(#2). REVISIÓN DE LIBRO: OVERPOWERED Revisión del libro del Dr. Martin Blank, Overpowered, publicado en 2014, sobre los efectos dañinos de las radiaciones electromagnéticas no ionizantes, como el wifi, teléfonos móviles, antenas, cables eléctricos, líneas de alta tensión, microondas, etc.

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[MONOTEMA]No está científicamente demostrado que la radiación de los teléfonos móviles, antenas, o líneas eléctricas sea perjudicial para la salud”.

Esta frase es una especie de mantra que hemos escuchado muchísimas veces, ya sea por parte de la industria, por parte de parte de la comunidad científica, o por parte de muchos móvil-adictos, y apasionados de la tecnología que no pueden pasar ni dos minutos seguidos sin consultar  el “wasap”.

Pero cualquiera que haya indagado un poco en la literatura académica sobre este tema, se habrá dado cuenta de que esa frase con la que comienzo este post es una falacia.

En esta entrada de hoy voy a hacer una breve revisión del reciente libro del Dr. Martin Blank: Overpowered: The Dangers of Electromagnetic Radiation (EMF) and What You Can Do About It., publicado en 2014, y que trata este tema con una gran claridad y sencillez. Para ello,  primeramente, realizaré una pequeña introducción sobre el autor y sobre las características esenciales de la radiación electromagnética.

El autor: Martin Blank

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Dr. Martin Blank

Este veterano investigador, que se retiró en 2011 como profesor de la Universidad de Columbia, posee dos doctorados, uno en química física (1957) y otro en ciencia coloidal (1960), por la Universidad de Cambridge. Ha publicado más de 200 artículos en revistas académicas, y 12 libros sobre las propiedades eléctricas de los sistemas biológicos. Además ha sido presidente de la Sociedad Biolectroquímica y de la Sociedad Bioletromagnética. entre otros cargos.

Un resumen de su curriculum puede consultarse aquí. Blank es todo un experto en los efectos de la radiación electromagnética sobre la salud,  y desde luego es una voz autorizada en esta materia que conviene, al menos, escuchar.

 
La radiación electromagnética (explicación no técnica)
 En palabras muy llanas, podríamos definir la radiación electromagnética como una fuerza de acción a distancia que proviene de la emisión de fotones (partículas sin carga y sin masa), por parte de una fuente radiante, que puede ser un cable por el que circula una corriente eléctrica, un imán, el sol, una bombilla, una antena de radio, un radar, el Uranio, un electrón desacelerado (caso de los Rayos X), un horno microondas, un ser humano, etc. Todo cuerpo por encima de los 0 grados Kelvin emite radiación. La materia oscura, sin embargo, no. La luz visible es una forma de radiación electromagnética; la luz se compone de fotones, y esos fotones tienen una naturaleza dual: onda-partícula. Es por ello que no conviene separar ambos términos, siendo ésta una de las bases, por ejemplo, de la física cuántica (como la dualidad también del electrón, demostrada en el célebre experimento de la doble rendija).

Esos fotones viajan en forma de ondas (aunque no siempre), que pueden tener distinta frecuencia-longitud de onda. A mayor frecuencia, menor longitud de onda, y viceversa, ya que el producto de ambas variables es constante. Esas ondas no necesitan ningún medio para propagarse, a diferencia de las ondas mecánicas, como por ejemplo una ola de mar o el sonido. La unidad en la que se mide la frecuencia en el Sistema Internacional es el Hercio (Hz).

Gracias al físico Max Plank y su famosa ecuación, sabemos que la energía asociada a un fotón es proporcional a la frecuencia de la onda, por lo que a mayor frecuencia mayor va a ser la energía, es decir, esa radiación va a poder realizar un mayor trabajo. Ese “trabajo” de la radiación electromagnética puede hacer que un electrón salte de un átomo (como en el efecto fotoeléctrico), por lo que puede ionizar, es decir, ir dejando átomos y moléculas por el cuerpo con carga negativa. Esos átomos y moléculas quedarían entonces “con muchas ganas” de estabilizarse, es decir, de pegarse a otros átomos y moléculas para volver a un estado eléctricamente neutro. Además, esa radiación, si es lo suficientemente energética puede romper las moléculas de ADN, por lo que puede matar a las células.

Las radiaciones que tienen energía suficiente para ionizar tienen frecuencias muy altas, y van desde los rayos UV del Sol, pasando por los rayos X y los rayos Gamma. Existen otras fuentes de radiactividad que no son radiación (fotones), sino partículas con masa, como las Alfa (núcleos de Helio), las Beta o los neutrones

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Imagen: Fundación Vivo Sano

En la imagen se puede ver el espectro electromagnético de frecuencias. La radiación no ionizante, que tiene su límite precisamente en los rayos UV es la que ocupa a la mayoría de objetos radiantes con los que interactuamos diariamente.

Las frecuencias más altas las ocupan los rayos UV, seguida por la luz visible y los infrarrojos. Después, tenemos toda la gama de frecuencias en las que emiten los radares antenas de radio, antenas de telefonía móvil, teléfonos móviles, Wi-Fi, microondas, teléfonos inalámbricos, vigila bebés,  monitores de ordenador, electrodomésticos y cables eléctricos. Así, por ejemplo, los cables de las líneas de alta tensión y los que tenemos en las paredes, suelos y techos de nuestras casas emiten radiación a 50 Hz. Es precisamente a esa frecuencia a la que circula la corriente alterna en España. Por tanto, esa fuerza de acción a distancia se produce por el movimiento de electrones dentro de los conductores eléctricos, es decir, la electricidad.

De este modo, la radiación de una línea de alta tensión es mucho menos energética que la de un teléfono móvil, por ejemplo. En ambos casos su efecto sería no ionizante, admitiendo que se produce un efecto térmico (calentamiento corporal) a medida que se incrementa la energía de la radiación y el tiempo de exposición a ella. Este efecto térmico es el que tradicionalmente se ha regulado y algunos reconocen como único efecto negativo sobre la salud. En la siguiente tabla se muestra algunos de las frecuencias a las que operan ciertos dispositivos.

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La evidencia que muestra Overpowered
A través de poco más de 250 páginas, y con lenguaje sencillo, Blank nos comenta cientos, repito, cientos de investigaciones que han mostrado que la radiación electromagnética es perjudicial para la salud. 

Dos de los mecanismos por los que la exposición a la radiación provoca enfermedades son:

– (1) Melatonina: Es una hormona que regula los ciclos biológicos, y que se produce principalmente mientras dormimos. La melatonina regula el sistema inmune y ayuda a la eliminación de los radicales libres. El viejo consejo de “duerme bien y las horas necesarias” está justificado por la función de esta hormona. Por ello, seguir ese consejo te mantiene más fuerte, más joven y más sano. El problema es que la radiación electromagnética perturba la secreción de melatonina, por lo que estar expuestos sobre todo mientras dormimos a esa radiación hace que, básicamente, estemos continuamente segregando menos melatonina de la que deberíamos, con las consecuencias que ello tiene para el sistema inmune y la lucha contra la oxidación celular. Se podría hacer una analogía con la exposición a la luz solar; dormir expuestos a la radiación de una antena de teléfono móvil sería parecido a dormir con las persianas subidas a plena luz del día. Es cierto que en esas circunstancias se duerme, pero ese “efecto reparador” del sueño no es el mismo. Esta es una de las razones por las que los trabajadores que están a turnos y que duermen más de día que de noche tienen peor salud, y más incidencia de cáncer.

– (2) Proteínas de estrés: Las proteínas de estrés regulan la respuesta celular al estrés, y hacen que el cuerpo sea más fuerte ante nuevas exposiciones a agentes estresantes, fortaleciendo las células para que resistan mejor en la siguiente exposición. Pero esto tiene un límite. Goldman & Blank (1998) mostraron que los campos electromagnéticos crean esas proteínas de estrés. Sin embargo, como comenta Blank, esa exposición prolongada al estrés crea el efecto contrario al fortalecimiento, llegando a una depresión del sistema inmune. Podríamos pensar en un ejemplo de efecto dehormesis. El problema no es entonces la exposición puntual a la radiación electromagnética no ionizante, sino la continua exposición. Blank no lo comenta específicamente en el libro pero hay ya investigadores que defienden que  puntuales exposiciones a radiactividad podrían ser incluso buenas como factor de protección frente al cáncer, por el efecto de hormesis. Sin embargo, cuando alguien está expuesto a una antena de telefonía móvil o a unos cables de alta tensión a unos metros de su casa, tiene un teléfono inalámbrico al lado de la cama, utiliza el móvil varias horas al día, etc. tiene una exposición prolongada a agentes estresantes, que acaban por debilitar al organismo y generar enfermedades, entre ellas el cáncer.

Un ejemplo de las cientos de investigaciones que comenta Blank en Overpowered sobre los perjuicios de las radiaciones electromagnéticas es el de Ruediger (2009), quien realizó una revisión de los estudios sobre los efectos de los campos electromagnéticos de radiofrecuencia (por encima de los 300 MHz) sobre el ADN. De los 101 estudios que revisó 49 reportaban un efecto genotóxico, 42 no, y 8 no encontraron influencia sobre el material genético pero encontraron que se incrementaba la acción genotóxica de otros agentes físicos y químicos. Aunque evidentemente hay estudios contradictorios, parece claro que hay soporte suficiente para desterrar la tesis de que la exposición a este tipo de radiaciones es inocua.

 
Estudios con conflictos de intereses
Uno de los puntos fuertes de este libro es, sin duda, las historias que  Blank cuenta acerca de las presiones de la industria y su postura ante los estudios sobre esta temática. Por ejemplo, en 1993, un hombre llamado David Reynard apareció en el conocido programa de televisión de la CNN Larry King Livepara anunciar una demanda (que posteriormente no ganó) contra la industria de la telefonía móvil por lo que él creía que era la causa de un cáncer mortal (tumor cerebral) que asoló a su mujer. Al día siguiente, todos los medios se hicieron eco de esa noticia, y cundió la alarma en la población. Las acciones de Motorola bajaron un 20% y las de McCaw Cellular Communication un 15%. La preocupación llegó incluso a congresistas como Edward Markey, quien preguntó a la US General Accounting Office que investigara si realmente esas radiaciones producían efectos perjudiciales para la salud. La FDA (Agencia del Medicamento de Estados Unidos), se apresuró a afirmar que no había pruebas de que los teléfonos móviles fueran peligrosos, pero que había que limitar su uso. Uno de los hombres poderosos de la industria, Thomas Wheeler, presidente de The Wireless Association, prometió 25 millones de dólares para implementar un programa de investigación dirigido por George Carlo, un prestigioso médico y epidemiólogo. Pero los resultados de los estudios de Carlo, presentados en 1999 no fueron los que esperaba la industria. Carlo había encontrado la presencia de micronucleidos (fragmentos de ADN) en la sangre, indicando que la radiación de los móviles causaba daños irreparables en el ADN. La respuesta de los responsables del programa fue sencilla; le retiraron todos los fondos e intentaron desacreditarlo. 
 
Algo parecido sucedió con el investigador Jerry Phillips, quien fue contratado por Motorola para ver si ponía en cuestión otros resultados que habían aparecido relacionando la radiación electromagnética (concretamente la de las líneas eléctricas) con la ruptura del ADN. Pero los resultados de Phillips, en este caso relacionados con  los efectos de las microondas y el cáncer, no fueron los que sus promotores esperaban, y empezaron los problemas: Le presionaron e incluso cambiaron el lenguaje del artículo publicado en Biolectromagnetics para que pareciera menos ofensivo para sus intereses, sin el consentimiento de Phillips. En este vídeo, el propio Phillips explica cómo ocurrieron los hechos.
 
 
 
Blank, asimismo, realiza interesantes críticas a los que son probablemente los dos estudios más importantes sobre los que los “escépticos” sobre este tema (valga la expresión), se aferran: el estudio de 2006 en Dinamarca sobre 420095 individuos y el estudio INTERPHONE, cuyos resultados se publicaron en 2012. En ambos estudios se concluye que no existe asociación entre el uso de teléfono móvil y el cáncer. Sin embargo, Blank destaca varios problemas metodológicos y éticos de esos estudios, donde de nuevo la sombra de la financiación de la industria vuelve a aparecer.
 
La dificultad de obtener una conclusón clara
Blank no esconde el hecho de que hay estudios que muestran que no existe asociación con el cáncer, y que hay críticas a los estudios que sí la muestran. Es decir, un “escéptico” tiene mucho material sobre el que trabajar sus argumentos. Sin embargo, Blank da cumplida contra réplica a esas críticas y, a su vez, provee coherentes explicaciones sobre el porqué duda de ciertos estudios, como los mencionados antes de Dinamarca o INTERPHONE.

En cualquier caso, sigue habiendo múltiples disputas dentro de la comunidad científica sobre este tema, que no conviene pasar por alto. Un ejemplo de ellas es el artículo publicado en el New York Times en 2011 por Siddharta Mukherjee, un conocido médico y ganador del prestigioso premio Pulitzer por su libroThe Emperor of All Maladies: A Biography of Cancer. Poco tiempo más tarde, el ingeniero L. Lloyd Morgan, del Environmental Health Trust, daba esta respuesta al artículo de Mukherjee. Algunas de laspublicaciones de Morgan pueden consultarse aquí.

 
 
Puntos débiles de Overpowered
Aunque es un libro muy completo, hay varios aspectos en los que particularmente creo que Blank debería haber prestado más atención.

– (1) El primero de ellos es hablar del fenómeno de vibración de las moléculas polares, como las de agua, que es el fundamento del horno microondas que tenemos en casa, que opera a una frecuencia de 2.45 GHz. Existe cierta creencia extendida en el “grupo no escéptico” sobre que esa es la frecuencia de resonancia del agua y que nuestro cuerpo tiene otras moléculas o elementos que resuenan también a otras frecuencias del espectro electromagnético. Recordemos que el ADN es también una molécula polar, un dipolo eléctrico. Y las células nerviosas. A este respecto, el libro de Becker & Selden (1985) The body electric, es bastante ilustrativo. Pero, desde el punto de vista físico, el agua puede vibrar a otras frecuencias diferentes a las del horno microondas y se puede calentar de manera similar debido a esa vibración. Bajo esta interpretación, lo de la frecuencia de resonancia del agua a 2.45 MHz es inexacto.  En presencia de un campo eléctrico los dipolos se alinean con él, hay movimiento y por lo tanto calentamiento. Blank podría haber discutido si realmente hay frecuencias de resonancia diferentes para distintas moléculas del cuerpo, y en qué medida afecta al ADN y a otras células las distintas frecuencias a las que se ven expuestas.

– (2) El segundo de ellos es la omisión de que la búsqueda del lucro por encima de la verdad científica y los conflictos de intereses también pueden existir en “el otro bando”, es decir, el de las organizaciones que dicen velar por la salud, el respeto del medio ambiente, etc. Bien es cierto que muchas de esas organizaciones declaran públicamente de dónde provienen sus fondos y no hay sospecha sobre ellas, pero también es verdad que hay otras que combinan esa labor de denuncia y divulgación con la venta de productos para medir o “defenderse” de las radiaciones. Sería una inmenso error poner en equilibrio los intereses de unos y otros, ya que los fraudes, el patrocinio de estudios y la ocultación de información relevante está más que demostrada por las grandes industrias. Un ejemplo aquí. No obstante, ello no es óbice para creer que todo lo que viene de ese bando está manipulado y que lo que proviene del otro está “limpio”.

– (3) El tercero de ellos se refiere a explicar mejor qué es un daño biológico y en qué medida nos debemos de alarmar por la radiación. Por ejemplo, es conocido que el deporte provoca la oxidación celular y la creación de proteínas de estrés. A pesar de ello,  a estas alturas hay suficiente evidencia para decir que la práctica deportiva es un hábito muy saludable. Sin embargo, la práctica exagerada de ejercicio sin los correspondientes periodos de descanso y recuperación lleva al sobre entrenamiento,siendo una de sus características el decrecimiento de la creación de proteínas de estrés. Por tanto, no deberíamos alarmarnos ante la palabra “daño biológico”. El cuerpo puede reparar daños, incluso en el ADN. El problema viene cuando tenemos estresantes continuados, no hay manera de que el cuerpo se adapte y recupere, y cuando se producen efectos sinérgicos, como estar expuestos constantemente y a la vez a varios tipos de radiación de diferente frecuencia (wifi, inalámbricos, cables eléctricos, móviles, etc.). Es como si alguien levantara pesas por la mañana, saliera en bici por la tarde, y nadara varios kilómetros durante la noche. Al cabo de un tiempo, su salud se vería afectada negativamente.

– (4) Las estimaciones de riesgo hay que ponerlas en su contexto. En este tipo de libros que van dirigidos tanto a un público académico como no académico es aconsejable explicar qué significa un incremento de riesgo. Por ejemplo, no es lo mismo decir que el riesgo de padecer cáncer se incrementa un 40% al exponerse al factor de riesgo cuando la probabilidad de tenerlo es del 1% que cuando es del 20%. En el primer caso, el riesgo absoluto sería del 1.4%, y en el segundo del 28%, es decir, subiría 4 decimas en el primero frente a 80 décimas en el segundo. Blank no entra en discutir cifras de los estudios en base a Riesgo Relativo (RR) y Odds Ratio (OR), algo que, bajo mi punto de vista, sería necesario para interpretar bien el tamaño de efecto encontrado de los estudios. Más aún, se agradecería, no sólo en este libro, sino en general en este tipo de investigaciones que se discutieran más los modelos en términos de cumplimiento de las asunciones (test de mala especificación), ajuste, intervalo de confianza de los parámetros y efectos marginales. En otras áreas de conocimiento, como la economía o el marketing, estamos más familiarizados con una interpretación a mi juicio más esclarecedora del efecto a estudiar: Si se incrementa en una unidad esa variable de interés, ¿cómo cambiaría la probabilidad de desarrollar cáncer?. Si hablamos claramente en estos términos sabremos; (a) si el modelo es válido bajo los test de mala especificación; (2) si el modelo tiene un buen ajuste en términos de clasificación, varianza explicada, residuos, etc.; (3) la probabilidad estimada para diferentes combinaciones de las variables independientes; (4) los parámetros estimados y sus intervalos de confianza; (5) el cambio de probabilidad ante la variación/intervención en uno de las variables del modelo. Con esto no pongo en duda la validez de los estudios, ni mucho menos, pero sí que demando una mayor claridad en la interpretación de los resultados.

– (5) Como último punto mejorable destaca la poca atención que Blank presenta a los estudios que relacionan la exposición a campos electromagnéticos de baja frecuencia con cáncer, sobre todo con cáncer infantil. Blank, ciertamente, se centra mucho más en los estudios de frecuencias más elevadas. Y cuando nombra algún estudio en frecuencias bajas, como el de Lai & Singh (2004), lo hace sin contextualizar adecuadamente la importancia de los resultados. Así, estos autores encontraron que con exposiciones de sólo 2 horas a este tipo de campos electromagnéticos con valores entre 0.1 y 0.5 mili Teslas, se destruía el ADN en el cerebro de ratas. Lo que no discute Blank es que esos valores están unas 1000 veces por encima de lo que normalmente estamos expuestos en casa. Existe, sin embargo, evidencia destacada acerca de la asociación entre cables eléctricos o líneas de alta tensión y cáncer infantil en la banda a partir de los 200-300 nano Teslas, unos valores que se acercan mucho más a lo que podemos tener en nuestros hogares. Los estudios de Ahlbom et al. (2000), Greenland et al. (2000),Schutz et al. (2000), o Kabuto et al. (2006) son una muestra de ello.

Conclusión
Pese a las críticas comentadas, Overpowered es un libro altamente recomendable para conocer el estado de la cuestión en referencia a la asociación entre la radiación electromagnética no ionizante y las enfermedades. Blank, además, presenta evidencias de estudios realizados con animales y plantas, donde también se pueden detectar esos efectos negativos. El autor hace una buena crítica sobre los niveles de seguridad que las legislaciones de los diferentes países defienden, que son absurdos, insultantes, y para nada acordes con la evidencia científica acerca de los efectos nocivos sobre la salud. Blank, concluye el libro con consejos prácticos sobre cómo minimizar el riesgo de exposición a la radiación y comentando el informe de Bioinitiative.

Ese informe de Bioinitiative, puede consultarse aquí, y presenta una revisión de cientos de estudios que dejan bien a las claras que, desde luego, hay motivos para la preocupación.

Ese informe es de 2012, y en la actualidad, se siguen publicando artículos que ligan la exposición a este tipo de radiación con enfermedades como el cáncer.

El libro no trata de dar un mensaje apocalíptico ni radical contra la tecnología. De hecho, ningún investigador ni cualquier otra persona sensata lo hace. Simplemente se trata de:

– (1) Informar a los ciudadanos del peligro real de las radiaciones no ionizantes.
– (2) Cambiar la legislación para ser coherentes con la evidencia científica sobre niveles máximos permitidos.
– (3) Que el ciudadano tenga más libertad para elegir en qué medida quiere someterse a más o menos exposición.

Estos tres sencillos puntos que acabo de mencionar conllevan unas implicaciones de información, de educación,  de inversión económica y de legislación que los gobiernos deberían aplicar inmediatamente.

En un futuro post, daré consejos prácticos para minimizar la exposición a la radiación electromagnética, sobre todo con la población más sensible: los niños.

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