(#339). HARD ROCK HALLELUJAH; ARQUETIPOS, METÁFORAS Y CULTO Análisis del video de la canción de Lordi, en clave de marketing

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[MONOTEMA] Se puede aprender mucho marketing analizando cuidadosamente ciertas piezas creativas. Para los estudiantes de esta disciplina, es un ejercicio muy recomendable.

Cuando hablamos sobre creación de necesidades, vimos que los arquetipos y las metáforas profundas funcionaban como un recurso para tratar de influir en un público general, independientemente de su procedencia, cultura o valores.

También hemos discutido acerca de crear un producto “perfecto”, fundamentado en la estética, la ruptura de expectativas, los picos de emoción, la historia subyacente y la prueba social.

Hoy vamos a comentar con cierto detalle un vídeo musical que nos va ayudar a entender que hacer un buen marketing significa cuidar el proceso creativo desde el principio hasta el final, y basar esa creación en elementos que resulten congruentes y aludan a algunos “human universals”.

Hard Rock Hallelujah

En 2006, el grupo finlandés Lordi ganó el Festival de Eurovisión con la canción “Hard Rock Hallelujah”.  El vídeo original de la canción (no el presentado a Eurovisión), dirigido por Pete Riski y protagonizado por Leina Ogihara, se muestra a continuación:

El vídeo cuenta la historia de una chica “invisible” en el instituto, que se refugia en la música de la banda, que pretende integrarse pero que es vista como un bicho raro. Sin embargo, las cosas cambian cuando los “monstruos” llegan, se alían con ella, zombifican a las chicas populares (cheerleaders), y ahora la joven marginada se convierte en la más poderosa, arreglando cuentas con los que antes se burlaban de ella.

La historia es simple, sí, tal vez predecible. Pero tiene una fuerza extremadamente grande por lo que en sí significa y por cómo se cuenta. Y de ahí lo bueno que tiene este vídeo.

La estética de los 80

Pete Riski no dejó ningún cabo suelto. En Europa es bastante raro que se juegue al fútbol americano y que haya animadoras en el instituto. Sin embargo, eso es común en Estados Unidos, junto a las famosas taquillas en los pasillos. La colonización cultural a través del cine y la televisión desde hace décadas ha hecho en esos símbolos se consideren familiares, incluso para países como España donde no reflejan la realidad de la adolescencia.

Por tanto, si se quiere representar de forma creíble un instituto, esos símbolos norteamericanos tienen una poderosa influencia. Da igual que el grupo sea finlandés, el quarterback, las animadoras y las taquillas son patrimonio de todo occidente. Triste, pensarán algunos, pero es así.

Ese caminar inicial por los pasillos de un instituto, es estéticamente muy similar al dado por Tom Cruise y Lea Thompson en “All the right moves” (1983), uno de los mejores dramas del subgénero adolescente de comienzos de los 80 (foto izquierda). La película, sobre adolescentes que juegan al fútbol americano y animadoras (foto derecha), es mucho más que esa aparente superficialidad, y retrata la necesidad de escapar de un contexto decadente.

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La animadora rubia y el capitán del equipo se ven atrapados,  pero  Lea y Tom parece que pueden escapar, no sin antes realizar ciertos sacrificios. Hay una decadencia especial en esa película: el instituto, la luz, el pabellón de deportes, el autobús, la fábrica, el pueblo. Esa decadencia se retrata también perfectamente en el vídeo de Lordi, con ese pasillo agobiante iluminado con luz artificial, con ese pabellón ajado, y con esa dicotomía entre lo popular y lo marginal.

La oposición; morenas vs. rubias

El estereotipo de que las chicas rubias son más frívolas, más populares, más superficiales y más retorcidas que las morenas existe en el cine en este subgénero. Generalmente, las chicas morenas representan valores más loables, son mejores personas.

Hay múltples ejemplos, pero quizá uno de los que más se adecúa a este contexto es el de la película “Teenwolf” (1985), un film que quizá hoy sería impensable que se estrenara en las salas, pero que hay que mirarlo con los ojos de hace 3 décadas. Las chicas que ponen el contrapunto a Michael J. Fox eran Lorie Griffin (rubia) y Susan Ursitti (morena).

Pocos films han retratado mejor esa oposición entre el personaje vil, frívolo, popular, de la chica rubia, y el bondadoso, ingenuo y discreto de la chica morena. Michael J. Fox está loco por la primera, pero finalmente se da cuenta de que quien realmente merece la pena es la segunda.

En el vídeo de Lordi esa oposición está perfectamente definida. Es un estereotipo más, es cierto, pero es congruente con la forma de construir la historia.

 

Otras películas ambientadas en el instituto y que han sido trascendentales para el género, han empleado un lenguaje similar. Así lo hizo Brian de Palma en “Carrie” (1976), con la confrontación entre Amy Irving (morena) y Nancy Allen (rubia), aunque la generosidad de la primera no pudiera finalmente impedir la abyección de la segunda, en ese final tráfico de Sissy Spacek.

Esa oposición no tiene por qué ser entre enemigos, también las chicas pueden ser amigas, pero representando roles totalmente diferentes, de nuevo sumergidos en el estereotipo.

Así fue en “Pesadilla en Elm Street” (1984) entre Heather Langenkamp y Amanda Wyss, y así también fue en “Sé lo que hicisteis el último verano” (1997) entre Jennifer Love-Hewitt y Sarah Michelle Gellar.

Chicas y morenas, las protagonistas de la lucha frente al mal

Las películas de terror adolescente tuvieron su plenitud entre finales de la década de los 70 y 80. El mal, en múltiples formas, acechaba a un adolescente. Pero claro, da más miedo y resulta más estimulante que ese adolescente sea una chica, en lugar de un chico.

No es de extrañar que las gran mayoría de protagonistas de este tipo de películas fueran chicas. Esa supuesta fragilidad contrastaba con la vileza de todo tipo de monstruos, pero al final las chicas se transformaban en auténticas heroínas para vencer a la muerte.

Chicas, sí, pero morenas, no rubias. El estereotipo comentado anteriormente tiene mucho que ver en ello.  Heather Langenkamp (“Pesadilla en Elm Street” – 1984), Natasha Hovey (“Demons”- 1985), Ashley Laurence (“Hellraiser” – 1987) o (en menor medida) Jamie Gertz (“Jóvenes ocultos” – 1987), fueron una buena muestra de ello.

 

 

Películas del género fantástico dirigidas a un público más infantil también contaron con heroínas morenas, como Mia Sara (“Legend”- 1985) y Jennifer Connelly (“Dentro del laberinto” -1986).

Incluso Wes Craven y Jim Gillespie escogieron a dos chicas morenas (y aparentemente frágiles e ingenuas) para transformarlas en valientes y épicas luchadoras en “Scream” (1996), y “Sé lo que hicisteis el último verano” (1997). Ambas cintas, escritas por Kevin Williamson, supusieron una vuelta a ese subgénero de los 80. Neve Cambell y Jennifer Love-Hewitt fueron las protagonistas.

El cuidado de los detalles

Cuando se mima un producto, se debe considerar hasta el último detalle. Parte de la escenificación de una historia reside en la correcta conjunción de esos elementos, realizado de manera congruente.

Por eso, el recurso de los estereotipos es, pese a su predecibilidad, empleado para crear la atmósfera creíble. De este modo, el director del vídeo recurre a toda la estética de los 80 y los factores reconocibles que hemos comentado.

Cuando en 1996 Wes Craven decidió homenajear este subgénero en “Scream”, llenó todo el relato de referencias explícitas a películas clave del mismo. Probablemente, lo más memorable fue el cameo que hizo con una camiseta similar a la de Freddy Krueger, representando a un bedel, durante un par de segundos en los pasillos del instituto. Craven dirigió la primera película del hombre del saco en 1984.

Este tipo de detalles ayuda a convertir la creación en un producto de culto, al mismo tiempo que enriquece la historia subyacente. Por tanto, no es de extrañar que Pete Riski empleara todos los recursos del género, con el fin de crear un producto que destilase credibilidad.

La metáfora de la transformación

Las chicas de esas películas se transformaban en heroínas, un rol para el que no parecían destinadas, y que contrastaba con la delicadeza e ingenuidad de su presentación en los films.

Ya hemos hablado largo y tendido sobre la importancia de esta metáfora profunda para describir el comportamiento humano. Aquí es empleada sin tapujos; a través del rock los bufones serán los nuevos reyes, tal y como rezaba uno de las líneas de la letra de la canción de Lordi.

No olvidemos una cosa, la chica en cuestión quiere integrarse. Ella, aunque camina solitaria e invisible por el pasillo del instituto, se asoma con ilusión a la puerta del pabellón de deportes. Ahí, viendo a las animadoras, esboza una sonrisa que Pete Riski hábilmente muestra. Al fin y al cabo, en el fondo, le gustaría ser como ellas, tener éxito social, ser considerada atractiva para los chicos. O más bien, quizá querría una normalización de su posición, que no hubiera perdedoras y ganadores, sino que todas pudieran ser amigas y disfrutar de la adolescencia.

Pero de nuevo pronto se da cuenta de que no es posible, cuando otras animadoras entran de golpe y la empujan. Ella sigue siendo invisible, sigue marginada. Y baja la mirada al cruzarla con la jefa de animadoras. Es hora de que las cosas cambien y hacerles pagar por su altanería.

Es también una alusión al equilibrio (otra metáfora profunda), donde se desea un balance, una situación de justicia, que propocione un final en el que todo se compense. Ángeles y demonios, canta Lordi mientras tanto, todos somos parte de ambos.

El underdog, el “tapado”, la impensable victoria del que no tenía casi ninguna posibilidad. Ese sentido de la transformación ejerce un influjo irresistible para todos los jóvenes que se ven identificados con algún tipo de problema, y piezas inspiradoras como esta les ayudan a creer que todo es posible, que ellos también pueden ser los nuevos reyes.

Ese es el mensaje más poderoso de la canción y del vídeo. Lordi tiene un posicionamiento claro, no se dirige a los ganadores, ellos no necesitan del rock, se dirige a los que se han sentido perdedores alguna vez.

Alguien puede pensar que la chica no quiere integrarse que esboza la sonrisa para burlarse de las animadoras. No estoy de acuerdo con eso. Quiere transformarse, como lo hizo Ally Sheedy en “The breakfast club” (1985). John Hughes la describió perfectamente: “The basket case” (alquien raro, inadaptado, inestable). Ally comienza siendo una rebelde (foto izquierda), para terminar convertida en princesa (foto derecha).

 

Es cierto que en esa película todos cambian, sufren una transformación tras varias horas de castigo conviviendo juntos aquel sábado en el instituto. Tal vez ahí esté la clave; todos los chicos necesitan transformarse en un determinado momento.

El arquetipo del villano humanizado

Humanizar al villano, tal y como comentamos en otro post,  es uno de los arquetipos más relevantes. Sentimos un deseo enorme de ver algo de bondad, algo de luz hasta en el más vil de los malvados.

Lo que hace Leina Ogihara es pactar con los monstruos. Ellos no son tan terribles, porque la ayudan a que exista equlibirio, y a que se transforme en lo que quiere ser. Los monstruos se humanizan, y nos ponemos de su parte.

Tal vez la alusión más explícita a este hecho ocurrió en las dos primeras cintas de “Hellraiser” (1987 y 1988). Recordemos que la creación de Clive Barker en 1987 fue todo un hito en el terror de los 80, una auténtica maravilla para el género.

En la película de 1987, la protagonista consigue realizar un pacto con los cenobitas para tratar de escapar; les entregaría a su tío, quien había logrado salir del infierno para volver a realizar sus fechorías. Y así lo hizo, y entonces les dotamos de cierta bondad. Vimos algo de sentido de la justicia en esos demonios, y eso los humanizó, mientras que su tío se descarnaba en el mítico “Jesus wept”. Los cenobitas luego tratan de incumplir el pacto, pero la chica consigue escapar definitivamente.

En la segunda parte de la saga, se vuelve a la misma situación. Esta vez los cenobitas no quieren pactos. Pero Ashley Laurence les espeta: “No deals, just information”. En realidad volvía a ser otro pacto encubierto, un forma de ayudarse mutuamente ante la amenaza de un villano de rango superior, otro demonio más poderoso. Y los cenobitas acceden, y la chica les muestra que ellos fueron humanos también un día. En ese instante la transformación del villano al héroe se culmina; el jefe de los cenobitas (Pinhead) acaba por sonreir de manera amable a la chica, mientras trata de defenderla del que es, ahora sí, sin duda la personificación del mal. Y Pinhead muere (aunque reaparecería en más películas) protegiendo a la chica, y el círculo se cierra.

Una buena canción…y la belleza

La canción cumple con los cánones que describimos para resultar irresistibe. Una adecuada armonía, cambios de tonalidad, picos de emoción, uso de palabras inhabituales (hallelujah), coros, y una buena historia detrás.

La congruencia del vídeo y su estética fue un acierto que ayudó a impulsar el tema, pero también la elección de la chica: Leina Ogihara. Y lo fue por todo lo que hemos comentado, añadiendo un aspecto fundamental, la belleza. Porque quizá a priori ese tipo de chicas morenas, frágiles, inocentes, incluso vírgenes, no puedan parecer tan bellas como las arrebatadores chicas rubias que actúan de contrapunto. Pero si nos fijamos bien, sí que lo son, y mucho, tal vez incluso bastante más que sus compañeras en el film.

Ese es otro de los secretos, escoger en el casting a una chica de la que te puedas enamorar. Hablando desde la óptica masculina (y, por favor, sin ninguna intención machista), son chicas que se ven accesibles, alcanzables, no son las reinas de la belleza que llevan su tiara en el baile de fin de curso. Los directores lo saben, y escogen chicas bellas con algún toque de distinción, que luego se caracterizan de manera más discreta para parecer incluso como una compañera de clase que ves todos los días en el instituto.

No todas rubias

Algún purista de este subgénero quizá alegue que no todas las chicas han sido así. Es cierto, pero sí que una gran mayoría. Excepciones hay también varias, como Adrienne King (“Viernes 13” – 1980), Barbara Crampton (“Re-Animator” – 1985), o incluso Jamie Lee Curtis (“La noche de Halloween” – 1978).

Conclusión

Pete Riski comienza con planos frontales de Leina Ogihara, para terminar bajando el ángulo de la cámara (casi en un contrapicado) cuando va recorriendo el pasillo con los zombies. Esa forma de situar la cámara hace que se perciba a la persona de una manera más poderosa. La persona que aparece en pantalla te domina.

Este es otro detalle más que nos hace darnos cuenta de cómo conjuntar varios elementos para crear un producto que suscite una alta atracción. Y esta es una enseñanza vital para los alumnos de marketing; hay que crear historias congruentes, bien fundamentadas, con referencias constantes, e inspiradoras.

La historia que nos cuentan en el vídeo ya la conocemos, es verdad. Quizá incluso esté demasiado estereotipada. Pero para la gran mayoría, funciona. Y funciona porque se basa en arquetipos y metáforas profundas, y porque respeta y homenajea a las fuentes de las que se nutre.

Cómo citar este artículo: Martínez, J. A. (2018, junio 7). Hard Rock Hallelujah; Arquetipos, metáforas y culto. Descargado desde www.cienciasinmiedo.es/b339

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