(#403). LA CONTAMINACIÓN EN LAS ZONAS DE MINERÍA DEL CARBÓN EN EEUU

[DESPIERTA] Las compañías que explotan minas de carbón en Estados Unidos están intoxicando a las personas que viven en sus cercanías.

Gareth Evans, explica que la práctica de volar la parte superior de las montañas produce la contaminación del agua potable, lo que a su vez incrementa el riesgo de enfermedades.

En algunas comunidades los vecinos no se pueden ni asear con ese agua, y sólo emplean agua embotellada para cocinar y, por supuesto, para beber.

Estas minas, situadas en algunas de las zonas más pobres del país, como West Virginia, comparten las características de las zonas de sacrificio.

Aguas amarillentas que salen de los grifos de las casas en unos vecindarios donde muchas de las personas no tienen suministro convencional, y confían en sus propios mecanismos para abastecerse de aguas subterráneas. Arsénico o níquel son algunos de los contaminantes detectados.

Muchos de los habitantes de esas comunidades reportan el incremento de enfermedades crónicas, de cáncere, debidos no sólo al agua contaminada sino también al aire. Sin embargo, y aunque hay procesos judiciales contra las compañías responsables no todos los vecinos ahúnan sus fuerzas. Para parte de la comunidad esas empresas dan trabajo y no quieren arriesgarse a perderlo. Tristemente, esta es otra de las características de este tipo de situaciones, donde se da la apariencia de elegir entre el trabajo o la salud, poniendo a muchas personas en una encrucijada.

No obstante, existen soluciones intermedias que dependen de la regulación adecuada, es decir, de obligar a las empresas a no contaminar y/o a limpiar los lugares que se ven afectados. Sin embargo el lobby del carbón es muy fuerte en Estados Unidos (en general, el de todas las industrias contaminantes) y la ley para que las empresas restauren los cauces de agua contaminados por sus actividades fue eliminada tras la llegada de Donald Trump.

De nuevo se ignora la evidencia científica, que ha ligado en varias ocasiones la enfermedad y la muerte con vivir en estas zonas de sacrificio.

Varios condados del medio oeste del país son los principales afectados, y los niños recién nacidos lo están pagando:

Fuente: www.hrw.org, basado en: Melissa M. Ahern et al., “The association between mountaintop mining and birth defects among live births in central Appalachia, 1996-2003,” Environmental Research, vol. 111, 2011, p. 842. © 2018 Human Rights Watch

Ante esta situación, la industria reacciona como es habitual, financiando a poíticos y universidades, lo que asegura unas leyes favorables y unos investigadores que se quedan huérfanos del apoyo de sus centros de pertenencia. Así, la Universidad de Virginia Tech recibió una beca de $15 millones para crear un instituto de investigación del carbón, cuyas políticas sobre qué tipo de resultados publicar parecen obvias. En octubre de 2011, la Universidad West Virginia hizo saber que los estudios realizados por investigadores pertenecientes a ella no debían ser catalogados como “estudios de la Universidad West Virginia”, aparentemente con el fin de “desligarse” de los resultados preocupantes para la salud de los ciudadanos de esas zonas mineras.

En definitiva, una historia repetida docenas de veces, que ya tristemente conocemos; zonas deprimidas expuestas a contaminantes peligrosos, evidencia científica que no se tiene en cuenta, empresas que protegen sus intereses gracias a la financiación de políticos y centros de investigación, grandes campañas de comunicacion para infundir el miedo de la pérdida de empleos si se regula de forma más saludable, y múltiples personas inocentes que son víctimas en este tóxico escenario.

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(#356). 3M Y LA OCULTACIÓN DE LA CONTAMINACIÓN POR PFAS

[MONOTEMA] Hay veces que mis estudiantes de marketing se quedan perplejos ante cómo manejan las grandes empresas sus relaciones públicas y sus mensajes publicitarios. Y lo hacen porque no entienden cómo puede haber tanto cinismo, tanta manipulación.  Cuando comentamos que el marketing consiste, principalmente, en crear una máscara que oculta la verdad, crea una hiperrealidad, y mantiene entretenida e idiotizada a la gran mayoría de la opinión pública, entonces empiezan a comprender mejor “de qué va esto”.

Hemos visto ya muchos ejemplos en otros artículos en este blog, pero hoy vamos a hablar de una empresa que hasta ahora no estaba entre las protagonistas de las lamentables historias sobre ocultación, mentiras, fraudes, explotación o contaminación: 3M (“Minnesota Mining and Manufacturing”)

La compañía del “post-it” y del “Scotch-Brite”, entre otros productos, resolvió hace unos meses un contencioso jurídico con el estado de Minnesota a causa de la contaminación con PFAs. Vamos a contar brevemente la historia.

Los PFAs

Los PFAs son un grupo de compuestos fluorados artificialmente creados y que incluyen una diversidad de químicos, entre los que destacan los PFOA y los PFOS. Tienen una gran variedad de usos, como espumas contra incendios, pinturas, pesticidas, champús o  envases de comida. Según la Agency for Toxic Substances and Disease Registry (ATSDR, 2018), la exposición a PFAs pueden producir diversos efectos sobre la salud, como incrementar el nivel de colesterol, perturbar la respuesta a las vacunas, incrementar el riesgo de enfermedad de tiroides, y afectar a la fertilidad femenina, entre otros. La evidencia con respecto al cáncer es más controvertida, aunque la IARC clasificó al PFOA como posible cancerígeno. En estudios en animales, se muestra una asociación con el cáncer de hígado, páncreas, testículos y tiroides.

Según la EPA, niveles de PFOA y PFOS por debajo de 70 ppt (partes por trillón) en agua de bebida no debería suponer un peligro para los humanos. El agua es la principal ruta de exposición, junto con la comida contaminada (sobre todo el pescado), aunque también esos compuestos contaminan el aire y el suelo.

Por tanto, hay que mirar con especial atención a las comunidades donde se sitúan fábricas de este tipo de sustancias perfluoroalquiladas, y también instalaciones militares y otros lugares donde se usan ciertos tipos de espumas contra incendios.

3M produjo los primeros PFAs

Como indica Fellner (2018), en los años 40, los científicos de 3M desarrollaron dos químicos ligando flúor con carbono, los cuales repelían la grasa, el aceite y el agua, y eran bastante estables. Los PFOS y los PFOA supusieron, de este modo, una gran innovación que fue aprovechada por la compañía para incorporarla a sus productos, y también venderla a terceros, como a DuPont, que empleaba los PFAs para producir Teflon.

El estado de Minnesota demanda a 3M

En 2010, el estado de Minnesota interpuso una demanda contra a 3M (cuyo cuartel general se encuentra precisamente allí) por valor de 4060 millones de euros por dañar los recursos naturales del estado (Eldiario.es, 2018). Pero como indica Fellner (2018), la fiscal general que lideró la demanda,  Lori Swanson, acusó a la compañía también de: (1) Formar un equipo interno para evitar que se publiquen papers que pudieran ir en contra de sus intereses; (2) Financiar investigaciones que la compañía pudiera manipular; (3) Considerar investigaciones aparentemente independientes, pero cuyos investigadores firmaban acuerdos secretos con 3M; (4) Deshacerse de documentos internos que pudieran comprometer a la compañía.

De este modo, se acusaba a 3M no sólo de contaminar el entorno, sino de crear una estructura y planear un entramado de acciones para manipular la evidencia científica y moldearla para que fuera congruente con sus intereses, es decir, tratar de que la comunidad científica y la opinión pública considerara los PFAs como una amenaza mucho menor de lo que realmente era.

Se conocen documentos internos

Gracias a este concencioso jurídico se han conocido diversos documentos internos que comprometen seriamente a 3M. De especial relevancia son los que se refieren a John P. Giesy,  un reconocido investigador sobre tóxicos químicos, que recibió el Einstein Professor Award de la Academia de Ciencias de China. El profesor Giesy fue el primer científico en descubir los PFAs en el medio ambiente y trató de persuadir a 3M de que abandonara su producción (Fellner, 2018).

Sin embargo, se ha descubierto que Giesy estaba coludiendo con 3M en una campaña internacional para influir en la investigación académica sobre los peligros de los PFAs. Los documentos han permitido dilucidar que 3M, durante décadas, ha mentido a la comunidad científica sobre la presencia de sus químicos en la sangre de las personas, despreciando estudios que ligaban a esos químicos con el cáncer, y financiando selectivamente estudios para ser usados como una barrera defensiva en los litigios. Como explica Fellner (2018), la acusación alegaba que, pese a que el profesor Giesy tenía una gran imagen de investigador independiente, en realidad, y en privado, él se definía como un miembro más del equipo de 3M. Giesy tenía un patrimonio de unos 20 millones de dólares, en parte gracias a su compañía consultora que ha recibido pagos de 3M entre 1998 y 2009, facturando unos $275 la hora. En un email al laboratorio de 3M, el profesor Giesy describió su papel como “tratar de mantener malos artículos fuera de la literatura”, porque en “situaciones de litigo pueden ser un gran obstáculo para refutar”.

Si alguien se pregunta cómo esto es posible, o si un sólo investigador puede tener ese poder, hay que recordar que Giesy es uno de los investigadores más reconocidos en su campo, y forma parte del equipo editorial de diversas revistas científicas, sociedades y foros. Desde esa posición (editor o revisor), puede influir en la aceptación o el rechazo de estudios, en función de los intereses personales que tuviera (que para la fiscal Swanson, así lo era).

Sabían del riesgo pero no hicieron nada

Según Marcotty & Bjorjus (2017), la fiscal Lori Swanson pidió un informe a investigadores de la Universidad de Harvard, que indicaba que 3M conocía los posibles efectos nocivos de los PFAs en la década de los 70, pero los ocultó deliberadamente, con lo que no se investigaron sus efectos en las personas que vivían en comunidades cercanas a las fábricas.

Phillippe Garndjean, profesor de salud ambiental en la Universidad de Harvard, revisó los documentos internos de la compañía, y señaló que 3M cerró los ojos a la evidencia o simplemente escogió no seguir tirando del hilo.

Comunidades afectadas

Demostrar que existe un cluster de cáncer es, probablemente, una de las tareas más complejas en epidemiología, y normalmente acaba en fracaso. Se necesitan muestras grandes y tamaños de efecto también importantes para que los estudios proporcionen significatividad. Por tanto, cuando las autoridades insisten en que no existe un cluster de cáncer, realmente puede existir, pero no se ha tenido potencia estadística suficiente para detectarlo.

En los últimos años han habido varias sospechas sobre esos conglomerados de cáncer en los aledaños de focos contaminantes con PFAs. Probablemente el más conocido es el de Oakdale (Minnesota), donde al menos 5 muertos por cáncer y 16 supervivientes de esta enfermedad acudieron a la escuela secundaria de Tartan (Fellner, 2018). Y en ese centro educativo y en toda la ciudad se preguntan si eso es “normal”.

Son un total de 21 casos en 15 años (Fellner, 2018). Con sólo 28000 residentes y alrededor de 1700 chicos en el instituto de Tartan, esta localidad aledaña a una de las fábricas de 3M descubrió en 2004 que su agua estaba contaminada por PFOS por encima de los niveles permitidos, concretamente 20 veces superior. La historia que cuenta Fellner (2018) es tremenda, no obstante según las autoridades no se considera como cluster de cáncer. Pero el profesor David Sunding, de la Universidad de California Berkeley revisó los datos y estimó que los niños que murieron en Oakdale tenían 171% más de probabilidad de haber sido diagnosticados de cáncer que los que murieron en áreas no contaminadas. Además, las madres en Oakdale tenían un 34% más de probabilidad de tener niños nacidos con bajo peso, y eran menos fértiles que en otras parte del condado. Sin embargo, el Departamento de Salud de Minnesota publicó sus propios datos negando que hubiera tal cluster de enfermedad. Pero, como indica Fellner (2018), un email interno sacado a la luz indicaba que uno de los empleados del Departamento de Salud describía ese contra informe como “apresurado”.

En Australia, al menos 90 comunidades están siendo investigadas por elevados niveles de contaminantes. El Deparatamento de Salud australiano mantiene que “no hay evidencia consistente” de que los químicos puedan causar efectos “importantes”  sobre la salud, como el cáncer, pero para hacer esto referencian el trabajo de los científicos de 3M, que insisten en que esos químicos no son perjudiciales a los niveles encontrados en sangre en humanos (Fellner, 2018).

En una de ellas, Williamntown, cerana a una base aérea y donde se emplean con asiduidad productos con PFAs, 50 de sus residentes han desarrollado cáncer en los últimos 15 años (Fellner & Begley, 2018).  Sin embargo, al estudio epidemiológico de la NSW Health (que fue muy criticado) concluyó que no existía un cluster de cáncer (Millington, 2018). Phillippe Garndjean, dijo que era posible y probable que los químicos los PFAs estivieran relacionados con esos casos de cáncer debido a la supresión del sistema inmune (Fellner, 2017).  De nuevo sospechas, gente sufriendo, científicos que alzan la voz alertando…pero casos y evidencias insuficientes para la estadística oficial.

Estudio censurado

Tanto el Administrador de la EPA, Scott Pruitt, como la Casa Blanca han tratado de censurar la publicación de un estudio sobre contaminación con PFOS y PFOA en el agua de Estados Unidos. La investigación realizada por la Agency for Toxic Substances and Disease Registry supuestamente muestra que esos tóxicos afectan a la salud humana a niveles bastante menores que los que la EPA considera seguros (Snider, 2018). El estudio, que afecta a muchas zonas lindantes con instalaciones militares, está bloqueado desde hace varios meses, aunque tras la reciente dimisión de Pruitt, se abre un nuevo escenario.

Un email escrito por un representante de la Casa Blanca en enero de 2018 y conocido a través de un Freedom of Information Act, se refiere a ese informe como una “potencial pesadilla de relaciones públicas” (Fellner, 2018).

Las multas…o lo barato que sale la maldad

La demanda interpuesta en 2010 se resolvió en un acuerdo a comienzos de 2018, donde 3M se comprometió a pagar 850 millones de dólares con el fin de archivar el caso (Eldiario.es, 2018).  En 2017 (sólo en ese año) 3M obtuvo unos 4858 millones de dólares de beneficios. No es extraño que haya afectados que piensen que al gigante de Minnesota le ha salido muy barato contaminar durante décadas el agua potable, ocultar datos sobre la toxicidad de los PFAs, y coludir supuestamente con John P. Giesy para sesgar la evidencia científica sobre los efectos de esos productos.

En 2017, DuPont también llegó un acuerdo por 670 millones de dólares para cubrir daños de la contaminación del agua potable en los alrededores de su planta de Teflon en West Virginia, después de que un panel de expertos realizara una investigación epidemiológica concluyendo que el agua potable de los residentes estaba contaminada con PFOA, lo cual era una causa probable de 6 enfermedades, incluyendo cáncer de hígado y testículos (Fellner, 2018). En 2016 (de nuevo sólo en ese año), DuPont obtuvo un beneficio neto de 2500 millones de dólares.

3M y DuPont conocían los efectos de sus químicos desde hacía décadas (Brownell, 2018). Ahora pagan, pero el daño ya está hecho, y sus ingentes beneficios siguen siendo eso mismo, ingentes.

El marketing

Después de conocer (brevemente) la historia, resulta un ejercicio imperdible repasar algunas de las acciones de marketing de 3M, y así comprobar cómo funcionan su publicidad y relaciones públicas

Según Eldiario.es (2018), y en relación al acuerdo llegado en el mencionado jucio en Minnesota, John Banovetz, vicepresidente senior de Investigación y Desarrollo de 3M decía: “Estamos orgullosos de nuestro historial en gestión ambiental y, aunque no consideramos que exista un problema de salud pública relacionado con los productos químicos, 3M trabajará con el Estado en estos importantes proyectos“.

De este modo 3M está muy orgullosa de su actividad y no acepta que exista un problema de salud pública con los PFAs. Pagan la multa porque quieren colaborar (desinteresadamente quizá les ha faltado decir) con las gentes de Minnesota para hacerles la vida mejor. 

Bueno, es normal que ellos mismos “se lo crean”. De hecho, en 2014 y 2015 3M fue reconocida como “Una de las compañías más éticas del mundo” por el Instituto Ehisphere, un centro de investigación que busca promover las mejores prácticas en materia de ética empresarial y gobierno corporativo (Compromisorse.com, 2015). Juan Antonio Palacios, Compliance Manager para Europa decía al respecto: “Desde 3M estamos muy orgullosos de este reconocimiento, el cual refleja el compromiso de nuestra gente con los más altos estándares éticos en la forma de hacer negocios. Además, esta distinción nos indica que estamos en el buen camino y nos aporta la confianza para seguir creciendo de forma sostenible”.  Sostenible, esa palabra mágica que les sonará a los habitantes de Minnesota y de otras comunidades donde no pueden comer peces de los ríos contaminados. Un premio a la ética y a la transparencia. 

3M también ha estado activo en España colaborando con la AECC. Lo hizo en 2009 diseñando productos con el lazo rosa (Controlpublicidad, 2009). 

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También es interesante echar un vistazo a algunos de sus mensajes gráficos, que de nuevo muestran la gran preocupación que tiene esta compañía por el medio ambiente y la salud de todos nosotros.

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Viendo desde fuera todas esas acciones de marketing, para aquellos que no conozcan historias como esta, 3M se presenta como una compañía idílica, en la que a todos nos gustaría trabajar, y donde los productos que venden son atractivos y confiables.

Conclusión

Nadie duda del mérito de las innovaciones de 3M, y de lo que éstas han contribuido a mejorar varios aspectos de la vida cotidiana. Eso no se pone en cuestión. Para muchos 3M es un modelo a seguir por su capacidad para crear tecnología y registrar más de 25000 patentes. Además, ha hecho avances importantes en el ámbito de la sostenibilidad, tal y como se aprecia en la siguiente figura.

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Pero el éxito no debe conseguirse a cualquier precio. La avaricia, la codicia, el maquiavelismo y el compotamiento anti social de aquellos que han tomado algunas de las decisiones que hemos repasado en este post no tiene justificación, y no hay dinero (ni por supuesto esas escasas multas) que pueda pagar el (supuesto) daño hecho a conciencia por ocultar, mentir y trampear en relación a algunos de sus productos contaminantes, como los PFAs.

Las tragedias personales quedan, como casi siempre pasa en estos casos, embarradas en la confusión generada entre informes y contra informes, generación de dudas, limitación de las pruebas causales, jerga estadística, e intereses económicos. Pero hay cosas que son evitables, como la inversión en tecnología para reducir las emisiones, o el mayor control de las autoridades para evitar que se cometan infracciones. Pero cuando esas autoridades parecen ir de la mano del “malo” (como la EPA), poco hay que añadir. Las soluciones a posteriori no valen, la gente ya no recupera su salud, y la multas son irrisorias para los beneficios generados por estos gigantes.

No, 3M no es un modelo a seguir. Y no lo es porque, según todas estas informaciones, se ha comportado con un alto grado de perversión. Eso sí, el marketing enmascara su verdadero rostro. Ellos están orgullosos, no admiten que han perjudicado la salud de nadie, son éticos, sostenibles, transparentes y trabajan para mejorar nuestra vida, incluso colaborando en la lucha contra el cáncer.

Referencias

ATSDR (2018, junio 20). ToxFAQs™ for Perfluoroalkyls. Descargado desde: https://www.atsdr.cdc.gov/toxfaqs/tf.asp?id=1116&tid=237

Brownell, J. (2018, abril 17). Attorney With Long History Fighting PFC Contamination Says “Learn From What We Went Through”. Descargado desde: http://krcc.org/post/attorney-long-history-fighting-pfc-contamination-says-learn-what-we-went-through

Compromisorse.com (2015, marzo 27). 3M, reconocida por sus prácticas éticas y transparatens. Descargado desde: https://www.compromisorse.com/rse/2015/03/27/3m-reconocida-por-sus-practicas-eticas-y-transparentes/

ControlPulicidad.com (2009, septiembre 7).Campaña solidaria de 3M contra el cáncer de mama. Descargado desde: http://controlpublicidad.com/campana-solidaria-de-3m-contra-el-cancer-de-mama/

Eldiario.es  (2018, febrero 2). La compañía 3M acuerda el pago de 690 millones a EEUU para archivar una demanda por contaminación. Descargado desde: https://www.eldiario.es/economia/Post-it-millones-EEUU-archivar-contaminacion_0_742626433.html

Fellner, C. & Begley, P. (2018, junio 17). Toxic Secrets: Where the sites with PFAS contamination are near you. Descargado desde: https://www.smh.com.au/national/nsw/toxic-secrets-where-the-sites-with-pfas-contamination-are-near-you-20180616-p4zlxc.html

Fellner, C. (2018, junio 15). Toxic Secrets: The town that 3M built – where kids are dying of cancer. Descargado desde: https://www.smh.com.au/world/north-america/toxic-secrets-the-town-that-3m-built-where-kids-are-dying-of-cancer-20180613-p4zl83.html

Fellner, C. (2018, junio 16). Toxic Secrets: Professor ‘bragged about burying bad science’ on 3M chemicals. Descargado desde: https://www.smh.com.au/lifestyle/health-and-wellness/toxic-secrets-professor-bragged-about-burying-bad-science-on-3m-chemicals-20180615-p4zlsc.html

Fellner, C. (2018, junio 21). Erin Brockovich’s ‘heartbreak’ over cancer revelations as NY sues 3M. Descargado desde: https://www.smh.com.au/lifestyle/health-and-wellness/erin-brockovich-s-heartbreak-over-cancer-revelations-as-ny-sues-3m-20180621-p4zmse.html

Fellner, C.  (2017, julio 8). Professor Philippe Grandjean links PFAS chemicals at Williamtown to diseaseDescargado desde: https://www.theherald.com.au/story/4778269/professor-links-toxins-to-disease/?cs=305

Marcotty, J. & Bjorhus, J. (2017, noviembre 27). Minnesota AG’s lawsuit asks: What did 3M know about PFCs?. Descargado desde: http://www.startribune.com/minnesota-ag-s-lawsuit-asks-what-did-3m-know-about-pfcs/459983203/

Millington, B.  (2018, marzo 28). Cancer Council backs Williamtown RAAF airbase’s ‘limited’ PFAS cancer cluster study. Descargado desde: http://www.abc.net.au/news/2018-02-19/cancer-council-backs-nsw-health-pfas-cancer-cluster-study/9460446

Snider, A. (2018, abril 14). White House, EPA headed off chemical pollution study.Descargado desde: https://www.politico.com/story/2018/05/14/emails-white-house-interfered-with-science-study-536950

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, julio 17). 3M y la ocultación de la contaminación por PFAS. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b356

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(#355). SCOTT PRUITT DEJA LA EPA DEBIDO A SUS ESCÁNDALOS

[DESPIERTA]  Por fin dimitió Scott Pruitt, el Administrador de la EPA que había demandado a ésta en varias ocasiones cuando era fiscal en Oklahoma. El hombre que estaba al lado de los contaminadores, de los lobbistas. No obstante, y como suele suceder en estos casos, para el Presidente Trump, Pruitt ha hecho un gran trabajo en estos meses que ha estado a cargo de la agencia ambiental norteamericana. Qué iba a decir Trump, al fin y al cabo fue él quien lo puso a dedo, compartiendo, además, ideario ambiental.

Pruitt dimite principalmente por sus extravagancias, sus poco disimulados vínculos con la industria, y porque muchos de sus compañeros se han quejado de sus actividades y su abuso de poder.

Nihal Kirshan, el periodista que escribe para Open Secrets, detalla una lista (no exhaustiva) de las andanzas de Pruitt como Administrador de la EPA. Hay para todos los gustos: usar la sirenas de su coche para ir más rápido a un restaurante, vivir en una casa de un lobbista y pagar un alquiler menor al de mercado, gastarse 90 mil dólares de los contribuyentes en un mes en vuelos en jets privados y militares, utilizar a sus ayudantes para tareas personales como buscar perfumes o adquirir colchones, mantener una agenda de eventos secreta, destinar mucho más dinero del adecuado para su seguridad personal, etc.

Su sucesor es Andrew Wheeler, un antiguo lobbista de la industria del carbón. Esta gente es la que tiene el poder de la regulación ambiental en Estados Unidos. No sé si cabe decir mucho más.

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(#347). IONIZACIÓN DEL AIRE EN CERCANÍAS DE LÍNEAS DE ALTA TENSIÓN; ANALOGÍA CON EL ASMA Y LAS TORMENTAS ELÉCTRICAS

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] En esta artículo aceptado para publicar en Electromagnetic Biology and Medicine, la autora asocia el riesgo de padecer leucemia cerca de líneas de alta tensión con la ionización del aire producido por los altos voltajes. Para ello, realiza una analogía con la asociación entre las tormentas eléctricas y las crisis asmáticas, de nuevo teniendo como causa la ionización del aire.

El evento de Melbourne

En 21 de noviembre de 2016 una tormenta eléctrica produjo una crisis asmática en Melbourne (Australia), dejando 9 muertes y miles de personas afectadas. La lluvia produjo la ruptura del polen de las gramíneas en una zona en el noreste, y los fuertes vientos lo llevaron a la ciudad.

Esas partículas de polen se adhieren al aire formando aerosoles, los cuales, debido a las tormentas eléctricas pueden ionizarse. Y esa ionización produce una mayor adherencia de las partículas una vez inhaladas. Esta explicación es bien conocida desde hace más de un siglo, y es la que se formula como más plausible para explicar esos hechos.

Esas partículas rotas de polen pueden medir menos de 2.5 micrómetros, por lo que son extremadamente pequeñas. La lluvia, de este modo, no “limpia” el ambiente, sino que produce al día siguiente una mayor cantidad de polen  en el aire. Los granos de ponen desaparecen, pero las micro partículas de su ruptura no. Esto también ocurre en condiciones de alta humedad y temperatura.

La asociación entre los campos magnéticos y la leucemia infantil

La IARC en 2002 catalogó los campos magnéticos de la radiación de baja frecuencia como posibles cancerígenos, por su relación con la leucemia infantil en estudios epidemiológicos realizados en las cercanías de líneas de alta tensión.

Sin embargo, la hipótesis que plantea la autora es que no son realmente los campos magnéticos lo que produciría ese incremento de riesgo de leucemia infantil, sino el aire ionizado por el efecto corona propiciado por la ruptura dieléctrica debido al campo eléctrico de los cables.

Ese aire ionizado se puede unir a partículas altamente contaminantes y cancerígenas, y hacer que el aerosol resultante esté cargado, con lo que se produciría el mismo efecto que en el caso comentado del asma. Esas partículas cargadas se depositan en la zona, y cambian el campo eléctrico estático, que como varias investigaciones han mostrado, es diferente en las cercanías de una línea de alta tensión, especialmente en la dirección del viento.

Comentarios

La autora plantea una hipótesis interesante, aunque ya conocida. De hecho Denis Henshaw ha postulado un argumento similar, como mostraba en este informe sobre el estado de la cuestión de la relación entre las líneas de alta tensión y el riesgo de diferentes enfermedades.

Sin embargo, creo que este artículo es valioso porque invita claramente a considerar la exposición a la polución ambiental (proveniente principalmente del tráfico) en los estudios epidemiológicos sobre leucemia infantil. Como se puede apreciar, es plausible que la contaminación de esas zonas interaccione con el aire ionizado para crear material particulado menor de 2.5 micras, el más peligroso, y además cargado, lo que facilita su adherencia en los tejidos una vez inhalado.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Redmayne, M. (2018).A proposed explanation for thunderstorm asthma and leukemia risk near high-voltage power lines: a supported hypothesis. Electromagnetic Biology and Medicine, doi: 10.1080/15368378.2018.1466309

 
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Thomson-Reuters (JCR)

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BIOLOGY

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BIOPHYSICS

* Es simplemente un indicador aproximado para valorar la calidad de la publicación

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(#344). TOXIC COMMUNITIES; PROFUNDIZANDO EN LAS CAUSAS DEL RACISMO MEDIO AMBIENTAL

[MONOTEMA]  Con unos pocos años de diferencia con respecto a Sacrifice Zones, Toxic Communities vuelve a incidir sobre la desigualdad en la exposición a tóxicos, clamando por una justicia medio ambiental, porque también las minorías étnicas y los más pobres tienen que sufrir una amenaza adicional; la polución.

Toxic Communities (2014) es un libro excelentemente documentado que, a diferencia, de Sacrifice Zones (2010), no se centra tanto en relatar el drama humano de las comunidades expuestas a industrias extremadamente contaminantes, sino que intenta indagar en las causas que subyacen a este fenómeno.

No tiene, por tanto, la crudeza de esas historias con nombres y apellidos; sin embargo, y a cambio, provee de una completísima revisión de la literatura académica sobre las diferentes teorías que se han proupuesto para explicar la relación entre la desigualdad social y la exposición a tóxicos, mostrando contradicciones en la investigación, discusiones entre diferentes posturas y una precisión excelente en los detalles.

La autora

Dorceta E. Taylor (en la foto) es una socióloga que se doctoró en Yale, y que imparte clases en la Universidad de Michigan. Ha trabajado durante toda su vida en la investigación sobre justicia medio ambiental, y eso se nota en cada página de este obra.

Taylor, en algo que es poco habitual en este tipo de libros, referencia puntualmente en el texto los trabajos que cita (sin emplear las clásicas notas al final), lo que personalmente me parece más indicado para esta clase de obras. Así, este libro simula un artículo en una revista académica, pero de 300 páginas de extensión.

Ejemplos de casos para comenzar

Taylor comienza el libro describiendo el caso de Triana (Alabama), un pequeño pueblo que tuvo la desgracia de encontrarse en las cercanías de una fábrica de DDT (Olin Corporation), situada a apenas 6 millas.

La autora recuerda que a comienzos de la década de los 50, tanto los investigadores como los fabricantes sabían que este pesticida era muy tóxico para los humanos y el medio ambiente. Fue prohibido en 1970 en Estados Unidos, justo 6 meses después de que esa fábrica cerrara. Pero Olin Corporation había contaminado ya todo el entorno, incluyendo el río donde pescaban los habitantes de la zona, convirtiendo a esos peces en comida enormemente tóxica.

Se estimó que Olin Corporation había vertido unas 417 tonelas de DDT al agua y sedimentos de la zona. Pero los habitantes de Triana (de mayoría negra) no fueron avisados sobre el peligro que corrían hasta la década de los 70. Así, en 1979, el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos hizo un estudio a 518 residentes. El nivel medio de DDT en sangre era de 159.4 ng/ml, cuando el americano medio entre 12 y 74 años tenía 15 ng/ml.

Taylor continúa describiendo otros casos en su primera parte del libro, como el del Condado de Warren, en Carolina del Norte, donde los residentes (de nuevo de mayoría negra) protestaron en 1982 contra la construcción de una planta de residuos de PCB.

Cuando se decidió llevar la planta allí, el Governador dijo que era un “bien público” y la población sería protegida “de la mejor manera posible”. Pero los ciudadanos estaban preocupados porque sabían de los efectos nocivos de la exposición a PCBs; además, los activistas argumentaron que habían elegido ese lugar por racismo (aludiando a esa reiterada idea de la desigualdad en exposición a tóxicos).

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La movilización fue un referente para esta lucha en la comunidad afroamericana (Foto de Timeline.com)

La autora también comenta el caso del barrio de Diamond (Louisiana), habitado únicamente por afroamericanos, y que lindaba con una refinería de Shell. Así, 250 residentes del barrio demandaron a la empresa; sus casas se habían devaluado y además su salud estaba en riesgo. El caso fue a juicio en 1997 y Shell trajo a expertos en toxicología para testificar que la planta no suponía riesgo para la salud. Uno de los abogados de la compañía dijo: “Todos vivimos en una sociedad que tiene que tolerar ciertos inconvenientes”. Seguramente el abogado no tenía ningún familiar viviendo al lado de la refinería.

El juicio lo ganó Shell, pero finalmente en 2012 la compañía acordó con los vecinos comprar todas las casas del barrio y se los vecinos se realojaron en otros lugares.

Por tanto, en este primera parte del libro, Taylor describe brevemente varios casos que nos incitan a pensar que ciertamente existe ese sesgo en la elección de los lugares para la ubicación de las industrias más contaminantes. Además, como indica la autora, muchos estados y ciudades ofrecen incentivos fiscales para que se creen este tipo de industrias, que a su vez proveen de empleos e impuestos a esas comunidades y a las arcas públicas. Es, de este modo, atractivo políticamente, aunque luego ocurra que los efectos sobre la naturaleza y la salud de las personas acaben por levantar a comunidades enteras y resolver esas contiendas en los tribunales.

Diferentes teorías

La segunda parte del libro es mucho más extensa, y discute con gran detalle las diferentes teorías que se han propuesto para explicar este fenómeno. Taylor, como buena investigadora, muestra todas las evidencias encontradas, tanto las que que son consistentes con la hipótesis del racismo, como las que defienden que en realidad el fenómeno es mucho más compejo y obedece a múltiples causas relacionadas con la dinámica del mercado. Además, comenta diversas aproximaciones metodológicas, mostrando debilidades de varias de ellas, que probablemente hagan que los resultados sean sesgados.

En este aspecto, este libro es mucho más preciso que el de Steve Lerner. Por ejemplo, muestra diferentes investigaciones que seriamente cuestionan la aseveración de que las multas a las empresas en vecindarios ricos y eminentemente blancos sea mayor que las que se ponen en los vecinderios más pobres y negros, tal y como Lerner sostenía.

Uno de los aspectos más destacados de esta parte es, a mi juicio, la dedicada al colonialismo interno, en especial cuando habla de los indios navajos y las minas de uranio. Este capítulo es auténticamente descorazonador, y cualquiera debería plantearse tras su lectura cómo es posible que haya personas que defiendan las centrales nucleares. No sólo se trata del peligro de accidentes y de almacenamiento de residuos, sino de todo el proceso de extracción de la materia prima, cómo literalmente se “sacrifica” a miles de personas (en este caso de mayoría nativa) que trabajan en condiciones precarias y que sufren enfermedades terribles. El relato es desgarrador, y desde luego en cualquier análisis de coste-beneficio deberían imputarse estos costes humanos (incalculables para mí), y los ocasionados por la contaminación de esas áreas donde se extraen (y lo que significa para las comunidades cercanas). Si luego añadimos los costes que, en ocasiones, los gobiernos tienen que incurrir para tratar de limpiar esas zonas y, a veces, en indemnizaciones. ¿De verdad es tan “rentable” la energía nuclear habiendo otras alternativas?

Las discusiones sobre todos los modelos propuestos llevarán al lector al final del libro, y creo que les dejará un buen sabor de boca por la honestidad con la que Taylor recorre cientos de referencias bibliográficas que se han aproximado a este temática.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, junio 18). Toxic communities; profundizando en las causas del racismo medio ambiental. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b344

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(#340). SACRIFICE ZONES: LA DESIGUALDAD SOCIAL Y LA EXPOSICIÓN A TÓXICOS EN ESTADOS UNIDOS

[MONOTEMA]  Las zonas de sacrificio eran lugares que los gobiernos estadounidense y soviético empleaban para realizar todo tipo de actividades nucleares. Esos sitios quedaban para siempre inhabitables, aunque no todos ellos realmente se vaciaban de personas. Eran zonas (y personas) que se “sacrificaban” para un supuesto bien mayor. Pero ellos nunca pidieron ser sacrificados y, desde luego, es muy discutible que cualquier objetivo político-económico pueda prevalecer sobre la salud de una comunidad.

Sacrifice zones cuenta la terrible historia de diferentes comunidades norteamericanas que han sufrido de manera directa la contaminación de industrias situadas en sus aledaños. Son las nuevas zonas de sacrificio; esta vez no hay residuos nucleares, pero sí dioxinas, benzeno, residuos de pesticidas, arsénico, tungsteno o manganeso.

En este post voy a comentar brevemente algunos de los puntos más relevantes de esta obra (publicada en 2012), que presenta además la constatación de que la desigualdad social también lleva aparejada una mayor desigualdad en la exposición a tóxicos industriales. A través de 12 casos en diferentes comunidades de Estados Unidos, el libro muestra una desesperante realidad de mentiras, inoperancia, dolor y muerte.

El autor

Steve Lerner (en la foto) es un premiado escritor que está ampliamente familiarizado con temas ambientales, y que para realizar este trabajo ha pasado 2 años de su vida recorriendo Estados Unidos para entrevistar a cientos de personas que forman parte de esas comunidades “sacrificadas”.

Lerner pone nombre y apellidos al dolor y a la lucha de individuos que se convirtieron en héroes incidentales. Y lo hace de manera honesta, mostrando la desesperanza de colectivos que sabían que estaban sufriendo las consecuencias de una contaminación, mientras las empresas y el Gobierno seguían imbuidos en falsedades e inoperancia.

Desigualdad en la ubicación de focos contaminantes

La segregación racial llevó a construir barrios para negros, a dividir las ciudades en zonas donde el color de la piel (y el del dinero) designaban quién debía habitarlas. Aunque esa época se fue diluyendo, muchos vecindarios segregados mantuvieron su estructura racial; los hijos y nietos de esos primeros habitantes siguieron viviendo allí.

A la discriminación histórica y la depresión económica, algunas de esas comunidades han añadido la presencia de industrias altamente contaminantes. Lerner muestra los datos de diferentes investigaciones que indican que la exposición a tóxicos ambientales es mayor para esas personas en relación a las que viven en zonas más ricas. Además, las empresas se aprovechan de esos vecindarios deprimidos; su menor nivel educativo y económico les confiere menos capacidad para organizarse y protestar contra los atropellos medioambientales que sufren.

El autor muestra que esas empresas mienten sistemáticamente, y que no controlan de manera adecuada sus contaminantes. Aunque existen abogados y asociaciones que asesoran y ayudan a este tipo de comunidades a organizarse, lo cierto es que se ven casi siempre impotentes ante las dificultades de probar que están siendo envenenados, y la burocracia de las instituciones gubernamentales que deberían haber realizado un mejor trabajo.

Casas con las ventanas permanentemente cerradas, con la gente odiando volver del trabajo para no encontrarse de nuevo con el insoportable olor, o beber y bañarse en agua contaminada. Vecindarios que quedan para siempre estigmatizados, porque aunque hay casos (pocos) en los que finalmente se ha conseguido que la industria se vaya, la contaminación persiste,  los suelos siguen envenenados; la comunidad queda marcada para siempre.

Aunque el Gobierno multa a veces a esas empresas, lo hace en menor medida que a las que están ubicadas en zonas más ricas. También hay desigualdad en eso. Además, Lerner, enfatiza la injusticia de la redistribución de esas multas, porque deberían ir directamente a compensar a la familias que viven al lado de esos focos contaminantes, y no perderse en la recaudación global.

Los vecinos se convierten en expertos ambientales sin quererlo, sin tener la formación necesaria, aprenden a hablar en partes por millón. Sin embargo, y pese a los esfuerzos en recopilar información sobre las enfermedades que sufren, no son capaces de convencer a la comunidad científica; claro, no es válido desde el punto  de vista metodológico. Pero esos casos particulares constituyen en sí una evidencia también, aunque luego se disipe entre los que claman que para inferir una relación causal hace falta mucho más. Es siempre la misma historia; se pretende que se pruebe estadísticamente algo que es evidente, pero que luego se pierde entre los vericuetos de la jerga académica. Y entonces los que defienden a los envenenadores argumentan que aunque haya realmente más casos de enfermedades, ello es debido a que en esas comunidades se fuma más, se bebe más o se drogan más. Es cierto, eso ocurre, pero esa confusión en las variables no debería tapar una realidad terrible. Pero lo hace. No es de extrañar que el Centro de Control de Enfermedades haya sido incapaz de probar causalidad en decenas de clusters de enfermedades en esas zonas.

El Gobierno no puede atribuir causalidad, pero en Pensacola, en su tristemente famosa montaña de dioxinas, nunca se completaron las labores de limpiado. Los vecinos se bañaban y bebían agua contaminada. No, el Gobierno no podía atribuir causalidad, pero las muestras de suelo daban 950 ppt de dioxinas, cuando el límite residencial es de 7 ppt. De dieldrín 2000 ppb, cuando el límite es de 40 ppb. De arsénico 9400 ppb, cuando el límite es de 370 ppb. De benzopirenos 1133 ppb, cuando se considera seguro un máximo de 88 ppb. Pero el Gobierno no puede atribuir causalidad.

Lerner cuenta diversos ejemplos de tremendas mentiras, de cómo la industria sin ningún pudor escribe un discurso falso, sin importar las consecuencias. Por ejemplo, en agosto de 2005, después de recibir muchas quejas sobre la planta de carbon de Royal Oak, en Florida, un representante de la misma enfatizaba que los test de emisiones hechos en la fábrica habían demostrado estar en relga; no sólo cumplían con la ley de Florida, sino que lo hacían de manera holgada. Un mes después, sin embargo, los inspectores encontraron que la planta emitía 9 veces más metanol que lo permitido. Tres meses después de las declaraciones de ese individuo, los inspectores habían hallado 9 violaciones de la ley. Al día siguiente, la fábrica cerró.

Contaminación del aire, del agua, del suelo. Lerner muestra industrias del carbón, plásticos, armas, refinerías…todas ellas colocadas prácticamente en el patio de atrás de esos vecindarios “sacrificados”. No importa, al fin y al cabo son negros, indios, hispanos o blancos que se merecen lo que tienen. Por cierto, los omnipresentes hermanos Koch también son protagonistas. Pese a que han recibido millonarias multas, ellos siguen escribiendo su relato, como el que muestra este vídeo.

El autor concluye el libro abogando por reducir los impuestos a los ciudadanos e incrementarlos a los fabricantes de este tipo de productos hechos con sustancias tan tóxicas. También sugiere una monitorización independiente, y destinar más recursos a ello. Hay que ser prudentes, bajar los límites máximos permitidos, proteger a la población más vulnerable y ser mucho más conservadores debido a que desconocemos el efecto sinérgico de la combinación de diferentes tóxicos.

Todos aquellos que defienden el neoliberalismo, la auto regulación, y les abren las puertas a este tipo de empresas sin exigir el control adecuado, deberían irse a vivir con sus familias a uno de estos vecindarios. Tal vez así, verían las cosas de otra manera.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, junio 12). Sacrifice zones; La desigualdad social y la exposición a tóxicos en Estados Unidos. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b340

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(#299). CRECIMIENTO ECONÓMICO Y POLUCIÓN; CONTRA DE LA CURVA DE KUZNETS

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] En este artículo publicado en Economics and Business Letters, los autores realizan un análisis sobre la relación entre el crecimiento económico, el uso de energías renovables y la polución en países de la Eurozona.

Un repaso de la literatura muestra que existen resultados contradictorios con respecto a esa relación. Como comentan los autores, hay estudios que están en consonancia con la curva de Kuznets mientras que otros muestran evidencias opuestas.

Recordemos que la curva ambiental de Kuznets postula una relación de U invertida entre el crecimiento económico y la degradación ambiental, en la línea de su también conocida curva que relaciona la desigualdad social con el crecimiento económico. De este modo, bajo la hipótesis de Kuznets, el crecimiento económico conlleva un inevitable incremento de la desigualdad y de la contaminación ambiental, pero llegados a un punto crítico ese crecimiento produce la inversión de la curva, estableciéndose una relación opuesta, es decir, a mayor crecimiento menor desigualdad y menor impacto ambiental. Estos postulados de Kuznets son usados como motor de las políticas neoliberales, donde se defiende que el incremento de la desigualdad y la degradación ambiental estarían justificados en base a una futura mejora si se sigue por la senda del crecimiento sin límites.

El objetivo de esta investigación es poner a prueba de nuevo esta hipótesis en los países de la Eurozona, usando como variables ambientales cuatro diferentes contaminantes: óxidos de azufre, óxidos de nitrógeno, compuestos orgánicos volátiles no metánicos, y dióxido de carbono.

Metodología

Los autores recopilaron datos sobre 19 países de la Eurozona, entre 2005 y 2013. Además de las variables ambientales comentadas, se emplearon diferentes covariables para construir el modelo estadístico: ratio de crecimiento per cápita, intensidad de la energía (consumo de energía), eficiencia energética, y cuota de energía renovable en el total del consumo.

El modelo propuesto se estimó usando técnicas de panel dinámico, empleando como instrumentos el valor de las variables ambientales en el periodo inmediatmente anterior.

Para plantear la significatividad de la curva de Kuznets se han de incluir un término cuadrático y otro término cúbico a la ecuación, y ver cómo se comportan los coeficientes estimados. En la investigación de Catalán (2014) se pueden ver gráficamente qué significado tienen esos coeficientes para la forma de la curva. La curva (C) refleja los postulados de Kuznets.b299_1Resultados e implicaciones

Los resultados indican un escenario similar al (A) de la gráfica anterior, donde existe una relación lineal entre crecimiento per cápita y las emisiones de gases contaminantes.

El resto de covariables tiene una interpretación más compleja, ya que su efecto sobre los 4 gases contaminantes depende del método de estimación empleado y del tipo de contaminante. Hay evidencia más débil de que la intensidad de la energía contribuye a la degradación ambiental, y que cuando se incrementa el peso de las renovables las emisiones disminuyen. Sin embargo, el papel de la eficiencia energética está menos claro en el modelo, a tenor de los resultados.

En consecuencia, esta investigación ha mostrado la hipótesis de Kuznets no es consecuente con los datos empíricos.

Limitaciones/Comentarios

En mi opinión, el principal problema de esta investigación reside en dar una explicación más detallada del papel que juega la variable de eficiencia energética, y su relación con la emisión de contaminantes. La eficiencia energética y la intensidad energética son términos opuestos, en el sentido de que es esperable que el incremento de una produzca la reducción de la otra. Por tanto, incluir las dos variables en el modelo hubiera merecido una mayor explicación.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Fotis, P. N.& Pekka, V. (2017). The effect of renewable energy use and economic growth on pollution in the EUROZONE. Economics and Business Letters, 6 (4), 88-99.

Indicadores de calidad de la revista*

 

Impact Factor (2016)

Cuartil

Categoría

Thomson-Reuters (JCR)

Scimago (SJR)

* Es simplemente un indicador aproximado para valorar la calidad de la publicación

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(#272). CONTAMINACIÓN AMBIENTAL: LA EPA CONTRA SU PROPIA MISIÓN

[MONOTEMA] Al menos eso parece por las noticias que están sucediendo en los últimos meses en Estados Unidos. La última de ellas es la que recoge Lerner (2017): Michael Dourson ha sido propuesto para dirigir la Office of Chemical Safety and Pollution Prevention, uno de los puestos más relevantes dentro de la EPA. Dourson ha sido consultor de la industria en al menos 30 de los productos que tendrá que regular.

Su consultora, Toxicolgy Excellence for Risk Assessment (TERA) ha sido recurrentemente financiada por compañías como Dow Chemical, CropLife America, the American Petroleum Institute, Koch Industries, y otros.

Como indica Lerner (2017), Dourson estará en posición de tomar decisiones sobre el clorpirifós, un insecticida que variosestudios han mostrado tóxico en bajas dosis para los niños. La EPA propuso prohibir el insecticida Clorpirifós en 2016, pero Dow (su productor) publicó un informe argumentando que se podría garantizar la seguridad en humanos en un factor 5000 veces menos restrictivo que el que la EPA recomendaba para niños entre 1 y 2 años.

Después de revertir esa propuesta de prohibición, el Administrador de la EPA, Scott Pruitt, retrasó la evaluación del clorpirifós y de otros pesticidas.

Lerner (2017) señala además que Dourson sería responsable de la implementación del Toxic Substances Control Act para estipular los niveles de seguridad algunos de los más peligrosos químicos en uso, entre ellos el Tricloretileno, 1-Bromopropano y 1,4-Dioxano, los cuales su consultora encontró más seguros que lo que lo hicieron científicos independientes.

Scott Faber, vicepresidente del Environmental Working Group dijo al respecto: “Es como poner a Phillip Morris a cargo de la American Lung Association”.

En este post vamos a profundizar un poco más en esta noticia, reflexionando sobre los conflictos de interés y la lamentable pérdida de independencia en favor del poder corporativo.

El clorpirifós y la eterna lucha de las multinacionales por proteger su negocio

Según Lerner (2017), el clorpirifós se ha ligado al autismo y déficit de desarrollo, aunque la investigación que nombra la periodista no dice específicamente que el clorpirifós se asocie con el autismo (existe evidencia débil de asociación, pero con un patrón poco claro de respuesta a la dosis), sino con los organofosfatos en general (Shelton et al., 2014), tipología a la que pertenece ese insecticida. Por tanto, es recomendable leer detenidamente el estudio de Shelton et al. (2014) para establecer conclusiones.

En 1992, Dow tuvo que sacar a la luz unos 220 informes de incidentes adversos sobre pesticidas que no se reportaron a la EPA. Esa información salió en un juicio por un accidente ocurrido en 1990 donde un exterminador casero echó clorpirifós cerca de la ventana donde un bebé estaba durmiendo la siesta; el niño quedó parcialmente paralizado. La familia demandó a Dow pero el afectado murió en la adolescencia y, aunque Dow tuvo que pagar una multa de $10 millones a la familia, nunca reconoció que hubiera hecho algo malo.

Dow amenazó con demandar a la EPA en 2000 ante la posibilidad de que la agencia reguladora lo prohibiera en la agricultura. Finalmente la EPA no lo prohibió, pero sí que en 2016 se planteó la posibilidad de hacerlo, a lo que la industria respondió con posiciones como la de esta carta enviada por Janet E. Collins, vicepresidenta ejecutiva de CropLife America (Collins, 2016), una entidad sin ánimo de lucro que representa a los productores agroquímicos. En esa carta pedían a la EPA que no basara su decisión en (según ellos) “estudios epidemiológicos que no cumplen con estándar de calidad bien definidos, y que no están integrados dentro de una evaluación de riesgos para la salud, de una manera bien definida y transparente”.

b272_2Este proceder de Dow nos recuerda mucho el que contamos sobre los herbicidas 2,4-D y 2,4.5-T (Martínez, 2017); es decir, la presión a toda costa y en contra de evidencias que muestran estudios independientes, y también en contra de evidencias circunstanciales, para mantener su producto en el mercado. Entre 2005 y 2016 Dow ha obtenido unas ganancias netas de prácticamente 40 mil millones de dólares.

El TERA como solución a los problemas de la EPA

Así es como nació este organismo en 1995, cuando Michael Dourson, tras 15 años, dejó la EPA para fundar esta entidad sin ánimo de lucro, que pretendía cubrir las deficiencias de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos. En 2014, y según Adams (2014), la EPA sólo ha evaluado la seguridad de 558 de los 84000 productos que estaban en el mercado.

Es un problema de recursos, y es ahí donde Dourson vio la oportunidad de formar TERA como una organización que, según su propia definición, es independiente y tiene como objetivo proteger la salud pública, reuniendo a científicos del gobierno, la academia y la industria. Sin embargo, más del 50% de los paneles de revisión por pares que TERA ha formado desde 1995 fueron para estudios financiados por grupos industriales.

Adams (2014) comenta el ejemplo de la acrilamida, un posible cancerígeno que se encuentra en las patatas fritas. El estudio de la acrilamida realizado en 2011, cuyo objetivo era evaluar el riesgo de cáncer oral, fue financiado por Burger King y otras empresas del sector. Cuatro de sus ocho autores fueron científicos del TERA, con Dourson a la cabeza. TERA también seleccionó el panel que revisó el estudio, cuyos resultados sugieren relajar el nivel de protección de la EPA por un factor de 10.

Dourson argumenta que TERA es neutral; Los científicos que suelen trabajar para la industria a menudo se emparejan con un número igual de investigadores gubernamentales y académicos. Sin embargo, para otros expertos como Denison (2017), el TERA es un instrumento de las corporaciones para lavar la imagen de un tóxico que está bajo sospecha.

El concepto de neutralidad

Pero claro, el concepto de neutralidad es un poco particular para Dourson. Lo que nos dice la historia (ver por ejemplo, Martínez, 2017), es que la industria defiende sus intereses por encima de los de los ciudadanos, aunque para ello tenga que ocultar la verdad y contar sólo la parte del relato que le beneficia.

Bajo esta premisa si se quiere formar un panel “neutral”, los científicos de la industria tendrían que verse contrarrestados por científicos que defendieran el polo opuesto, es decir, los intereses de los ciudadanos por encima de los de la industria aunque para ello tengan que ocultar la verdad y contar sólo la parte del relato que le beneficia.

Rápidamente el lector puede darse cuenta de dónde está el problema aquí, y es que esa “otra parte” la forman en TERA investigadores gubernamenales y de universidades americanas. Estos investigadores es de esperar que tengan una visión neutral, pero neutral de verdad, lo que significa que defenderían la verdad en base a la evidencia disponible y la aplicación de medidas de precaución cuando fuera necesario. Por tanto, si en un lado tenemos un “sesgo pro industria”, al otro lado no hay un “sesgo pro ciudadanía”, sino unos científicos que se presupone independientes y que tratan de hacer su trabajo de manera adecuada.

En consecuencia, la neutralidad que defiende Dourson es bastante discutible, porque parte de un supuesto equilibrio que no existe. La visión de la industria debe ser escuchada, sí, pero su influencia contamina el proceso de toma de decisiones.

Una muestra de ese trabajo del TERA se puede ver en la siguiente figura, sobre 10 productos químicos en los que ha recomendado niveles más laxos que los hasta ahora establecidos (Denison, 2017). Parece, por tanto, que los resultados siempre van en el mismo sentido.EDF-Dourson-10-Chems-9.22.17Las redes de publicación científica

Publicar en revistas de impacto no siempre es sinónimo de calidad. A veces entran en juego otra serie de factores que influyen en que un artículo sea finalmente publicado. Es un mundo extremadamente complejo para analizarlo en este post, pero hoy simplemente podemos apuntar el ejemplo de la revista Regulatory Toxicology and Pharmacology.

Según Denison (2017), 37 de 66 artículos realizados por Michael Dourson tras dejar la EPA en 1995 y ponerse al frente de TERA han sido publicados en Regulatory Toxicology and Pharmacology, una revista con un perfil claramente pro industria (con patrocinadores de la industria química y del tabaco). Dourson es, además, uno de los editores de la revista.

Los investigadores somos miembros a menudo de más de un comité editorial de revistas científicas. Es parte de nuestro trabajo. Y publicar en una revista donde eres editor o editor asociado es hasta cierto punto frecuente…pero dentro de unos límites, claro. Cuando uno publica más de la mitad de su producción científica de los últimos 20 años en la misma revista se corre el riesgo de que se piense que puede haber algún supuesto trato de favor, o al menos, que la “facilidad” para publicar en esa revista es mayor. Adams (2014), hace un razonamiento parecido.

Hacia la destrucción de la EPA

La EPA nació en 1970 con la desafiante misión de tratar de regular la inmensamente creciente puesta en el mercado de productos químicos. Sus baches han sido numerosos, y los hemos comentado en otros artículos (ej. Martínez 2017). Pero la deriva que está llevando este año 2017 es ciertamente preocupante. Como contábamos en Martínez (2017):

En febrero de 2017, Scott Pruitt se convertía en su máximo responsable, una persona que había trabajado como fiscal general de Oklahoma y que había demandado anteriormente en 14 ocasiones a la EPA bajo la presidencia de Obama, precisamente para defender los intereses de la industria frente a las políticas de cambio climático. Ahora, según describen Bieseckner & Causey (2017), se han conocido varios emails que prueban que efectivamente este abogado se coordinaba en privado con esas empresas contaminantes para torpedear las decisiones de la administración Obama. Pero el Senado de Estados Unidos ha puesto al frente de la EPA a una persona cercana a los hermanos Koch, y cuyos esfuerzos por proteger la industria más contaminante son evidentes.

Donald Trump ha bajado un 31% el presupuesto de la EPA, de 8200 millones de dólares a 5655 millones en el año fiscal  de 2018, desde el 1 de octubre de 2017 al 30 de septiembre de 2018), su  nivel más bajo en 40 años si ajustamos por la inflación (Trush & Davenport, 2017). Por tanto, no sólo la EPA se pone en manos de perfiles pro industria, sino que los recursos para realizar su trabajo son claramente insuficientes.

Los demócratas han criticado el nombramiento de Michael Dourson. Los republicanos, sin embargo,  contra argumentan que es una forma de luchar contra la “demasiada politización” de la EPA bajo la presidencia de Obama (Toloken, 2017). Extraña visión esta de los republicanos, ya que para ellos poner a Scott Pruitt como Administrador y a Michael Dourson como prácticamente el segundo en el escalafón no es “politizar” la EPA. Conociendo los antecedentes de Pruitt y Dourson en relación a su perfil pro industria, y tras el tremendo recorte en los presupuestos, parece que la EPA puede quedar herida de muerte.

Eso sí, en este escenario es previsible que organizaciones como el TERA y otras privadas, vean sus negocios crecer en el ámbito de la evaluación de riesgos. Estas organizaciones se  suelen vender como hace el TERA: “independent non-profit science por for public health protection”. Pero sabemos muy bien que eso simplemente forma parte de las herramientas de marketing. Ya comentamos en el post sobre el lobby del azúcar la cantidad de organizaciones, fundaciones, institutos, que en España la industria crea para lavar su imagen y dar la parte del mensaje que les interesa (Martínez, 2017).  Son organizaciones sin ánimo de lucro, sí, pero eso no significan que su misión sea defender una causa justa.

Conclusión

El “fichaje” de Michael Dourson por la EPA se une al de Scott Pruitt y a la bajada en un 31% del presupuesto de esta agencia gubernamental. Todo en el mismo año. Un panorama ciertamente preocupante que se añade a los históricos casos de corrupción y ocultación.

Mientras tanto, la industria sigue frotándose las manos, ya que la situación aparantemente se pone de cara para permitir regulaciones más laxas, además de obtener una mayor capacidad de influencia.

“America first”, sin duda, pero parece que unos más primero que otros. Estos movimientos de la Administración Trump desprotegen todavía más a una ciudadanía que (no sólo en Estados Unidos) no se da cuenta de que lo que este Sistema realmente significa para ellos.

Referencias

Adams, R. (2014, diciembre 19). One-stop science shop has become a favorite of industry—and Texas. Descargado desde: https://www.publicintegrity.org/2014/12/19/16546/one-stop-science-shop-has-become-favorite-industry-and-texas

Bieseckner, M. & Causaey, A. K. (2017, junio 16). Emails reiterate EPA chief’s ties to fossil fuel interests.  Descargado desde: https://www.washingtonpost.com/business/emails-reiterate-epa-chiefs-ties-to-fossil-fuel-interests/2017/06/15/4c799f10-523b-11e7-b74e-0d2785d3083d_story.html?tid=ss_tw&utm_term=.4b564871e2a6

Collins, J. E. (2016, noviembre 29). Carta al Dr. Jack Housenger. Director del Programa de Pesticidas de la EPA. Descargado desde: http://191hmt1pr08amfq62276etw2.wpengine.netdna-cdn.com/wp-content/uploads/2016/01/FINAL-CLA-Petition-Regulatory-Decision-Making-11-29-16.pdf

Denison, R. (2017, agosto 9). Dourson’s go-to journal for publishing his industry-funded papers is, well, also industry-funded. Descargado desde: http://blogs.edf.org/health/2017/08/09/doursons-go-to-journal-for-publishing-his-industry-funded-papers-is-well-also-industry-funded/

Denison, R. (2017, septiembre 18). Modus operandi: How EPA toxics nominee Dourson carries out his work for the chemical industry. Descargado desde: http://blogs.edf.org/health/2017/09/18/modus-operandi-how-epa-toxics-nominee-dourson-carries-out-his-work-for-the-chemical-industry/

Denison, R. (2017, septiembre 22). Proof in pudding: EPA toxics nominee Dourson has consistently recommended “safe” levels for chemicals that would weaken health protections. Descargado desde: http://blogs.edf.org/health/2017/09/22/proof-in-pudding-epa-toxics-nominee-dourson-has-consistently-recommended-safe-levels-for-chemicals-that-would-weaken-health-protections/

Lerner, S. (2017, enero 14). Poison fruit. Dow Chemical Wants Farmers to Keep Using a Pesticide Linked to Autism and ADHD. Descargado desde: https://theintercept.com/2017/01/14/dow-chemical-wants-farmers-to-keep-using-a-pesticide-linked-to-autism-and-adhd/?comments=1#comments

Lerner, S. (2017, octubre 3). Trump’s pick for EPA safety chief argued kids are lesssensitive to toxins. Descargado desde: https://theintercept.com/2017/10/03/epa-nominee-michael-dourson-toxic-chemicals/

Martínez, J. A. (2017, marzo 17). Monsanto corrompe a la EPA para defender el glifosato, según emails descubiertos. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b228

Martínez, J. A. (2017, septiembre 12). El lobby del azúcar. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b205

Martínez, J. A. (2017, septiembre 29). Ciudades y vecindarios libres de glifosato; aplicación a Santa Ana. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b239

Martínez, J. A. (2017, octubre 1). Una amarga niebla y los Poison Papers. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b271

Shelton, J. F., et al. (2014). Neurodevelopmental Disorders and Prenatal Residential Proximity  to Agricultural Pesticides: The CHARGE Study.  Environmental Health Perspectives, 122 (10), 1103-1109.

Thrush, G. & Davenport, C. (2017, marzo 15). Donald Trump Budget Slashes Funds for E.P.A. and State Department. Decargado desde: https://www.nytimes.com/2017/03/15/us/politics/budget-epa-state-department-cuts.html

Toloken, S. (2017, octubre 6). Trump’s choice to head EPA chemical safety office faces tough questioning over ties to industry. Descargado desde: http://www.plasticsnews.com/article/20171006/NEWS/171009926/trumps-choice-to-head-epa-chemical-safety-office-faces-tough

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2017, octubre 8). Contaminación ambienta: La EPA contra su propia misión. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b272

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(#267). NUEVAS AMENAZAS AL DESARROLLO NEUROCONDUCTUAL

[REVISIÓN DE ARTÍCULO] En este artículo publicado en Lancet Neurology, Philippe Grandjean y Philip J. Landrigan revisan los efectos neuroconductuales de la exposición a productos químicos, en una interesante exposición sobre lo que ellos denominan una pandemia silenciosa.

Los desórdenes del desarrollo neuroconductual afectan a entre el 10 y el 15% de los nacimientos, y los ratios de prevalencia del desorden del espectro autista y del desorden por déficit de atención e hiperactividad crecen en todo el mundo.

Las causas de esta pandemia global son sólo parcialmente entendidos. Aunque los factores genéticos se postulan como causa, no pueden expicar los recientes incrementos en la prevalencia de estos desórdenes. Los autores indican que las causas genéticas justificarían un máximo del 30-40% de los casos.

El desarrollo del cerebro humano es muy vulnerable a la exposición a químicos tóxicos, y la mayores ventanas de vulnerabilidad ocurren en el útero y durante la infancia y niñez. Durante esas etapas tan sensibles, los químicos pueden causar daños cerebrales permanentes a niveles bajos que incluso no producirían afectos adversos en los adultos.

El feto no está bien protegido contra los químicos industriales. La placenta no para el paso de muchos tóxicos del entorno desde la madre, y más de 200 sustancias químicas externas se han detectado en la sangre del cordón umbilical. Además, también se expone a los bebés por medio de la leche materna.

En 2006 estos mismos autores realizaron otra revisión sistemática de los estudios clínicos y epidemiológicos publicados sobre neutotoxicidad de químicos industriales, identificando 5 productos que podían ser fiablemente clasificados como neurotóxicos para el desarrollo: plomo, metilmercurio, arsénico, bifenilos policrolados (PCBs), y el tolueno. También alertaron de 202 químicos que habían sido reportados como causantes de daño en el sistema nervioso de adultos. Además, más de 1000 químicos eran señalados como neurotóxicos en estudios de laboratorio con animales.

Los autores, de manera muy clara, afirman que el proceso para declarar una de esas sustancias como peligrosa para la salud es demasiado largo. Al principio comienzan las primeras señales de alerta a dosis altas, y luego se van realizando estudios que prueban efectos neurotóxicos a dosis mucho más bajas. A este respecto, se hacen eco de las declaraciones de David P. Rall, antiguo Director del US National Institute of Environmental Health Sciences: “Si la talidomida hubiera causado una bajada del coeficiente intelectual de 10 puntos en lugar de defectos obvios en recién nacidos probablemente aún estaría en el mercado“. Como bien indican los autores, muchos productos químicos que se venden todavía hoy probablemente causan déficits en el cociente intlectual de esa magnitud o incluso mayor. Además, la combinación de varios de esos productos, puede tener enormes consecuencias en la salud.

Nuevos resultados sobre peligros conocidos

En esta sección los autores actualizan su revisión de 2006 con las evidencias encontradas desde entonces. Así, por ejemplo, se puede afirmar que no hay un nivel de exposición seguro para el plomo, y que los daños producidos en la niñez son probablemente permanentes. Incluso se ha relacionado esa exposición en la infancia con comportamientos delictivos en edad adulta.

En cuanto al metilmercurio, las dosis que afectan al desarrolo neuronal de los niños son mucho más bajas que las que dañan a los adultos. En relación al arsénico, su exposición prenatal y en los primeros meses de vida proveniente del agua de bebida se asocia con déficits cognitivos que son patentes en la escuela.

Las nuevas evidencias en relación a los PCBs refuerzan las investigaciones anteriores, y aunque se ha añadido poca nueva información sobre la neurotoxicidad del tolueno, se ha encontrado que otro disolvente común, el ethanol, tiene efectos neurotóxicos en el desarrollo. Así, el cosumo de alcohol de las madres, incluso en cantidades muy pequeñas, se asocia con efectos como una reducción del cociente intelectual, comportamiento delictivo, problemas en la función ejecutiva y otros signos neurológicos.

Nuevos reconocidos neurotóxicos para el desarrollo

Los autores indentifican los siguientes nuevos neurotóxicos:

Manganeso: Asociado a la reducción del rendimiento matemático, hiperactividad, disminución de la función intelectual, discapacidad motora y reducción de la función olfativa.

Fluor: Las concentraciones altas en agua de bebida están asociados a un decrecimiento del cociente intelectual de alredededor de 7 puntos.

Disolventes: El tetracloroetileno en agua de bebida está asociado a un mayor riesgo de problemas psiquiátricos.

Pesticidas: Compuestos que en algunos países desarrollados están prohibidos aún se siguen usando en otros más pobres. En particular,  los compuestos organoclorados, como el DDT se asocian a déficits neuroconductuales. Los pesticidas organofosforados se eliminan más rápidamente del cuerpo humano que los organoclorados, pero varios estudios epidemiológicos muestran que la exposición prenatal puede causar neurotoxicidad.

Herbicidas y fungicidas: Propoxur y permetrina se han ligado a déficits de neurodesarrollo en niños.

Retardantes de llama: Los compuestos polibromados (PBDEs), muy similares a los PCBs,  podrían ser también neurotóxicos.

Los autores reconocen la complejidad de llegar a conclusiones más sólidas con otros compuestos debido a la dificultad de aislar su exposición. La razón es, precisamente, la multiplicidad de exposiciones a las que la población está sometida. Además, compuestos como los ftalatos o el bisfenol A se eliminan rápidamente por la orina, por lo que es más complicado estudiar su efecto en estudios epidemiológicos. No obstante, la disrupción endocrina que producen podría asociarse a diversos problemas neuroconductuales. La polución del aire  (principalemnte monóxido de carbono), el tabaco, o los hidrocarburos policíclicos aromáticos han sido también ligados a efectos adversos. La asociación entre el autismo y los ftalatos y la polución del tráfico también ha sido sugerida.

Desde 2006, los autores han añadido 12 compuestos tóxicos para el sistema nervioso, que se muestran en la siguiente tabla:

b267_2Conclusiones

Los autores claramente se posicionan por la importancia de invertir en reducir la exposición a estos tóxicos, lo que no sólo es preceptivo desde el punto de vista de salud, sino también económico. Varios estudios han mostrado el ingente coste económico que supone para la sociedad esos efectos adversos y también lo que implica la reducción del cociente intelectual para el futuro de esos niños en cuanto a su nivel de ingresos.

Si se ha hecho con el plomo (quitándolo como aditivo de las gasolinas, por ejemplo) también ha de hacerse con los demás químicos identificados, aunque en este aspecto los autores reconocen que es muy preocupante pensar que probablemente existan cientos de sustancias en uso en las que todavía no se han realizado estudios sobre tu neurotoxicidad.

El excesivo tiempo que transcurre desde que se encuentran las primeras evidencias hasta que se obtienen pruebas más concluyentes, y las también excesivas trabas que ponen los organismos reguladores para que se cataloguen como nuerotóxicas para el desarrollo (necesitan gran cantidad de pruebas) constituyen enormes barreras para controlar y poner freno a esta pandemia. A este respecto los autores son claros; las políticas deben encaminarse a proteger a la población vulnerable sin la necesidad de obtener grandes cantidades de pruebas (que los autores califican de una exigencia casi incumplible).

La presunción de que los nuevos químicos y las nuevas tecnologías son seguras hasta que se demuestre lo contrario es un grave problema, aseveran los autores. La historia nos dice que el amianto, la talidomida o los clorofluocarbonos se introdujeron porque producían ciertos beneficios pero luego se mostró que causaban grandes daños.

Limitaciones/Comentarios

Se agradece mucho que estos dos científicos hablen tan claro con respecto a este asunto, y que sean críticos con el actual sistema de regulación y clamen por la aplicación de los principios de precaución.

Lo que la historia nos han ensañado en las últimas décadas con respecto a ciertas sustancias tóxicas no nos ha hecho aprender lo suficiente. La inversión de la carga de la prueba por la que parecen abogar los autores es, quizá, poco realista, en un contexto donde hay miles de sustancias en el mercado y sin testar. Se necesita más inversión en investigación y regulaciones menos dubitativas y más fundamentadas en pruebas de alertas tempranas.

Tal vez el artículo deja a un lado otros factores que también podrían influir en el desarrollo neurocomporamental, como la creciente exposición a contaminación electromagnética, por ejemplo.

LEE EL ARTÍCULO ORIGINAL AQUÍ:

Grandjean, P. & Landrigan, P. J. (2014). Neurobehavioural eff ects of developmental toxicity. Lancet Neurology, 13, 330-338

Indicadores de calidad de la revista*

 

Impact Factor (2016)

Cuartil

Categoría

Thomson-Reuters (JCR)

26.284

Q1

CLINICAL NEUROLOGY

Scimago (SJR)

11.06

Q1

NEUROLOGY (CLINICAL)

* Es simplemente un indicador aproximado para valorar la calidad de la publicación

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(#261). FAKE SILK: UN EXCELENTE LIBRO

[MONOTEMA] (Actualizado 22/08/2017) El pasado mes de julio de 2017, la organización Changing Markets Foundation alertaba de que marcas como H&M y Zara compraban viscosa a fábricas contaminantes, principalmente en zonas de Indonesia, China e India. El mercado de viscosa se estima que crecerá de $13450 millones en 2016 a $16700 en 2021 (Infolibre.es, 2017). El vertido de productos tóxicos derivado del proceso de fabricación de la viscosa está contaminando los entornos en los que esas fábricas se ubican. El informe de Changing Markets Foundations nos muestra un dibujo desolador de los entornos donde las fábricas operan (Changing Markets, 2017).

Las viscosa es un producto intermedio en la fabricación de rayón, una fibra manufacturada que se conoce también como seda falsa o “fake silk”, y cuya toxicidad proviene principalmente del uso de disulfuro de carbono (CS2) para tratar la celulosa. Se obtiene así un líquido viscoso (de ahí su nombre) que luego es convertido en rayón o en otros productos, como el celofán.

El interés por profundizar en este tema, que era ciertamenete desconocido para mí, me llevó al libro “Fake Silk”, del Dr. Paul D. Blanc, de reciente publicación (2016), y que es una obra excelente. En este post, voy a comentar algunos de los puntos más destacados del libro, con el fin de mostrar la historia de este tóxico y sus imbricaciones con los intereses económicos y políticos, y también la triste realidad de miles de personas que fueron envenenadas al trabajar en estas fábricas, por la incapacidad e inoperancia de los reguladores para admitir las advertencias que diferentes investigadores habían realizado sobre este veneno. Blanc lo narra magistralmente en el libro; mi intención simplemente es incitar a su lectura a través de esta reseña. Quiero agradecer al Dr. Blanc su gentileza al haberme permitido destripar un poco su libro en mi blog, y que haya contestado a varias dudas que tenía sobre él, al margen de proporcionarme información añadida de inestimable valor.

fakesilk

Una extensa explicación de este post se encuentra disponible en el siguiente programa de Doble Cara:

Programas de Doble CaraEl autor

El Dr. Paul D . Blanc es profesor de medicina en la Universidad de Californa, donde ocupa la Endowed Chair in Occupational and Environmental Medicine. Es autor del libro How everyday products make people sick, y escribe en Psychology Today sobre tóxicos de la vida cotidiana: Households Hazards

Blanc ha realizado un trabajo de documentación ciertamente notable, y ha viajado por muchos países realizando entrevistas y visitando fábricas de rayón, para explicar de manera elocuente y brillante una historia desconocida para la gran mayoría de nosotros.

Dr. Paul D. Blanc

El libro

Voy a hacer un breve recorrido cronológico, tal y como Blanc relata en su obra. Todo lo especificado proviene de Blanc (2016), por lo que no considero necesario su continua citación. El material complementario añadido por mí está debidamente referenciado.

Se patenta la vulcanización en Inglaterra y Estados Unidos. Primeras señales de toxicidad.

El CS2 se sintetizó por primera vez en 1796 por Wilhelm A. Lampadius, gracias a que calentó carbón y pirita, una fuente de azufre. Era un líquido volátil, pero no fue hasta principios del siglo XIX cuando se conoció claramente su estructura molecular.

Los propios investigadores al comienzo de sus experimentos con CS2 veían que se evaporaba fácilmente y tenía propiedades similares a un anestésico. Estamos hablando de la década de 1840. De hecho, los primeros experimentos con animales fueron para analizar sus propiedades como anestésico; algunos ratones se mareaban, pero los expuestos a dosis más altas morían.

También en esa década de 1840 se descubrieron sus propiedades como disolvente (para resinas, aceites, fósforo, sulfuros, etc.), lo que resultó muy importante, ya que era mejor disolvente que el agua o que el etanol.

En 1846 un químico e inventor inglés, Alexander Parkes, patentó el proceso de convertir caucho en un material más flexible e impermeable. Pero una semana antes, Thomas Hancock patentó la vulcanización en frío. Thomas Hancock pertenecía a la empresa Charles Macintosh and Company. Charles Goodyear hizo lo propio en Estados Unidos en 1844 (Goodyear, 1844).Entonces empezaron las aplicaciones, sobre todo en balones, condones, y más tarde  suelas de goma para calzado.

En 1853 el médico francés Guillaume Duchenne de Boulogne indicó por primera vez que el CS2 era tóxico para el sistema nervioso humano. Duchenne estaba empezando a observar este hecho en trabajadores en fábricas donde se empleaba la vulcanización.

Otro médico francés, Auguste Delpech, en 1856, también reportó sus experiencias clínicas con trabajadores expuestos a CS2, donde había los siguientes síntomas: sueño agitado, pesadillas, pérdidas de memoria, confusión, dolores de cabeza, debilidad muscular e incluso comportamiento maníaco. Parecía peor que los síntomas de la sífilis.

Otros pacientes tenían un comportamiento sexual anormal. Delpech entonces empezó a experimentar con animales, y siguió reportando casos de trabajadores intoxicados durante la década de 1860.

Guillaume-Duchenne-de-Boulogne

Guillaume Duchenne de Boulogne

Auguste Delpech

Auguste Delpech

Comienza su uso como pesticida

En 1870 se empezó a emplear el CS2 como pesticida para eliminar los ataques a los viñedos. Mataba también a la planta pero impedía que la infestación se extendiese. Blanc no ha encontrado investigaciones que hablen de lo que sucedió con todos los agricultores que lo emplearon.

Las ardillas eran uno de los objetivos principales de su uso como pesticida. Así, en 1883 aparecieron varios anuncios en Los Angeles Times argumentando que el CS2 de la empresa Read and Foster era seguro barato y efectivo, y que podía ser aplicado por cualquiera y durante cualquier tiempo sin el menor daño. En un anuncio publicado el 26 de mayo de 1883, la publicidad concluía con la siguiente frase: “Un niño puede usarlo sin peligro”.

El siguiente anuncio fue publicado el 14 de julio de 1883 en Los Angeles Times, en el que se indicaba que el disulfuro de carbón era “perfectamente seguro”.

Read and Foster's ad

Anuncio de Read and Foster’s (Por cortesía de Paul D. Blanc)

Curiosamente, ese mismo año, Charles Foster, uno de los propietarios de esa empresa fue enjuiciado por el intento de asesinato de A. H. Judson, un hombre de negocios de Los Angeles, pero fue absuelto porque alegó que tenía locura transitoria, precisamente por haber inhalado el CS2 de su propia fábrica de pesticidas. De este modo, el propietario de la empresa que decía en su publicidad que el CS2 era inocuo admitió su toxicidad para librarse del delito que acababa de cometer. Esta historia, ciertamente inquietante, es un ejemplo exquisito sobre el empleo fraudulento de la publicidad.

El uso como pesticida ha continuado en el siglo XX, sobre todo como veneno de roedores (ej. Bean et al., 1988), y admitiendo (ahora sí) que es un producto tóxico, aunque las advertencias sobre las precauciones fueran más completas en unas publicaciones frente a otras (por ejemplo, Storer (1958) en oposición a Gunderson & Decker (1943)).

El disulfuro de carbono también se empleaba para producir tetracloruro de carbono, un químico usado también como pesticida, además de para manufacturar líquidos refrigerantes y propulsores para aerosoles o como limpiador. Se empleó como plaguicida hasta 1986 (ATDSR, 2003). Pero, al igual que sucedía con el anuncio de Read & Foster, la empresa Dow Chemical comunicaba en su publicidad que el tetracloruro de carbono trabajaba rápidamente y “sin residuos” (Anuncio cortesía de Paul Blanc). Al fin y al cabo, años más tarde (en 1941) se publicitaba como “La química de la salud”.

DowChemical_Ad

 

Comienza el siglo XX con la revolución del rayón, y se “olvida” lo aprendido

A finales del siglo XIX el famoso neurólogo francés Jean-Martin Charcot reconoció el problema de toxicidad del CS2. En 1894 el toxicólogo Karl B. Lehmann hizo experimentos con animales para testar dosis letales y subletales. En en esos mismos experimentos sugirió que niveles por encima 300 ppm de CS2 en aire producía graves daños crónicos. Esos límites eran sólo para exposiciones cortas, pero que las largas podrían dar un dibujo totalmente diferente.

Jean-Martin Charcot

Jean-Martin Charcot

Karl B Lehmann

Karl B. Lehmann

En 1899 apareció un monográfico en Alemania llamado (de forma traducida) “El CS2 envenena a trabajadores de la industria del caucho con especial consideración a los desórdenes mentales y neurológicos e higiene industrial“, de más de 200 páginas, escrito por el médico Rudolf Laudenheimer. De este modo, se culminaban varias décadas de investigación, principalmente en Francia y Alemania, en las que se mostraban claramente los peligros de la exposición a este tóxico.

Sin embargo, los médicos en Inglaterra parecían prestarle menos atención a este problema. Mientras tanto, en Estados Unidos, algunos doctores ya empezaban a sospechar de la toxicidad del CS2, al observar patologías en trabajadores, incluso se llegó a publicar un artículo en la revista Boston Medical and Surgical Journal, que posteriormente se llamaría New England Journal of Medicine. Es más, un trabajador norteamericano puso una demana de $5000 por daños a su empresa Indiana Rubber, aunque finalmente el juicio se resolvió con una compensación de $500.

A comienzos del siglo XX empezaron a realizarse controles en las fábricas de Inglaterra, Alemania y Francia, y se mejoró el proceo de vulcanización de manera que los trabajadores de esas fábricas estaban mucho menos expuestos.

Pero entonces en ese momento comenzó una industria más poderosa aún, la del textil, ya que se descubrió que se podría tratar la celulosa con CS2 (además de otros agentes químicos) para producir un compuesto llamado “viscosa”, que tras un tratamiento posterior se convertía en fibras artificales (parecidas a la seda), a las que se llamó rayón.

El químico industrial Arthur Dehon Little estudió el proceso de la viscosa en Europa y lo llevó a Estados Unidos, pero no dijo nada sobre los efectos tóxicos del CS2. Y cuando en las primera década del siglo XX nacieron las primeras fábricas en Estados Unidos entonces comenzaron los casos de intoxicación de trabajadores. Los propios médicos americanos que los trataron admitieron que habían sido intoxicados por el CS2, conocedores de la literatura del siglo XIX. A medida que la industria de la fibra sitnética crecía comenzaron a reportarse casos por otros países, como en Rusia

Pero durante los siguientes 20 años, tanto en Estados Unidos como en Europa, parece que hubo un silencio en la industria de la viscosa. Los médicos ignoraron el problema y los propietarios de las fábricas (que lo sabían perfectamente) lo ocultaron.

Conflictos de interés en el Parlamento Británico

En 1925 se puso sobre la mesa en el Parlamento Británico la cuestión de la toxicidad del CS2. La industria de la fibra de viscosa era por entonces ya grande. En Inglaterra estaba Samuel Courtauld and Company, como más importante corporación. Esta empresa tenía como subsidiraria a la estadounidense American Viscose Company. Precisamente un miembro de la familia Courtauld también era un miembro de ese Parlamento británico. Sir Williams Joynson-Hicks, parlamentario conservador, tenía conexiones familiares con el comercio textil. En 1895 se casó con la hija de un empresario de este sector. Además era un conocido xenófobo y antisemita.

Pero las preguntas continuaron en el Parlamento con el fin también de reconocer al CS2 como tóxico en efermedades ocupacionales. No sólo estaban las investigaciones y publicaciones mencionadas realizadas antes de 1900, sino que en 1925, un inspector médico publicó un informe en el que, tras estudiar varios casos de trabajadores, reconocía la intoxicación por CS2 como enfermedad en esta industria. En ese mismo año, 1925, en Italia se publicaba en un manual de medicina ocupacional donde se reconocía que el CS2 en concentración de más de 1 mg/litro de aire producía un envenenamiento crónico, y esto ocurría incluso en habitaciones ventiladas. Esto equivalía aproximadamente a unos 300 ppm. Es decir, se estaba advirtiendo lo mismo que hace 30 años otros médicos habían estudiado.

Aunque en 1925 Sir Williams Joynson-Hicks admitía que el envenamiento por CS2 debía ser reconocido como enfermedad industrial (Hansard, 1925), no se estaban haciendo todo lo posible por proteger a los trabajadores. En 1926, el Dr. Thomas Watts, miembro del Comité Médico de la Cámara de los Comunes decía en otro de los debates parlamentarios que las enfermedades derivadas de la exposición a disulfuro de carbono estaban prácticamente extintas debido a los esfuerzos de la Association of Certifying Factory Surgeons, una organización principalmente encargada de certificar que los niños podían trabajar en las fábricas, y que según Watts habia ayudado a erradica las intoxicaciones (Hansard, 1926).

Ante la pregunta de William Kelly, del Partido Laborista, de si habían recibido informes sobre la salud de los trabajadores de la viscosa de British Visada Company y de Bulmer-Rayon Company, Sir Williams Joynson-Hicks, Ministro del Interior del Partido Conservador, respondió que había visionado informes de médicos y de otros inspectores de trabajo y que las condiciones eran generalmente safisfactorias salvo algún caso de conjuntivitis y dermatitis, cuando Kelly insistió en que había varios casos más de ceguera temporal (Hansard, 1928). Parece evidente, por tanto, que Joynson-Hicks no estaba muy interesado en esclarecer la verdad.

Continúan los estudios, pero también la manipulación

Paradójicamente, y pese que en Francia habían sido pioneros en denunciar la toxicidad del CS2 a mitad del siglo XIX en la industria del caucho, no fue hasta 1927 cuando apareció un primer informe sobre su pelgrio en la industria textil, en una tesis doctoral.

En 1920 DuPont Company adquirió los derechos para producir viscosa en Estados Unidos, de la frances Comptoir de Textiles Artificiels. De esta manera, American Viscose Company y DuPont se repartían buena parte del mercado norteamericano.

Pero en un informe anual sobre enfermedades laborales en 1930 en Inglaterra se reportaban claramente más de 200 casos de conjuntivitis y envenenamientos. En ese periodo la concentración en una fábrica en la que se hicieron mediciones era de 320 ppm en aire, mientras que en otra era de 100 ppm, donde los trabajadores sufrían efectos adversos. Por tanto, había niveles bastante altos.

En esta época también empezaron las quejas por contaminación del entorno en esas fábricas. Hubo protestas sobre la contaminación del aire y del agua cerca de esos centros de producción. Es imperdonable, como casi 90 años después, sigue ocurriendo lo mismo en China, India e Indonesia, como denuncia el informe de Changing Markets (2017).

Los conservadores británicos en 1929 tenían el eslogan “Safety First”, de hecho fue el que Stanley Baldwin empleó para presentarse a las elecciones de ese mismo (las que, por cierto, perdió). Baldwin fue en tres ocasiones Primer Ministro Británico.

safetyfirst

En 1930 el conocido psiquiatra Karl Bonhoeffer claramente estipuló que el CS2 causaba psicosis, tras la experiencia de 24 años tratando con pacientes trabajadores del caucho y textil. En ese mismo año, el Dr. Gustavo Quarelli asoció el CS2 al Parkinson.

En 1931, sin embargo, dos toxicólogos británicos, William Wilcox y Gerald Roche emitieron un informe por el cual decían que cualquier peligro asociado al CS2 había sido eliminado de las fábricas, salvo casos muy puntuales de conjuntivitis. Ellos eran asesores del Ministerio del Interior del Gobierno Británico, pero también lo habían sido de la empresa Rayon Manufacturing Company of Surrey. El autor (Paul Blanc) indica que se podría ver a uno de ellos, William Wilcox, pasear con sus Rolls-Royce conducido por un chófer. La empresa Rayon Manufacturing Company había sido denunciada por contaminación y tras ese informe se permitió que siguiera operando.

Por tanto, no sólo hubo políticos que ignoraban a sabiendas la literatura científica para impedir una mejor regulación de la fabricación de rayón, sino que investigadores se prestaron a los intereses económicos para sembrar dudas y embarrar unos resultados que investigadores en Italia, Alemania, Inglaterra y Francia habían reportado como bastante claros.

Se extiende el uso de la viscosa al nacer la industria del celofán

La Gran Depresión apenas afectó a la producción de rayón. Al final en los años 30 se podría considerar que había una especie de cártel de productores de seda artificial que además pagaban menos y tenían empleados en peores condiciones que el resto de la industria textil. También había condiciones primitivas en la nueva URSS.

Paralelamente al desarrollo de la industria textil de fibra sintética comenzó a desarrollarse la del celofán. DuPont llegó a un acuerdo con la recién creada La Cellophane para tener el mercado exclusivo de EEUU. Los productores americanos crearon un lobby para que hubera proteccionismo y lo consiguieron en los años 30.

La doctora Alice Hamilton, figura clave: trabajadores como animales de laboratorio

En 1933 la Dr. Alice Hamiliton, de Harvard, advertía que debido al escaso conocimiento de la toxicidad del CS2, muchos casos de envenenamiento podrían haberse padado por alto en EEUU. Para acelerar el proceso de vulcanización, también se añadían aditivos que erean tóxicos, como la anilina. En 1925 esta doctora había publicado acerca de esos riesgos en su enciclopedia Industrial Poisons in the United States, un volumen, por cierto, que fue gran utilidad aunque recibió débiles críticas por mostrar investigaciones realizadas en otros países fuera de Estados Unidos (Hayhurst, 1925), algo realmente estúpido porque si se hubiera tenido en cuenta seriamente la evidencia que había ya en estudios en Europa, Estados Unidos probablemente se había ahorrado varios años en investigaciones en relación a la toxicidad del disulfuro de carbono.

Hamilton, se quejaba de que se estaban empleando a los trabajadores de CS2 como animales de laboratorio y que el gobierno no hacía nada para que las empresas testaran la toxicidad de un nuevo aditivo antes de emplearlo.

Alice Hamilton

Alice Hamilton

La doctora inició una investigación de campo en los años 30 con el fin de estudiar en produndidad los riesgos del CS2. Era complicado porque tenían que ir por las fábricas preguntando a los trabajadores, ya que en los hospitales no era usualmente reconocida por los médicos. Los resultados fueron los mismos que en otros países en años anteriores: locura, desórdenes mentales, intentos de suicidio, problemas en los ojos y en la piel… Esto hizo que se iniciara una investigación federal-estatal sobre este tóxico en la industria en 1938, y que se reconociera como enfermedad ocupacional en Pennsylvaina en 1937, sujeta a compensaciones económicas. En ese estudio más ambicioso se examinó a 120 trabajadores, de los cuales un 75% tenía evidencias de daños en el sistema nervioso, al margen de otros síntomas.

En aquellos años no había legislación en EEUU sobre límite de un potencial tóxico, pero Hamilton propuso 10 ppm. En Europa los valores límite eran 30 o 40 veces superiores, aunque la Unión Soviética tenía tan sólo 3.2 ppm . Esa recomendación de 10 ppm la tomó la propia DuPont.

En 1939 aparecía en The British Medical Journal, un artículo en el que se indicaba que el Departamento de Investigación Científica e Industrial había publicado una descripción de métodos de detección de CS2 generado en procesos industriales. Una concentración de 500 ppm se consideraba peligrosa incluso para exposiciones cortas, mientras que 10 ppm era la máxima concentración permisible para varias horas de exposición. La Chemical Works Regulation, 1922 prohibía la entrada de trabajadores en lugares donde pudiera haber un gas peligroso sin las medidas de seguridad requeridas hasta que el aire fuera testado y encontrado seguro para ser respirado (The British Medical Journal, 1939).

En 1941 la American Standards Association adoptó un valor de 20 ppm como límite de concentración promedio (World Health Organization, 1979).

De este modo, y casi 100 años después de que se comenzaran los primeros experimentos con animales y se dieran los primeros signos de toxicidad, se estipulaba una primera legislación. Casi 100 años y miles de víctimas después. Pero, a pesar del trabajo de Hamilton, y de los esfuerzos de otros investigadores, los trabajadores de rayón de todo el mundo iban a seguir sufriendo condiciones peligrosas.

La II Guerra Mundial

El rayón y la dinamita se pueden hacer desde la nitro-celulosa, por lo que las fábricas de rayón se podían convertir en fábricas de dinamita para la II Guerra Mundial. El gobierno estadounidense usó el rayón para la contienda bélica pero no invirtió mucho en la protección de trabajadores de esa industria. En Europa las prisas por proveer a los ejércitos hicieron que se produjera más y en peores condiciones y abundaron las intoxicaciones. Incluso los alemanes emplearon prisioneros en las fábricas a los que desatendían constantemente.

En 1945 apareció el primer artículo científico que establecía inequívocamente que el CS2 degeneraba los ganglios basales en monos cuando se sometían a exposiciones crónicas. Por tanto, causaba el mismo tipo de daño cerebral que el visto en los enfermos de Parkinson, algo que, como bien recuerda Paul Blanc, confirmaba lo que ya se había comprobado en la década de los 1920 con los trabajadores expuestos.

En Japón durante la II Guerra Mundial y en los años 50 las fábricas de rayón estaban muy deterioradas con niveles de 40-50 ppm e incluso de 300 ppm. En Polonia, narra Blanc, había fábricas con 150 ppm e incluso 300 ppm.

En los años 40 el doctor Enrico Vigliani estudió con intensidad las intoxicaciones en Italia. Había tratado 100 casos entre los años 1941 y 1942. En Milán pudo observar más casos con un mayor tiempo de seguimiento y vio que la enfermedad empezaba a cambiar. Ahora non era tanto el problema de pérdida de sensación en los nervios distales, sino que parecía una enfermedad cerebral de origen vascular. Vigliani en una publicación de 1955 ligó el CS2 a la arteriosclerosis, algo que ya se había vislumbrado unos años antes en otro estudio.

Se disipan las dudas pero siguen las presiones

A partir de ese momento las investigaciones sobre los efectos tóxicos del CS2 se incrementan, y ya se establecen unos parámetros más consensuados (World Health Organization, 1979).

En 1960 se asoció a la enfermedad coronaria, tras un estudio de mortalidad realizado en Gran Bretaña. Otro estudio en los años 70 corroboró estos resultados. En la actualidad se admiten efectos en el sistema cardiovascular en exposiciones a largo plazo por encima de 10 ppm, aunque por debajo de 5 ppm Domergue et al. (2016) no encuentran evidencia de efectos en indicadores de salud cardiovascular.

En 1977 el U.S. National Institute for Occupational Safery and Health (NIOSH) realizó una revisión sistemática para determinar los niveles seguros de exposición. Y recomendaron bajar de 20 ppm a 1 ppm. Pero la industria reaccionó contratando a médicos investigadores para realizar presión. Blanc narra en el libro que la AFL-CIO (American Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations), una institución para la defensa de los derechos de los trabajadores en Estados Unidos tuvo un litigio con la Occupational Safety and Health Administration (OSHA) porque esta había estipulado niveles de mayor protección para varias decenas de sustancias químicas en 1989. De este modo, en 1992 el dictamen judicial anuló esos nuevos niveles de protección y se retrocedió a los que había puestos en 1971. Según Blanc (comunicación personal) es difícilmente entendible que la AFL-CIO litigara con la OSHA; demandaban niveles de mayor protección aún para varios tóxicos, pero lo cierto es que al final el resultado fue que los intereses de la industria (que también presionó) fueron premiados. Así, el límite volvía a 20 ppm. La OSHA es la entidad vinculada al Departamento de Trabajo de Estados Unidos que se encarga de legislar. De este modo, y todavía hoy en día, en 2017, la NIOSH propone un límite de 1 ppm frente a los 20 ppm que es el límite para la OSHA, y por tanto, el nivel legal. Así, y aunque la OSHA es una entidad que debe basar sus criterios en la organización dedicada a la investigación (Bhs.com, 2016) , es, decir, la NIOSH, en este caso hay una gran diferencia de criterios, y el umbral legal está en Estados Unidos 20 veces por encima de lo que su propia entidad de investigación recomienda. Según CDC.com (2017), la NIOSH recomienda que los trabajadores lleven protección para la respiración cuando se alcancen niveles por encima de 10 ppm, aunque como hemos dicho, la ley permite hasta 20 ppm.

En Europa, el European Scientific Committee on Occupational Exposure Limits (SCOEL), recomienda un límite de 5 ppm (Domergue et al., 2016). Sin embargo, y como bien indican los investigadores, otros efectos patológicos pueden ocurrir a exposiciones por debajo de 5 ppm, como estrés oxidativo, anormalidades en el electrocardiograma, cambios en los niveles de colesterol, alteracionesen las propiedades elásticas de la arteria carótida, y microaneurismas en la retina.

La OSHA, según Hopkins (2015), no da respuesta efectiva a los riesgos de múltiples químicos que, o no están regulados, o tienen niveles límite establecidos hace muchos años, y que no concuerdan con la evidencia científica. Parece evidente que, en el caso del CS2, así es.

De este modo, Estados Unidos es uno de los países más permisivos (con mucha diferencia). Recordemos que ya en 1979 la World Health Organization (1979) reportaba las concentraciones máximas permisibles en promedio para diferentes países. Así, Checoslovaquia, Egipto, Finlandia, Hungría, Japón, Suecia, Suiza y Reino Unido, tenían 10 ppm, mientras que Estados Unidos tenía el doble.

En Europa, la mayoría de los países en la actualizdad tienen unos límites para trabajadores de 5 ppm, con algunas excepciones como Alemana (10 ppm). Australia tiene también 10 ppm. El Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo (2011) considera seguro esos 5 ppm, medidos como la concentración media ponderada en el tiempo para una jornada laboral de 8 horas y una semana de 40. Esos 5 ppm son más exigentes que los 10 ppm que propuso la American Conference of Governmental Industrial Hygienists en 1994.

Sin embargo, en el año 2000 la OMS elaboró una revisión sobre el disulfuro de carbono en el que comentaba que la concentración más baja de CS2, en la que se ha observado efectos adversos en exposición ocupacional era de unos 3.2 ppm, lo que en el entorno sería una concentración equivalente de 0.32. Se considera apropiado un factor de protección de 10, por lo que se debe tomar como medida unos 0.32 ppm (100 microgramos/m3) (World Health Organization, 2000). Recordemos que la OMS, en el ya mencionado informe publicado en 1979, ya hablaba de efectos adversos a concentraciones menores de 10 ppm.

Ahora el principal problema son las emisiones al entorno

Aunque la OMS recomiende 3.2 ppm corregido por un factor de 10, es decir, 0.32 ppm, y la NIOHS 1 ppm, como acabamos de ver la legislación de la mayoría de los países es menos protectora. Parece, por tanto, que los trabajadores de la industria de la viscosa (y de otras en las que se emplea el disulfuro de carbono), desafortunadamente están expuestos a unos niveles todavía peligrosos. Bien es cierto que un límite de 5 ppm como promedio (umbral en muchos países), protege contra la mayoría de efectos adversos estudiados. Pero no es suficiente, y habría que exigir que la legislación se ajustara a las evidencias científicas. Como comenta Blanc, en Corea del Sur en una fábrica que cerró en 1993, en 1997 se encontraron 600 casos de enfermedades entre antiguos trabajadores; 900 de ellos recibieron compensación. En la actualidad, China tiene aproximadamnete el 60% de la producción mundial. Los estudios que se han hecho en los últimos años nos dicen que rutinariamente se sobrepasan los límites en las fábricas.

Sin embargo, pese a que el trabajador está más protegido que hace varias décadas (aunque de manera insuficiente, repetimos), las emisiones al entorno constituyen un grave problema. Según Blanc, en los años 90 los habitantes de una granja en Alabama que vivían cerca de una fábrica de rayón demandaron a la compañía por el deterioro de su salud y la de sus animales. En 1993 la fábrica de Courtauld lanzó más de 19 millones de kg de CS2 al aire, 19500 kg al agua de superficie y 195 kg en la tierra.

Según Changing Markets (comunicación personal), es práctica común en fábricas de China verter agua sin tratar y gas contaminado por la noche para que las autoridades tengan  mucho más difícil su control, haciendo que los niveles de disulfuro de carbono en las inmediaciones de las fábricas sean más altos de los debidos (también los de sulfuro de hidrógeno). Debido a las restricciones de seguridad, los investigadores de esta organización no han podido hacer mediciones dentro de las fábricas.

En España tenemos también ejemplos de este tipo. En 2006 la empresa Viscocel tenía abiertas diligencias en los Juzgados de Torrelavega por un posible delito ecológico porque sus emisiones de sulfuro de hidrógeno sobrepasaban entre 40 y 100 veces los límites legales (Ecologistas en Acción, 2006). En 2008, y tal como de nuevo denunciaba la ONG, El Centro de Investigación del Medio Ambiente (CIMA) estudió dos puntos en Torrelavega, sobre el cual nunca antes se habían hecho controles (105 periodos de 24 horas). En uno de los puntos se superaron los límites el 14% de los días, y en el otro el 35%. Los picos de contaminación habían llegado a 119,5 y 183,36 μg/m3 superando en 12 y 18 veces respectivamente los límites legales (10 μg/m3) (Ecologistas en Acción, 2008).

Y es que ese límite de 10 μg/m3 (0.032 ppm) era el estipulado en España como legal por el Real Decreto 102/2011, de 28 de enero. Según los objetivos de calidad de aire, la concentración media en 24 horas en el exterior de las fábricas debía ser como máximo de ese nivel. Sin embargo, el Real Decreto 678/2014, de 1 de agosto, por el que se modifica el Real Decreto 102/2011, de 28 de enero, relativo a la mejora de la calidad del aire estipula que ahora la concentración media en 24 horas debe ser de 70 μg/m3 (0.22 ppm), por lo que en España hemos retrocedido y estamos permitiendo unos niveles más laxos, aunque dentro de las recomendaciones de la OMS (100 μg/m3).

La empresa Viscocel cerró en 2014 pero estaba prevista su reapertura para 2017. Pertenece al grupo Sniace, el cual, tal y como relata Blanc, abrió al amparo franquista en 1943, con un 25% de propiedad italiana (SNIA Viscosa). SNIA era una las mayores empresas del sector en todo el mundo en esa década, y era uno de los “orgullos” del fascismo de Mussolini. La apertura de Sniace fue descrita en este artículo del periódico ABC (ABC, 1943), con expresiones como “nuestra guerra de liberación” (en referencia a la Guerra Civil). La imagen de la derecha corresponde a un anuncio de SNIA en la era de Mussolini (cortesía de Paul Blanc).

abc16041943

SNIA

Como indica Changing Markets (comunicación personal), las fábricas que todavía no tienen implantado un sistema de producción sin disulfuro de carbono podrían reciclarlo y devolverlo al proceso sin generar emisiones. En Europa, las empresas tienen la obligación de emplear la Mejor Técnica Disponible para minimizar los impactos de la contaminación, según la Directiva 2010/75/EU (Parlamento Europeo, 2010), bajo unos criterios de costes no desorbitados. Según Changing Markets, las fábricas de viscosa contaminantes deberían tener la obligación de limpiar los entornos que contaminan.

Conclusión

Fake Silk nos muestra la terrible historia del disulfuro de carbono como tóxico industrial, donde se entremezclan cuatro actores: los médicos/investigadores, los políticos/reguladores, los trabajadores/ciudadanos, y la industria, narrando la triste realidad de cómo los conflictos de interés condicionan la toma de decisiones para que todos trabajemos y vivamos en un entorno más saludable.

El libro nos enseña la desesperante distancia que existe entre la aparición de evidencias científicas y la adecuación de las normas pertinentes en consonancia con esos estudios, y que esas normas, lamenteblemente también, no llegan a ser totalmente protectoras, debido a las presiones de la industria y a la inoperancia o desvergüenza de los políticos, e incluso de investigadores que se venden al mejor postor. No es una historia nueva, ciertamente, todos conocemos lo sucedido con el tabaco o el amianto, por ejemplo, y lo que está suciendo más recientemente con el glifosato o la contaminación electromagnética. Pero sí que Paul Blanc consigue hacernos ver como incluso en un caso menos conocido o impactante, se replican las mismas circunstancias que en otras historias de tóxicos.

Fake Silk es también un homenaje a todos esos médicos e investigadores que fueron mostrando las evidencias sobre la toxicidad del disulfuro de carbono, y que contribuyeron a que se establecieran límites y normas de protección. Blanc va contando con maestría la secuencia de los hechos de tal modo que el lector siente impotencia a medida que se va sumergiendo en el texto, y piensa: “¿pero cómo es posible que con todas las evidencias no se hubieran tomado medidas antes?”.

Decenas de miles de personas han sido envenenadas desde la mitad del siglo XIX hasta nuestros días. Y aunque es cierto que en las últimas décadas los trabajadores están más protegidos, los impactos en el entorno siguen siendo imperdonables. El reciente informe de Changing Markets (comentado anteriormente) sobre la industria de la viscosa refleja la realidad de unas fábricas que están contaminando el aire y las aguas de las zonas de producción, afectando a personas y ecosistemas. Son fábricas del “patrio trasero” del mundo, que proveen a las grandes marcas de ropa que lucimos principalmente en Europa y Estados Unidos. Las alternativas menos contaminantes a la producción de viscosa existen, pero se necesita más investigación para proponer nuevos métodos más limpios, y desde luego más y mejor regulación para impedir las atrocidades ambientales que se están cometiendo. La responsabilidad de las grandes corporaciones debería ser innegociable, y hay que exigir que se implementen de manera efectiva (Martínez, 2017).

Fake Silk es un libro sobresaliente que todos deberíamos leer; nos enseña sin estridencias ni altibajos que hemos de ser ciudadanos mucho más concienciados y críticos con la realidad que nos rodea y, bajo mi punto de vista, que debemos de exigir lo siguiente: (1) Que se investiguen las posibles amenazas a la salud de las personas y al entorno (en la actualidad hay decenas de miles de sustancias químicas en uso sin estudiar en profundidad); (2) Que se hagan leyes al respecto; (3) Que esas leyes estén en consonancia con la evidencia científica actualizada (por ejemplo, no lo está en el caso del glifosato o de la contaminación electromagnética); (4) Que haya mecanismos eficientes para comprobar que se cumplen esas leyes y se sancione debidamente a los infractores; (5) Que los intereses económicos no contaminen ninguno de los 4 puntos anteriores, y si lo hacen (que constantemente sí lo hacen) la sociedad tenga la capacidad de identificarlos y discriminar esa información

Algunos pueden pensar que todo esto es alarmismo innecesario. Hemos oído esta cantinela de la alarma social muchas veces: “Tranquilos, no pasa nada, no seáis alarmistas”. Pero recordad que esa acusación de alarmismo es una forma de manipulación social empleada por el establishment, por los poderosos sin escrúpulos y sus cómplices o palmeros (Martínez, 2016). Este libro es una muestra más de que la realidad es mucho más aterradora de lo que podamos pensar, y que en estos casos es bastante más inteligente y coherente ser “alarmista” (que verdaderamente es exigir que se respeten nuestros derechos) que mirar hacia otro lado por ser un sinvergüenza o por ser, directamente, un estúpido.

Agradecimientos

Mi más sincero agradecimiento al Dr. Paul D. Blanc y al equipo de Changing Markets por contestar amablamente a varias cuestiones relativas a esta temática.

Referencias

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Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2017, agosto 22). Fake Silk: Un excelente libro. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b261

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