(#344). TOXIC COMMUNITIES; PROFUNDIZANDO EN LAS CAUSAS DEL RACISMO MEDIO AMBIENTAL Un recorrido extenso por la investigación sobre justicia medio ambiental en los Estados Unidos

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[MONOTEMA]  Con unos pocos años de diferencia con respecto a Sacrifice Zones, Toxic Communities vuelve a incidir sobre la desigualdad en la exposición a tóxicos, clamando por una justicia medio ambiental, porque también las minorías étnicas y los más pobres tienen que sufrir una amenaza adicional; la polución.

Toxic Communities (2014) es un libro excelentemente documentado que, a diferencia, de Sacrifice Zones (2010), no se centra tanto en relatar el drama humano de las comunidades expuestas a industrias extremadamente contaminantes, sino que intenta indagar en las causas que subyacen a este fenómeno.

No tiene, por tanto, la crudeza de esas historias con nombres y apellidos; sin embargo, y a cambio, provee de una completísima revisión de la literatura académica sobre las diferentes teorías que se han proupuesto para explicar la relación entre la desigualdad social y la exposición a tóxicos, mostrando contradicciones en la investigación, discusiones entre diferentes posturas y una precisión excelente en los detalles.

La autora

Dorceta E. Taylor (en la foto) es una socióloga que se doctoró en Yale, y que imparte clases en la Universidad de Michigan. Ha trabajado durante toda su vida en la investigación sobre justicia medio ambiental, y eso se nota en cada página de este obra.

Taylor, en algo que es poco habitual en este tipo de libros, referencia puntualmente en el texto los trabajos que cita (sin emplear las clásicas notas al final), lo que personalmente me parece más indicado para esta clase de obras. Así, este libro simula un artículo en una revista académica, pero de 300 páginas de extensión.

Ejemplos de casos para comenzar

Taylor comienza el libro describiendo el caso de Triana (Alabama), un pequeño pueblo que tuvo la desgracia de encontrarse en las cercanías de una fábrica de DDT (Olin Corporation), situada a apenas 6 millas.

La autora recuerda que a comienzos de la década de los 50, tanto los investigadores como los fabricantes sabían que este pesticida era muy tóxico para los humanos y el medio ambiente. Fue prohibido en 1970 en Estados Unidos, justo 6 meses después de que esa fábrica cerrara. Pero Olin Corporation había contaminado ya todo el entorno, incluyendo el río donde pescaban los habitantes de la zona, convirtiendo a esos peces en comida enormemente tóxica.

Se estimó que Olin Corporation había vertido unas 417 tonelas de DDT al agua y sedimentos de la zona. Pero los habitantes de Triana (de mayoría negra) no fueron avisados sobre el peligro que corrían hasta la década de los 70. Así, en 1979, el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos hizo un estudio a 518 residentes. El nivel medio de DDT en sangre era de 159.4 ng/ml, cuando el americano medio entre 12 y 74 años tenía 15 ng/ml.

Taylor continúa describiendo otros casos en su primera parte del libro, como el del Condado de Warren, en Carolina del Norte, donde los residentes (de nuevo de mayoría negra) protestaron en 1982 contra la construcción de una planta de residuos de PCB.

Cuando se decidió llevar la planta allí, el Governador dijo que era un “bien público” y la población sería protegida “de la mejor manera posible”. Pero los ciudadanos estaban preocupados porque sabían de los efectos nocivos de la exposición a PCBs; además, los activistas argumentaron que habían elegido ese lugar por racismo (aludiando a esa reiterada idea de la desigualdad en exposición a tóxicos).

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La movilización fue un referente para esta lucha en la comunidad afroamericana (Foto de Timeline.com)

La autora también comenta el caso del barrio de Diamond (Louisiana), habitado únicamente por afroamericanos, y que lindaba con una refinería de Shell. Así, 250 residentes del barrio demandaron a la empresa; sus casas se habían devaluado y además su salud estaba en riesgo. El caso fue a juicio en 1997 y Shell trajo a expertos en toxicología para testificar que la planta no suponía riesgo para la salud. Uno de los abogados de la compañía dijo: “Todos vivimos en una sociedad que tiene que tolerar ciertos inconvenientes”. Seguramente el abogado no tenía ningún familiar viviendo al lado de la refinería.

El juicio lo ganó Shell, pero finalmente en 2012 la compañía acordó con los vecinos comprar todas las casas del barrio y se los vecinos se realojaron en otros lugares.

Por tanto, en este primera parte del libro, Taylor describe brevemente varios casos que nos incitan a pensar que ciertamente existe ese sesgo en la elección de los lugares para la ubicación de las industrias más contaminantes. Además, como indica la autora, muchos estados y ciudades ofrecen incentivos fiscales para que se creen este tipo de industrias, que a su vez proveen de empleos e impuestos a esas comunidades y a las arcas públicas. Es, de este modo, atractivo políticamente, aunque luego ocurra que los efectos sobre la naturaleza y la salud de las personas acaben por levantar a comunidades enteras y resolver esas contiendas en los tribunales.

Diferentes teorías

La segunda parte del libro es mucho más extensa, y discute con gran detalle las diferentes teorías que se han propuesto para explicar este fenómeno. Taylor, como buena investigadora, muestra todas las evidencias encontradas, tanto las que que son consistentes con la hipótesis del racismo, como las que defienden que en realidad el fenómeno es mucho más compejo y obedece a múltiples causas relacionadas con la dinámica del mercado. Además, comenta diversas aproximaciones metodológicas, mostrando debilidades de varias de ellas, que probablemente hagan que los resultados sean sesgados.

En este aspecto, este libro es mucho más preciso que el de Steve Lerner. Por ejemplo, muestra diferentes investigaciones que seriamente cuestionan la aseveración de que las multas a las empresas en vecindarios ricos y eminentemente blancos sea mayor que las que se ponen en los vecinderios más pobres y negros, tal y como Lerner sostenía.

Uno de los aspectos más destacados de esta parte es, a mi juicio, la dedicada al colonialismo interno, en especial cuando habla de los indios navajos y las minas de uranio. Este capítulo es auténticamente descorazonador, y cualquiera debería plantearse tras su lectura cómo es posible que haya personas que defiendan las centrales nucleares. No sólo se trata del peligro de accidentes y de almacenamiento de residuos, sino de todo el proceso de extracción de la materia prima, cómo literalmente se “sacrifica” a miles de personas (en este caso de mayoría nativa) que trabajan en condiciones precarias y que sufren enfermedades terribles. El relato es desgarrador, y desde luego en cualquier análisis de coste-beneficio deberían imputarse estos costes humanos (incalculables para mí), y los ocasionados por la contaminación de esas áreas donde se extraen (y lo que significa para las comunidades cercanas). Si luego añadimos los costes que, en ocasiones, los gobiernos tienen que incurrir para tratar de limpiar esas zonas y, a veces, en indemnizaciones. ¿De verdad es tan “rentable” la energía nuclear habiendo otras alternativas?

Las discusiones sobre todos los modelos propuestos llevarán al lector al final del libro, y creo que les dejará un buen sabor de boca por la honestidad con la que Taylor recorre cientos de referencias bibliográficas que se han aproximado a este temática.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, junio 18). Toxic communities; profundizando en las causas del racismo medio ambiental. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b344

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