(#280). SLAVE TO FASHION: HISTORIAS DE ESCLAVITUD MODERNA Comentario sobre el último libro de Safia Minney, acerca de la explotación laboral en la industria textil

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[MONOTEMA] Slave to fashion nos muestra de una forma muy gráfica y directa la situación de esclavitud (ahora tonificada con el apelativo de “moderna”) que viven millones de trabajadores de la industria textil en todo el mundo.

Después de tanto que he escrito en este blog sobre la problemática laboral (y también medioambiental) de la industria de la confección, no podía dejar pasar la oportunidad de referirme a este libro, como una prueba más de una realidad que, aunque da fogonazos de luz, sigue siendo tristemente oscura.

La autora, Safia Minney, es probablemente la emprendedora social más reconocida en este sector, y tras sus más de 25 años de experiencia, viajes, proyectos y gestión de su propia marca, People Tree, una auténtica pionera.

Esas vivencias en primera persona son, sin duda, lo que dota de valor añadido a esta obra, y lo que incrementa su interés por conocer historias de sufrimiento pero también de esperanza. Un cóctel de sentimientos encontrados se dan cita en el libro, aunque cualquiera que lo lea con una mirada honesta sentirá indignación al conocer vivencias tan duras.

En este post voy a comentar algunos de los aspectos más destacados del libro, con el fin (como siempre) de ayudar a su comprensión e incentivar su lectura.

 

La autora

Safia Minney trabajó en sus inicios como publicista, y de sus viajes por Asia y de sus inquietudes sociales nació a comienzos de los años 90 People Tree, una marca textil de comercio justo que se ha convertido en auténtica referencia en el sector.

Nacida en Gran Bretaña en 1964, y con dos hijos, Minney viaja constantemente por medio  mundo dando voz a las personas que sufren este sistema de producción-consumo depredador, y volcándose con las alternativas que surgen para intentar darle la vuelta.

 

Esclavitud moderna

Es una práctica ilegal, sí, pero la realidad es que, bajo diferentes formas, la esclavitud se da en la cadena de suministro textil. Minney culpa a las organizaciones mafiosas y a la disfunción del sistema capitalista de este tipo de prácticas; es el beneficio de unos pocos a costa del sufrimiento de millones.

Trabajo infantil, trabajo forzado, trabajo excesivo y el tráfico de personas se interrelacionan para crear esa esclavitud. En realidad se podría resumir con el concepto de incapacidad de elección; esas personas no pueden elegir otra alternativa que la del trabajo en esas condiciones precarias e inhumanas. Por eso es esclavitud, porque no pueden negarse.

En lo últimos 30 años 1 millón de mujeres y niños han sido movidos por las mafias en Bangladesh. Son a menudo objeto de engaño; se les dice a las familias que van a recibir dinero a cambio de ese trabajo para dejarlos ir, pero luego muchos de ellos no vuelven a dar señales de vida. También ocurre en India y en otros países de la zona, y los inmigrantes son especialmente vulnerables.

Contamos hace algunos meses la historia de las niñas Sumangali en India, que son obligadas a trabajar en condiciones infrahumanas para ganar su “dote” y así conseguir casarse. Algunas pierden la salud antes de poder hacerlo.

En otras ocasiones se les fuerza a trabajar para pagar préstamos, por lo que el empleado queda en una situación de trabajo forzado, que además suele cubrir de sobra la deuda contraída.

¿Niños trabajando? Claro, aunque cada país tenga una edad mínima para trabajar (14 años en Bangladesh un máximo de 5 horas al día). La triste realidad es que muchos comienzan antes (hay testimonios en el libro) y que trabajan bastante más de esas 5 horas.

Minney pone mucho énfasis en la importancia de la puesta en marcha del Modern Slavery Act del Reino Unido (octubre de 2015), inspirado en el California Transparency in Supply Chains Act (2012). Pero no dejan de ser actos de “buena fe” de compañías grandes (con facturaciones por encima de los $45 millones en Reino Unido), que simplemente tienen que hacer una declaración sobre cómo están gestionando la cadena de suministro (una especie de declaración sobre balance social). Pero como bien se indica en el libro, esas empresas pueden decir que no pueden garantizar que no hay esclavitud y seguir cumpliendo con el Act. Esta es uno de los motivos por los que resulta pertinente que la iniciativa vinculante por la regulación del sector textil en la Unión Europea se haga efectiva.

Los trabajadores de los países más pobres necesitan más oportunidades de empoderarse en lugar de caridad, al menos eso es lo que destaca Minney en su énfasis en el “Trait, not aid”. Pero la cruda realidad es que la mayoría de las multinaciones que emplea este sistema de deslocalización no lo hace para el desarrollo local, sino para aprovecharse de las condiciones de explotación y del pobre entorno legal y alta corrupción. Las corporaciones tienen más poder que los gobiernos, asevera Minney, y tiene razón.

Es cierto que las iniciativas de comercio justo con una forma de cambiar esta situación. La autora hace referencia a la Fair Trade Foundation y a las marcas que operan bajo el sello de comercio justo.

Múltiples casos de explotación

En una de las partes más duras del libro, Minney pone nombres y caras a espeluznantes testimonios sobre esclavitud en el sector. Cuanta casos en India y China, trabajando 12 horas al día en épocas de mucha demanda, con sólo un día libre al mes, y de 7.30 de la mañana a 3.00 de la madrugada.

En Bangladesh muchos empleados trabajan entre 60 y 77 horas a la semana con 1 o 2 días libres por mes. “No queremos esta vida”, dice un joven de 24 años que trabaja 77 horas a la semana en ese país.

En Camboya el empleado medio textil trabaja 72 horas a la semana, pero hay muchos ilegales a los que se les paga sólo $100 al mes, por debajo del salario mínimo legal, ya de por sí precario (unos $170). Aunque sean ilegales trabajan como subcontratas de talleres legales.

Niños que comienzan a los 12 años en un taller o en una hilandería, y mujeres (muchas de ellas casi unas niñas todavía) que son acosadas sexualmente por unos supervisores o jefes que las amenazan con despedirlas o hacerles pasar un infierno (todavía mayor) si no acceden a sus peticiones.

Minney propone que, obviamente, hay que pagar más a los empleados, pero también planificar mejor la producción. Este es un tema importante porque ello daría mucha más estabilidad a los trabajadores, y probablemente reduciría los picos de trabajo (horas extra inhumanas).

¿Un futuro en positivo?

Minney quiere dar un mensaje también de esperanza, nombrando iniciativas como las de Sre Santhosh Garments en India, que produce para Continental Clothing Co (Reino Unido). Pretenden doblar el salario mínimo legal, con el fin de acercarse a un salario digno, y lo hacen a través de un sistema de reparto de los ingresos obtenidos por cobrar un precio premium como coste al comprador (la marca distribuidora, en este caso). Así, ese precio premium sirve para financiar un sobresueldo a los trabajadores. Pero la realidad (al menos la que admite Minney en el libro) es que aún no han conseguido su objetivo, aunque esperan hacerlo en los próximos años.

La autora comenta varios proyectos e iniciativas para que el consumidor esté más informado sobre lo que hay detrás de lo que compra, pero aún así, falta mucho camino por recorrer. Por ejemplo, comenta el proyecto Knowlabel, sobre información en el etiquetado para que se puede leer con un smart phone, pero aún está en fase de desarrollo.

Precisamente los teléfonos móviles están sirviendo como herramienta para facilitar la denuncia de los trabajadores, y poder hacer un seguimiento y monitorización de esos casos.

Extrañamente, Minney no hacer referencia al caso de Alta Gracia, en la República Dominicana, y su apuesta por pagar un salario digno tres veces superior al salario mínimo. Comentaremos este caso con mucho detenimiento en unas pocas semanas, en un futuro post.

Ciertamente hay muchas personas y muchos proyectos empujando para mejorar la situación laboral y medioambiental en la industria textil. En el libro, otro los aciertos de Minney es darles voz, y así poder conocer, aunque sea brevemente, sus visiones y misiones. No obstante, y pese a ello, el consumidor medio sigue perdido entre información dispersa y a veces contradictoria. Por ejemplo, Minney comenta la labor del Ethical Trade Initiative, pero lo que no dice en el libro es que cuando  un consumidor entra en su web y busca las empresas adheridas se encuentra con algunas como H&M, Inditex o Primark, ejemplos claros de condiciones laborales precarias.

Esa confusión creada (deliberadamente por las grandes marcas) desconcierta al consumidor medio y le hace más vulnerable a la manipulación o al escepticismo. De ahí la importancia de una de las propuestas de la iniciativa aprobada por el Parlamento Europeo el pasado mes de abril, como ya hemos comentado, por la elaboración de normas de etiquetado sobre productos moda realizada en condiciones dignas y justas.

Conclusión

Safia Minney nos muestra de nuevo una amarga realidad que viven millones de personas esclavas en pleno siglo XXI. Quizá de manera demasiado políticamente correcta, lo llama “disfunción del sistema capitalista”. En realidad es un horror del que son responsables multinacionales, gobiernos, mafiosos, y también los consumidores. Es cierto que nosotros (consumidores), en mucha menor medida, pero la única forma de desmarcarnos de estos auténticos psicópatas de la explotación es intentar en nuestro día a día apoyar a las iniciativas que vayan justo en sentido contrario a ellos. Es el poder que tantas veces hemos comentado que tenemos para cambiar las cosas.

Sin embargo, no cabe duda de que hemos de ir más allá. No sólo con nuestro consumo, sino exigir a los máximos responsables de esta situación (multinacionales y políticos afines a ellas) que paren este sufrimiento. Probablemente te llamen (despectivamente) radical por ello, pero quien te llame así es cómplice de los que explotan a mujeres y a niños para hacer sus camisas; no es muy diferente a ellos.

Y no nos olvidemos de las celebridades, los famosos que están tan vinculados a esta industria con sus contratos de apadrinamiento. Desde Stars for Workers llevamos un año intentando que se impliquen, más allá de esporádicas acciones para la galería. Y cuánta falta hace que planten cara de una vez a las multinacionales que les pagan por publicitar una ropa teñida de sufrimiento.

Ojalá hubiera muchos más casos como el de Safia Minney, cuyo ejemplo de emprendimiento debería estudiarse en las universidades. La economía y la sociedad necesita de este tipo de mujeres, que son capaces de mejorar la vida de miles de personas.

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