(#219). SUSTANCIAS TÓXICAS NO DECLARADAS EN VARIAS VACUNAS

[DESPIERTA] Interesantísimo artículo de Miguel Jara sobre la posible presencia de metales pesados en las vacunas en cantidades no declaradas. Jara comenta el reciente estudio publicado en el International Journal of Vaccines & Vaccination en el que los investigadores encontraron diversas sustancias tóxicas en casi la totalidad de las 44 muestras de 30 vacunas diferentes analizadas.

Pero no es un hecho aislado, porque varias personas que han visto como sus hijos morían en eventos que ellos asociaban a la vacunación, tras enviar muestras a laboratorios, encontraron concentraciones de elementos químicos que no concordaban con lo que especificaba el fabricante, según cuenta Jara:

Los resultados confirman que hay más componentes en estos medicamentos de los que nos cuentan las autoridades sanitarias y los fabricantes.

Además, en compuestos sí declarados, como el polémico aluminio, las cantidades no se corresponden con lo anunciado, son mucho mayores

Es indudable que se necesita más investigación, pero también que este tema no se trata con la suficiente transparencia y se le da la importancia que debería en los medios de comunicación.

Hace pocos meses, comenté un artículo publicado en el British Journal of Clinical Pharmacology, donde se analizaban reacciones adversas a medicamentos, incluyendo vacunas entre 2001 y 2010:

En esos 10 años se reportaron un total de 3504 casos, de los cuales un 76,28% fueron eventos asociados a la vacunación. De esos 2673 casos de vacunas, 19 niños murieron y 350 no se recuperaron de las consecuencias de los efectos adversos

Ante la difusión de este artículo, un pediatra de Atención Pediatra decía lo siguiente por Twitter: “Barbaridades como estas pueden hacer mucho daño. Los que las difunden ¿tienen alguna responsabilidad?”

Fijaos la increíble frase de este médico, que dice que es una barbaridad comentar los resultados de un artículo científico publicado en una revista de muy alto impacto, y que hice de manera literal. ¿Por qué es una barbaridad que la gente sepa los hechos adversos asociados a los medicamentos en niños menores de 2 años, incluyendo la vacunación? ¿En qué mundo vive todavía este médico para decir semejante chorrada?.

El año pasado, cuando en un foro de científicos de diferentes áreas dije que dudaba seriamente de la efectividad de las vacunas del VPH y de la gripe, y también de la necesidad de la vacuna de la varicela, viví esta desagradable experiencia que cuento en uno de mis artículos

El radicalismo científico, el falso escepticismo, es una lacra para la ciencia. Cuestionarse la idoneidad de algunas (repito, algunas) vacunas en base a diferentes estudios y observaciones no es ir en contra de la ciencia, ni ser un brujo o una palabra que tanto gusta a los radicales cientifistas: magufo.

Hay que recordar a esos talibanes científicos que la ciencia, desde siempre, comienza con la observación, para plantear hipótesis sobre la causa de diversos fenómenos y su modelización. Después, la evidencia empírica nos debe indicar en qué medida nuestras hipótesis iniciales sobre esas observaciones y su mecanismo de relación están apoyadas o no, es decir, tratar de separar la ilusión de la realidad (algo que a menudo es muy complejo), meta central de los filósofos realistas moderados.

Y ¿qué estamos observando? Pues tenemos suficientes observaciones para plantear la hipótesis de que algo turbio sucede con las vacunas (al menos con algunas de ellas). Ahora necesitamos más datos, más investigaciones y más evidencias para corroborarlo. Pero el mero hecho de sólo plantearlo no es anticientífico, todo lo contrario, sigue la lógica del inicio de la búsqueda de conocimiento.

Esto no es ser antivacunas; las vacunas salvan vidas, muchas de ellas son necesarias y eficaces. Pero, ¿nos están ocultando información? ¿Están enfermando niños a causa de mala praxis que podía ser evitable? Exijamos más información, necesitamos científicos valientes, independientes, y sin miedo a ser señalados como proscritos por investigar estos temas.

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(#210). RIESGOS DEL USO DEL GLIFOSATO; DOCUMENTO DE CONSENSO

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] Catorce investigadores firman este documento de consenso sobre el glifosato, el herbicida más empleado en el mundo.

El objetivo de este artículos es triple: (1) Demostrar la necesidad de una mejor monitorización de los residuos del glifosato en el agua, comida, y humanos; (2) Identificar las limitaciones y debilidades en las que la EPA, la German Federal Institute for Risk Assesment y otras organizaciones han incurrido en sus informes sobre la evaluación de riesgos; (3) Proveer recomendaciones para futuros estudios sobre los efectos para la salud del uso del glifosato. Recordamos que este herbicida es considerado por la OMS como probable cancerígeno (tipo 2A)

El glifosato cada vez se emplea más

En Estados Unidos se ha aumentado su uso de unos 3 millones de kilogramos en 1987 a aproximadamente 83 millones en 2007. Supone un 53.5% del todos los herbicidas usados en 2009. En 2014 se han empleado más de 108 millones de toneladas sólo en ese país.

El algodón, la remolacha de azúcar, el maíz o la soja son cultivos donde el uso de este pesticida se ha incrementado desde mitad de la década de los 90.

Los residuos de glifosato se encuentran en la comida

Tanto tras la cosecha como en la comida procesada se han encontrado residuos del herbicida. Por ejemplo, en 2012, la UK-Food Standard Agency identificó residuos de glifosato en 27 de 109 muestras de pan. En 2011, el Departamento de Agricultura de Estados Unidos encontró residuos en el 90.3% de 300 muestras de soja, y ácido aminometilfosfónico – AMPA-  (su principal metabolito) en el 95.7% de esas muestras.

El hecho de que se fumigue poco tiempo antes de la recogida de la cosecha, para facilitar ésta, hace que la exposición de los humanos a través de la dieta sea mayor.

Estudios en humanos y en animales de laboratorio sugieren riesgo asociado a la exposición

Los autores referencian estudios donde se han mostrado efectos tóxicos del glifosato, tanto en roedores como en humanos.

En roedores hay evidencias sobre efectos en el hígado y riñones, aunque esos estudios normalmente no tienen en cuenta otros potenciales daños derivados de la disrupción del sistema endocrino. A dosis consideradas seguras para humanos, varios estudios muestran que puede inducir daño hepático y renal.

Malformaciones en neonatos se han encontrado también en poblaciones de cerdos y de humanos (efectos severos en zonas de Argentina y Paraguay). Asimismo, la acción antibiótica del glifosato puede alterar la micriobiota intestinal en vertebrados.

Cultivos genéticamente modificados

El creciente uso de cultivos genéticamente modificados ha estimulado el crecimiento del empleo del glifosato, lo que a su vez ha contribuido a la proliferación de hierbas resistentes a este herbicida. Esto hace que crezcan, además, las fumigaciones con otros herbicidas.

Niveles “aceptables” ingeridos de glifosato

En Estados Unidos se considera segura una dosis de 1.75 mg/kg/día,  mientras que en la Unión Europea es de 0.3 mg/kg/día. Este último umbral está vigente desde 2002. Los autores cuestionan estos niveles porque están fijados basados en estudios de los propios fabricantes, y no están típicamente a la vista para ser revisados por científicos independientes. Otras investigaciones independientes han mostrado que esos niveles tomados por la Unión Europea son al menos 3 veces más altos que lo que la evidencia científica indica como límite.

Riesgos para el entorno

No sólo se ve afectada la salud de las personas, también el entorno se ve perjudicado, y afecta a otras especies como insectos, microorganismos del suelo, peces y otros invertebrados acuáticos. Más del 80% de los cultivos en Estados Unidos están fumigados con glifosato.

El glifosato persiste en el agua y el suelo más de lo inicialmente creído, incluso por más de un año. Y se traslada a la cadena alimenticia a través de su ingesta por los animales y de la contaminación del agua de bebida.

Además la lista completa de ingredientes de muchas marcas comerciales de glifosato no muestra sustancias inertes que son per se perjudiciales para el entorno.

Conclusión

El glifosato se usa en agricultura 100 veces más que hace 40 años, pero la evaluación de riesgos no ha ido de la mano de ese extraordinario crecimiento en su empleo.

Tradicionalmente se empleaba antes de la germinación o después de la recogida del cultivo, pero ahora con las variedades genéticamente modificadas resistentes al herbicida, se usa en todas las fases del cultivo.

Hay evidencias notorias de su toxicidad para el hígado y los riñones, tanto en animales como en humanos, disrupción endocrina y malformaciones en los neonatos. Las dosis permitidas están por encima de lo que la investigación ha mostrado como aceptable para la salud, y los riesgos para el entorno son también reportados.

Se necesitan más investigaciones, pero que estas sean independientes, y que la industria no pueda interferir en la evaluación de riesgos.

Myers, J. P. et al. (2016).  Concerns over use of glyphosate-based herbicides and risks associated with exposures: a consensus statement. Environmental Health,  doi: 10.1186/s12940-016-0117-0

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(#207). PESTICIDAS ASOCIADOS AL CÁNCER INFANTIL; NUEVAS EVIDENCIAS

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] El cáncer es la primera causa de muerte por enfermedad en España en la infancia, y la principal en niños entre 1 y 14 años. La mayor incidencia la tiene la leucemia (40%), seguido de tumores del sistema nervioso central (20%) y linfomas (15%).

Los agentes ambientales se han postulado como posibles causas de estas enfermedades, y entre ellas hay un cuerpo de evidencia importante sobre la asociación con la exposición a pesticidas y la leucemia, pese a que se sigue discutiendo sobre los posibles mecanismos por la que la enfermedad se desarrolla.

Los pesticidas agrícolas incluyen los herbicidas, insecticidas, fungicidas y otros biocidas, existiendo grandes dificultades en obtener datos fiables sobre la exposición.

El objetivo de esta investigación es desarrollar un método para estimar esa exposición, y analizar la posible asociación de esa exposición con el cáncer infantil.

Metodología

Es un estudio caso-control donde se recogieron datos sobre niños entre 0-14 años con cáncer diagnosticado, provenientes del Registro Español de Tumores Infantiles, que comprende aproximadamente un 90% de los casos de esta enfermedad en 5 regiones: Cataluña, Aragón, Navarra, País Vasco y Madrid.

El periodo de estudio comprendió entre 1996 y 2011. Como grupo de control se empleó una muestra de niños similar extraída del Instituto Nacional de Estadística, emparejándose un caso con seis controles.

En cada caso se georreferenciaron las direcciones de los niños en el momento de diagnóstico, y para los controles se usó la dirección de la madre al nacer.

Para estimar la exposición a pesticidas se desarrolló un nuevo índice. Así, primero se emplearon datos de la European Environment Agency sobre el uso de la tierra, la cual se dividió en cinco áreas diferentes. Para cada niño se creó un buffer de 1 kilómetro para calcular el porcentaje de superficie de cultivo en esa zona cercana. Las áreas agrícolas a su vez se dividieron en 6 subcategorías diferentes atendiendo al tipo de cultivo.

Aquellos niños con un porcentaje mayor del 0% en el índice calculado se consideró expuesto a los pesticidas en los cultivos. El nivel de exposición se dividió en cuartiles, y se dividió la zona geográfica en 2: Madrid frente al resto.

Para controlar otras variables de confundido, se tomaron datos sobre polución industrial y estatus socieconómico, en este último caso utilizando datos del Censo de 2001.

El total de casos considerado fue de 3350, y el de controles 20365.

Resultados e implicaciones

Los resultados muestran asociaciones significativas con la leucemia, linfoma de Hodgkin (HL), linfoma no-Hodgkin (NHL), neuroblastoma, tumor hepático y tumor renal.b207_2

Estos resultados son consistentes con investigaciones similares que asocian el cáncer infantil a la exposición a pesticidas.

Limitaciones/Comentarios

El índice desarrollado es un proxy sobre la exposición a pesticidas,  pero el hecho de encontrar una relación significativa ante una situación de error de medida confiere robustez a los resultados. No obstante, faltan diversas variables de control que hubiera sido preceptivo indicar, como la exposición a radiación ionizante y no ionizante, especialmente las bajas frecuencias electromagnéticas que también están asociadas a la leucemia infantil.

En resumen, y con las limitaciones pertinentes, es un indicio más a tener en cuenta sobre la necesidad de regular de una vez por todas el uso de los pesticidas y apostar por una agricultura más ecológica.

Gómez-Barroso, D.. et al. (2016).  Agricultural crop exposure and risk of childhood cancer: new findings from a case– control study in Spain. International Journal of Health Geographics, doi: : 10.1186/s12942-016-0047-7

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(#203). LA OBESIDAD INFANTIL Y LA RESPONSABILIDAD DE LOS EDUCADORES

[REVISIÓN DE ARTÍCULO]  El autor comienza el artículo reflexionando acerca del papel de los educadores en la formación en salud de los niños. Más allá de la propia libertad de estos para seguir su camino está la responsabilidad de intentar influir en su entorno para que se den unas condiciones favorables que le permitan desarrollar su estilo de vida. Incidir sólo sobre el conocimiento de la necesidad de una forma de vida saludable es insuficiente si no se intenta modificar el contexto donde éstos viven.

Este artículo pretende desarrollar los siguientes objetivos: (1) demonstrar que el contexto en el que los niños viven influye en su salud; (2) demostrar que los educadores en salud de las escuelas necesitan cuestionar el paradigma de que el énfasis principal de su actividad debe centrarse en una aproximación individualista al problema de la salud; (3) proveer marcos éticos e históricos que ayuden a los educadores en salud a confiar en la responsabilidad social que tienen para mejorar el entorno de la vida de los niños.

La salud de los niños y el entorno

El autor se remonta a mitad del siglo XIX cuando varios intelectuales como Frederick Engels o Edwin Chadwick publicaron trabajos que empezaban a documentar la relación entre la enfermedad y los entornos sociales poco saludables. No sólo los niños que trabajaban en aquella época en la Inglaterra de Dickens 16 horas al días con 12 o 14 años, sino la insalubridad de las viviendas o de los barrios. La enfermedad era más prevalente en la clase trabajadora.

A partir de 1848, en Inglaterra, se comenzó a legislar para intervenir en mejorar las condiciones de vida y de trabajo en esos barrios y de esas personas con el fin de influir en la menor prevalencia de enfermedades, el descenso de la mortalidad infantil y el incremento de la esperanza de vida.

La situación actual con respecto a hace casi 200 años ha cambiado en cuanto a forma, pero no en cuanto a fondo. Se han erradicado muchas enfermedades y evitados epidemias antiguas y contagios masivos, pero ahora el problema se viste de nombres como obesidad, diabetes, enfermedad cardiovascular o cáncer, lo que se conoce como enfermedades no transmisibles (NCD, en inglés).

Así, las proyecciones de distintos organismos no son nada optimistas. La OMS prevee que para 2030 habrá 4 veces más de muertes por NCDs, y se estima que al coste anual de la obesidad en Estados Unidos es de $147 billones.

Ante estos datos muchos educadores en salud se plantean si hemos aprendido la lección desde el siglo XIX sobre la necesidad de alterar las condiciones sociales y del entorno de las personas para hacerlo más saludable.

Los factores sociales, políticos y económicos condicionan el devenir de las enfermedades, más que la propia elección personal el estilo de vida, que se ve asimismo sumiso al propio entorno en el que se desarrolla.

La libertad individual de elección

Ante este contexto, los educadores en salud tienen a incidir en la responsabilidad individual de cada niño a la hora de realizar sus elecciones, como si éstas fueran independientes del entorno en el que se desarrollan. Y ese es el error que el autor del artículo detecta a la hora de abordar su función como educadores.

La premisa de la libertad individual de elección está fuertemente ligada a filósofos como Immanuel Kant o John Stuart Mill; cada persona debe tener la libertad para hacer lo que le parezca mientras que no dañe a los demás. Los individuos son moralmente responsables de su propia salud.

Sin embargo, la evidencia referenciada por el autor nos muestra que los programas educativos basados en las decisiones individuales tienen una eficacia cuestionable; no es suficiente con incidir en la responsabilidad individual, hace falta cambiar las condiciones sociales, políticas y económicas que causan la obesidad. De este modo, las elecciones personales en temas relacionados con la salud dependen del entorno; los individuos raramente disponen de toda la información o tienen la capacidad para comprar lo que desean. Los niños no eligen ser obesos en contextos proclives a que esa enfermedad se produzca; descartar las intervenciones en el contexto de esas personas enarbolando la bandera de la libertad de elección es precisamente ir en contra de esa libertad. Una perspectiva igualitaria no busca igualar per se los niveles de prevalencia de enfermedades entre distintos grupos sociales, sino que pretende una justa y equitativa oportunidad para conseguir ser saludables.

Conclusión

Los educadores en salud deben ir más allá de la perspectiva de que los niños son responsables de su propios comportamientos de salud, ya que el entorno condiciona en parte esas conductas. Además, los infantes no son los culpables de haber nacido o crecido en situaciones socioeconómicas desiguales. Por ello, el autor aboga por la responsabilidad social de los educadores para implementar acciones dirigidas también a ese contexto.

Limitaciones/Comentarios

El autor hace un esfuerzo por justificar la necesidad de intervenciones a nivel individual y contextual, sin que ello implique coartar las libertades de las personas, en este caso los niños que son precisamente los que menos capacidad tienen para dirigir sus decisiones de manera independiente. La regulación y la intervención sobre el contexto económico, social, y también sobre el marco regulador es esencial. Bajo mi perspectiva el autor acierta con defender este enfoque.

Balog, J. E. (2016).  Public Health, Historical and Moral Lessons for the Preparation of School Health Educators: The Case of Childhood Obesity and the Need for Social Responsibility. American Journal of Health Education,  doi: 10.1080/19325037.2016.1219683  

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(#201). LA MERCANTILIZACIÓN DE LOS SISTEMAS DE ATENCIÓN A LA PRIMERA INFANCIA

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] El apoyo público a los Sistemas Europeos de Educación y Atención de la Primera Infancia (EAPI) varía entre diferentes países. Los EAPI están diseñados para ayudar a la educación y cuidado de los niños entre 0 y 6 años, en particular a los que están una situación más desfavorecida. Se cree que la escolarización temprana es una forma de ayudar al desarrollo de los niños.

Entre las actividades de los EAPI están facilitar el acceso de los padres al mercado laboral, ayudando a evitar la pobreza especialmente en las parejas más jóvenes, así como la de integrar a niños como problemas físicos o de aprendizaje en el sistema educativo, eliminando desigualdades sociales y culturales.

Los subsidios a guarderías públicas, el establecimiento de precios públicos que cubren sólo una parte del coste de la guardería, los permisos post-parto, o la reducción de la carga fiscal para los padres con hijos pequeños son parte de este tipo de programas.

Sin embargo, como comentan los autores, en algunos países de Europa estos servicios está parcialmente privatizado. En el Reino Unido de forma más evidente que en otros países como Francia o Noruega, por ejemplo, donde en los últimos años están aumentando los servicios privados, aunque en muchos casos por entidades sin ánimo de lucro.

El crecimiento de la privatización de guarderías, y la desregulación de este “mercado” puede tener efectos negativos sobre los objetivos del EAPI, tal y como los autores argumentan en el artículo.

Las políticas de austeridad en Europa han repercutido negativamente en la implementación de los EAPI en algunos países. En Inglaterra y Holanda los gobiernos han reducido los susbidios a los padres. En Inglaterra, se han “relajado” algunas medidas regulatorias, en pos de facilitar el negocio a las entidades privadas, como por ejemplo los requerimientos de espacio de juego para los niños. En Francia, el porcentaje de trabajadores cualificados en las guarderías bajó de un mínimo del 50% al 40% en 2009; en 2012 se incrementó el ratio de niños por educador de 3 a 4, aunque los niveles de gasto público en los EAPI se han mantenido.

Los autores también hacen referencia a una investigación sobre la propensión de este tipo de guarderías privadas a operar en lugares económicamente atractivos, frente a las áreas más desfavorecidas a nivel socioeconómico. De este modo debe haber una regulación amplia sobre este sector con el fin de que no se mercantilice y haga que precisamente se vean agraviados los objetivos de esos programas de ayuda a la infancia

Conclusión

La desregulación inherente a las políticas neoliberales también se produce en el mercado de los proveedores de guarderías y jardines de infancia. Las entidades privadas se pueden integrar en el sistema público  como forma de complementar esos servicios, pero siempre desde un firme compromiso de mantenimiento de un sistema de subsidios y acciones que garanticen la equidad de acceso a esos servicios.

En Europa, existe heterogeneidad en cómo los países están abordando este tema, aunque la austeridad propiciada por la crisis económica ha afectado a ciertos indicadores de calidad de estos servicios esenciales.

Lloyd, E. & Penn, H.  (2014).  Childcare markets in an age of austerity. European Early Childhood Education Research Journal, doi: 10.1080/1350293X.2014.912901

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0.642

Q3

EDUCATION & EDUCATIONAL RESEARCH

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0.54

Q2

EDUCATION

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(#190). DISRUPTORES ENDOCRINOS ASOCIADOS CON EL BAJO PESO AL NACER

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] Los disruptores endocrinos son sustancias químicas artificiales que alteran la regulación hormonal en humanos. El sistema endocrino se encarga de regular varias funciones esenciales del cuerpo humano, como el crecimiento, el comportamiento y la reproducción, a través de la secreción controlada de hormonas.

Entre los disruptores endocrinos se encuentran los hidrcarburos policíclicos aromáticos (PAHs), lo bifenoles policlorados (PCBs), los pesticidas, los ftalatos, los diisolventes orgánicos, los fenoles (como el BPA), los compuestos alquil-fenólicos (APCs), los retardantes de llama (BFRs), algunos metales y parabenos.

Las personas estamos expuestas a estas sutancias a través de la dieta y el consumo de diversos produtos, así como en el ambiente laboral. Existe evidencia en la literatura científica de la asociación entre la exposición a estas sustancias y varias patologías: cáncer, diabetes, obesidad, disminución de la fertilidad.

Las mujeres son especialmente vulnerables durante el embarazo, y dado que en algunas profesionales la exposición potencial a estas sutancias es mucho mayor que en otras, los autores plantean si esas divergencias en la exposición están asociadas a algunos indicadores de la salud del niño, como el peso al nacer, la duración del periodo de gestación y la parto prematuro.

Metodología

Participaron 221837 madres y niños que fueron seguidos durante diferentes periodos de tiempo y en varios países de Europa. Esos datos se cruzaron con los correspondientes a matrices de exposición laboral, y se eliminaron aquellos que no pudieron parearse, por lo que la muestra total quedó en 131279 parejas madre-niño.

Esa exposición potencial en el lugar de trabajo fue primeramente codificada por expertos según 3 niveles de exposición: improbable, posible, y probable. Esa clasificación se realizó considerando que en el caso de una exposición no improbable se sobrepasara la exposición habitual en la dieta. Se dividió a los disruptores endocrinos en 10 tipos de sustancias diferentes.

Las variables relacionadas con las características del niño al nacer fueron el peso (si era menor de 2.500 kgs era considerado de bajo peso), las semanas de gestación (días), y si el parto era pretamaturo o no (<37 semanas).

Se emplearon también covariables: sexo del bebé, años de la madre, lugar de nacimiento, estado civil, educación, consumo de tabaco, e índice de masa corporal.

Los análisis se realizaron para cada cohorte y fueron agregados usando técnicas de metanálisis.

Resultados e implicaciones

Sólo el 11% de las madres tenía un trabajo que era considerado como posible o probable en cuanto a la exposición a disruptores endocrinos.

Los resultados del metanálisis indicaron que el efecto  de la exposición a disruptores endocrinos sobre el bajo peso de los neonatos era significativo: OR=1.25; 95% IC: (1.04, 1.49), pese a que en la mayoría de cohortes no existiera potencia estadística para detectar ese efecto. Esa asociación fue consistente entre los diferentes grupos de disruptores. Sin embargo, no se encontraron efectos para los otros 2 endpoints considerados: duración de la gestación y parto prematuro, ni tampoco cuando el peso del niño al nacer si tomó como variable continua.

Occupational Exposure to Endocrine-Disrupting Chemicals and Birt

Las trabajadores en el sector agrícola y las peluqueras estaban expuestas a al menos cuatro de los grupos químicos en que se han dividido los disruptores endocrinos, lo que hace difícil determinar cuál de ellos ha podido tener incidencia.

Limitaciones/Comentarios

En este tipo de estudios epidemiológicos la falta de control de variables importantes es clave. Como indican los autores, las fuentes de polución ambiental no fueron consideradas, y es probable que estuvieran asociadas a algunos tipos de trabajo. De este modo, las conclusiones hay que tomarlas con prudencia.

Y además tienen una doble interpretación. Por un lado es destacable que, pese a las limitaciones del diseño metodológico se encuentre un efecto significativo global sobre el peso de los niños al nacer (medido como variable categórica), y que además ello sea consistente en cada grupo de disruptores. Sin embargo, el hecho de que no haya efectos para los otros endpoints considerados ofrece una visión menos alarmista.

Dada la multitud de factores ambientales que pueden afectar a diversos indicadores de salud (endpoints), los estudios epidemiológicos se encuentran con grandes dificultades de aislar los efectos de interés. Por tanto, hay que ser prudentes e ir trabajando con indicios. Esos indicios no son pruebas irrefutables sino avances en el camino del conocimiento, y que deben valorarse en su conjunto tras la acumulación de evidencias científicas. Este estudio nos muestra que todavía queda mucho camino por recorrer para entender el efecto que tienen los disruptores endocrinos en los embarazos, pero nos da una pequeña señal de alerta de que hay que minimizar la exposición.

Birks, L. et al.  (2016). Occupational Exposure to Endocrine-Disrupting Chemicals and Birth Weight and Length of Gestation: A European Meta-Analysis. Envitonmental Health Perspectives, 124 (11), 1785-1793

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8.44

Q1

ENVIRONMENTAL SCIENCES

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3.53

Q1

HEALTH, TOXICOLOGY AND MUTAGENESIS

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(#178). ANTIBIÓTICOS EN NIÑOS MENORES DE 2 AÑOS Y DIABETES TIPO 1

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] El uso de antibióticos provoca cambios en la microbiota intestinal, y esto está asociado con el desarrollo de diversas enfermedades como la diabetes o la obesidad. La exposición a la flora vaginal durante el parto se cree que incrementa la diversidad microbiana en los niños, lo que redunda en una mayor protección frente a esas futuras enfermedades.

Los antibióticos se pueden clasificar en “de amplio espectro” o “de espectro reducido”, siendo los primeros capaces de actuar frente a una gama mayor de bacterias. Sin embargo, los efectos negativos de los antibióticos de alto espectro pueden ser mayor que los de espectro reducido, precisamente por su capacidad mayor para destruir al mismo tiempo bacterias beneficiosas que se encuentran en nuestro organismo.

Los autores se plantean en esta investigación si la utilización de antibióticos de amplio espectro en niños menores de 2 años está asociado al desarrollo de diabetes tipo 1 en la infancia (hasta los 14 años), considerando también el tipo de parto (cesárea frente a parto vaginal).

Metodología

Se emplearon 4 bases de datos de registros médicos y de nacimientos en Dinamarca desde 1997 hasta 2010, con lo que se tuvo acceso a la información sobre el tipo de parto y características del neonato, los antibióticos recetados y varias características de los padres (historial médico, edad, nivel educativo).  Esos niños fueron seguidos hasta durante 14 años hasta que presentaran los siguientes eventos (diabetes tipo I, muerte, emigración, final de seguimiento), con lo que la base de datos total fue de 858201 niños (tras excluir aquellos que murieron, emigraron o  eran diagnosticados con diabetes tipo 1 abes de los 2 años de edad).

Se empleó un análisis de supervivencia con un modelo proporcional de Cox ajustando por las diversas covariables para explicar el riesgo de padecer diabetes tipo 1.  Se comprobó la hipótesis de proporcionalidad y se estimaron diferentes modelos con diversas interacciones.

Resultados e implicaciones

A nivel descriptivo, lo primero que llama la atención es una estabilidad en la prescripción de antibióticos a lo largo del periodo de análisis, es decir, no hay crecimiento, lo que es una buena noticia dado que el 50% de las veces que se prescriben son innecesarios. Sin embargo, se ve claramente que los antibióticos de amplio espectro han superado a los de espectro reducido en los últimos años.

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El 71.8% de los niños estudiados tomó algún antibiótico antes de los 2 años. Esa probabilidad está asociada con el tipo de parto (mayor en los de cesárea), género (mayor en los niños), peso de niño al nacer, (mayor en los niños con peso menor de 2.5 kg), edad de los padres (mayor cuanto más jóvenes) y educación de los padres (mayor cuanto menor nivel educativo). Estas cifras dan una idea inicial e indirecta de la probabilidad de enfermar en esos niños pequeños en función de esas características.

Los análisis multivariantes tras aplicar el modelo de Cox indicaron que los niños que habían sido medicados con antibióticos de amplio espectro tenían un riesgo mayor de desarrollar diabetes tipo 1: (HR:1.13; 95% IC 1.02 a 1.25).  Además, ese riesgo se incrementaba con la predisposición genética (padres diabéticos) y primiparidad (primer parto). Sin embargo, cuando se tenía en cuenta el tipo de parto en su interacción con el tipo de antibiótico tomado, entonces existía un efecto significativo de esa interacción; aquellos niños nacidos con cesárea intraparto (no planeada) o cesárea preparto tenían un riesgo mayor: (HR: 1.70; 95% CI 1.15 a 2.51) y (HR: 1.63; 95% CI 1.11 a 2.39), respectivamente.

De este modo, el tomar antibióticos de amplio espectro antes de cumplir los 2 años está asociado con un mayor riesgo de padecer diabetes tipo 1 en la infancia para niños nacidos de cesárea. La penicilina y los macrólidos son identificadas como medicamentos con riesgo especial.

Limitaciones/Comentarios

Una de las cuestiones a discutir es el hecho de que no se encontrara una respuesta a la dosis, es decir, que no se incrementara el riesgo con el aumento de antibióticos prescrito. Estos resultados necesitan replicarse, dado que la literatura ha mostrado ciertas contradicciones en otros estudios empíricos similares. No obstante, el gran tamaño muestral de este estudio y la calidad de los datos de registro lo hacen especialmente relevante. En cualquier caso, los autores con buen criterio señalan otras limitaciones a tener en cuenta: no se consideraron datos sobre tipo de lactancia, dieta del niño o etnia, además de que los tratamiento hospitalarios con antibióticos fueron omitidos. También la clasificación amplio espectro/espectro reducido puede dar lugar a controversias.

Clausen T. D.  (2016). Broad-Spectrum Antibiotic Treatment and Subsequent Childhood Type 1 Diabetes: A Nationwide Danish Cohort Study  Nutrition Bulletin doi: 10.1371/journal.pone.0161654

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Impact Factor (2015)

Cuartil

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Thomson-Reuters (JCR)

3.057

Q1

MULTIDISCIPLINARY SCIENCES

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1.39

Q1

MEDICINE (MISCELLANEUS)

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(#166). REACCIONES ADVERSAS A MEDICAMENTOS EN NIÑOS MENORES DE 2 AÑOS

[REVISIÓN DE ARTÍCULO]  La OMS define la reacción adversa a los medicamentos como “una respuesta a un fármaco que es nociva e involuntaria, y que tenga lugar a dosis utilizadas normalmente en el hombre para la profilaxis, el diagnóstico o tratamiento de una enfermedad, o para la modificación de funciones fisiológicas”.  Esas reacciones adversas son responsables del 2% de las admisiones pediátricas en hospitales y del 4%-7% de las de adultos.

En el Reino Unido existe un programa llamado Yellow Card, que permite que aquellas personas que han tenido una reacción adversa a un medicamento lo reporten para que quede registrado. El objetivo de esta investigación es describir el contenido de esos reportes de Yellow Card en niños menores de 2 años.

Metodología

Se obtuvieron datos de los registros de Yellow Card entre 2001 y 2010, en niños menores de 2 años. En este programa, tanto doctores, farmacéuticos, enfermeras y padres pueden  reportar esos casos de efectos adversos. Esos registros se clasifican en función de la exposición a la medicación sospechosa: (1) Paternal: por el padre en el tiempo de concepción; (2) Transplacentaria: por la madre durante el embarazo; (3) Transmamaria: por la madre en la lactancia; (4) Neonatal: por el niño menor de 28 días incluyendo vacunaciones; (5) Infantes: por niños mayores de 28 días excluyendo vacunación; (6) Vacunación.

Resultados e implicaciones

Los resultados se muestran en la siguiente tabla:

Spontaneous adverse drug reaction reports for neonates and infan

En esos 10 años se reportaron un total de 3504 casos, de los cuales un 76,28% fueron eventos asociados a la vacunación. De esos 2673 casos de vacunas, 19 niños murieron y 350 no se recuperaron de las consecuencias de los efectos adversos.

También destacan los casos transplacentarios, en los que la madre toma un medicamento durante el embarazo; se produjeron 248 casos, de los cuales 28 resultaron en muertes del feto y 75 en efectos adversos no resueltos.

En cuanto a los neonatos, se estima que 1 de cada 4500 niños que se les da un antibiótico tienen efectos adversos. Para los infantes, el medicamento más dañino fue el Oseltamivir, el cual se emplea como antivírico para la gripe.

Los medicamentos más comúnmente reportados se muestran seguidamente:

Spontaneous adverse drug reaction reports for neonates and infan

Y los asociados a muertes se muestran aquí:

Spontaneous adverse drug reaction reports for neonates and infan

Como puede verse, las vacunas contra la polio, meningococo y neomococo, y la vacuna triple vírica (MMR- sarampión, paperas y rubeola) estaban asociadas a varias de las 19 muertes reportadas. El Citalorpam, un anti-depresivo se asoció a 4 casos de muerte del feto, y el Palivizumab también, que es un medicamento dirigido principalmente a niños con alto riesgo debido a diversas patologías.

Los medicamentos produjeron un total de 65 muertes y 507 casos en los que los niños tuvieron secuelas, siendo las vacunas y la medicación de la madre durante el embarazo los causantes de la mayor parte de esos efectos adversos.

Limitaciones/Comentarios

Los autores advierten de que puede haber una infra estimación de casos, y lamentan el hecho de que únicamente en las vacunas es donde el programa Yellow Card parece tener éxito. A partir de estos resultados queda valorar si son “admisibles” (si es que se puede emplear esa palabra) o no. Por ejemplo, los autores comentan que los medicamentos contra la epilepsia para las embarazadas, aunque lleven asociados efectos adversos potenciales en el feto, el riesgo para este sería mayor si la madre no los tomara. Pero los autores no “se mojan” en el tema de las vacunas donde 19 casos de muertes y 350 de secuelas parecen alarmantes. Sin embargo, tampoco sabemos más acerca de esos casos y de otras explicaciones alternativas para esos lamentables efectos.

Goutterbage, V. et al. (2015). Spontaneous adverse drug reaction reports for neonates and infants in the UK 2001–2010: content and utility analysis. British Journal of Clinical Pharmacology, doi: 10.1111/bcp.13067 

Indicadores de calidad de la revista*

 

Impact Factor (2015)

Cuartil

Categoría

Thomson-Reuters (JCR)

3.830

Q1

PHARMACOLOGY & PHARMACY

Scimago (SJR)

1.49

Q1

PHARMACOLOGY

* Es simplemente un indicador aproximado para valorar la calidad de la publicación

 

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(#157). CAMPOS ELECTROMAGNÉTICOS DE BAJA FRECUENCIA Y CÁNCER INFANTIL. EVIDENCIAS EPIDEMIOLÓGICAS

[MONOTEMA] La exposición a campos magnéticos producidos por corrientes eléctricas fue identificado como un factor de riesgo para el desarrollo de leucemia infantil. por primera vez en 1979, cuando Wertheimer & Leeper (1979) reportaron una asociación estadísticamente significativa entre esa enfermedad y la exposición residencial a campos electromagnéticos de baja frecuencia. Para ello realizaron un estudio caso-control empleando medidas indirectas de exposición, como la distancia y la características del cableado eléctrico. Desde entonces diversos estudios en la década de los 80 y 90 abordaron también este tema debido a la alerta suscitada por esos resultados. Varios de esos estudios formaron parte en 1999 y 2000 de tres compilaciones de investigaciones – Angelillo & Villari (1999),  Greenland et al. (2000) y Ahlbom et al. (2000) – (un metanálisis y dos estudios agregados) que previnieron a la comunidad científica sobre la asociación entre la exposición a campos electromagnéticos de baja frecuencia y el cáncer infantil. Esos tres estudios fueron pieza clave en la decisión que, en 2002, la International Agency for Research on Cancer (IARC) tomó acerca de catalogar a este tipo de campos como posibles cancerígenos (categoría 2B).

Desde entonces se ha acumulado mucha más evidencia epidemiológica que ha continuado suscitando debate en la comunidad científica y en la sociedad acerca de los peligros de la exposición infantil o prenatal a determinados niveles de campo magnético, tomando como umbral los 0.3-0.4 μT que diversas investigaciones estipulan como referencia a partir del cual el riesgo de padecer leucemia se incrementa.

Las compilaciones de estudios publicadas en 1999 y 2000

Antes de proceder a la revisión más actual de la literatura, es preceptivo comentar el metanálisis de 1999 y los dos estudios agregados de 2000, que sirvieron como punto de inflexión en este tópico de investigación.

Como bien repasan Ferris i Tortajada et al. (2010) , Angelillo & Villari (1999) evaluaron en su metanálisis 14 estudios de casos – controles y 1 de cohortes. Considerando aquellos estudios donde se medían los códigos de configuración de la corriente, encontraron un mayor riesgo estadísticamente significativo con RR = 1.46 ; IC 95% = (1.05 ; 2.04), y analizando los estudios basados en medidas de exposiciones en 24 horas también documentaron un riesgo incrementado y estadísticamente significativo, con RR = 1.59 ; IC 95% = (1.14 ; 2.22). Sin embargo, no se encontraron asociaciones significativas cuando se analizaron estudios donde la exposición se medía de otra manera, como la distancia al foco emisor, o medidas puntuales en el lugar de exposición). Ante estos resultados contradictorios, los autores consideraron lo siguiente:

” Existen datos suficientes para concluir que no puede descartarse una relación entre la influencia de los campos electromagnéticos en la zona de residencia y la leucemia infantil. Es necesario realizar nuevos estudios epidemiológicos de gran calidad, con mediciones comparables tanto de la exposición como de los resultados, para corroborar estos resultados. Si se confirmara  el  posible  exceso  de  riesgo,  habría  que investigar a fondo las alternativas para reducir al mínimo la exposición y proporcionar respuestas definitivas a los formuladores de políticas”.

Greenland et al. (2000) realizaron un análisis agregado, tomando los datos de 12 estudios epidemiológicos sobre la relación entre la leucemia infantil y la exposición a este tipo de campos. Basándose en estos 12 estudios y comparando las exposiciones inferiores a 0.1 μT y las superiores a 0.3 μT, reportaron una asociación significativa OR = 1.7 ; IC 95% = (1.2 ; 2.3)

Ahlbom et al. (2000), por su parte, en un nuevo análisis agregado, analizaron 9 estudios epidemiológicos;  en 5 de ellos medían los campos durante 24 y 48 horas, y en 4 calculaban los campos magnéticos en función de su distancia a las líneas de alta tensión. No encontraron asociación entre campos magnéticos y leucemia infantil por debajo de exposiciones a 0.4 μT. Pero en las superiores a 0.4 μT durante el año previo al diagnóstico de leucemia,  el RR = 2.00 ; IC 95% = (1.27 ; 3.13).

Una vez que la comunidad científica empezó a valorar seriamente que, en base a los estudios comentados, campos magnéticos de 0.3-0.4 μT incrementaban el riesgo de leucemia en niños, se continuaron publicando estudios al respecto. La necesidad de más investigaciones era evidente, con el fin de seguir avanzando en el estudio de esa asociación. La literatura cuenta con decenas de artículos sobre este temática a partir de 2001, cuyos resultados más destacados se repasan cronológicamente en el siguiente apartado.

La evidencia en el periodo 2001-2015

En 2001, Schüz et al. (2001) midieron los campos magnéticos en las viviendas durante 24 horas de 514 niños con leucemia y 1301 controles de características similares. Aunque globalmente no encontraron una asociación significativa con la mediana del campo magnético en la vivienda OR = 1.55 ; IC 95% = (0.65 ; 3.67), sí que sucedía si se consideraba sólo la exposición nocturna: OR=3.21; IC 95% = (1.33 ; 7.80) por encima de los 0.2 μT.

En 2003, Infante-Rivard & Deadman (2003) analizaron si la leucemia infantil podía asociarse a la exposición durante el embarazo. Para ello estudiaron 491 casos en niños de 0 a 9 años, con sus correspondientes controles. Como indican Ferris i Tejada et al. (2010), se encontró un incremento del riesgo estadísticamente significativo de desarrollar leucemia tras exposiciones transplacentarias superiores o iguales a 0.4 μT, con OR = 2.5 ; IC 95% = (1.2 ; 5.0). Las ocupaciones con mayores dosis de exposición correspondían a trabajadoras electrónicas en plantas de acoplamiento (0.7 μT), operadoras de máquinas eléctricas en factorías textiles (0.68 μT) y en factorías de calzado (0.66 μT). Otras profesiones maternas de riesgo son las cajeras y las trabajadoras en cocinas, hornos y maquinaria textil. La plausibilidad de la asociación descrita estaba basada en: a) proximidad de los aparatos eléctricos al abdomen de las mujeres gestantes; b) la especial vulnerabilidad del periodo fetal a los contaminantes ambientales; y c) el considerable tiempo medio de exposición desde la fase preconcepcional hasta el final del embarazo.

En 2005, Draper et al. (2005) realizaron un estudio caso-control en Inglaterra con 29081 niños entre 0 y 14 años diagnosticados con cáncer entre 1962 y 1995. De ellos, 9700 eran leucemias. Se eligió un control para cada caso en función de su similitud en sexo, fecha de nacimiento y distrito geográfico. Esos casos y controles se distribuyeron espacialmente en un mapa que permitía calcular la distancia a las línea de alta tensión más cercana. Es importante destacar que estamos hablando de mayoritariamente líneas de 275 a 400 kV, y minoritariamente de líneas de 132 kV. Los resultados de su estudio indicaron una asociación significativa sólo con leucemia y no con el resto de tipos de cáncer para aquellos que vivían entre 0 y 200 metros de la línea RR = 1.69 ; IC 95% = (1.13 ; 2.53) , y los que vivían entre 200-600 metros RR = 1.23 ; IC 95% = (1.02 ;1.49) respecto a los que vivían a más de 600 m. Cuando se controló por estatus socioeconómico los resultados no cambiaron. Los autores señalaron que a partir de los 60 metros de ese tipo de líneas el campo magnético baja por debajo de los 0.4 μT, por lo que este estudio nos dice que se pueden producir efectos significativos por debajo de ese umbral. Los autores estiman que un 1% de las leucemias que se dan anualmente en el Reino Unido pueden deberse la exposición a campos magnéticos de baja frecuencia.

En 2006, Kabuto et al. (2006) publicaron uno de los estudios más relevantes porque la exposición a los campos magnéticos se midió en el dormitorio de los niños durante una semana, es decir, se tenía una medición de la exposición completa (cercanía a líneas de alta tensión + exposición eléctrica en casa). Analizaron 302 niños diagnosticados con leucemias agudas (linfoblásticas y mieloblásticas) y 603 controles emparejados por sexo, edad y residencia. Para el grupo de exposición igual o superior a 0.4 μT, respecto a la menor de 0.1 μT encontraron un mayor riesgo para los tipos de leucemia, aunque no fue estadísticamente significativo: OR = 2.6 ; IC 95% = (0.76 ; 8.6), pero cuando sólo se analizaron las linfoblásticas (que son las que tienen mayor incidencia), esos resultados sí que fueron significativos: OR = 4.7 ; IC 95% = (1.15 ; 19.0).

Llegados a este punto, y con toda esta evidencia detrás, Kundi (2007) en su artículo publicado en Environmental Health Perspectives volvía a demandar a la comunidad científica que se tomara seriamente la exposición a este tipo de campos como un riesgo potencial de leucemia infantil, reconociendo que serían deseable más estudios para eliminar posibles variables de confundido. En ese mismo año, el estudio de Mejia-Arangure et al. (2007) encontró un incremento significativo de leucemia aguda entre personas con síndrome de Down que vivían en residencias con un nivel de radiación por encima de 0.6 μT : OR = 3.7; ; IC 95% = (1.05 ; 13.3). Los autores sugerían que esa exposición a esos niveles de campo magnético podría actuar como promotor o ayudar a la progresión del cáncer.

El análisis agregado de Schuz et al. (2007) sobre estudios caso-control en cuatro países (Canadá, Alemania, Reino Unido y Estados Unidos) acerca de la relación entre la leucemia infantil y los campos magnéticos de baja frecuencia, para casos diagnosticados entre 1988 y 1996, y realizado con la particularidad de considerar sólo las mediciones hechas en la cama del niño, confirmó esa asociación, con una OR = 1.93 ; IC 95% = (1.11 ; 3.35) para niños expuestos a campos magnéticos por encima de 0.4 μT en comparación a aquellos expuestos a 0.1 μT, y en el borde de la significación estadística para la exposición entre 0.2 y 0.4 μT  OR = 1.37 ; IC 95% = (0.98 ; 22.9).

También en 2007, Lowenthal, Tuck & Bray (2007), realizaron un estudio caso-control sobre 854 personas que habían desarrollado leucemia, linfomas o enfermedades asociadas entre 1972 y 1980 en Tasmania. Los resultados indicaron que aquellos que vivían a menos de 300 metros de líneas de alta tensión entre los 0 y 15 años de edad, tenían una OR = 3.23 ; IC 95% = (1.26 ; 8.29), y cuando se tomaban sólo los niños entre 0 y 5 años expuestos a menos de 300 metros, entonces: OR = 4.74 ; IC 95% = (1.26 ; 8.29). De este modo, los resultados de nuevo indicaban que una exposición en los primeros años de vida al campo generado por las líneas de alta tensión, en una distancia cercana (en este caso menor de 300 metros), estaban asociados a desarrollar cáncer.

Feizi & Arabi (2007), por su parte, encontraron sobre una muestra pequeña de 60 casos de leucemia infantil en Irán, que vivir en distancias menores de 500 metros de una torre de alta tensión incrementaba el riesgo de leucemia. Los autores no realizaron medidas in-situ sino que estimaron el campo magnético a través de la distancia a la línea y la carga de la misma. Sin embargo, los pocos casos y controles de este estudio, y la falta de variables de control hace tomar estos resultados con prudencia.

En una nueva revisión publicada, esta vez en Radiaction Protection Dosimetry, Shüz & Ahlbom (2008) consideraban que, aunque todavía no se conocía el mecanismo para ligar causalmente la exposición a campos magnéticos por encima de 0.3-0.4 μT y la leucemia infantil, existía suficiente evidencia en la literatura científica hasta ese momento para considerar a los campos magnéticos de baja frecuencia como posibles cancerígenos  para los humanos. También en 2008, el estudio de Yang et al. (2008) reportaba que vivir a una distancia menor de 100 metros de líneas de alta tensión y transformadores eléctricos era un factor de riesgo para el desarrollo de leucemia aguda en niños con el genotipo XRCC1 Ex9þ16A.

Comba & Fazzo (2009), asimismo, nombraron varios estudios realizados en Italia donde existía una asociación significativa entre la cercanía a las líneas de alta tensión (60 kV) y el desarrollo de neoplasias malignas. Asimismo, el estudio de Gobba et al. (2009) se enfocó en las células NK (natural killers), un tipo de linfocitos que se encarga de matar a las células cancerígenas. Los resultados indicaron que aquellos trabajadores expuestos a un nivel de radiación por encima de 1 μT tenían una reducción significativa de este tipo de linfocitos con respecto a aquellos que estaban expuestos a niveles inferiores a 0.2 μT.

En 2010, Hug et al. (2010) trataron de extender el estudio de Infante-Rivard & Deadman (2003) sobre exposición en mujeres embarazadas a padres y madres antes de la concepción.  Para ello, estudiaron a 2049 casos de niños con cáncer entre 0 y 14 años en Alemania, 846 de ellos con leucemia. Los resultados no fueron significativos. Sin embargo, como los mismos autores reconocieron, su estudio estaba sujeto a errores de medida porque la exposición ocupacional no se midió in-situ sino que se estimó en base a matrices de exposición laboral. Como alertan Gobba et al. (2011), las matrices de exposición laboral pueden ofrecer un dibujo muy errático de la verdadera exposición de las personas. De igual manera, Infante-Rivard & Deadman (2003)  reconocieron que otros estudios anteriores sí que reportaron asociaciones significativas: (1) el estudio de Feychting, Floderus & Ahlbom  (2000) encontró  que los niños cuyos padres habían estado expuestos a campos por encima de 0.3 μT entre 2 y 26 meses antes del nacimiento tenían significativamente mayor riesgo de leucemia; (2) el estudio de Pearce et al. (2007) sobre 4723 casos de cáncer reportó que los niños de padres expuestos en sus trabajos con mayores niveles de campo magnético tenían significativamente mayor riesgo de leucemia: OR = 1.31 ; 95% IC = (1.02 ; 1.69); (3) el estudio de Smulevich Solionova & Belyakova (1999) sobre 593 niños entre 0 y 14 años con cáncer en Moscú, indicó que las madres que antes de la concepción estaban expuestas campos magnéticos en su ambiente de trabajo tenían mayor probabilidad de tener niños con leucemia OR = 5.2; 95% IC = (1.6 ; 16.8). Posteriormente, Keegan et al. (2012), en su estudio sobre la asociación entre la leucemia infantil y la ocupación del padre, con un total de 16764 casos, sí que encontraron una vinculación significativa OR=1.14 95% CI (1.05 ; 1.23), siendo la leucemia linfoblástica significativamente asociada a una mayor clase social del padre.

También en 2010, de nuevo se realizó un análisis agregado (pooled analysis) por Kheifets et al. (2010), empleando estudios publicados desde el año 2000 sobre leucemia infantil y exposición a campos magnéticos. Se contabilizaron siete estudios: Bianchi et al. (2000), Schüz et al. (2001), Kabuto et al. (2006), Lowenthal et al, (2007), Kroll et al. (2010), Malagoli et al. (2010), Wünsch-Filho et al. (2011), siendo este último tenido en cuenta antes de que se publicara en 2011. Los autores realizaron ese análisis agregado reportando dos resultados; considerando y sin considerar el estudio de Wünsch-Filho et al., (2011), debido a sus problemas metodológicos (como que no se contabilizaron los casos en los que la familia se trasladó de residencia para estar con el niño tratado en un hospital lejano a su vivienda original). Los resultados fueron muy similares a los obtenidos por Ahlbom et al. (2000), aunque  en este caso las estimaciones fueron  menos precisas, lo que incrementó la anchura de los intervalos de confianza hasta alejarse de la significación estadística.

 OR y 95% CI para los análisis agregados de Ahlbom et al. (2000) y Kheifets et al. (2010)

 

0.1–<0.2 μT

0.2–<0.4 μT

0.4 μT

Ahlbom et al. (2000)

1.08 (0.89–1.31)

1.11 (0.84–1.47)

2.00 (1.27–3.13)

Kheifets et al. (2010)

1.07 (0.81–1.41)

1.22 (0.78–1.89)

1.46 (0.80–2.68)

Kheifets et al. (2010) sin incluir el estudio de Wünsch-Filho et al. (2011)

1.15 (0.83–1.61)

1.20 (0.67–2.17)

2.02 (0.87–4.69)

Cuando se tenía en cuenta las distancias de las residencias a las líneas de alta tensión, los resultados fueron significativos para las viviendas situadas a 50 o menos metros de la línea: OR = 1.59 ; 95% IC = (1.02 ; 2.50).

OR y 95% IC para el análisis agregado de Kheifets et al. (2010) en función de la distancia a la línea más cercana de alta tensión

>200 m

>100–200 m

>50–100 m

⩽50 m

Casos/controles

OR

Casos/controles

OR

Casos/controles

OR

Casos/controles

OR

10153/11231

1.0

88/146

1.20

(0.90, 1.59)

49/75

1.30 (0.89, 1.91)

35/51

1.59 (1.02, 2.50)

En base a los resultados mostrados, Kheifets et al. (2010) concluyen lo siguiente:

“Nuestros resultados están en línea con análisis agregados previos, mostrando una asociación entre la exposición residencial a campos magnéticos y la leucemia infantil, pero la asociación es menor en estudios recientes e imprecisa por el pequeño número de individuos altamente expuestos. (…) Concluimos que los estudios recientes sobre campos magnéticos y leucemia infantil no alteran las evaluaciones previas sobre que los campos magnéticos son un posible cancerígeno”.

Sohrabi et al. (2010), por su parte, realizaron un estudio caso-control con 300 niños entre 1 y 18 años con leucemia linfoblástica aguda, y 300 controles pareados por sexo y edad. Los autores dividieron los resultados en función de la exposición a líneas de diferente voltaje (123, 230 y 400 kV) encontrando resultados significativos en las dos primeras, mientras que la no significatividad de la de 400 kV se atribuyó a la falta de potencia por los pocos casos disponibles para ese subgrupo. Los autores encuentran que cada 600 metros de distancia a la línea existe una reducción de la probabilidad de desarrollar leucemia.

En 2011, Does et al. (2011) examinaron una de las hipótesis causantes de la leucemia infantil, y que podría actuar como variable contaminante de la relación entre la exposición a campos magnéticos y el desarrollo de la enfermedad; las corrientes de contacto. Estas pueden producirse por ejemplo en la bañera al tocar los niños mojados elementos metálicos que pueden estar sujetos a un voltaje que haga inducir una corriente. Ferris i Tortajada et al. (2010) explican con más detalle esta hipótesis. Para ello, Does et al. (2011) estudiaron la correlación entre esas corrientes de contacto y el campo magnético en el interior y exterior de las casas de 245 casos y 269 controles en California, encontrando correlaciones muy pequeñas (0.10 y 0.15, respectivamente). Su análisis no encontró efectos significativos de diferentes valores de corrientes de contacto, ni tampoco de la exposición a campos magnéticos dentro de la casa, aunque como bien relatan los autores al final del artículo, sólo había un 10% de casos con  un campo magnético superior a 0.1  μT, lo que hace que el análisis de este factor de riesgo en este estudio particular sea muy limitado.

Schüz et al. (2012) se hicieron eco de algunos estudios anteriores que vinculaban una menor tasa de supervivencia de niños que sufrían leucemia linfoblástica aguda y que estaban expuestos a valores de campo magnético por encima de 0.3  μT. Sin embargo, en su análisis agregado sobre 3073 casos concluyeron que no existía tal asociación, es decir, que la exposición a campos magnéticos no estaba vinculada a la supervivencia de niños enfermados con leucemia.

Jirik et al. (2012), por su parte, en su estudio sobre 79 casos de leucemia infantil en la República Checa, y sus correspondientes pares de control, no encontraron asociación con exposiciones de 0.2  μT: OR = 0.93 ; 95% IC = (0.45 ; 1.93), 0.3 μT: OR = 0.77 ; 95% IC = (0.34 ; 1.75) y 0.4 μT OR = 0.9 ; 95% IC = (0.37 ; 2.22).

También en 2012, Teepen & van Dijk (2012) realizaron una revisión del estado de la cuestión en la revista International Journal of Cancer, concluyendo que, hasta ese momento, la evidencia acumulada era lo suficientemente importante como para pensar en una posible asociación entre la exposición a campos magnéticos de 0.3 μT y superiores y la leucemia infantil.

En 2013, Sermage-Faure et al. (2013), en su estudio sobre 2779 casos de leucemia infantil en Francia entre 2002 y 2007 y 30000 controles midieron la cercanía a líneas de alta tensión. Los resultados indicaron que en líneas de muy alta tensión (entre 225 y 400 kV) la asociación bordeaba la significación estadística OR = 1.7 ; 95% IC (0.9 ; 3.6), lo que los autores comentan como evidencia suficiente para seguir apoyando la posible asociación de la exposición a campos magnéticos y la leucemia infantil. Bien es cierto que el patrón de OR que obtienen en distancias superiores a 50 metros no muestra una tendencia uniforme decreciente, lo que de nuevo hace ver con prudencia los resultados.

En 2014, la revisión de Mezei et al. (2014) sobre los factores de riesgo de la leucemia infantil en niños sin síndrome de Down y con síndrome de Down, se hizo eco de las investigaciones de Kheifets et al. (2010) y Mejia-Arangure et al. (2007) que asociaban la exposición a campos magnéticos de baja frecuencia con el desarrollo de leucemia linfoblástica aguda en niños.

También en 2014, Leitbeg (2014) publicó un artículo en el que defendía que los 35 años de estudios epidemiológicos no reportaban de manera agregada una asociación significativa entre la exposición a campos magnéticos y la leucemia infantil, aunque su estudio adolece de relevancia, ya que no emplea ningún criterio de exclusión ni de clasificación de esos estudios y, sobre todo, estaba publicado en una revista considerada como “predatoria” (Journal of Electromagnetic Analysis and Applications), lo que reduce la credibilidad del estudio en ámbitos científicos.

Bunch et al. (2014), reanalizaron los datos de Draper et al. (2005) ampliando la cohorte hasta 2008, e incluyendo además población de Escocia. Los autores, esta vez no encontraron una asociación significativa entre la distancia a las líneas de alta tensión y los casos de leucemia, advirtiendo además que el riesgo relativo decaía con el tiempo (aunque el riesgo seguía siendo significativo para las décadas de los 60 y 70). Pero sí que en el reanálisis del estudio de Draper et al. (2005) con los datos disponibles en 2012 sobre recategorización de casos de cáncer infantil, continuaron encontraron asociaciones significativas: para aquellos que vivían entre 0 y 200 metros de la línea RR = 1.66 ; 95% IC = (1.09 ; 2.52), y los que vivían entre 200-600 metros,  RR = 1.23 ; 95% IC = (1.00 ; 1.45) respecto a los que vivían a más de 600 metros.

Swanson et al. (2014), por su parte, estudiaron si el efecto corona podría explicar algunos de los resultados significativos encontrados en el estudio de Bunch et al. (2014). La hipótesis de estos autores era que  los iones atmosféricos producidos por los campos eléctricos de las líneas de alta tensión se unen a la polución del aire e incrementa la carga de esas partículas tóxicas. Para ello añadieron datos sobre el viento en cada lugar de residencia. Los resultados, de nuevo, no fueron claros, porque el modelo explicaba el patrón de mayor riesgo de leucemia cerca de las líneas de alta tensión menos bien que la simple medida de cercanía a la línea. Los autores concluyeron que esto no excluía el efecto corona como posible explicación del mayor riesgo de leucemia, pero tampoco obviamente provee evidencias de que efectivamente lo sea.

Pedersen et al. (2014) realizaron un estudio sobre 1698 niños menores de 15 años diagnosticados con leucemia entre 1968 y 2006 en Dinamarca y 3396 controles pareados por género y edad. Los autores midieron la distancia entre la residencia al nacer y las líneas más cercanas de alta tensión entre 132 y 400 kV. Los resultados arrojaron asociaciones no significativas para los niños que vivían a una distancia entre 0-199 metros con respecto a más de 600 metros: OR = 0.76 ; 95% IC = (0.40 ; 1.45), y tampoco para los que vivían a una distancia entre 200 y 599 metros.

En 2014 se publicó de nuevo un metanálisis, esta vez realizado por Zhao et al. (2014), donde se incluían los estudios de Michaelis et al. (1997) (Alemania), Linet et al. (1997) (Estados Unidos), Dockerty et al. (1998) (Nueva Zelanda), McBride et al. (1999) (Canada), Green et al. (1999) (Canada), Schüz et al. (2001) (Alemania), Kabuto et al. (2006) (Japón), Kroll et al. (2010) (Reino Unido), y Malagoli et al. (2010) (Italia), es decir 9 estudios publicados desde 1997 a 2013 que pasaron los criterios de inclusión adoptados por los autores. Sobre un total de 11699 casos y 13194 controles, cuando la referencia se estipulaba en <0.1 μT, las exposiciones ≥0.4 μT tenían una OR = 1.57 ; 95% IC (1.03 ; 2.40) para todos los casos de leucemia y OR = 2.43 ; 95% IC (1.30 ; 4.55) para leucemia linfoblástica aguda. Cuando la referencia se subía a <0.2 μT, se seguía manteniendo la significación estadística: OR = 1.31 ; 95% IC = (1.06 ; 1.61). Por tanto, se mostró una asociación significativa entre la exposición a campos magnéticos del orden de 0.4 μT y el desarrollo de leucemia infantil.

En 2015, varios estudios han seguido analizando esta temática. Bunch et al. (2015), empleando los datos de Bunch et al. (2014) sobre 52525 casos de niños entre 0 y 14 años con cáncer y 116815 controles no encontraron asociación entre la leucemia infantil y la exposición al campo magnético proveniente de cables soterrados cercanos a sus residencias. Recordemos que en los cables soterrados (si no tienen el debido aislamiento) siguen produciendo campo magnético. Los pocos casos de niños expuestos a estos cables limita las conclusiones del estudio, según los autores.

Tabrizi & Bigdoli (2015), por su parte realizaron un estudio caso-control con 22 casos de niños con leucemia linfoblásitica aguda y 100 controles en una región de estatus socioeconómico bajo de Irán. El hecho de que esos casos estén todos dentro de un mismo grupo socioeconómico es una fortaleza de este estudio, ya que la diversidad de esta variable puede afectar a los análisis sobre la asociación de desarrollar leucemia y la exposición de líneas de alta tensión. Los autores controlaron por muchas variables que podrían estar asociadas a la leucemia infantil, como la exposición a rayos X, pesticidas, disruptores endocrinos, historial familiar, etc., pero fallaron claramente a la hora de analizar los datos, donde no implementaron ningún tipo de modelo estadístico que permitiera aislar el posible efecto de la exposición a las líneas de alta tensión del resto de variables que hipotéticamente pudieran influir en el desarrollo de leucemia.  Por contra, los autores realizaron análisis individuales variable a variable, donde sí que es cierto que las exposiciones prenatales, neonatales y en la niñez a líneas de alta tensión estaban significativamente asociados al desarrollo de ALL, pero los resultados son cuestionables al no existir un control estadístico en este estudio observacional.

Salvan et al. (2015) mostraron los resultados de un estudio caso-control realizado en Italia sobre casos de leucemia detectados en niños de hasta 10 años durante los años 1998-2001. Sobre 745 casos y 1475 controles (que posteriormente fueron rebajados en función de diversas exclusiones) los investigadores estudiaron la asociación entre la leucemia y la exposición en casa a campos electromagnéticos de baja frecuencia. Entrevistas a padres (con el fin de controlar por múltiples variables) y mediciones de 24-48 horas en sus dormitorios fueron empleados en el análisis. Sin embargo, los resultados no fueron concluyentes. No se encontraron asociaciones significativas para los casos de mayor exposición (por encima de 0.2-0.3 μT), reconociendo los propios autores que la escasa proporción de casos y controles en esos niveles de exposición condiciona los resultados.  Aunque para algunos rangos de exposición se encontraron asociaciones significativas, no seguían un patrón de intensidad (es decir, para exposiciones mayores la asociación es menor). En cualquier caso, este tipo de artículos tiene un problema que no se suele comentar, y es que las variaciones de exposición no tienen porqué ser homogéneas a lo largo del año. Aunque los autores justifican que una medición de 24 horas es igual de exacta que una realizada en 5 días (con un estudio previo que lo sustenta), cuando la exposición en casa viene determinada de manera importante por la acometida en la urbanización (caso de las casas de planta baja), la exposición en invierno puede ser sustantivamente mayor que en primavera; cuando hay más demanda de energía la exposición dentro los hogares es variable.

Finalmente, Pedersen et al. (2015), estudiaron los datos de 3277 niños con leucemia, tumores del sistema nervioso central y linfoma maligno en Dinamarca desde 1968 a 2003, los resultados para los casos recientes detectados (1986-2003) no arrojaron significación estadística, aunque tomando el periodo de tiempo total (1968-2003), los riesgos relativos estaban entre 1.5 y 2, en línea con otros análisis agregados.

Conclusión

En 2012 se publicó el informe “Bioinitiative” (Bioinitiative Working Group, 2012) realizado por varios científicos pertenecientes al grupo de trabajo Bioinitiative, que consideraron las evidencias acumuladas en los últimos años sobre los riesgos de la exposición a radiación electromagnética no ionizante. Concretamente, y en relación a la exposición a campos magnéticos de baja frecuencia,  los autores del informe concluyeron lo siguiente:

“Excepto la radiación ionizante, ningún otro factor ambiental ha sido firmemente establecido como un factor de incremento de riesgo de leucemia infantil. Existe suficiente evidencia proveniente de los estudios epidemiológicos de que hay un incremento de riesgo por la exposición a campos electromagnéticos de baja frecuencia que no puede ser atribuible al azar, al sesgo, o a las variables contaminantes”.

A la luz de la revisión realizada en este artículo sobre las publicaciones más relevantes entre 2001 y 2015, se puede afirmar que, efectivamente, tal y como en 2012 sugería el equipo de trabajo de Bioinitiative, sigue habiendo un sustrato de evidencia sólido que alerta sobre la posibilidad de que la exposición a campos magnéticos del orden de 0.3-0.4 μT y superiores incrementen el riesgo de leucemia infantil.

Evidentemente existen limitaciones metodológicas en todos los artículos publicados, sobre todo relativas al poco número de casos de exposiciones a ese umbral comentado, y de las diversas formas en las que se cuantifica la exposición. Por ejemplo, y en relación a esa segunda limitación, las variaciones de exposición no tienen porqué ser homogéneas a lo largo del año. La exposición en casa viene determinada de manera importante por la acometida en la urbanización (caso de las casas de planta baja); cuando hay más demanda de energía la exposición dentro los hogares es variable. Igual ocurre en las cercanías de líneas de alta tensión, existe variabilidad en función de la hora del día, del día de la semana, o de la época del año. Cuando no se hacen mediciones y se confía únicamente en la distancia a líneas de alta tensión, no se tiene en cuenta la posible exposición dentro de los hogares o en los colegios, donde las propias características del tendido eléctrico pueden propiciar campos magnéticos superiores incluso a los 0.4 μT. De este modo, se añaden errores de medida a las variables que miden la exposición a campos magnéticos. Sin embargo, si aún así se encuentran relaciones significativas, y si ese error de medida se considera aleatorio, el efecto real queda atenuado ya que se incrementa la varianza observable de los datos, por tanto, ese efecto en verdad podría ser incluso mayor que el detectado en los estudios analizados.

En cualquier caso, y admitiendo esas limitaciones, la cantidad de estudios, metanálisis y análisis agrupados que apoyan la evidencia de asociación entre exposiciones a campos magnéticos del orden y superiores a 0.3-0.4 μT y leucemia infantil sigue siendo muy importante, tal y como se muestra en esta investigación. No obstante, también es preceptivo indicar que sigue habiendo algunos estudios que no reportan esa asociación.

Ciertamente la cantidad de personas sometidas a esos niveles de campo magnético es baja. Por ejemplo, en Italia alrededor de un 4-5% de la población está expuesto a radiación de 0.3 μT, y la exposición mediana de un 1-2% de la población está por encima de 0.4 μT. En ese mismo país diversos estudios estiman que sólo entre el 0.26 y el 0.43% de la población está expuesta a un promedio por encima de 0.3 μT, y que entre un 0.20 y un 0.35% a un promedio por encima de 0.4 μT. En estudios realizados en otras ciudades, como en Granada (España), la tasa es más elevada: entre el 9.42% de los niños está expuesto a niveles de radiación de campo magnético por encima de 0.3 μT habitualmente en sus casas en horario no nocturno. En cualquier caso, que un pequeño porcentaje de la población esté sometido a esos niveles de exposición no debería significar el menosprecio de ese factor de riesgo.

Las evidencias epidemiológicas acumuladas en el periodo 2001-2015 sugieren que, a día de hoy, las conclusiones derivadas de las compilaciones de estudios realizadas en 1999 y 2000 deberían seguir estando vigentes. Igualmente se corrobora la decisión de la IARC en 2002 de considerar los campos magnéticos de baja frecuencia como posible cancerígeno, quedando abierto el debate sobre la idoneidad o no de subir de categoría a ese factor de riesgo. Dado que se siguen publicando estudios donde esa asociación es no significativa, y que se desconocen las causas por las cuales podría provocar leucemia, es necesario que se continúe investigando.

Grellier, Ravazzani & Cardis (2014) estiman que, si se admite como causal la relación entre la exposición a campos magnéticos de baja frecuencia y la leucemia infantil, entre el 1.5% y el 2% de esos casos que se dan anualmente en Europa podrían atribuirse a la exposición a campos magnéticos, aunque reconocen que la incertidumbre sobre esas cifras es reseñable. Draper et al. (2005) previamente habían indicado que en el Reino Unido esa cifra sería del 1% anual. 

Por tanto, y aunque ese número de expuestos sea un pequeño porcentaje de la población, no convendría tampoco ser olvidado y, de este modo, los pediatras de atención primaria deberían interesarse por la exposición prenatal e infantil a este factor de riesgo, dando las recomendaciones oportunas a las familias para minimizar esa exposición. Como concluyen Calvente et al. (2014):

” Dada la mayor sensibilidad de los niños a los campos electromagnéticos de baja frecuencia y siguiendo el principio de precaución, se deben garantizar medidas preventivas para reducir su exposición”.

Las referencias de todas las investigaciones nombradas pueden encontrarse en este informe que realicé en enero de 2016. 

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(#153). USO INADECUADO DEL PARACETAMOL E IBUPROFENO EN NIÑOS

[REVISIÓN DE ARTÍCULO]  Los autores empiezan el artículo con una interesante reflexión sobre lo que llaman “fiebre-fobia”, referido al temor injustificado de los padres cada vez que a un niño le da algo de fiebre. Señalan diversos estudios que demuestran que el uso simultáneo de paracetamol e ibuprofeno (las dos formas habituales de bajar la fiebre) no está justificado, ya que supone un mayor riesgo de errores en la dosificación y un incremento en la potencial toxicidad hepática y renal. Por otra parte, el tratamiento precoz o agresivo de la fiebre no disminuye el riesgo de convulsiones febriles, incluso la reciente actualización de la guía británica aconseja utilizar antipiréticos solo cuando exista malestar y no con el único objetivo de normalizar la temperatura corporal.

Utilizar esos medicamentos al margen de la ficha técnica también es habitual, es decir, tomar la medicina de forma diferente a como se recomienda en el prospecto. Los autores referEncian un estudio realizado con 148 niños con fiebre donde en 30% de los casos se utilizaba inadecuadamente el parecetamol o el ibuprofeno.

La presentación del ibuprofeno en concentración de 40 mg/ml está siendo empleada en los últimos años incluso para niños pequeños. El objetivo de esta investigación es analizar los medicamentos utilizados para el tratamiento de niños con síndrome febril que acuden a urgencias pediátricas ya tratados, y comparar su forma de uso con las autorizadas en la ficha técnica.

Metodología

El estudio se realizó durante 3 meses consecutivos (noviembre de 2012 a enero de 2013), en menores de 14 años que acudieron a Urgencias del Servicio de Pediatría del Consorcio Hospital General Universitario de Valencia (CHGUV) con síndrome febril que ya estaba tratado con antitérmicos. Los pacientes se reclutaron en 12 días elegidos al azar para cada mes. Se consideró uso «off-label» el empleo de dosis inferiores al 90% (infradosificación) o superiores al 110% (sobredosificación) de la dosis autorizada en ficha técnica (margen ±10%). También el uso en edades diferentes de las autorizadas en la ficha técnica. Un total de 217 niños fueron analizados.

Resultados e implicaciones

En 98 exposiciones (34,2%), la dosis fue diferente de la autorizada en ficha técnica, con similar porcentaje para sobredosificación e infradosificación. De esas 98 exposiciones, 62 fueron indicadas por los padres y 36 fueron prescritas por pediatras.

El antitérmico más utilizado en los pacientes pediátricos con síndrome febril es el paracetamol, pero en aproximadamente un tercio de los casos se utiliza simultáneamente con ibuprofeno. El tratamiento antitérmico se instaura preferentemente por los padres antes de acudir a un centro sanitario. 

Mientras que el ibuprofeno se suele infradosificar, el paracetamol se sobredosifica casi en un 30% de los casos. El riesgo de usar dosis inferiores a la recomendada es el fracaso terapéutico, pero el empleo de dosis superiores a la recomendada puede producir toxicidad

El hecho de que existan diferentes concentraciones para el mismo principio activo puede favorecer que se utilicen los medicamentos de forma inadecuada. En este sentido, como indican los autores, la Food and Drug Administration publicó recientemente una nota advirtiendo de la existencia de 2 concentraciones de paracetamol y alertando de los posibles riesgos que esto conlleva.

Limitaciones/Comentarios

El estudio está hecho con una muestra pequeña de sujetos, y sólo considera aquellos que van a urgencias. Sería interesante analizar cuál es el uso de estos antitérmicos en niños con estados febriles esporádicos que no van al hospital. Ese tipo de empleo de ibuprofeno y paracetamol es el más extendido, probablemente de manera injustificada por los padres, que como han comentado los autores, en muchos casos no son conscientes de los peligros de usar antipiréticos cuando los niños tienen fiebre.

García Blanes, C. P., et al.(2014) ¿Se ha modificado el uso de antitérmicos tras la introducción de ibuprofeno a diferentes concentraciones? Anales de Pediatría, 81 (6), 383-388 

Indicadores de calidad de la revista*

  Impact Factor (2015) Cuartil Categoría
Thomson-Reuters (JCR) 0.77 Q4 PEDIATRICS
Scimago (SJR) 0.10 Q4 PEDIATRICS, PERINATOLOGY AND CHILD HEALTH

* Es simplemente un indicador aproximado para valorar la calidad de la publicación

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