en varios meses o incluso años. Es más, su empleo incrementa el riesgo de infección por Salmonella debido a la disrupción sufrida en el mecanismo de exclusión competitiva de la flora intestinal.

(4) Probióticos y prebióticos: Los probióticos son microorganismos vivos que pueden proveer beneficios a la salud humana cuando se administran en dosis adecuadas (ej. Lactobacillus, casei, Bifidobacterium longum, Streptococcus thermophilus), y son usados en muchas ocasiones para contrarrestar los efectos perversos de los antibióticos sobre la ecología intestinal.

Los prebióticos se definen como ingredientes de la comida que tienen oligosacáridos no digestibles, que precisamente estimulan el crecimiento y la bioactibidad de microorganismos presentes en el intestino.

Conclusión

Los autores hacen un repaso sobre factores que pueden afectar a la riqueza y diversidad de la microbiota intestinal, que se considera como un órgano más en los humanos, y que tiene importantes propiedades inmunológicas, protectoras y metabólicas.

Tanto el tipo de parto como el modo de lactancia condicionan la microbiota de los niños, siendo la dieta y el uso de antibióticos los factores más relevantes que modulan la ecología de esos miles de microorganismos que pueblan el sistema digestivo. Una dieta rica en fruta, verduras y fibra y un adecuado uso de los antibióticos se muestra fundamental para mantener una flora intestinal adecuada.

Los autores comentan que los probióticos y los prebióticos pueden ser beneficiosos, pero indican claramente que se necesitan más investigaciones antes de que se usen comercialmente como promotores de salud.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Jandhyala, S. M.. et al. (2015). Role of the normal gut microbiota. World Journal of Gastroenterology, doi: 10.3748/wjg.v21.i29.8787

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Q2

GASOTROENTEROLOGY & HEPATOLOGY

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Q1

GASOTROENTEROLOGY

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